Un brote biológico impredecible de origen desconocido transforma a la frenética ciudad de Bogotá en un Infierno claustrofóbico. Atrapados en la intersección entre la vida y la muerte —un complejo residencial contiguo al ala médica del Hospital San José—, Sofía y Mateo enfrentarán una pesadilla donde el peligro no solo proviene de infectados sedientos de sangre e implacables, sino de las mismas estructuras de un edificio surrealista que parece jugar con la lógica espacial y la gravedad. Separados por el azar, las decisiones apresuradas y el terror, su única salida será sobrevivir piso por piso en una odisea de 50 niveles de angustia, con el único fin de volver a sostener la mano del otro.
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EL AIRE QUE RELLENA EL VACÍO
Mateo ajustó la correa del walkie-talkie a su cinturón y guardó el segundo aparato en su chaqueta de lona. Si lograba subir al área de empalme del piso 4 y Sofía encendía su receptor en la misma frecuencia, podría avisarle de inmediato sobre el peligro del contagio por contacto.
En ese instante, el radio de su cinturón emitió un pequeño chasquido estático al sintonizar la frecuencia del canal de mantenimiento.
El sonido fue tenue, pero suficiente en el silencio del taller.
La criatura infectada detuvo su marcha en seco. Giró lentamente el torso hacia la puerta del taller de biomédica. Sus mandíbulas, manchadas de fluido oscuro, se abrieron dejando escapar un siseo áspero y agudo.
Mateo aferró el martillo de bola con la mano derecha y dio un paso atrás, buscando un punto ciego entre los estantes de metal. La criatura embistió la puerta de cristal, rompiendo el marco y cayendo al suelo del taller entre una lluvia de fragmentos afilados.
Al mismo tiempo, un piso más abajo, Sofía había logrado escalar por la rampa de servicio del aire acondicionado hasta alcanzar el ducto técnico de inspección del piso 4. El espacio era estrecho, cubierto de polvo y hollín. Gateaba a tientas mientras escuchaba, a través de las láminas de lata del techo, los ruidos de la lucha que se desarrollaba justo arriba de ella.
—Mateo... —susurró Sofía, pegando el oído a la lámina de ventilación—. Sé que estás ahí arriba.
El juego de la supervivencia se volvía más exigente: no solo debían esquivar los colapsos del concreto y la ferocidad de los infectados, sino proteger cada centímetro de su piel expuesta contra una sola mordedura que terminaría con todo.
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Hola!!! perdon que este capitulo sea tan corto, solo quería comentar algo Sobre la “suerte del protagonista”
Desde mi punto de vista, en la mayoría de las historias —sean de acción, terror, suspenso, aventura, etc.— los personajes principales suelen sobrevivir hasta el final porque la historia se cuenta precisamente desde la perspectiva de quienes lograron sobrevivir lo suficiente como para tener una historia que contar.
Muchas veces llamamos a esto “la suerte del protagonista”, pero creo que puede entenderse de otra manera. Imaginemos un acontecimiento en el que participan cien personas. Algunas podrían morir durante los primeros minutos, otras escapar y otras quedar fuera de lo ocurrido. Sin embargo, nosotros seguimos a aquellas cuyas circunstancias les permitieron continuar y vivir algo suficientemente largo, complejo e interesante como para convertirse en una historia.
Si el protagonista de una película de terror muriera a los cinco minutos de entrar en la casa embrujada, probablemente tendríamos un acontecimiento, pero no una historia. Lo interesante comienza cuando el personaje sobrevive, toma decisiones, comete errores, enfrenta consecuencias y continúa avanzando.
Por eso, la “suerte del protagonista” no necesariamente significa que el personaje sea invencible o que el guion lo proteja sin razón. Muchas veces es simplemente el resultado de estar contando la historia de una persona que, entre todas las posibilidades, consiguió sobrevivir y recorrer un camino lo suficientemente largo como para que nosotros pudiéramos conocerlo.