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Deseada por mi esposo y su enemigo

Deseada por mi esposo y su enemigo

Status: Terminada
Genre:Poli amor / Triángulo amoroso / Romance oscuro / Harén Inverso / Ella Mayor Que Él / Completas
Popularitas:692
Nilai: 5
nombre de autor: Bella



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Capítulo 2

Capítulo 2: El chico nuevo del estudio

Renata cruzó el estudio y abrió.

El chico que esperaba en el descanso tenía veinte años y la sonrisa de quien nunca ha recibido un no. Alto —tanto como Sebastián, notó ella sin querer notarlo—, con una chamarra ligera echada al hombro, los ojos rasgados de galán de portada y el pelo despeinado con estudiada inocencia. Traía bajo el brazo una carpeta negra. Al verla, la cara se le encendió y el descanso pareció llenarse de sol.

—Buenos días. —Le tendió la mano, tibia, firme—. Vengo por la vacante. Lucas Ferrer. Pero díganme Luke, todo el mundo me dice Luke.

—Renata Fonseca. —Le estrechó la mano lo justo—. Pásale.

Ximena, atrás, ya se había enderezado en la silla y se estaba acomodando el pelo con una discreción nula.

Se sentaron. Lucas dejó la carpeta sobre la mesa y esperó con las manos entrelazadas, sin nervios, con la paciencia de alguien acostumbrado a gustar. Renata le calculó la edad y no le cuadró: cara de muchacho, mirada de otra cosa.

—¿Cuántos años tienes?

—Veinte.

Ximena, detrás, ahogó un "está chavito" que sonó más a celebración que a reparo.

El currículum era casi insultante. Egresado —adelantado— de la Academia de Bellas Artes de Florencia. Veinte años y un título que la mayoría sacaba a los veinticuatro, si es que lo sacaba. Renata pasó las láminas del portafolio: composición limpia, línea segura, un manejo del color que a ella misma le costaba. Una viñeta de una mujer de espaldas frente a una ventana, la luz cayéndole en la nuca, tan bien resuelta que le arrancó un pequeño respingo. Buscó el defecto por costumbre y no lo encontró.

—Florencia —dijo, midiéndolo por encima de la carpeta—. ¿Y qué hace alguien de Florencia tocando la puerta de un estudio chico en la Condesa?

Lucas sonrió, y la sonrisa le llegó a los ojos con una calidez que parecía imposible de fingir.

—Porque leí "Obsesión". —Lo dijo sencillo, mirándola de frente—. Y quería trabajar donde se dibuja así.

Ximena soltó un ruidito estrangulado de entusiasmo. Renata sintió el halago trepársele por el cuello y se obligó a bajarlo. Guapo, joven, talentoso y encima adulador: la clase de combinación que le enseñaba a una a desconfiar.

—Se dibujan muchas cosas por dinero —dijo, cruzando los brazos—. Las series de aquí no siempre son bonitas. Hay que meter horas, aguantar correcciones, resistir un ranking que te pega en la cara todos los días. ¿Eso lo sabes?

—Lo sé. —Lucas no bajó la sonrisa, pero algo en su voz se puso firme, casi tierno—. No le tengo miedo al trabajo, Jenny. Desde chico me acostumbré a hacer las cosas solo, y a hacerlas bien. Dame una serie y te la levanto.

Lo dijo sin fanfarronería, como un dato, y a Renata le costó no creerle.

—Un mes de prueba —resolvió, cerrando la carpeta—. Sueldo base. Si en un mes el trabajo cuadra, hablamos de contrato. ¿Te sirve?

Cuando Renata se levantó a fotocopiar el alta, Ximena la siguió a la impresora y le clavó los dedos en el brazo, hablándole entre dientes.

—Contrátalo ya, no seas malita —susurró—. Dibuja como los ángeles, viene de Florencia, es educado y está para comérselo con cuchara. Cinco años menor que nosotras, ¿te fijaste? Si no lo agarramos nosotras, se lo pelean los estudios grandes en una hora.

—Lo contraté a prueba, Xime, ya.

—A prueba nada. Ese se queda. —Ximena le guiñó el ojo y volvió a la mesa con la cara más seria del mundo.

—Me sirve, Jenny. —Lucas ladeó la cabeza—. ¿Puedo decirte Jenny? Así firmas en "Obsesión".

Nadie fuera de su círculo la llamaba Jenny. Sonó, en boca de este desconocido, como una llave probando una cerradura. Renata dudó medio segundo.

—Renata está bien —dijo. Él inclinó la cabeza, dócil, pero la sonrisa no cedió, y ella tuvo la extraña sensación de que había guardado el "Jenny" para después.

Estaban firmando el alta cuando le vibró el celular. Sebastián. Renata se apartó a la ventana.

—¿Bueno?

—Salgo esta noche. —Directo, sin rodeos—. Viaje de negocios. Un mes, quizá algo más.

Un mes. Renata cerró los ojos. Un mes que se comía, con matemática cruel, los días fértiles que su suegra convertía en la cuenta regresiva de una bomba.

—Un mes —repitió, hueca.

—Iker te deja la tarjeta para lo que necesites. —Una pausa. Al fondo, ruedas de maleta sobre mármol—. ¿Estás bien?

—Sí. —Miró de reojo a Lucas, que fingía leer el contrato y la observaba por encima del papel—. Que te vaya bien.

Colgó. Se quedó con el teléfono apretado contra el pecho, y de golpe la mansión de Lomas se le apareció enorme y vacía, con sus pasillos de mármol y sus dos recámaras separadas por un país entero. Un mes. Su suegra sacaría la cuenta antes que ella y volvería a llamar con la voz de miel y cuchillo. Y Sebastián, del otro lado del mundo, ni siquiera lo pensaría.

Qué fácil, pensó con una punzada amarga, era para él subirse a un avión y dejarla en pausa como quien cierra una pestaña del navegador.

—¿Malas noticias? —Ximena ya estaba a su lado.

—Sebastián se va un mes. —Renata forzó una sonrisa—. Xime, ¿te quedas a dormir en la casa? Unos días. No aguanto ese caserón sola.

—Obvio, jefa. Llevo pijama y vino. —Ximena le apretó el brazo—. Nos desvelamos como cuando estudiábamos.

Detrás, sin que ninguna lo mirara, Lucas firmó su nombre al pie del contrato con una caligrafía elegante y lenta, y algo se le movió detrás de los ojos rasgados cuando oyó la palabra "sola".

Al día siguiente, Renata llegó primero. O eso creyó.

Lucas ya esperaba en la entrada del edificio, recargado en el barandal, sin tarjeta de acceso todavía —el trámite tardaba— y con dos cafés en las manos.

—Uno es tuyo —dijo, ofreciéndole el vaso—. Americano, ¿no? Se me hizo cara de americano. Si le atiné, me lo cobras como acierto del día.

—Le atinaste —admitió Renata, tomando el café. Estaba a la temperatura exacta, ni hirviendo ni tibio; parecía haber calculado el minuto en que ella llegaría.

—Gracias. —Renata subió con él en el elevador angosto, incómodamente consciente de lo alto que era en ese espacio chico. Al llegar al octavo piso metió la llave en la cerradura del estudio, giró, empujó, y la puerta no cedió. El vigilante, "de buena fe", había echado el pasador por dentro la noche anterior desde el pasillo de servicio.

—Está atorado —murmuró, forcejeando con el picaporte, estirándose para alcanzar el pasador de arriba.

—Déjame.

Lucas se estiró por encima de ella. Su brazo pasó junto al de Renata, largo, la manga rozándole el dorso de la mano, y su pecho le rozó el hombro; ella olió cítrico, limón fresco, tan distinto del cedro seco de Sebastián que fue como cambiar de estación. Con dos dedos, sin esfuerzo, él bajó el pasador de un tirón. La puerta se abrió y los dos quedaron pegados un instante, ella atrapada entre el vidrio y el cuerpo del chico, tan cerca que sintió el calor que despedía. En el reflejo del cristal esmerilado —lo vio de reojo, y el corazón le dio un vuelco absurdo— parecía que ella escapaba de entre sus brazos, o que él la retenía apenas, con la ternura de quien no quiere soltar.

—Perdón. —Renata dio un paso adentro, demasiado rápido, y el café casi se le derrama.

—No pasa nada. —Lucas entró tras ella, tranquilo, dejando su vaso en la mesa. Se quitó la chamarra y la colgó del perchero con una familiaridad antigua; el estudio ya parecía un poco suyo. Luego se volvió y extendió la palma hacia arriba, abierta, con una sonrisa de sol que no dejaba ver el fondo—. Oye, Jenny. Ya que llego yo temprano de todos modos… dame una copia de la llave del estudio. Que de ahora en adelante yo abra, ¿sí? Para que no batalles con el pasador.

Y la mano se quedó ahí, abierta, esperando, mientras la luz de la mañana le atravesaba los dedos.

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