Valentina Solís entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Ríos, el Alfa que la Diosa Luna había marcado como su compañero predestinado. Pero la noche en que él volvió sano y victorioso, la humilló frente a toda la manada: rompió su vínculo y eligió a Catalina como su nueva Luna.
Todos esperaban verla caer. Valentina, en cambio, se mantuvo de pie.
Con el corazón destrozado y la marca rota ardiendo en su piel, Val decide recuperar todo lo que le quitaron: su dignidad, su poder y su nombre. Mientras desenmascara traiciones dentro de la manada Ríos, una presencia imposible comienza a seguirla desde las sombras: Damián Montero, el Rey Alfa.
Él no solo parece conocerla. Su lobo la reconoce como destino.
Y cuando Valentina descubra el sacrificio que Damián hizo en silencio por ella, entenderá que la Luna no la estaba castigando. La estaba guiando hacia el hombre que siempre la esperó.
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Capítulo 5
Cap 5: Los Ojos Del Lobo En Las Sombras
—Nadie entra al Ala de Orquídeas sin mi permiso —dijo Val—. Ni las doncellas, ni los guardias, ni Doña Milagros si se le ocurre venir a fingir condolencias.
—¿Y si preguntan por qué?
—Diles que estoy de luto. —Val se ajustó el colgante de piedra lunar sobre la marca—. Es la única mentira de esta casa que resulta ser verdad.
La orden corrió por Hacienda Ríos antes del anochecer. Para cuando cayó la noche, el Ala de Orquídeas ya tenía fama de tumba: puertas cerradas, cortinas corridas, ni una sola vela encendida donde alguien pudiera ver la silueta de Val moviéndose detrás de las ventanas. Exactamente como ella quería.
Porque detrás de esas cortinas cerradas, Val no lloraba. O no solo lloraba.
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Durante el día trabajaba en tres frentes. El primero era el libro de cuentas: los bienes de su dote desviados por Doña Milagros y una lista nueva titulada Deudas de sangre.
El segundo era un mapa de lealtades que Sofía completaba con nombres susurrados en la cocina, las caballerizas y los cuartos de servicio: quién obedecía a Doña Milagros, quién le temía, quién solo esperaba una alternativa mejor.
El tercer frente era Catalina.
—Catalina volvió a evitar el patio esta mañana. —Sofía se sentó frente a Val con una bandeja de té que ninguna de las dos tocó—. En cuanto el sol pegó fuerte sobre las baldosas, cambió de camino. Dio toda la vuelta por el corredor cubierto.
—¿Y anoche?
—Igual. Había luna casi llena entrando por los ventanales del comedor. Catalina se sentó exactamente en el único lugar de la mesa donde la luz no la tocaba.
Val se quedó pensando un momento, con la pluma inmóvil sobre el papel.
—Ningún licántropo evita la luz de la luna, Sofía. Ni siquiera los que la temen por instinto de cachorro la evitan de verdad. Es parte de lo que somos. Es como pedirle a un pez que evite el agua.
—Entonces, ¿qué es ella?
—Todavía no lo sé. —Val anotó algo en un cuaderno aparte, uno que no era el libro de cuentas ni la lista de deudas de sangre, sino uno nuevo, delgado, que había empezado esa misma tarde—. Pero voy a averiguarlo.
Afuera, en algún punto de la hacienda, Doña Milagros comentaba con la servidumbre —Val lo sabía porque Sofía se lo repitió palabra por palabra— que la pobre Luna rechazada llevaba días llorando a puerta cerrada, que había que dejarla desahogarse, que en cuanto se cansara de compadecerse a sí misma haría las maletas y se marcharía como debió hacerlo desde el principio.
—Que llore hasta que se le sequen los ojos —había dicho, según Sofía, con esa voz de falsa compasión que usaba para todo lo que en realidad la divertía—. Y que se vaya.
Val no sintió rabia al escucharlo. Sintió alivio. Doña Milagros seguía subestimándola, y eso le daba tiempo para prepararse.
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—Encontré algo más. —Sofía bajó la voz, aunque estaban solas y la puerta tenía el pestillo echado—. Doña Milagros empezó a mover recursos. No solo lo que ya sabíamos de tu dote. Ahora está transfiriendo parte de las reservas de hierbas medicinales y de las ganancias del molino a cuentas que aparecen a su propio nombre, no al de la hacienda.
—¿Cuándo empezó?
—El mismo día que se enteró de la muerte de tu abuela.
Val levantó la vista.
—Está limpiando el terreno. —La comprensión le llegó de golpe, fría y clara—. Cree que, con mi abuela muerta y yo destrozada, nadie va a revisar los números por un buen tiempo. Está aprovechando la distracción.
—¿Qué vamos a hacer?
—Dejarla. —Val volvió a bajar la vista hacia su libro—. Cada cifra que mueva a su nombre es una prueba más de robo. Mientras más tiempo la deje trabajar, más completo será el caso cuando decida presentarlo.
Sofía la miró con una mezcla de admiración y algo parecido a la preocupación.
—A veces no sé si tenerle miedo o compadecerla.
—No la compadezcas. —La voz de Val no tenía dureza, solo una certeza absoluta—. Ella no lo hizo por ti.
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Esa noche, cuando Sofía por fin se durmió en el sillón junto a la puerta —agotada de días vigilando, de cargar noticias, de sostener a Val sin que Val lo pidiera—, Val se quedó sola frente a la ventana.
La luna, ya casi nueva, apenas dibujaba un hilo de luz sobre los jardines. Val no encendió ninguna vela. Prefería la oscuridad; en la oscuridad no tenía que fingir ninguna expresión para nadie.
El aullido llegó poco después de medianoche.
Esta vez no sonó tan lejano como antes. Fue más claro, más cercano. Venía de algún punto más allá del límite del territorio Ríos.
Val contuvo la respiración.
Su loba interior, que llevaba dos días alternando entre el duelo y la furia fría, se quedó quieta al escucharlo. Dejó de arañar. Dejó de gemir. Solo levantó la cabeza hacia la ventana.
Val se acercó más a la ventana.
Y entonces lo vio.
En la cima de la colina más lejana, justo donde terminaban las tierras de Hacienda Ríos, había una silueta enorme. Era más grande que cualquier lobo que Val hubiera visto jamás. Su pelaje negro casi se confundía con la noche.
Sus ojos brillaban dorados, visibles incluso a esa distancia.
Val no se movió. No llamó a Sofía. Se quedó de pie, con las manos apoyadas en el marco de la ventana, mirando aquella figura que la miraba de vuelta con una fijeza que no tenía nada de casual.
El lobo giró la cabeza hacia el Ala de Orquídeas. Hacia su ventana. Hacia ella.
El corazón de Val latió más rápido, pero no fue miedo lo que le aceleró el pulso.
Dentro de su pecho, su loba levantó la cabeza.
Val sintió una certeza extraña.
Su loba reconocía a ese lobo.
El lobo sostuvo su mirada un instante más.
Después, sin prisa, como quien se retira habiendo confirmado lo que vino a confirmar, se dio la vuelta y desapareció entre los árboles.
Val se quedó mirando el lugar vacío donde había estado, con la mano apretada contra el pecho.
—¿Quién eres? —susurró, aunque sabía que nadie podía escucharla a esa distancia.
Su loba no respondió con palabras. Pero por primera vez desde la muerte de Abuela Elena, no le devolvió dolor.
se jodió esto
por fin ya era hora