Isolde de Valenne nunca quiso una corona. Pero cuando una tragedia destruye a su familia, se convierte en la única heredera de un reino que se niega a ser gobernado por una mujer. Su única oportunidad de conservar el trono es casarse con Kael de Draven, un rey temido por sus enemigos, conocido por su carácter implacable y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes. El matrimonio será un acuerdo político. Sin amor, sin promesas y sin expectativas. Ella no piensa someterse a un hombre que cree poder gobernarlo todo. Él no está dispuesto a permitir que su esposa desafíe su autoridad. Entre discusiones, miradas desafiantes y celos que ninguno querrá reconocer, ambos descubrirán que compartir una corona es mucho más sencillo que aprender a compartir el corazón. Pero mientras sus sentimientos amenazan con destruir las barreras que los separan, una conspiración comienza a revelar secretos capaces de enfrentar a sus reinos y convertir su matrimonio en el principio de una guerra. Porque Isolde puede aceptar una corona junto a su enemigo. Lo que jamás aceptará es convertirse en su posesión.
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El rey Draven
—Si volvés a decirme que aumentemos los impuestos, voy a empezar a considerar que disfrutás viendo sufrir a nuestros campesinos.
El silencio cayó sobre la sala del consejo.
El rey Kael de Draven permanecía sentado en la cabecera de la mesa, con una mano apoyada sobre los documentos y la otra sosteniendo una copa de vino que todavía no había probado.
Frente a él, tres consejeros parecían arrepentidos de haber acudido aquella mañana.
Lord Cedric, en cambio, mantenía su habitual expresión imperturbable.
—Majestad, el reino necesita fondos para reforzar las guarniciones del norte.
—Entonces encontrá otra manera de conseguirlos.
—Ya hemos agotado las posibilidades.
Kael levantó la mirada.
—Qué curioso. Mi padre decía exactamente lo mismo antes de que yo descubriera que sus administradores llevaban años robándole al tesoro real.
Nadie se atrevió a responder.
El rey dejó la copa sobre la mesa.
—Revisá las cuentas de los últimos tres años. Si falta dinero, quiero saber dónde está. Si los impuestos son insuficientes, encontraremos una solución. Pero no volveré a permitir que mis soldados tengan que requisar alimentos a familias que apenas pueden alimentar a sus hijos.
Cedric inclinó ligeramente la cabeza.
—Como ordene, majestad.
Kael se levantó.
La reunión había terminado.
Y todos lo sabían.
Con treinta años, el rey había aprendido que la autoridad no consistía en gritar más fuerte que los demás, sino en conseguir que nadie olvidara quién tenía la última palabra.
Había heredado un reino dividido, una nobleza traicionera y una corona que su propia familia había intentado arrebatarle.
No pensaba cometer los mismos errores que su padre.
Mucho menos permitiría que alguien volviera a utilizar su confianza en su contra.
—Majestad.
Kael se detuvo junto a la puerta.
Cedric se había quedado atrás.
—Ha llegado una propuesta de Valenne.
El rey arqueó una ceja.
—¿Otra amenaza disfrazada de negociación?
—Un matrimonio.
Kael lo miró durante unos segundos.
Después soltó una risa seca.
—¿Se ha muerto alguien?
Cedric no respondió inmediatamente.
Fue suficiente.
La sonrisa desapareció del rostro del rey.
—¿Quién?
—El rey de Valenne. También sus dos hijos.
Kael guardó silencio.
Conocía al rey Aldric. Habían negociado en varias ocasiones, aunque nunca llegaron a confiar el uno en el otro. Era un hombre orgulloso, pero lo bastante inteligente para comprender que una guerra entre ambos reinos solo beneficiaría a sus enemigos.
Su muerte dejaba a Valenne en una posición peligrosa.
—¿Quién heredará la corona?
—Su hija. La princesa Isolde.
Kael volvió a mirar los documentos que llevaba Cedric.
—Creía que tenía una hija que prefería las fiestas a las obligaciones de la corte.
—Eso dicen los rumores.
—Los rumores suelen ser útiles cuando uno quiere evitar investigar.
Cedric aceptó la observación con un gesto.
—El consejo de Valenne está dispuesto a negociar una alianza matrimonial. Consideran que necesitan el respaldo militar de Draven para mantener la estabilidad.
—Y esperan que yo les ofrezca mi ejército a cambio de una esposa.
—Una esposa con derecho legítimo al trono.
Kael se acercó a la ventana.
Desde allí podía ver el patio de armas, donde decenas de soldados practicaban bajo la supervisión de sus oficiales.
Un matrimonio con Valenne significaría asegurar la frontera occidental, controlar las rutas comerciales y evitar que otros reinos aprovecharan la debilidad de su vecino.
Era una oportunidad demasiado conveniente para ignorarla.
—¿Qué sabemos de la princesa?
—Tiene veintitrés años. No está comprometida y nunca ha mostrado demasiado interés por el matrimonio.
Kael soltó una breve risa.
—Entonces tenemos algo en común.
—También se dice que es orgullosa.
—Eso puede corregirse.
Cedric no pareció compartir su seguridad.
—Su majestad, una mujer que acaba de perder a su familia podría no aceptar fácilmente que un rey extranjero intervenga en su gobierno.
Kael se volvió hacia él.
—No pretendo quitarle su corona. Pretendo asegurarme de que esa corona no termine en manos de alguien que declare la guerra a Draven.
—¿Y si ella no acepta sus condiciones?
El rey tomó la copa y bebió por fin.
—Entonces encontraré otra solución.
Lo dijo con tanta tranquilidad que Cedric no volvió a insistir.
Kael estaba acostumbrado a negociar con hombres que deseaban su territorio, su dinero o su posición.
Una princesa no parecía representar un problema demasiado complicado.
Todavía no sabía cuánto lamentaría aquella conclusión.
⸻
Aquella tarde, el rey regresó a sus aposentos y encontró a su madre esperándolo junto a la chimenea.
La reina viuda Elara estaba bordando.
O, al menos, fingía hacerlo.
Kael conocía aquella expresión. La había visto demasiadas veces durante su infancia.
Su madre tenía una habilidad extraordinaria para descubrir los problemas antes de que alguien se los contara.
—¿Qué hiciste ahora? —preguntó él.
Elara levantó la mirada, ofendida.
—Qué manera tan desagradable de saludar a tu madre.
—Si estuvieras aquí para preguntarme por mi salud, habrías enviado a un criado con una bandeja de comida.
—Entonces debería haberlo hecho. Parece que últimamente estás olvidando lo que significa comportarse como un hijo agradecido.
Kael se quitó los guantes.
—¿Qué querés, madre?
Ella dejó el bordado a un lado.
—Me han dicho que vas a casarte.
El rey cerró los ojos un instante.
—Los consejeros tienen demasiado tiempo libre.
—Y vos tenés demasiado poco interés por las mujeres.
—Me alegra que hayamos identificado nuestros problemas.
Elara lo observó con atención.
—¿Quién es ella?
—La princesa Isolde de Valenne.
Su madre pareció sorprendida.
—¿La hija de Aldric?
—La misma.
—Su familia acaba de sufrir una tragedia.
—Lo sé.
—Entonces espero que tengas la delicadeza de no tratarla como una adquisición territorial.
Kael dejó los guantes sobre una mesa.
—No voy a casarme por amor, madre. Me casaré porque es lo mejor para el reino.
—Eso no te obliga a ser un idiota.
Él la miró.
—Agradezco tu confianza.
—Kael, escuchame. Una mujer puede soportar muchas cosas de un esposo. Puede soportar que sea distante, que tenga obligaciones o que pase semanas fuera de casa. Pero no olvidará fácilmente que la haga sentir insignificante.
El rey permaneció en silencio.
Su madre había conocido a su padre mejor que nadie. Había pasado años intentando mantener la paz en un matrimonio donde el poder siempre había importado más que el afecto.
Kael no tenía intención de repetir aquella historia.
Pero tampoco pensaba permitir que sus sentimientos interfirieran en sus responsabilidades.
—La princesa tendrá un lugar digno en mi palacio —dijo finalmente—. No le faltará nada.
Elara suspiró.
—A veces me pregunto si realmente entendés lo que significa no faltarle nada a una persona.
—Y yo me pregunto por qué todas las conversaciones contigo terminan convirtiéndose en una lección.
—Porque sos mi hijo y alguien tiene que intentarlo.
Por primera vez en todo el día, Kael sonrió de verdad.
Su madre aprovechó para levantarse y besarle la mejilla.
—Al menos procurá que tu futura esposa no te odie antes de la boda.
—No prometo milagros.
—Entonces voy a rezar por ella.
Y se marchó antes de que él pudiera responder.
Kael negó con la cabeza.
Una esposa.
Jamás había imaginado que aquellas palabras formarían parte de sus preocupaciones.
Había tenido amantes, por supuesto. Mujeres hermosas, inteligentes y perfectamente conscientes de que nunca recibirían promesas que él no pensaba cumplir.
Con ellas, todo había sido sencillo.
No había expectativas.
No había obligaciones emocionales.
Y, cuando la compañía dejaba de resultarle agradable, cada uno seguía su camino.
Una esposa sería diferente.
Una reina sería todavía peor.
......................
Dos días después, llegó la respuesta de Valenne.
Kael estaba desayunando cuando Cedric entró con una carpeta sellada.
—La princesa ha aceptado negociar.
—Excelente.
—Con condiciones.
Kael dejó el cuchillo junto al plato.
—Por supuesto.
Cedric le entregó el documento.
El rey leyó la primera página.
Después la segunda.
Cuando terminó, volvió a empezar.
—¿Esto es una propuesta matrimonial o una declaración de independencia?
Cedric mantuvo la compostura.
—La princesa exige conservar su autoridad sobre Valenne.
—Eso es razonable.
—También exige participar en las decisiones militares que afecten a su reino.
Kael alzó la mirada.
—Eso es discutible.
—Y solicita que sus consejeros mantengan sus cargos, siempre que no exista evidencia de traición.
El rey pasó otra página.
—Quiere controlar su propio tesoro, conservar sus tierras y mantener una guardia personal.
—Así es.
Kael dejó el documento sobre la mesa.
—¿Hay algo que esté dispuesta a entregarme?
Cedric vaciló.
—Su mano, majestad.
El silencio duró apenas un segundo.
Después Kael se echó a reír.
No fue una carcajada alegre, sino una expresión de incredulidad ante la audacia de aquella mujer a la que todavía no había conocido.
—Decime algo, Cedric. ¿La princesa entiende que soy yo quien puede proporcionarle el ejército que necesita?
—Supongo que sí.
—¿Y aun así me envía una lista de exigencias?
—Parece que sí.
Kael volvió a mirar el documento.
Aquella mujer había perdido a su padre y a sus hermanos. Se encontraba rodeada de consejeros que pretendían decidir su futuro y, en lugar de aceptar cualquier acuerdo que le permitiera conservar la corona, estaba negociando como si ambos reinos tuvieran la misma fuerza.
Era imprudente.
Arrogante.
Y, desde luego, no parecía una princesa fácil de manejar.
Kael sintió una extraña punzada de curiosidad.
—Aceptaré negociar —decidió—. Pero quiero conocerla antes de firmar nada.
—¿Desea que la princesa viaje a Draven?
—No. Iré yo.
Cedric pareció alarmado.
—Majestad, viajar a Valenne sin una escolta considerable podría interpretarse como una provocación.
—Entonces llevaré una escolta considerable.
—¿Y si ella intenta humillarlo delante de su corte?
Kael se puso de pie.
—Nadie me humilla delante de mi corte.
Lo dijo con una seguridad absoluta.
Una seguridad que, unas semanas después, lamentaría profundamente.
......................
El viaje a Valenne comenzó cuatro días más tarde.
Kael cabalgaba al frente de su escolta, vestido con un abrigo negro y una capa de lana oscura. No llevaba la corona, pero nadie necesitaba verla para reconocer al rey.
A su lado, el general Rowan observaba el camino.
—¿Qué espera de la princesa? —preguntó.
—Que comprenda que el matrimonio es la mejor solución para ambos reinos.
—¿Y si no está de acuerdo?
—La convenceré.
Rowan disimuló una sonrisa.
—¿Siempre ha sido tan sencillo convencer a las mujeres, majestad?
Kael le lanzó una mirada.
—¿Querés que te deje custodiando la frontera durante el próximo invierno?
—Prefiero no descubrirlo.
Continuaron cabalgando.
Después de un rato, Rowan volvió a hablar.
—He escuchado que la princesa es hermosa.
Kael no apartó la mirada del camino.
—Eso espero. Sería lamentable que, además de insoportable, fuera desagradable a la vista.
—¿Y si le gusta otro hombre?
—Que se case con él.
Rowan lo miró con sorpresa.
—¿Renunciaría a la alianza?
—No. Buscaría otra forma de asegurar la frontera.
—¿Y su esposa?
Kael sonrió ligeramente.
—Mientras cumpla con sus responsabilidades, puede dedicar su tiempo libre a quien le plazca.
Aquella respuesta habría satisfecho a cualquier mujer que deseara un matrimonio sin afecto.
Sin embargo, Kael todavía no sabía que Isolde tenía muy poco interés en recibir permiso de un hombre para decidir sobre su propia vida.
Mucho menos de uno que ya estaba planeando su matrimonio sin haberla visto siquiera.
El palacio de Valenne apareció ante ellos al caer la tarde.
Era más antiguo que el de Draven, con torres de piedra clara y jardines que se extendían hasta las murallas exteriores.
Kael observó la construcción mientras los guardias abrían las puertas.
No le pasó inadvertido el número de soldados apostados en las almenas.
Valenne estaba debilitado, pero todavía podía defenderse.
Eso lo tranquilizó.
Una reina desesperada podía aceptar condiciones razonables.
Una reina que todavía tuviera opciones sería más difícil de convencer.
Cuando desmontó en el patio principal, un grupo de nobles se apresuró a recibirlo.
Lord Beaumont encabezaba la comitiva.
—Majestad, es un honor recibirlo en Valenne.
Kael inclinó la cabeza.
—Espero que el honor incluya una cena decente. El viaje ha sido largo.
El consejero sonrió con rigidez.
—Por supuesto.
—¿Y la princesa?
—Su alteza lo recibirá en el salón principal.
Kael se quitó los guantes y se los entregó a un criado.
—Entonces no la hagamos esperar.
Atravesó los corredores con la seguridad de un hombre acostumbrado a entrar en cualquier lugar sin pedir permiso.
Al llegar a las puertas del salón, dos guardias las abrieron.
Y allí estaba ella.
Isolde permanecía de pie junto a una de las ventanas, vestida de negro. Su cabello oscuro caía sobre sus hombros y llevaba un pequeño broche plateado en el cuello.
Era hermosa.
Eso fue lo primero que pensó Kael.
Lo segundo fue que parecía completamente desinteresada en su llegada.
No hizo una reverencia profunda.
No sonrió.
Ni siquiera pareció impresionada por su presencia.
Se limitó a observarlo con unos ojos que no revelaban absolutamente nada.
—Majestad —dijo ella.
Kael inclinó la cabeza.
—Princesa.
—Debo disculparme. Mi padre solía recibir a sus invitados personalmente, pero me temo que ya no podrá hacerlo.
El comentario fue tan frío que Lord Beaumont palideció.
Kael, sin embargo, no se ofendió.
Había esperado encontrar tristeza.
No había esperado encontrar una mujer que utilizara su dolor como una muralla.
—Lamento su pérdida —respondió—. Su padre y yo teníamos diferencias, pero era un hombre al que respetaba.
—Qué alivio. Temía que hubiera venido a celebrar su muerte.
Rowan bajó la mirada.
Cedric habría sufrido un ataque al corazón si hubiese escuchado aquello.
Kael sostuvo la mirada de Isolde.
—¿Siempre recibe así a sus invitados?
—Solo a los que llegan con la intención de casarse conmigo antes de preguntarme si deseo conocerlos.
Por primera vez, el rey comprendió que aquella negociación no sería tan sencilla como había imaginado.
Y, contra todo pronóstico, se sintió interesado.
—Entonces permítame empezar de nuevo —dijo—. Soy Kael de Draven.
Isolde inclinó ligeramente la cabeza.
—Isolde de Valenne.
—He oído hablar mucho de usted.
—Espero que nada demasiado vergonzoso.
—Me dijeron que era orgullosa.
—Y a mí me dijeron que usted era insoportable. Parece que ambos hemos recibido información bastante precisa.
Un silencio absoluto llenó el salón.
Kael la observó durante varios segundos.
Después sonrió.
No era una sonrisa amable.
Era la sonrisa de un hombre que acababa de encontrar un desafío inesperado.
—Creo que nos llevaremos magníficamente, princesa.
Isolde le devolvió la sonrisa con una dulzura que no engañó a nadie.
—Entonces temo que tendrá que revisar sus expectativas, majestad.
Kael comprendió algo en aquel instante.
Podía negociar con ella.
Podía discutir con ella.
Incluso podía llegar a admirarla.
Pero si esperaba que aquella mujer aceptara sus órdenes sin cuestionarlas, tendría que prepararse para una decepción.
Y todavía no sabía que aquella sería la primera de muchas.