Para el mundo financiero, Damian Valmont es un magnate intocable que compra voluntades sin pronunciar una sola amenaza en voz alta. Para el bajo mundo europeo, es la cabeza de un consorcio letal donde nadie sobrevive a un error.
Valeria Taylor llegó a su empresa huyendo de un pasado idéntico en Estados Unidos, con una sola regla innegociable: no volver a arrodillarse ante ningún monstruo con traje.
Ella es la única que se niega a firmar sus órdenes ilegales. Él es incapaz de intimidarla. Entre balances manipulados, secretos de familia y una atracción corrosiva que ninguno de los dos puede frenar, el juego de poder se convierte en una guerra íntima donde rendirse no es una opción.
Y cuando la sangre y la verdad salgan a flote, la única salida será una fuga que Damian jamás perdonará.
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Capítulo 21: Niebla en Marsella
El puerto industrial de Marsella olía a óxido húmedo, fuel pesado y al aliento salobre y descompuesto del Mediterráneo invernal.
A las tres y veinte de la tarde, la llovizna caía oblicua sobre las grúas pórtico del muelle siete, transformando el asfalto en un espejo grasiento. Entre las filas interminables de contenedores apilados, el Le Phocéen se alzaba como una mole de hierro descolorido por la salitre, con sus chimeneas escupiendo un humo pardo que se disolvía con pereza en la niebla marina.
Valeria ajustó el cuello de su abrigo de lana oscura y se caló la boina gris hasta las cejas. Llevaba unas gafas de montura de carey sin graduación y una bufanda de punto que le cubría la mitad inferior del rostro. A simple vista, era Clara Becker: una técnica de aduanas austríaca trasladada a una contrata naviera en ultramar. Una burócrata insignificante con una bolsa de lona al hombro y las manos metidas en los bolsillos.
Por dentro, sin embargo, cada paso sobre los adoquines mojados era una pequeña batalla contra el agotamiento.
La náusea del mediodía había dado paso a una fatiga sorda que le pesaba en los huesos, y en el bajo vientre sentía una pulsación constante, un calor diminuto pero inextinguible que le recordaba por qué estaba allí. De forma inconsciente, su mano derecha descansaba sobre su estómago a través de las capas de tela, en un gesto protector tan antiguo como el mundo.
Al pie de la pasarela de estribor del carguero, un hombre bajo y macizo, con chaquetón de marinero y una pipa apagada entre los dientes amarillos, supervisaba la carga de los últimos palés de repuestos.
—¿Capitán Renard? —preguntó Valeria en un francés con acento seco de los valles del Ródano.
El hombre se giró despacio. Sus ojos acuosos y acostumbrados a las tormentas la midieron de arriba abajo: la postura erguida, la falta de equipaje voluminoso y esa mirada castaña, alerta y peligrosa, que no cuadraba con el perfil de una técnica de Viena.
—El pase de aduana —exigió Renard con voz áspera.
Valeria extrajo el sobre de Nora. El capitán abrió el pasaporte, comprobó el sello consular, contó con el pulgar los tres mil euros en billetes nuevos que iban camuflados en el forro y volvió a cerrar el documento con un chasquido sordo.
—Camarote cuatro, en la cubierta inferior de tripulación —dijo el marinero, escupiendo una hebra de tabaco sobre el asfalto—. Zarpamos en cuarenta minutos con rumbo a Casablanca y escala final en Santos. No suba al puente, no hable con los fogoneros y mantenga la puerta cerrada hasta que crucemos el estrecho de Gibraltar. Si la policía marítima hace una inspección de rutina en aguas territoriales, usted es la sobrina del armador que viaja como invitada. ¿Entendido?
—Entendido —respondió ella.
Valeria puso el pie en el primer peldaño de la pasarela metálica. La madera crujió bajo su suela de goma. Por un segundo efímero, una bocanada de aire helado le infló los pulmones y sintió una chispa de alivio: la frontera marítima estaba a un paso, el océano la esperaba para tragar su nombre y devolverle la libertad a su hijo.
Entonces, la sirena de la capitanía marítima aulló.
No fue el toque largo y espaciado de salida de muelle. Fue un aullido continuo, estridente y de frecuencia corta: la alarma de clausura de dársena por orden de seguridad nacional.
Antes de que Valeria pudiera dar el segundo paso, el zumbido distante de rotores pesados cortó el aire sobre las aguas del golfo de León. El sonido no venía de la costa; descendía desde las nubes bajas con la violencia de un trueno repentino.
Dos helicópteros negros de transporte táctico, desprovistos de insignias civiles y con las luces de posición apagadas, rompieron la niebla a cincuenta metros sobre el muelle. El viento generado por las aspas levantó una tormenta de agua pulverizada y polvo de carbón que azotó el casco del carguero, haciendo silbar los cables de acero de las grúas.
Renard alzó la vista, maldiciendo en provenzal mientras se sujetaba la gorra contra el vendaval.
—¿Qué demonios es eso? ¿La gendarmería?
Valeria se quedó inmóvil en la pasarela. La sangre se le congeló en las venas.
No son los gendarmes, pensó con un horror lúcido que le vació el estómago. La policía francesa usaba helicópteros azules con focos halógenos y megáfonos diplomáticos. Aquellas dos sombras de titanio eran aeronaves militares privadas del Cónclave de Hierro.
Al final del espigón, la barrera de acceso del muelle siete saltó por los aires en astillas cuando tres todoterrenos blindados negros la embistieron sin frenar. Los vehículos cruzaron el muelle a toda velocidad, derrapando sobre el asfalto mojado para formar un semicírculo perfecto que bloqueó la entrada de la pasarela y las dos salidas hacia los almacenes aduaneros.
Ocho hombres vestidos con abrigos tácticos oscuros y subfusiles automáticos bajaron de los coches, desplegándose en formación de abanico en menos de cinco segundos. No apuntaron a la tripulación; simplemente se apostaron con los cañones inclinados hacia el suelo, cerrando el perímetro como un muro de plomo impenetrable.
De la puerta trasera del vehículo central descendió Kassian.
Y detrás de él, con la lentitud pausada y aterradora de un dios de la guerra que pisa las cenizas de una ciudad derrotada, bajó Damian Valmont.
El viento de las aspas azotaba los faldones de su abrigo largo de lana negra, pero Damian ni siquiera pestañeó. No llevaba guantes. Tenía la mandíbula apretada con una rigidez pétrea y en sus ojos ámbar no quedaba un solo vestigio de civilización, ni de negocios, ni de piedad corporativa: había una furia homicida tan pura y abrasadora que los estibadores al pie del barco retrocedieron aterrados, soltando las cuerdas de amarre para pegarse contra los mamparos.
Renard echó mano a la culata de una pistola vieja que llevaba bajo el chaquetón.
—¡Eh, ustedes! ¡Este es un buque con bandera comercial internacional, no pueden entrar aquí sin una orden judicial...!
Damian avanzó dos pasos. Ni siquiera miró al capitán. Kassian dio un paso al frente con una rapidez pasmosa para su envergadura, le atrapó el brazo a Renard con una llave de presa que hizo crujir la articulación del marinero y le arrebató el arma en un movimiento fluido, arrojándola al agua de la dársena con un chapoteo sordo.
—Cierra la boca y quédate donde estás si quieres que tu barco siga flotando al anochecer —dijo Kassian con su voz de gravilla, empujando al capitán hacia la cabina de estiba.
Damian no se detuvo. Sus botas pesadas resonaron sobre el asfalto húmedo hasta detenerse al pie exacto de la pasarela metálica.
Levantó la vista.
Valeria estaba tres escalones por encima de él, recortada contra la silueta herrumbrada del barco. Se había quitado las gafas de carey y la bufanda había resbalado por su cuello, dejando al descubierto su rostro pálido, los labios apretados en una línea de desafío absoluto y esos ojos castaños que ardían con la ferocidad de una loba acorralada.
Durante diez segundos, el único sonido en el muelle fue el traqueteo sordo de los helicópteros sobre sus cabezas y el goteo constante de la lluvia sobre el metal.
Damian la devoró con la mirada: los hombros tensos, la bolsa de lona a sus pies y la postura de sus piernas, listas para pelear o arrojarse al agua antes de rendirse. Pero lo que hizo que la mandíbula del magnate temblara con una furia desgarradora fue la mano de Valeria, firmemente apoyada sobre su abrigo, cubriendo su bajo vientre.
Damian metió la mano en el bolsillo de su abrigo negro y sacó un objeto pequeño. Lo sostuvo entre sus dedos largos, mostrándoselo a la altura del pecho.
Era la caja aplastada del test de embarazo de Saint-Gervais.
—¿Clara Becker? —dijo Damian.
Su voz no fue un grito; fue un susurro grave, cargado de una vibración tan oscura, rota y peligrosa que pareció hacer descender la temperatura del puerto cinco grados de golpe.
Valeria sintió un nudo amargo atragantándosele en la garganta, pero no bajó la barbilla ni un milímetro. Metió la mano derecha en el bolsillo de su pantalón, cerrando los dedos alrededor del mango de fibra de carbono de su navaja táctica.
—Di una orden a tus hombres para que despejen el muelle, Valmont —dijo ella con voz helada—. O vas a tener que subir a buscarme por la fuerza. Y los dos sabemos cómo termina eso.
Damian soltó una risa baja, corta y siniestra que le heló la sangre a todos los presentes. Arrojó el cartón aplastado al suelo mojado y dio el primer paso sobre la pasarela, haciendo vibrar el metal bajo sus pies.
—¿Terminar cómo, Valeria? —preguntó él, subiendo despacio, acortando la distancia con esa zancada depredadora que no reconocía límites humanos—. ¿Vas a clavarle esa navaja al padre del hijo que llevas dentro?
La palabra hijo resonó en el muelle como el estallido de una granada sorda.
Kassian apartó la vista hacia el agua con expresión sombría. Los estibadores contuvieron el aliento.
Valeria palideció, pero su agarre sobre el arma se tensó aún más.
—Ese niño no tiene padre —escupió ella, con los ojos empañados por una mezcla salvaje de rabia y desesperación—. Tiene a una madre que se niega a dejarlo en manos de un monstruo que rompe huesos en sótanos oscuros y juega a ser dios con fusiles de asalto. ¡No voy a dejar que lo toques, Damian!
Damian subió los dos escalones restantes en una fracción de segundo.
Valeria sacó la hoja de titanio con un chasquido metálico, apuntando directo al centro de su garganta. El filo negro se detuvo a escasos tres centímetros de la piel del magnate, justo sobre la nuez que subía y bajaba con una respiración pesada.
Damian no se detuvo. No levantó los brazos ni retrocedió. Dio medio paso más hacia adelante, obligando a la punta de la navaja a rozar su cuello hasta hacer brotar una gota diminuta de sangre limpia sobre la tela de su camisa oscura.
—Mátame entonces —le exigió él en un susurro abrasador, clavando sus ojos ámbar en los de ella con una intensidad demencial—. Clávala hasta el fondo, Valeria. Porque es la única forma en que vas a subir a ese maldito barco.
Valeria sintió que la mano le temblaba. El calor de su piel, el aroma a cedro, lluvia y esa violencia posesiva que la envolvía como una marea la golpearon con una fuerza devastadora. Quería empujar la hoja; quería demostrarle que no le pertenecía, que su moral estaba por encima de todo... pero la imagen de sus manos curándolo en Zúrich, de su boca devorándola en el tren y de la vulnerabilidad rota que él solo mostraba en la oscuridad volvió a paralizarle los músculos.
—Eres un maldito bastardo... —sollozó ella entre dientes, con la voz quebrada por una impotencia que le quemaba las entrañas.
Damian no esperó. Con un movimiento rápido y certero de su mano izquierda, le atrapó la muñeca armada por encima del hueso, girándola hacia afuera con la fuerza justa para desarmarla. La navaja de titanio cayó al suelo de la pasarela y rebotó hacia el agua con un chasquido metálico final.
Antes de que Valeria pudiera retroceder o golpearlo con la otra mano, Damian la envolvió con ambos brazos.
La levantó del suelo con una violencia desesperada, aprisionándola contra su pecho con una fuerza que le quitó el aire. Sus dedos se hundieron en la lana de su abrigo, atrapándole la cintura y la espalda, mientras su rostro se hundía en el hueco del cuello de ella, aspirando su piel, su pelo mojado y su aliento con una ferocidad que rozaba la locura.
Valeria comenzó a golpearle los hombros con los puños cerrados.
—¡Suéltame! ¡Suéltame, maldito seas! ¡Déjame ir!
—Nunca —rugió Damian contra su cuello, y su voz temblaba por un desgarro que jamás había dejado salir ante ningún ser humano—. ¡Nunca en esta vida, Valeria! Puedes odiarme, puedes dispararme o puedes escupirme en la cara cada mañana, pero no vas a llevarte a mi familia a morir en el océano.
La apretó contra sí con más fuerza, bajando una de sus manos grandes y ásperas con una lentitud temblorosa hasta posarla, firme y posesiva, sobre el vientre de ella a través del abrigo.
El contacto fue tan rotundo, tan abrumadoramente definitivo, que las fuerzas de Valeria se quebraron de golpe. Sus puños dejaron de golpear su espalda y cayeron pesadamente contra el pecho ancho del magnate. Apoyó la frente contra su hombro, respirando entrecortadamente mientras las primeras lágrimas calientes se le escapaban contra la tela empapada de su abrigo.
Damian levantó despacio la cabeza. Con el rostro mojado por la lluvia marina y una gota de sangre bajándole por el cuello, miró hacia el muelle donde Kassian esperaba con la puerta del todoterreno abierta.
—Vámonos —ordenó Damian con voz de trueno sordo, llevando a Valeria en brazos escaleras abajo sin aflojar un solo milímetro su agarre—. Esta ciudad apesta a cobardes. Nos volvemos a casa.