Cassidy Evans sabe arreglar casi cualquier cosa, excepto su propia vida. Entre un taller que apenas se sostiene, un padre que consume todo lo que toca y un futuro que parece decidido por otros, ha aprendido a confiar solo en sus manos, su ingenio y su hermano.
Adamo Greco nació para un mundo completamente distinto. Heredero de una familia mafiosa, peligroso, arrogante y demasiado acostumbrado a conseguir lo que quiere, llega a Idaho buscando algo que ni siquiera sabe nombrar.
Una Ducati averiada los pone frente a frente. Lo que comienza con provocaciones, discusiones y una atracción imposible de ignorar pronto se convierte en una obsesión capaz de arrastrarlos a ambos.
Cassidy no sabe quién es realmente Adamo.
Adamo sí sabe que debería mantenerse lejos de ella.
Pero hay adicciones que empiezan con una sola mirada… y terminan costándolo todo.
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Ahora sé que no
Adamo
El camino de regreso es raro.
No incómodo exactamente.
Peor.
Cass va detrás de mí, siguiendo la Ducati por la carretera oscura, y por primera vez desde que la conocí no sé qué decir cuando nos detenemos.
Eso no suele pasarme.
Hace menos de una hora estábamos desnudos en un río.
Riéndonos.
Tocándonos.
Jugando como dos niños.
Yo la tuve sobre mis hombros.
Ella me miró con una falta absoluta de discreción que todavía me hace sonreír cuando la recuerdo.
Estuvimos a nada de besarnos.
Varias veces.
Y ahora... Nada.
Solo silencio.
Como si hubiéramos cruzado algún límite.
Solo que no cruzamos ninguno… Técnicamente.
Me quito el casco.
Cass hace lo mismo.
—Bueno —digo.
—Bueno.
Excelente.
Nos hemos convertido en dos grandes conversadores.
Cass deja el casco sobre su moto y se cruza de brazos.
Se abraza a sí misma.
Hace frío.
Pero no creo que sea solo eso.
Yo también estoy extraño.
Y conozco esta sensación.
Es absurda.
Se parece demasiado a esa mañana después de acostarte con alguien y descubrir que ninguno sabe cómo comportarse.
Solo que no me acosté con Cassidy Evans.
Ese parece ser precisamente el problema.
Meto las manos en los bolsillos.
—Puedes dormir en la carpa.
Levanta la mirada.
—¿Y tú?
Señalo el suelo.
—Afuera.
Se ríe.
—No.
—Cass.
—Es tu carpa.
—Y te la estoy prestando.
—No necesito que me la prestes.
—Tampoco necesitas llamar a Manny a las dos de la mañana para preguntarle si puedes dormir en su sofá.
Mira la hora.
Su cara cambia.
—Mierda.
—Exactamente.
—Entonces duermo afuera.
—No.
—¿Por qué tú sí y yo no?
Buena pregunta.
Porque no quiero que duerma afuera.
Porque hace frío.
Porque hoy lloró contra mi pecho.
Porque se quedó sin casa.
Porque alguna parte de mí quiere hacer algo para que esta noche sea un poco menos mierda para ella.
No digo nada de eso.
—Mi madre lleva toda mi vida diciendo que podría dormir sobre una piedra. —Hago una pausa—. Esta noche voy a comprobar su teoría.
Cass sonríe.
—Tu mamá parece conocerte demasiado.
—Lamentablemente.
—Tienes el hombro mal.
—Estoy bien.
—Tenías el hombro fuera de sitio hace unas horas.
—El agua fría ayudó.
El silencio hace una cosa rara en mis oídos.
¿Agua fría? Mala elección de palabras… supongo.
Sus ojos encuentran los míos.
Y sé perfectamente qué acaba de recordar, porque yo estoy recordando exactamente lo mismo.
Agua.
Piel.
Sus piernas alrededor de mí cuando intentaba hundirme.
Mi mano en su cintura.
Su cuerpo desnudo bajo la luna.
Miro su boca.
Ella mira la mía.
Otra vez.
Esta mujer va a matarme.
Cass aparta la mirada primero.
—Esto es ridículo.
—¿Qué?
Hace un gesto entre nosotros.
—Esto.
—Eso es muy específico, Cass.
—Sabes perfectamente de qué hablo.
Tengo algunas ideas.
Muchas.
Demasiadas.
—Tengo algunas teorías.
—Claro que tienes teorías.
Respira profundamente.
Después me mira.
Algo cambia.
Lo noto antes de que hable: —Dejemos de mentirnos.
Ahora sí consigue toda mi atención.
—Está bien.
—Los dos sabemos qué va a pasar si entramos juntos a esa carpa.
Me quedo quieto.
No porque no sepa qué responder, porque no esperaba que lo dijera.
Así.
Directo.
Sin juegos.
Sin fingir que no lleva horas mirándome como yo la miro a ella.
—¿Qué? —pregunta.
Parpadeo.
—Nada.
—No esperabas que lo dijera.
Sonrío apenas.
—No de esa manera.
—¿Cómo querías que lo dijera?
—No sé.
—Adamo.
—Cass.
—Es bastante sencillo. —Da un paso hacia mí—. Queremos tener sexo juntos.
Mi cerebro se hace humo por unos segundos.
Ni siquiera diré que no puedo hilar un pensamiento, porque no hay nada para hilar… solo silencio.
—¿Quieres follar conmigo sí o no?
Bueno.
Definitivamente no conozco mujeres como ella.
Levanto las cejas.
Cass casi sonríe.
Sabe que me sorprendió.
Y está disfrutándolo.
—¿Sí o no? —insiste.
Me paso una mano por la mandíbula.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Directa.
—Cuando no quiero perder tiempo.
La miro.
La respuesta es obvia.
Mi cuerpo lleva todo el día respondiéndola.
Desde antes, probablemente.
Desde el momento en que levantó la vista en el taller y me insultó por maltratar una moto.
—Sí.
Su respiración cambia apenas.
—¿Sí qué?
Quiere oírlo.
Perfecto.
—Sabes perfectamente qué.
—Quiero escucharlo.
Me acerco un poco.
—Sí, Cassidy. —Sus ojos cambian cuando digo su nombre completo. Interesante—. Quiero follarte. Duro.
El color le sube un poco por el cuello.
Eso casi me hace sonreír.
La mujer acaba de preguntarme de frente si quiero llevarla a la cama y aun así consigo hacerla sonrojar.
Me gusta demasiado.
Asiente.
—Bien.
Ahora viene la parte que no quiero preguntar, pero tengo que hacerlo.
—Mi turno.
Frunce el ceño.
—Adelante.
—¿Estarías bien después?
Eso no se lo esperaba.
—¿Después de qué?
—De acostarte conmigo.
Rueda los ojos.
—Sé cómo funciona el sexo, Greco.
—No estoy hablando del sexo. —Se queda callada—. Estoy hablando de cuando me vaya.
La frase cae entre nosotros.
Y odio lo pesada que suena.
Tres meses.
He repetido esa cifra tantas veces desde que salí de casa que debería sentirla normal.
Tres meses de libertad.
Después Grecia.
Después mi padre.
Las operaciones.
La familia.
Mi vida real.
Cass baja la mirada.
—Cass.
—Dame un segundo.
Obedezco, porque ahora realmente quiero saber.
No quiero la respuesta fácil.
Quiero la verdadera.
Si dice que sí, que puede acostarse conmigo esta noche y verme marchar mañana sin que signifique nada... Dios.
Mentiría si dijera que no lo haría.
Claro que lo haría.
La deseo.
Muchísimo.
Pero mientras espero descubro algo bastante incómodo. No quiero que me diga que sí si no es verdad.
Eso es nuevo.
Cass finalmente levanta los ojos.
—No.
Algo dentro de mí cae.
Y otra cosa completamente distinta se eleva.
—¿No?
Niega con la cabeza.
—Pensé que sí.
Mi boca quiere sonreír.
No debería.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que no. —Se queda en silencio tres segundos antes de añadir: —No estaría bien sabiendo que después vas a irte y probablemente no vuelva a verte nunca.
Mierda.
Me atraviesa algo tan extraño que no sé ponerle nombre.
¿Decepción? Sí.
Porque significa que no voy a tocarla como llevo horas imaginando.
Pero también... Algo parecido a alivio.
No.
Satisfacción.
Eso es peor.
Porque significa que esto también le está pasando a ella.
Lo suficiente para que ya no pueda fingir que sería solo sexo.
La idea me gusta mucho más de lo que debería.
Sonrío.
No puedo evitarlo.
Cass me mira con sospecha.
—¿Por qué estás sonriendo?
—No estoy sonriendo.
—Adamo.
—Quizá un poco.
—¿Qué tiene de divertido?
—Nada.
Y es verdad.
No es divertido.
Solo... Me gusta saber que la afecto. Porque ella me está afectando muchísimo más de lo previsto.
—Entonces deja esa cara.
—No puedo controlar mi cara.
—Yo sí podría hacerlo con una llave inglesa.
Me río.
Ahí está.
Cass.
Gracias a Dios.
Durante dos segundos todo vuelve a ser fácil.
Después deja de serlo.
Porque seguimos deseándonos.
Ahora simplemente sabemos que no vamos a hacer nada.
Fantástico.
y ahora sin carga de un padre que les quita el dinero de una madre que ni los protege