Una promesa frente al mar selló su destino adolescente... hasta que una vil traición lo redujo a cenizas. Tras años de distancia y llamadas frías, Malena descubre a su novio de toda la vida en la cama con su mejor amiga, burlándose de su inocencia. Pero Malena no era una víctima fácil: graduada en secreto con honores de una doble titulación, decide marcharse sin derramar una sola lágrima.
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Capítulo 16: El veneno de la envidia
El teléfono timbró cuatro veces antes de que la línea se abriera con un chasquido áspero.
—¿Quién habla? —la voz de Lucas Sterling sonó impaciente, cargada del tono cortante de quien no tiene tiempo para números desconocidos.
Damián tragó saliva, apoyando la espalda contra los ladrillos húmedos del callejón. El temblor en sus dedos casi le hacía soltar el aparato.
—Lucas... soy yo, Damián.
Un silencio glacial se apoderó de la línea, tan espeso que Damián pudo escuchar el murmullo de voces ejecutivas en la oficina de Lucas al otro lado.
—Te advertí que no volvieras a buscar a mi familia, Frost —escupió Lucas con una hostilidad que helaba la sangre—. Bastante tuvimos con verte lloriquear en el porche de mi madre. Si vuelves a marcar este número, te juro que voy a...
—¡Escúchame, por favor! —suplicó Damián, con la voz quebrada y al borde de las lágrimas—. No te llamo para pedir disculpas. Es sobre Malena. ¿Tú sabías? ¿Tus padres sabían lo que ella estaba haciendo en Europa?
La mención del nombre de su hermana detuvo la amenaza de Lucas en seco.
—¿De qué estupidez estás hablando ahora?
—La revista Fintech Vanguard Global —balbuceó Damián, apretando el ejemplar satinado bajo su brazo como si le quemara la carne—. Acabo de verla. Está en la portada, Lucas. Malena es la dueña de una empresa multimillonaria en Alemania... Sterling Core Solutions. Dicen que es una de las mentes más brillantes de Europa, que blindó los sistemas de los bancos más grandes... ¡Es millonaria, Lucas! Tiene un imperio entero.
Al otro lado de la línea, el mutismo fue absoluto. Durante diez segundos interminables, solo se escuchó la respiración pesada de Lucas procesando las palabras de su examigo.
—¿Una broma de mal gusto, Damián? Porque si estás inventando esto para intentar limpiar tu culpa...
—¡No es ninguna broma! —gritó Damián, desesperado—. Ve a cualquier puesto de periódicos, entra a internet, búscalo tú mismo. Salvaste a la persona equivocada, Lucas. Yo... yo la perdí. Perdí a la mujer más increíble del mundo por una equivocación estúpida, y ahora ella está en la cima mientras yo me hundo en la basura. Necesito su número, Lucas. Por favor, solo un número o un correo. Necesito explicarle, necesito que me escuche...
Una carcajada seca, feroz y desprovista de piedad brotó de la garganta de Lucas Sterling.
—Eres un miserable, Frost —sentenció Lucas con un asco infinito—. Durante cuatro años te llenaste la boca diciendo que mi hermana era poca cosa para ti, que era una chiquilla anticuada que no entendía la vida moderna. Te acostaste con su mejor amiga en tu propia cama, la dejaste con el corazón destrozado y te casaste porque no te quedó otra salida. ¿Y ahora que ves su rostro en una revista financiera internacional, ahora que ves lo que vale, vienes a pedirme su teléfono?
—¡Lucas, por los viejos tiempos...!
—Por los viejos tiempos deberías darte un tiro en el pie para no seguir arrastrándote —cortó Lucas con desprecio lapidario—. Si Malena no nos dio su dirección en seis años fue precisamente para no tener que respirar el mismo aire que tú. Y si alguna vez intentas acercarte a ella, no va a ser Nicolás quien te destruya: seré yo mismo con mis propias manos. No vuelvas a llamarme en tu maldita vida.
El tono de llamada cortada resonó en el oído de Damián como una sentencia definitiva.
Dejó caer el brazo a un costado, contemplando la pantalla oscura de su teléfono con la mirada vacía. La lluvia comenzaba a arreciar, empapando sus zapatos gastados y las solapas de su traje barato. Nadie le tendería una mano. No había marcha atrás ni perdón posible para el hombre que había arrojado un diamante al fango para quedarse con una piedra rota.
Caminó como un sonámbulo hacia su auto viejo y condujo de regreso a los suburbios.
Cuando empujó la puerta de su casa, el ambiente era el de siempre: la televisión encendida a todo volumen en el canal de modas y el llanto intermitente de su hija en el piso superior.
Miranda estaba en la cocina, con una bata de seda manchada de café, limándose las uñas mientras hablaba por teléfono con altavoz:
—... te digo que si no me compra el collar para el viernes, le pido el divorcio y me quedo con la mitad de su sueldo miserable —se jactaba con una risita estridente—. Ya me cansé de vivir como una pordiosera.
Damián no dijo una sola palabra. Cruzó la cocina con paso pesado, sacó la revista del abrigo y la arrojó sobre la mesada de granito falso, justo frente a los ojos de su esposa.
El golpe seco del papel contra la superficie hizo que Miranda se sobresaltara, cortando la llamada de golpe.
—¿Qué te pasa, idiota? ¿No ves que estoy ocupada? —escupió ella con su habitual veneno—. ¿Conseguiste el dinero para la hipoteca o viniste a dar lástima otra vez?
—Mírala —susurró Damián con una voz tan oscura y hueca que heló el aire entre ambos—. Mírala bien, Miranda.
Miranda frunció el ceño con irritación y bajó los ojos hacia la portada.
En una milésima de segundo, el color huyó por completo de su rostro. Sus ojos maquillados se abrieron de par en par, devorando la fotografía de la mujer que dominaba la página con una elegancia aristocrática, vestida con un traje azul de alta costura, una mirada de soberana y los Alpes recortándose tras su figura de cristal y acero.
El nombre impreso en letras doradas pareció quemarle las córneas: Malena Sterling.
—No... —murmuró Miranda, retrocediendo un paso involuntario contra los armarios de la cocina—. No puede ser ella. Es un montaje. Es otra persona con el mismo nombre.
—Es ella —dijo Damián con una sonrisa amarga, cargada de un odio visceral hacia sí mismo y hacia la mujer que tenía enfrente—. La «chiquitina anticuada». La monja de biblioteca de la que te reías en mi cama mientras planeábamos cómo deshacernos de ella. Es la dueña de un imperio tecnológico en Múnich. Gana en un mes lo que nosotros no vamos a ver en tres vidas enteras.
Las manos de Miranda comenzaron a temblar con una furia histérica. Tomó la revista y comenzó a hojearla con desesperación, leyendo los párrafos sobre las patentes millonarias, los contratos gubernamentales y la fortuna personal de su antigua mejor amiga.
Cada palabra era un puñal envenenado para su vanidad.
Miranda se miró de reojo en el reflejo de la puerta del horno: las raíces de su tinte rubio estaban oscuras por falta de dinero para la peluquería, su bata era vieja y barata, y sus ojeras revelaban la vida miserable de una mujer que había apostado por la traición para terminar en la ruina.
Y Malena... Malena lucía como una diosa intocable. Radiante, poderosa, codiciada y respetada en todo el continente europeo.
—¡Es una hipócrita! —estalló Miranda de pronto, arrugando la revista entre sus uñas postizas en un ataque de celos incontrolable—. ¡Una maldita farsante! Mientras jugaba a la virgen santa con nosotros, estaba escondiendo dinero y carreras. ¡Seguro se acostó con algún viejo millonario para que le pusiera esa empresa! ¡No tiene el talento para lograr eso sola! ¡Es una cualquiera!
—¡Cállate la boca! —rugió Damián, arrebatándole la revista de las manos con una violencia que jamás había mostrado—. ¡Tenía dos títulos con honores antes de que tú y yo termináramos la universidad! ¡Era un genio y los dos éramos demasiado estúpidos y mediocres para darnos cuenta!
—¡Tú la engañaste conmigo, Damián! —chilló ella con la voz deformada por la envidia—. ¡Tú me dijiste que era aburrida en la cama! ¡Tú me buscaste a mí!
—¡Y me arrepiento cada maldito segundo de haber respirado tu mismo aire! —gritó él en su cara, sintiendo que el veneno de cinco años por fin reventaba—. Me arruinaste la vida, Miranda. Pero sobre todo, me hiciste perder a la única mujer que valía la pena en este mundo.
El llanto de la niña arriba se volvió ensordecedor ante los gritos. Miranda se quedó paralizada, temblando de rabia y humillación, mientras Damián se daba media vuelta y se encerraba en el garaje con la revista contra el pecho, llorando como un niño en la oscuridad.
A esa misma hora, en Múnich, el cielo del mediodía brillaba con una calma impecable sobre los ventanales de Sterling Core Solutions.
Malena terminaba de revisar el último balance trimestral en su despacho cuando la puerta que conectaba con el área de descanso se abrió.
Leo entró dando saltitos despreocupados, pero no venía solo. Detrás de él, caminando con esa presencia arrolladora que desafiaba cualquier norma corporativa, venía Nicolás Thorne. Llevaba una chaqueta sport de lana gris marengo sobre una camisa blanca informal, sin corbata, y sostenía en una mano una caja de madera lustrada con el sello de un fabricante de instrumentos de precisión de Núremberg.
Malena levantó la vista de sus pantallas de inmediato, con el ceño fruncido y los músculos del cuello tensos.
—¿Qué significa esto, Nicolás? —preguntó, poniéndose de pie tras su escritorio de caoba y cristal—. Te pedí expresamente que respetaras el área de trabajo y las horas privadas de Leo.
—Greta nos dio permiso para bajar a la cafetería del primer piso —explicó Leo con naturalidad, subiéndose a una de las sillas ejecutivas de cuero—. Nicolás me compró un jugo de manzana natural y me trajo esto. Dice que es un compás de proporción áurea para mis planos de arquitectura.
Nicolás depositó la caja de madera sobre la mesa baja del salón con una reverencia respetuosa hacia el niño. Luego levantó sus ojos azules hacia Malena; no había en ellos la arrogancia de los primeros días, sino una serenidad paciente y peligrosa que la descolocaba mucho más que cualquier exigencia legal.
—Solo fue un obsequio educativo, Malena —dijo él en un tono bajo y aterciopelado—. El talento de Leo para la geometría tridimensional no es común. Merece herramientas que estén a su altura.
Malena sintió que la respiración se le trababa. Ver la forma en que Leo miraba la caja de compases, fascinado por la precisión del metal pulido, y la mirada protectora que Nicolás le dedicaba desde apenas unos pasos de distancia, era un espectáculo que le removía las entrañas de una forma que se negaba a admitir.
Estaba a punto de pedirle con firmeza que se retirara a su edificio contiguo cuando el teléfono rojo de su línea privada —el único número que tenían sus padres y su hermano Lucas para emergencias estrictamente personales— comenzó a sonar con una insistencia estridente.
Malena se congeló en su sitio.
Aquel teléfono no sonaba más de una o dos veces al año, siempre con previo aviso por correo electrónico.
Miró la pantalla de identificación de llamadas. Parpadeaba el nombre de Lucas.
Nicolás notó el cambio inmediato en la postura de ella. Dio un paso involuntario hacia el escritorio, con los sentidos alerta como los de un halcón.
—¿Malena? —preguntó él en voz baja—. ¿Pasa algo?
Ella no le respondió. Tragó saliva, estiró una mano enguantada en plata que comenzaba a enfriarse por el presentimiento y descolgó el auricular.
—¿Lucas?
La voz de su hermano llegó desde el otro lado del océano no con la calidez fraternal habitual, sino cargada de un asombro colosal que rozaba la estupefacción:
—Malena... dime por favor que lo que tengo en mis manos no es un espejismo. Dime que la mujer que está en la portada de Fintech Vanguard como la reina de la tecnología europea eres tú.
El aire se extinguió en los pulmones de Malena.
Miró a través del despacho: Leo admiraba su compás en silencio y Nicolás la contemplaba con sus zafiros azules clavados en su rostro, comprendiendo al instante que el pasado en Norteamérica acababa de descubrir la verdad que ella había ocultado durante seis largos años.