—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.
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Capítulo 24
Capítulo 24: Eres mi amuleto
Maite leyó el titular dos veces y bloqueó la pantalla. Abajo de los escalones, Chuy ya tenía la puerta de la Suburban abierta.
—¿A dónde la llevo, señorita?
Pensó en la casa. En sentarse en esa sala enorme a esperar un mensaje. No.
—A Galerías, don Chuy. Me deja en la puerta y se regresa.
—El ingeniero dijo que si usted necesitaba algo…
—Ese dinero no es para tonterías. —Se subió y se abrochó el cinturón—. Y el lunes empiezo las prácticas. No tengo ni una falda.
—Sí, señorita.
* * *
A las dos y diez estaba en una tienda del segundo piso, de las de rebaja en la entrada y música demasiado alta. Traía en la mano dos blusas, una blanca y una azul cielo, una falda lápiz negra y unos flats. Había volteado cada etiqueta. Ninguna pasaba de seiscientos pesos.
Iba a pagar con su tarjeta de débito, la de la cafetería. La de las quincenas contadas en el baño. El otro número, el de ocho cifras, seguía en su celular y ella no lo había vuelto a abrir.
Salía del probador con la falda puesta cuando las vio.
Karla y Fer, cada una con tres ganchos en el brazo, paradas junto al espejo de afuera. Karla la reconoció primero. Le recorrió el cuerpo con la mirada, de los flats a la trenza, y se detuvo en la mano izquierda.
—¿Y ese anillito? —Sonrió con media boca—. ¿Ya te conseguiste un viejo que te lo pagara?
Fer soltó una risita.
Maite se miró la argollita. Luego las miró a ellas. Sin prisa.
—Huelen a envidia desde la entrada. Mejor vayan al dentista.
A Karla se le borró la media sonrisa.
—Ay, qué graciosa.
—No, graciosas ustedes. —Maite colgó la blusa azul en el gancho del probador—. Todo el año escolar detrás de Dani. En el comedor, cuando me voltearon la charola, ustedes se estaban riendo. Escribieron de mí en Confesiones, y cuando se voltearon los comentarios lo borraron en una noche. —Ladeó la cabeza—. ¿Y ahora que Dani está en Suiza, quién les paga el Starbucks?
La empleada que doblaba playeras junto a la caja dejó de doblar.
—Pues ni nos contesta —soltó Fer, antes de que Karla la pudiera callar—. Está con sus abuelos y dice que ya ni se habla con Brandon. Y nosotras que íbamos a entrar con ella a la empresa de su papá, y su papá dijo que no. Ahora hay que mandar currículum por internet, como cualquiera.
—¡Fer!
—¿Qué? Es cierto.
Karla apretó los ganchos contra el pecho. Tenía la cara roja y los ojos brillosos, y le salió la pregunta que de verdad traía atorada desde mayo.
—¿Por qué el papá de Dani te defendió a ti?
Maite la miró derecho.
—Porque él sí distingue entre el dinero y la razón.
La empleada se volteó hacia la pared para que no le vieran la cara. Dos señoras que buscaban tallas en el perchero de al lado levantaron la cabeza al mismo tiempo.
Karla dejó los ganchos colgados en el primer perchero que encontró. Fer dejó los suyos encima. Salieron las dos con las manos vacías, y Karla ya iba tecleando algo en el celular antes de llegar al pasillo.
Maite pagó mil ochocientos cuarenta pesos. Con su tarjeta.
* * *
Pidió un Uber para regresar a San Pedro. En la caseta de Privada Lomas del Encino, el guardia se asomó por la ventanilla del conductor, la vio a ella en el asiento de atrás y levantó el teléfono. Lo puso en altavoz sin darse cuenta.
—Doña Imelda, aquí hay una señorita en un Uber que dice que…
—Es la prometida del ingeniero. Déjela pasar.
El guardia colgó y se enderezó como si le hubieran pasado lista. Levantó la mano a la sien, hacia el carro. El conductor la miró por el retrovisor dos veces antes de arrancar.
En el jardín, Toña la estaba esperando con las tijeras en una mano y un ramo en la otra. Rosas rojas, tantas que tuvo que agarrarlas con los dos brazos.
—Las mandó cortar el ingeniero. Todos los días, dijo.
A las cinco sonó el celular. Él se oía cansado, con ruido de gente atrás.
—¿Te dieron las rosas?
—No me caben en los brazos.
—Para eso sembré ese jardín. Para cortarle rosas diario a mi esposa. —Una pausa—. Aunque me tardé en encontrarla.
Maite se sentó en la orilla de la cama con las rosas en el regazo.
—¿Cómo va?
—Mal. Todavía nada. —Alguien le habló de lejos y él tapó el celular un segundo—. Cena tú. No me esperes.
* * *
Adolfo hizo caldo con la otra gallina de su mamá. Con calabacita y elote, y arroz aparte. Maite se sirvió un plato en la cocina, de pie junto a la estufa, y se lo tomó despacio. Sabía a su casa. Tuvo que parar dos veces.
El resto se lo pidió a Adolfo en una olla chica, tapado, a fuego bajito.
A las diez menos veinte oyó el carro. Llegó antes que Imelda a la puerta.
Rodrigo venía con la corbata en la mano y la cara gris, cerrada, la que ella le había visto a la una en el Registro Civil. La vio a ella abriéndole, en pantuflas, con la trenza deshecha a la mitad. La cara se le aflojó entera.
—Te dije que no me esperaras.
—Y yo no te hice caso. Ven.
—Después de las nueve no como nada, Maite.
—Hoy sí. —Lo jaló de la mano hasta el comedor—. Cuidarte también me toca a mí.
Le sirvió ella misma, en el plato hondo, con el cucharón. Le puso limón. Le puso la cuchara en la mano. Él se quedó mirando el caldo un momento largo y luego empezó a comer.
Maite se paró detrás de su silla y le puso dos dedos en la frente, justo donde se le juntaban las cejas. Frotó en círculos.
—Sana, sana, colita de rana… —canturreó, como su mamá cuando se raspaba las rodillas—. Que se le vaya la mala suerte a mi tío.
Rodrigo se rio con la cuchara a medio camino. Le agarró la muñeca y ya no se la soltó.
—Eres mi amuleto.
A las once menos veinte le sonó el celular sobre la mesa. Tomás. Rodrigo lo puso en altavoz.
—Ingeniero. Los encontraron. El GPS de la aseguradora y la Guardia Nacional. Una bodega en Jalisco. Las seis unidades completas, la carga sellada. Los choferes están bien.
Rodrigo cerró los ojos.
—¿Apodaca?
—No se para.
—Gracias, Tomás. Vete a dormir.
Colgó. Se quedó un rato con la mano encima del celular. Maite no dijo nada. Le rellenó el plato.
Después lavaron los trastes juntos. Él lavaba, con las mangas arremangadas, y ella secaba y no sabía dónde iba nada, y él le decía arriba a la izquierda, no, la otra.
Antes de dormir, él llenó una palangana con agua tibia y la puso en el piso del baño. Se hincó. Le metió los pies en el agua, uno y luego el otro, y se los lavó despacio, con las manos.
Maite no supo qué hacer con la cara. Nadie le había hecho eso nunca. Descubrió, con los pies en el agua, que a una la pueden cuidar tanto que dan ganas de llorar.
No lloró. Casi.
En la cama, él apagó la lámpara y se le acomodó detrás.
—El lunes empiezas en la Torre. —Lo dijo contra su pelo—. Y allá yo no soy tu tío: soy el ingeniero.