NovelToon NovelToon
Las Enseñanzas Del Bambú

Las Enseñanzas Del Bambú

Status: Terminada
Genre:Época / Completas
Popularitas:537
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Lady Genevieve es la joven rebelde que escandaliza a la alta sociedad londinense. Lordian, un duque frío, metódico y perfecto, viaja de incógnito por la campiña inglesa cuando sus caminos se cruzan.
Sin conocer su verdadera identidad, Genevieve decide enseñarle las antiguas lecciones orientales que aprendió de su tío: fluir como el agua, encontrar el equilibrio y aprender a soltar. Entre risas, barro, estrellas y una atracción imposible de ignorar, ella descubrirá que incluso el corazón más rígido puede aprender a amar.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5: El banquete de las cosas simples

El repiqueteo de la lluvia sobre el tejado de paja de la choza comenzó a perder su violencia estruendosa. Poco a poco, la tempestad que había azotado los bosques de Kent se transformó en un murmullo pausado, un goteo constante y rítmico que caía desde las vigas de roble hacia el barro del exterior.

​En el interior de la choza, sin embargo, el aire continuaba cargado de esa electricidad densa y cálida que había dejado el beso.

​Lordian tardó varios segundos en incorporarse del todo. Con un gesto pausado, se pasó los dedos por el cabello —ahora desordenado sin remedio alguno— y acomodó el cuello de su camisa. Sin embargo, en lugar de recuperar de inmediato la postura rígida y marcial del aristócrata de la capital, se quedó sentado en el banco de madera tosca, justo al lado de Genevieve, con los hombros relajados y la mirada perdida en la luz cenicienta que se filtraba por la ventana sin cristales.

​Genevieve, a su lado, lo observaba de reojo con una sonrisa menuda, juguetona y victoriosa flotando en las comisuras de los labios.

​—Se ha quedado en un silencio casi filosófico, señor Vance —comentó ella suavemente, recogiendo sus zapatillas de tela del suelo e intentando sacudirles la tierra seca—. ¿Está haciendo un inventario mental de los daños que este desliz en una choza abandonada le causará a su intacta reputación de caballero impecable?

​Lordian dejó escapar un suspiro largo, un soplo de aire que no estuvo dividido en tiempos ni sujeto a ninguna regla de templanza.

​—Estaba pensando... en que el aire dentro de este refugio improvisado huele de una forma que jamás he percibido en mi residencia de Londres —admitió, mirando la palma de sus manos, aún tibias por el roce de la piel de ella. Luego se giró despacio hacia la joven, fijando sus ojos oscuros en el rostro iluminado por la penumbra—. Y en que su constante empeño por desafiar cada una de mis costumbres tiene una falta de respeto que encuentro extrañamente adictiva.

​—Es porque no le tengo miedo a su mirada de juez ni a su tono de parlamento —replicó Genevieve con sencillez, mientras hurgaba en los bolsillos del delantal de lana que llevaba sobre el vestido—. Y hablando de necesidades humanas primarias que no pueden resolverse con discursos... la tormenta nos ha dejado atrapados justo a la hora del almuerzo. Y asumo que un hombre tan enfocado en el orden no habrá salido a pasear por el campo con un pastel de carne escondido en la chaqueta.

​—Los suministros alimenticios eran responsabilidad directa de la cocina de la posada para la hora de la cena —respondió él, recuperando por un instante su matiz analítico—. Por lo tanto, el déficit de esta hora es ineludible.

​—"Déficit"... qué manera tan lamentable y aburrida de decir que tiene un hambre feroz —se burló ella.

​Con un gesto triunfal y dramático, Genevieve sacó del bolsillo profundo de su delantal un paquete envuelto en papel de estraza atado con un cordel de cáñamo. Lo desató sobre la mesa de leñador con dedos ágiles, revelando medio mendrugo de pan de hogaza de corteza gruesa y tostada, un trozo generoso de queso de cabra curado y dos ciruelas oscuras, brillantes y maduras.

​—Un banquete real —anunció, dando una pequeña palmada sobre la madera.

​Lordian contempló la oferta alimenticia con una mezcla de perplejidad y profunda desconfianza higiénica.

​—¿Se supone que vamos a consumir alimentos sobre una superficie de madera no tratada, sin mantelería, sin cubiertos de metal y compartiendo un solo trozo de pan sin desinfectar previa preparación?

​—Vamos a comer con las manos, señor Vance —corrigió ella, remarcando su apellido de incógnito con una risita picante—. O puede quedarse allí sentado contando las calorías que su orgullo no le permite ingerir.

​Genevieve tomó el mendrugo de pan con ambas manos y, aplicando la fuerza de sus brazos, lo partió en dos. El sonido de la corteza crujiendo resonó en la pequeña estancia, liberando un aroma denso a levadura, trigo tostado y leña que provocó que el estómago de Lordian emitiera un ruidoso y traicionero crujido.

​Genevieve no dejó pasar la oportunidad: soltó una carcajada limpia que resonó contra las piedras de la pared y le extendió la mitad más grande junto con el pedazo de queso.

​—Tome. En Oriente, el maestro Kakuzo enseñaba que el verdadero arte de la existencia consiste en encontrar la gracia en lo imperfecto y lo incompleto. Le llaman Wabi-Sabi. Esta mesa está astillada, el pan no proviene de la panadería real y no tenemos vino para brindar, pero es todo lo que la providencia nos ha puesto delante. Y por lo tanto, en este preciso segundo, es perfecto.

​Lordian miró el trozo de pan que sostenía en la palma. La corteza era rústica, irregular, entibiada aún por el calor de las manos de ella. Dudó durante un instante infinitesimal, pero la tentación venció a la etiqueta: se llevó el pan a la boca y dio un mordisco decidido.

​El sabor del trigo denso mezclado con la intensidad salada y cremosa del queso de cabra le inundó el paladar de inmediato. No había servidumbres, ni protocolos de etiqueta, ni platos de porcelana importada, ni la pesada obligación de sostener conversaciones frívolas sobre los decretos del Parlamento. Era simplemente comida, hambre real y la compañía de una criatura que no se parecía a nada que hubiese conocido.

​—Es... desarmadoramente sabroso —reconoció Lordian, masticando despacio mientras saboreaba el contraste de la textura.

​—Es sabroso porque tiene hambre verdadera y porque, por primera vez en todo el día, no está calculando cuántos masticados le quedan antes de tragar —dijo ella, dándole un mordisco directo a una de las ciruelas.

​Al romper la piel de la fruta, un hilo fino de jugo dulce y purpúreo le resbaló por la barbilla, bajando hacia el cuello.

​Antes de que Genevieve pudiera limpiarse con la manga de su vestido, Lordian actuó. Extendió la mano derecha. Con una delicadeza extrema y un pulso sorprendentemente firme, la yema de su dedo pulgar atrapó la gota de jugo justo antes de que se deslizara por la garganta de la joven.

​Genevieve se detuvo a mitad de masticar. Sus ojos avellana, tan abiertos y expresivos, se clavaron en los de él con una mezcla de sorpresa y repentina turbación.

​Lordian no retiró la mano hacia su pañuelo. Manteniendo la mirada fija en los ojos de ella, se llevó el pulgar a sus propios labios y probó la dulzura de la fruta directamente de su piel.

​La respiración de Genevieve se volvió de pronto pesada, rápida. La audacia juguetona que solía llevar como una armadura indestructible pareció disolverse en el acto, reemplazada por un rubor encendido que ascendió desde su escote hasta la raíz de su cabello.

​—Eso... no ha sido un acto muy victoriano de su parte, señor Vance —susurró ella, y por primera vez la voz le tembló en la garganta.

​—Las normas de comportamiento, como bien me recordó usted en la posada, son inventos de personas con demasiado tiempo libre y muy poco fuego en las venas —devolvió él en un murmullo bajo, grave y pausado, utilizando las propias armas de ella.

​Lordian se inclinó hacia adelante, apoyando el antebrazo sobre la mesa de leñador y reduciendo la distancia entre ambos hasta que sus rostros volvieron a quedar a escasos centímetros. El viajero serio, aburrido y predecible había sido arrastrado por la corriente; en su lugar quedaba un hombre despierto, fascinado y dispuesto a reclamar cada segundo de aquel presente improvisado.

​—¿Qué otra lección de Oriente tiene reservada para mí, Genevieve? —preguntó él, rozando con el aliento la comisura de la boca de la chica—. Porque me estoy convirtiendo en un aprendiz peligrosamente aplicado.

​Genevieve lo miró a los ojos, sintiendo que la serenidad se le escapaba del pecho como una cometa cuyo hilo se rompe en plena tormenta.

​—Le queda... la lección más difícil de todas —articuló ella apenas en un hilo de voz.

​—¿Cuál es?

​—La de aprender a rendirse sin sentir que ha perdido la batalla —susurró ella, justo antes de inclinar el rostro y buscar voluntariamente sus labios, sellando un nuevo encuentro impregnado del sabor dulce del fruto y del fuego incontrolable que crecía sin freno entre los dos.

1
Isabel Sandoval
Eso se cuenta? /Slight//NosePick//Grin/
Isabel Sandoval
Ya está en la bolsa
Isabel Sandoval
jajaja
Isabel Sandoval
Hago eso y me rompo un hueso /Facepalm//Scare/
Martha Divas Delgado
jajaja jajaja jajaja k chistosa y ya se enamoró ❤️
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play