Lucia despierta después de una noche de borrachera, dándose cuenta que estaba en la casa de su jefe, Mateo Alcázar, y que había pasado una noche de pasión.
Mateo, a consecuencia de esto, promete hacerse responsable, pero Lucía lo rechaza. Aunque eso no significa que sea el final, ya qué, con la presencia de su ex novio, quien intenta agredirla, Lucía finalmente acepta el matrimonio con Mateo, iniciando así, una relación en donde no existe amor, pero hay una evidente atracción entre ambos.
¿Podrá prosperas el amor, en este matrimonio que empezó como una necesidad de protección?
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Capítulo 19
Clara no empezó por el escándalo.
Eso fue peor.
Primero preguntó si habían comido, si el vuelo había sido pesado, si Lucía llevaba abrigo de verdad o una de esas camperitas inútiles que ella llamaba "de compromiso". Después miró a Mateo como si lo estuviera midiendo para un traje.
—Inés me dijo que te casaste con mi hija.
Mateo estaba sentado junto a Lucía, con una mano apoyada en el respaldo del sofá.
—Sí.
—¿Y cuándo pensabas venir a decírmelo?
—Mañana.
Lucía se tapó la cara.
—Mamá, no lo interrogues por videollamada.
—Todavía no empecé.
—Eso es lo que me preocupa.
Clara tomó un sorbo de té.
—Mañana vienen a almorzar. Los dos. Y no quiero excusas de agenda.
—Vamos —dijo Mateo.
—Bien. Lucía, dormí. Tenés cara de haber sobrevivido a una mudanza, un casamiento y una mala decisión.
—Gracias por la precisión.
—Soy tu madre.
Mateo bajó la mirada. Lucía juraría que estaba por reírse.
—Mamá —dijo él—, acabamos de llegar. Mañana la llevo.
Clara lo miró de nuevo. Esta vez con menos filo.
—Hacelo.
La llamada terminó.
Lucía dejó caer el celu sobre el sofá.
—Te dijo mamá dos veces y seguís vivo.
—Me aceptó.
—No. Te citó.
—Es parecido.
—No conocés a Clara.
—Por eso voy mañana.
Mateo volvió a su reunión. Lucía se encerró en el dormitorio con la excusa de ordenar sus cosas. La suite tenía balcón corrido. Salió un minuto a respirar frío y llamó a Julia, su amiga diseñadora de Seúl, una de las pocas personas que conocía a La Despistada y la única capaz de escuchar un desastre sin pedir resumen.
—Decime que estás en Corea y que traés chisme —dijo Julia apenas atendió.
—Estoy en Corea. Me casé.
Hubo silencio.
—Perdón, se me cortó el cerebro. ¿Qué?
Lucía le contó rápido: Bruno, Valentina, Mateo, el casamiento relámpago, Inés, Clara citándolos para almorzar.
Julia respiró hondo.
—O sea que viniste a la semana de moda con tu jefe, que ahora es tu marido, y tu marido todavía no sabe que vos sos La Despistada.
—Exacto.
—Me encanta. Es un desastre caro.
—No ayudes.
—¿Y lo otro?
—¿Qué otro?
—Lucía.
Ella miró hacia la puerta del balcón. Del otro lado, el living también tenía salida. La cortina estaba abierta.
—No sé —bajó la voz—. Me pone nerviosa. La primera vez fue un quilombo. Dolió. Yo estaba borracha. Él no, o no tanto. Ahora es distinto y eso me asusta más.
—Si no querés, no querés. Si querés, tampoco te hagas la mártir.
—Qué profunda.
—Soy una profesional.
—Me preguntó si podía besarme.
—Bien.
—Y después me besó en la biblioteca de su casa.
—Mejor.
—Julia.
—¿Qué querés que te diga? Si el tipo pregunta antes de besar, compra toallitas antes de que se las pidas y tu suegra te ama, por lo menos probá no salir corriendo cada vez que respira.
Lucía se quedó helada.
En el otro extremo del balcón, Mateo estaba de pie con el abrigo puesto y las manos en los bolsillos.
No sabía cuánto había escuchado.
Julia seguía hablando.
—¿Hola? ¿Te moriste?
—Peor.
—¿Está ahí?
—Sí.
—Besalo y cortá.
Lucía cortó.
Mateo no dijo nada. Solo la miró.
Ella entró al dormitorio con una dignidad que se le caía a pedazos y cerró la puerta.
Media hora después, tocaron.
—¿Sí?
—Vamos a comer.
Abrió. Mateo tenía el abrigo negro puesto, sueter blanco, pelo húmedo y esa cara de no haber oído nada aunque lo hubiera oído todo.
Lucía también llevaba abrigo negro y sweater claro.
—Parecemos coordinados.
—Lo estamos.
—No me digas eso.
Él le ofreció la mano.
Lucía la miró.
—En público no.
—Estamos en otro país.
—Peor. No sé dónde están las cámaras.
Mateo le tomó la mano igual y la metió en el bolsillo de su abrigo.
—Frío.
—Manipulador climático.
Bajaron al estacionamiento del hotel. Mateo había alquilado un auto. Manejó sin navegador las primeras cuadras, lo cual molestó a Lucía más de lo razonable.
—¿Cómo sabés llegar?
—Inés me pasó direcciones.
—¿Tu mamá también opera en Corea?
—Tu mamá le pasó la lista.
—Son peligrosas juntas.
—Sí.
La radio del auto sonaba baja. Una locutora hablaba de la primera nevada fuerte de la semana. Lucía miró la ciudad por la ventanilla: luces, vapor en las veredas, gente caminando rápido con bufandas hasta la nariz.
En un semáforo, Mateo la miró.
—No tenés que explicar lo del balcón.
Lucía se quedó tiesa.
—No escuchaste.
—Escuché poco.
—Qué poco.
—Lo suficiente.
Ella cerró los ojos.
—Matame.
—No.
—Qué considerado.
Él frenó frente a un restaurante viejo, pequeño, lleno de gente local. Nada de lujo. Mesas apretadas, ollas humeantes, olor a caldo fuerte y picante.
—¿Acá?
—Tu mamá venía con Inés.
Lucía conocía ese lugar. Clara la había llevado varias veces cuando vivían en Seúl. No era elegante, pero tenía una sopa de carne y verduras que a ella le arreglaba cualquier invierno.
Mateo pidió en coreano dos frases aprendidas de memoria.
Lucía lo miró.
—¿Vos hablás?
—No.
—Acabás de hablar.
—Aprendí eso.
—¿Y si te preguntan algo?
—Estás vos.
—Muy sólido tu plan.
La comida llegó rápido. Mateo le escaldó los palillos, le sirvió caldo, separó lo más picante y dejó cerca el agua.
Lucía lo observó en silencio.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra mentira.
—Estoy tratando de entenderte.
—¿Y?
—Me faltan datos.
—Pedí.
Ella quiso hacer una pregunta seria, pero le salió otra.
—¿Cuánto le pagás a Simón para que me venda información?
Mateo ni parpadeó.
—Demasiado.
Lucía se rio por primera vez desde que llegaron.
Comieron sin apuro. Ella no pudo terminar todo. Mateo comió el resto sin comentario, como si fuera lo más natural del mundo. Después caminaron un rato por una galería cubierta porque afuera caía aguanieve.
En la puerta, esperando el auto, Lucía se pegó apenas a su costado.
—Tengo frío.
Mateo abrió el abrigo y la cubrió contra él.
No hizo chistes. No pidió nada. Eso la dejó sin defensa.
Cuando volvieron al hotel, era tarde.
Lucía se duchó primero y se metió en la cama con el pelo apenas seco. Se quedó dormida antes de decidir si iba a fingir sueño.
Mateo salió del baño y encontró su celu vibrando sobre la mesa de luz.
Número desconocido.
Vibró de nuevo.
Y otra vez.
Mateo miró a Lucía. Dormía de costado, abrazada a una almohada.
Atendió en el balcón.
—Lu, no cortes —dijo Bruno, con la voz gastada—. Por favor.
Mateo no habló.
—Sé que metí la pata. Sé que fui un desastre. Valentina no significa nada. Lo del otro día... estaba borracho. Yo te amo.
Mateo miró la ciudad.
—Quiroga.
Del otro lado hubo un golpe, un quejido, ruido de sábanas.
—¿Quién sos?
—Mateo Alcázar.
Bruno respiró mal.
—¿Dónde está Lucía?
—Durmiendo.
—¿Por qué tenés su teléfono?
—Porque está conmigo.
El silencio duró poco.
—No tenés derecho.
Mateo volvió al cuarto sin cortar. Apoyó el celu en la mesa de luz, en altavoz bajo. Se inclinó junto a Lucía.
—Lucía.
Ella abrió los ojos, confundida.
—¿Qué pasa?
—Bruno.
El sueño se le fue de golpe.
Escuchó la voz al otro lado:
—Lu, por favor, hablame.
Lucía miró a Mateo. Después tomó el celu.
—No vuelvas a llamarme.
—Lu...
—No.
Cortó.
La mano le temblaba.
Mateo se sentó en el borde de la cama.
—Perdón.
—¿Por atender?
—Sí.
Lucía dejó el celu boca abajo.
—Mejor vos que yo.
Mateo no se movió.
Ella tampoco.
Después Lucía hizo algo que no pensó: lo tomó de la camisa y lo besó.
No fue largo. No fue prolijo. Fue rabia, alivio y una forma torpe de decir que Bruno ya no tenía lugar.
Mateo se quedó quieto un segundo. Después respondió.
Cuando ella se apartó, respiraba mal.
—Dame tiempo —dijo.
—Todo.
Esa palabra sí le creyó.
metiche la envidia ella siempre odiaba a Lucia por qué se casó con Mateo 😂😂😂💕