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Señor Valdés, quiero el divorcio

Señor Valdés, quiero el divorcio

Status: En proceso
Genre:Mujer poderosa / Juego de roles / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:43
Nilai: 5
nombre de autor: Alma Varela

El día de su cumpleaños, Elena Robles recibe decenas de felicitaciones. Ninguna viene de su esposo.
Mientras ella espera un abrazo, sus mellizos preparan un regalo para Marina, la media hermana de Elena. Adrián Valdés también tiene claras sus prioridades: Marina siempre va primero.
Después de años intentando ganarse un lugar en su propia familia, Elena deja su anillo junto a los papeles del divorcio y se marcha. Esta vez, no busca que él la siga. Quiere recuperar su vida.
Vuelve a la empresa tecnológica que ayudó a fundar y retoma la carrera que dejó por su matrimonio. Quienes la subestimaban solo conocían a una esposa callada. Están a punto de descubrir de lo que es capaz.
Adrián está acostumbrado a que Elena siempre lo espere.
¿Qué hará cuando ella deje de hacerlo?

NovelToon tiene autorización de Alma Varela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1. Era hora de abrir los ojos

Elena Robles llegó al aeropuerto de Madrid pasadas las nueve de la noche.

Era su cumpleaños.

Apenas encendió el celular, la pantalla se llenó de notificaciones. Los mensajes de felicitación llegaron uno tras otro.

Elena empezó a leerlos con una sonrisa.

Sus compañeros de trabajo. Sus amigos.

Todos le deseaban un feliz cumpleaños.

Deslizó el dedo por la pantalla, buscando un nombre.

Adrián.

Volvió a revisar la lista.

Su esposo no le había enviado un solo mensaje.

Ni una felicitación. Ni una pregunta sobre su vuelo.

La sonrisa se le apagó.

Llegó a la casa después de las diez. Rosa abrió la puerta y se quedó mirándola.

—Señora Elena... ¿Qué hace aquí?

—¿Dónde están Adrián y los niños?

—El señor todavía no llega. Lucía y Mateo están jugando arriba.

Elena le entregó la maleta y subió. Los mellizos, ya en pijama, estaban sentados a una mesa pequeña. Lucía decoraba una portada de cartulina lila con calcomanías y dibujos. Mateo acomodaba varias fotografías sobre las páginas de un álbum. Tan concentrados estaban que no la oyeron entrar.

—¿Lucía? ¿Mateo?

La niña levantó la cabeza.

—¡Mamá!

Mateo levantó la cabeza y sonrió apenas. Después volvió a mover una fotografía hasta que quedó alineada con la otra.

Elena se acercó, acarició el pelo de Mateo y rodeó a Lucía con los brazos. Había esperado dos meses para volver a abrazarlos.

Apenas besó a su hija, Lucía se apartó.

—Mamá, estoy ocupada.

Elena se quedó con los brazos a medio cerrar.

Durante el vuelo había imaginado a los dos corriendo a recibirla. Quería escucharlos hablar de la escuela, saber qué habían hecho, tenerlos cerca aunque fuera un rato.

Lucía ya estaba mirando la mesa. Mateo seguía ocupado con sus fotos.

Elena acercó una silla para quedarse con ellos.

—¿Están haciendo un álbum?

—¡Sí! —Lucía se animó—. Marina cumple años la próxima semana. Mira, aquí va su nombre. Yo hice los dibujos.

Mateo señaló las fotografías.

—Papá nos ayudó a escogerlas y las mandó imprimir. Yo las estoy poniendo en orden.

En las fotografías estaban Adrián, los niños y Marina. Paseos, comidas, tardes juntos.

Para ese cumpleaños habían elegido las fotos, hecho los dibujos y preparado los regalos con una semana de anticipación.

Elena miró el nombre de Marina en la portada.

A ella, Adrián ni siquiera le había escrito.

Se le cerró la garganta.

—Y papá también mandó hacer otros regalos —añadió Lucía, mientras escogía otra calcomanía—. Mañana...

—¿Se acuerdan de cuándo es mi cumpleaños?

Mateo se quedó unos segundos con la fotografía en la mano. No respondió.

Lucía volvió a mirar la portada.

—Mamá, espera. Si me hablas, lo voy a pegar torcido.

Elena retiró despacio el brazo que aún tenía alrededor de su hija.

Se quedó allí, esperando.

Lucía eligió otra calcomanía. Mateo alisó una fotografía con la palma de la mano.

Ninguno respondió a su pregunta.

Al final, Elena se levantó. Salió sin hacer ruido.

Rosa la encontró en el pasillo.

—Acabo de llamar al señor. Dice que está ocupado y que no lo espere despierta.

—Está bien.

Elena recordó lo que los niños habían contado y llamó a Adrián. Él tardó en contestar.

—Tengo cosas que hacer. Mañana...

—Adrián, ¿quién llama a estas horas?

Era la voz de Marina.

Elena apretó el celular.

—Nada —respondió él.

Elena abrió la boca.

La llamada terminó.

Ni siquiera había alcanzado a decirle que ya estaba en la casa.

Llevaban meses sin verse. Ella había cruzado el océano para estar con él y con sus hijos. Adrián no solo había decidido quedarse fuera: tampoco le concedía unos segundos al teléfono.

Durante casi siete años, él siempre había sido así con ella. Distante. Frío. Impaciente.

Elena había aprendido a soportarlo. Antes habría vuelto a llamar, preguntado dónde estaba y buscado una forma de convencerlo de regresar. Esa noche no tuvo fuerzas.

A la mañana siguiente lo intentó una vez más.

Su cumpleaños había terminado sin que Adrián la felicitara.

Aun así, Elena pensó en una comida con él y con los niños. Aunque la celebraran un día después, sentarse los cuatro a la mesa todavía le habría hecho ilusión.

Para eso había reorganizado el trabajo y cruzado el océano.

Adrián no contestó. Mucho después llegó un mensaje.

«¿Necesitas algo?»

Elena escribió:

«¿Tienes tiempo al mediodía? Podríamos comer juntos, con Lucía y Mateo».

«Avísame dónde».

«Está bien».

Elena se quedó mirando la conversación.

Adrián había aceptado. Quizá esa vez podrían pasar un rato juntos.

Esperó otro mensaje.

No llegó.

Tampoco una felicitación atrasada.

Después de arreglarse, iba a bajar cuando oyó a Rosa hablando con los niños.

—¿No están contentos de que su mamá haya venido?

—Ya le prometimos a Marina que mañana iríamos a pasear al lago —respondió Lucía—. Si mamá quiere venir, va a ser raro.

Mateo dejó su vaso sobre la mesa.

—Papá dijo que el plan ya estaba hecho. Y mamá siempre se enoja cuando está Marina.

—No hablen así. Elena es su mamá. Si los escucha, se va a poner muy triste.

—Ya sé, pero a papá y a nosotros nos gusta más estar con Marina —dijo Lucía—. ¿Por qué no puede ser ella nuestra mamá?

Elena apretó la baranda.

Desde donde estaba no podían verla. Podía oír con claridad la voz de su hija.

Había dicho que quería a otra mamá.

La conversación siguió abajo, pero Elena ya no pudo entender las palabras.

Había criado a sus hijos casi sola. En los últimos dos años, Adrián había pasado más tiempo con ellos y los niños se habían apegado mucho a él. Cuando se trasladó a Madrid por trabajo, ambos insistieron en acompañarlo.

Ella había querido que se quedaran. Pero no soportaba verlos llorar y terminó aceptando.

También había hecho ese viaje para pasar más tiempo con ellos.

Se había preocupado por separarse de ellos. Había contado los días para volver a verlos.

Y ellos estaban preocupados por que ella estropeara sus planes con Marina.

Volvió al dormitorio.

Los regalos que había llevado desde México seguían junto a la maleta. Los había escogido pensando en la cara que pondrían al abrirlos.

Los guardó uno por uno.

Más tarde, Rosa le avisó por teléfono que había salido con los niños.

—Si necesita algo, llámeme.

Elena se quedó sentada al borde de la cama.

Su esposo seguía fuera. Los niños también se habían ido.

Había dejado el trabajo, hecho la maleta y viajado miles de kilómetros para estar con ellos.

Ahora estaba sola en una casa donde nadie había cambiado sus planes por su llegada.

Después de un rato, salió de casa.

Condujo sin rumbo por una ciudad que conocía, pero en la que de pronto se sentía extraña. Cerca del mediodía recordó la comida que había acordado con Adrián.

Estaba pensando si debía volver por los niños cuando recibió otro mensaje.

«Me surgió algo. Cancelamos la comida».

Elena leyó el mensaje.

Había aceptado la invitación. Ella ya estaba pensando en ir por los niños.

Él lo cancelaba todo con dos frases.

Una reunión, un amigo, cualquier compromiso: siempre aparecía algo más importante. Ni siquiera preguntaba si ella ya había salido o si lo estaba esperando.

Antes le habría dolido hasta hacerla llorar. Ese día solo sintió cansancio.

Sin darse cuenta, llegó al restaurante al que habían ido varias veces en otros viajes.

Estaba a punto de entrar cuando los vio.

Adrián, Marina y los mellizos comían juntos.

Lucía estaba sentada junto a Marina y reía mientras probaba una cucharada de su flan. Mateo había partido una croqueta por la mitad y se inclinaba para enseñársela. Marina les hablaba con una confianza que a Elena le resultó insoportable.

Adrián servía comida en los platos de los niños. Escuchaba a Marina y sonreía. Cada vez que ella hablaba, él volvía a mirarla.

Elena sacó el celular.

«Me surgió algo. Cancelamos la comida».

Volvió a mirar la mesa.

Sí tenía tiempo para comer.

Lo estaba pasando con Marina.

Lucía se acercó a ella para pedir otro poco de postre. Mateo le mostró algo de su plato y esperó a que le prestara atención.

Elena reconocía cada gesto de sus hijos. Durante años, ella había sido quien los alimentaba, quien se levantaba de noche y quien sabía qué necesitaban antes de que lo pidieran.

Había soportado un embarazo difícil y un parto agotador para tenerlos.

Ahora los veía reír con la mujer a la que su hija quería llamar mamá.

Sonrió apenas, sin alegría.

Después se dio la vuelta.

Al regresar a la casa, preparó una propuesta de divorcio.

Adrián había sido el sueño de su adolescencia. Ella lo había amado durante años; él nunca la había mirado del mismo modo. Si no hubiera ocurrido lo de aquella noche y su abuelo no hubiera insistido, jamás se habría casado con ella.

Elena había creído que, si se esforzaba lo suficiente, algún día él aprendería a quererla.

Había seguido creyéndolo durante casi siete años.

Miró los papeles sobre la mesa.

Ese cumpleaños ya había terminado. Ella también había terminado de esperar.

Guardó los papeles en un sobre y pidió a Rosa que se lo entregara.

Luego tomó la maleta y subió al auto.

—Al aeropuerto, por favor.

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