Hay amores que llegan demasiado tarde.
Y otros que nunca debieron llamarse amor.
***
Cinco años atrás, Lizzie cometió un error con James.
Una noche.
Un secreto.
Y una despedida antes de que él pudiera decirle que, para él, nunca había sido un error.
Ahora Lizzie tiene veinticinco años, un prometido perfecto y una boda esperándola. James debería ser solamente un recuerdo… hasta que la enfermedad de su padre lo convierte en el único hombre capaz de salvar el legado de su familia.
Trabajar juntos no estaba en sus planes.
Volver a desearse, mucho menos.
Porque James sigue siendo el hombre que no debería tocar.
Y Lizzie sigue perteneciendo a un futuro en el que él no tiene lugar.
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Capítulo 9. Demasiado natural
Habían pasado casi dos semanas desde que James asumió la presidencia.
Suficientes para que su presencia dejara de sentirse temporal.
Durante los primeros días se había dedicado a observar. Revisó contratos, habló con los responsables de cada área y pidió informes que nadie esperaba que solicitara tan pronto. No llegó intentando cambiar todo lo que mi padre había construido ni haciendo movimientos innecesarios para demostrar autoridad. Primero quiso entender.
Después empezó a decidir.
Algunas reuniones se hicieron más cortas. Dos proyectos quedaron detenidos hasta nueva revisión y ciertos problemas que llevaban meses aplazándose terminaron sobre su escritorio.
Adrián continuaba sin estar feliz con la situación, aunque sus enfrentamientos con James habían disminuido. No porque de repente se llevaran bien. James simplemente había encontrado una forma bastante efectiva de tratar con él: darle responsabilidades.
Y Adrián, para sorpresa de todos, respondía.
Se quejaba. Discutía. Alguna vez había salido de aquella oficina murmurando cosas que preferí no escuchar. Pero cumplía.
Yo tampoco había escapado de la nueva administración.
Mis días empezaban más temprano y terminaban mucho más tarde. James me había involucrado en buena parte de la transición y, sin darme cuenta, comenzamos a desarrollar una rutina.
Una demasiado sencilla.
Después de cinco años evitando permanecer solos más tiempo del necesario, ahora pasábamos horas juntos. Compartíamos reuniones, documentos y comidas que casi siempre terminaban enfriándose sobre algún escritorio. Yo empezaba a reconocer cuándo estaba irritado por la manera en que se quitaba el reloj. Él había aprendido que después de mi segundo café era mejor no ofrecerme un tercero.
Había días en los que olvidaba por completo que alguna vez había sido difícil estar cerca de él.
Eso era lo preocupante.
Papá también estaba mejor. Seguía hospitalizado y los médicos insistían en que su recuperación debía tomarse con calma, pero ya no existía la misma angustia de los primeros días. Mamá permanecía con él gran parte del tiempo y nosotros nos turnábamos para visitarlo.
Maxton seguía lejos.
Hablábamos siempre que nuestros horarios lo permitían. A veces durante una hora; otras, apenas unos minutos. Todavía faltaban meses para su regreso y había noches en las que la distancia me pesaba más de lo habitual.
Aun así, todo parecía haber encontrado cierto equilibrio.
Hasta aquella noche.
Eran casi las nueve cuando mamá me escribió.
Papá ya dormía. Las enfermeras estarían pendientes de él y ella también se quedaría esa noche en el hospital. El mensaje terminaba con una orden bastante clara: no quería verme aparecer por allí. Debía ir directamente a casa, cenar algo y dormir.
Por una vez decidí hacerle caso.
El piso ejecutivo estaba prácticamente vacío cuando apagué mi computadora. Recogí mis cosas y, al salir, vi que la luz de la oficina de papá continuaba encendida.
James seguía trabajando.
Había dejado el saco sobre uno de los sillones y tenía las mangas de la camisa recogidas. Ni siquiera levantó la cabeza cuando me acerqué a la puerta. Le avisé que me marchaba y mencioné que esa noche no iría al hospital.
Fue suficiente para que mirara la hora.
—Te llevo.
Intenté decirle que tenía auto.
James miró primero mi bolso y después mi rostro, deteniéndose probablemente en las ojeras que llevaba días intentando disimular.
Diez minutos después, mi auto seguía en el estacionamiento de la empresa.
No estaba segura de cómo había perdido aquella discusión.
El trayecto hasta mi casa fue tranquilo.
Durante años había pensado que el silencio entre James y yo era incómodo. Ahora empezaba a comprender que nunca había sido el silencio.
Éramos nosotros.
Porque aquella noche no necesitábamos hablar.
James conducía y yo miraba las luces de la ciudad pasar detrás de la ventana, demasiado cansada para mantener una conversación. En algún momento cerré los ojos. No llegué a dormirme, aunque estuve cerca.
Cuando volví a abrirlos, James me estaba mirando.
Solo un segundo.
Después volvió la atención al camino.
No pregunté.
Últimamente empezaba a hacerlo demasiado.
Mirarme.
Y yo empezaba a notarlo demasiado.
Llegamos a casa poco después.
Las luces de la planta baja estaban encendidas. Adrián debía estar allí.
Tomé mi bolso y agradecí a James que me hubiera llevado.
Pensé que ahí terminaría la noche.
Hasta que él también bajó del auto.
No discutí.
Había conocido a James prácticamente toda mi vida. Que caminara conmigo hasta la entrada de la casa no tenía nada de extraño.
O no debería.
Avanzamos por el sendero sin hablar. El aire fresco consiguió despejarme un poco y, cuando llegamos a los escalones de la entrada, me giré para despedirme.
James estaba más cerca de lo que esperaba.
Me detuve.
Durante las últimas dos semanas habíamos compartido espacios mucho más pequeños. Nos habíamos sentado uno junto al otro durante horas. Habíamos revisado documentos inclinados sobre el mismo escritorio. Nuestros brazos se habían rozado más de una vez.
Nada de aquello había preparado mi cuerpo para ese momento.
Porque no estábamos trabajando.
No había nadie alrededor.
Solo James mirándome.
Su expresión no tenía nada extraordinario y, aun así, algo en ella me hizo perder la seguridad que había tenido durante todo el camino.
La mirada permaneció.
Demasiado.
Sentí la necesidad absurda de alejarme.
Retrocedí.
Olvidé el escalón detrás de mí.
El tacón resbaló en el borde y durante un instante perdí por completo el equilibrio.
James reaccionó antes que yo.
Una mano rodeó mi cintura mientras la otra sujetaba mi brazo. El tirón me llevó directamente contra él.
El susto apenas duró un segundo.
Lo demás duró mucho más.
Mis manos habían terminado apoyadas sobre su pecho. Sentía debajo de las palmas el calor de su cuerpo y la tela de su camisa. James todavía me sostenía por la cintura, firme, aunque ya no existía ningún peligro de que cayera.
Levanté la cabeza.
No debí hacerlo.
Estaba demasiado cerca.
Durante un instante ninguno pareció recordar que ya podía soltar al otro.
Su mirada recorrió mi rostro lentamente y se detuvo en mi boca.
El corazón comenzó a golpearme con tanta fuerza que me pregunté si podía sentirlo a través de mis manos.
James tensó apenas los dedos sobre mi cintura.
Yo seguía aferrada a su camisa.
Cinco años desaparecieron con una facilidad aterradora.
Recordé aquellas manos.
Recordé esa mirada.
Recordé exactamente lo que ocurría cuando James dejaba de mirarme como debía.
Y lo peor fue comprender que yo tampoco lo estaba mirando como debía.
La puerta de la casa se abrió.
—¿Lizzie?
Nos separamos.
No con la rapidez suficiente.
Adrián permaneció en la entrada, observándonos.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Me apresuré a recoger el bolso que había terminado en el suelo y expliqué, probablemente demasiado rápido, que había tropezado.
Mi hermano miró el escalón.
Después a James.
Finalmente a mí.
—Ya veo.
Eso fue todo.
No necesitaba decir más.
James tuvo la decencia de no sonreír.
Casi.
Me preguntó si estaba bien y asentí sin atreverme a sostener demasiado su mirada. Antes de marcharse le recordó a Adrián que lo esperaba temprano al día siguiente, consiguiendo que la expresión divertida de mi hermano desapareciera inmediatamente.
Después se despidió de mí.
Esta vez no hubo ninguna mirada larga.
Quizá porque ambos sabíamos que Adrián estaba observando.
Vi a James regresar al auto y esperé hasta que se alejó.
Solo entonces entré a la casa.
Adrián cerró la puerta detrás de nosotros.
Conocía a mi hermano.
Sabía que aquel silencio no duraría.
—Fue el escalón —dije antes de que empezara.
Adrián asintió con una seriedad completamente falsa.
—Un escalón muy peligroso.
Lo fulminé con la mirada.
Eso fue suficiente para que sonriera.
Subí las escaleras sin darle oportunidad de continuar. Su risa me siguió durante parte del camino, pero no me detuve hasta llegar a mi habitación.
Cerré la puerta.
Entonces todo quedó en silencio.
Dejé el bolso y me miré en el espejo.
No había ocurrido nada.
Había perdido el equilibrio.
James me había sostenido.
Adrián había aparecido justo en el peor momento posible.
Eso era todo.
Me repetí aquella explicación mientras me quitaba los pendientes.
Funcionó hasta que recordé que James había podido soltarme mucho antes.
Y que yo también había podido apartarme.
No lo hicimos.
Bajé la mirada hacia mi mano izquierda.
El anillo de compromiso brillaba bajo la luz de la habitación.
Sentí una punzada de culpa.
No había besado a James.
Ni siquiera había estado cerca de hacerlo.
Pero por primera vez desde que Maxton puso aquel anillo en mi dedo, tuve la desagradable sensación de haber cruzado una línea sin necesidad de tocarla.
Me senté en el borde de la cama.
Dos semanas atrás había pensado que trabajar con James sería difícil por todo lo que había ocurrido entre nosotros.
Me había equivocado.
Lo difícil no era estar cerca de él.
Lo difícil era que empezaba a gustarme estarlo.