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EL HEREDERO DE PAPEL. UN MATRIMONIO FORZADO

EL HEREDERO DE PAPEL. UN MATRIMONIO FORZADO

Status: Terminada
Genre:Completas
Popularitas:4.6k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Claudia (26 años) es la implacable CEO de Índigo Gastronómica, un imperio culinario de más de cien restaurantes. Para ella, el amor es una pésima inversión con retorno negativo; prefiere los negocios limpios y los encuentros carnales sin ataduras. Héctor (30 años) es el arrogante y codiciado líder de una constructora multimillonaria, un mujeriego empedernido convencido de que jamás sentará cabeza.
Ninguno imaginó que una fría traición familiar los encerraría en un crucero de lujo por las Bahamas. Tras una noche de alcohol, juego y choques de ego, despiertan con una resaca monumental y una farsa legal: están casados ante la ley internacional por un plan maquiavélico de sus padres.
Incomunicados en alta mar, firman una tregua para salvar sus acciones. Pero de regreso a la ciudad, la convivencia forzada en el ático, un rival desquiciado buscando venganza y un inesperado embarazo de esa noche salvaje destruirán todas sus reglas. ¿Podrá el orgullo resistir al deseo?

NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 22. EL ESLABON MAS DEBIL

El trayecto en el coche fue un torbellino de llamadas en modo manos libres. Mientras yo coordinaba al equipo de crisis de Índigo Gastronómica para cooperar al mil por ciento con las autoridades de Sanidad y trasladar a los clientes afectados a las mejores clínicas privadas de la ciudad, Héctor manejaba el Mercedes con una precisión quirúrgica, dictando órdenes a su jefe de seguridad. Había pasado un mes desde que pisamos tierra firme tras el crucero de las Bahamas; un mes en el que habíamos aprendido a funcionar como un engranaje perfecto. Y no iba a permitir que el resentimiento de un aparecido destruyera lo que tanto nos había costado estabilizar.

Llegamos a las afueras de la ciudad, donde se levantaba el parque industrial de los almacenes centrales de envasado. El Mercedes frenó con un chirrido de neumáticos frente a la entrada trasera de la distribuidora de Arturo Gómez. Detrás de nosotros, dos camionetas negras con los cristales tintados se detuvieron, dejando salir a cuatro hombres de traje oscuro pertenecientes al equipo de seguridad de la constructora.

Entramos al edificio como una fuerza de la naturaleza. Yo iba al frente, con los brazos cruzados y la mirada inyectada en furia corporativa; Héctor caminaba a mi lado, llenando el pasillo con su imponente físico y un aura tan peligrosa que los administrativos se apartaban como si vieran pasar al mismísimo diablo.

—¡Nadie toca una sola computadora en esta planta! —bramó Héctor, su voz profunda resonando en los pasillos de paneles metálicos—. Bloqueen los servidores de red ahora mismo.

Llegamos al centro de control técnico de envasado, una oficina vidriada desde donde se supervisaban las tolvas de las salsas artesanales. Dentro de la cabina, un operario joven, de unos veinticuatro años, que llevaba una gorra con el logotipo de la distribuidora, saltó de su silla al vernos entrar de golpe con cuatro gorilas de seguridad cubriendo las salidas. En su mesa de trabajo había una maleta de lona entreabierta donde se alcanzaban a ver varios fajos de billetes de cien dólares.

—¿Quién... quiénes son ustedes? No pueden estar aquí —tartamudeó el chico, su rostro volviéndose tan pálido como el papel de las facturas que tenía al lado. Intentó cubrir la maleta con el brazo de forma patética.

Me acerqué a él a pasos lentos, apoyando mis manos sobre su escritorio, inclinándome hasta que mi rostro quedó a escasos centímetros del suyo. Saqué mi tableta y mostré el reporte de los cuarenta clientes intoxicados en mis sedes principales.

—Me llamo Claudia, soy la CEO de Índigo Gastronómica —le solté, mi voz saliendo en un susurro gélido que lo hizo temblar—. Y en este preciso instante hay cuarenta personas en urgencias por culpa de la salsa que salió de esta cabina el jueves por la noche. Sé perfectamente que ese lote fue adulterado, y sé que esa maleta de dinero que intentas esconder no te la ganaste con tu salario de empleado. Así que tienes exactamente diez segundos para decirme quién te pagó antes de que mi equipo de seguridad te entregue a la policía federal por un delito criminal contra la salud pública. Irás a prisión antes del anochecer.

El chico miró a los hombres de traje oscuro de la entrada, tragando saliva con una desesperación que daba lástima. Luego, sus ojos se cruzaron con los de Héctor, quien dio un paso al frente y lo miró con una cara de tan pocos amigos que el operario sintió que se le escapaba el aire de los pulmones. Héctor apoyó su mano vendada —la misma con la que destrozaba el saco de boxeo— sobre el borde de la mesa, apretando el granito hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Un segundo, dos segundos... —empezó a contar Héctor con voz monótona, letal—. Créeme, muchacho, en las prisiones de esta provincia no tratan muy bien a los que envenenan comida. Vas a pasar diez años comiendo rancho rancio si no empiezas a hablar ya. El tiempo corre.

La presión combinada de mi mirada de jefa herida y el aura de tiburón de la construcción de Héctor quebró por completo el eslabón más débil de la cadena del rival. El chico se derrumbó en la silla, llevándose las manos a la cabeza mientras las lágrimas de puro pánico empezaban a correr por sus mejillas.

—¡Yo no quería! ¡Se lo juro, yo no sabía que iba a enfermar a tanta gente! —sollozó el empleado, apuntando a la maleta de lona—. Arturo Gómez vino el jueves por la tarde. Me dijo que solo era una broma pesada para sabotear el control de calidad, un laxante ligero para darle un susto a la jefa de los restaurantes. Me dio cincuenta mil dólares para que apagara los sensores de temperatura de la tolva número cuatro y permitiera que un técnico externo vertiera un compuesto químico en el contenedor de la salsa secreta antes del envasado.

Héctor se inclinó, su mirada gris clavándose en el chico como dos puñales de acero.

—¿Quién era el técnico externo, imbécil? Gómez no sabe hacer mezclas químicas. ¿Quién pagó todo esto?

—No... no sé su nombre, pero Gómez lo llamó por teléfono frente a mí para confirmarle que el lote ya estaba contaminado —el chico temblaba tanto que apenas podía articular las palabras—. Escuché que le decía "Todo listo, Richard". Dijo que el lunes por la mañana el imperio de Claudia estaría de rodillas y que las acciones se hundirían. Gómez tiene los contratos originales firmados con la consultora de ese tipo en la caja fuerte de la oficina principal. ¡Por favor, no me metan a la cárcel! Yo solo necesitaba el dinero para la operación de mi madre.

Me enderecé lentamente, sintiendo cómo una mezcla de asco y triunfo absoluto me llenaba el pecho. Richard. Había dejado sus huellas dactilares financieras en la caja fuerte de Gómez, ciego por su obsesión de venganza. El antagonista de nuestra historia había cometido el error de subestimar nuestra capacidad de respuesta y la velocidad de nuestra logística de contraataque.

Héctor miró a su jefe de seguridad privada y le hizo un sutil ademán con la cabeza.

—Aseguren la maleta de dinero como evidencia, saquen copias del disco duro de las cámaras de seguridad de ese jueves y mantengan a este chico custodiado en una de nuestras oficinas hasta que lleguen los inspectores de la policía judicial. Nadie sale de este edificio —ordenó Héctor, su tono volviéndose de nuevo pulcro y ejecutivo.

Se giró hacia mí, y la dureza de su rostro se disolvió en una mirada llena de una admiración profunda y un orgullo inmenso. Me tomó de la mano, entrelazando sus dedos con los míos con una fuerza segura que me devolvió la paz entera.

—Lo tenemos, Claudia —susurró con una sonrisa de lobo que me aceleró el pulso de golpe—. Tu rival acaba de meter la cabeza en la guillotina por su propia mano. Tenemos la confesión, los registros y los documentos en la caja fuerte. Richard no se va a salir con la suya. Mañana por la mañana no serán tus restaurantes los que cierren; será su consultoría la que sea intervenida por la fiscalía y él pasará una larga temporada tras las rejas. ¿Lista para dar el golpe final, mi hermosa jefa?

Miré nuestras manos unidas en mitad de la oficina industrial y sonreí con la misma ferocidad con la que gobernaba mis restaurantes. Richard pensaba que me iba a encontrar sola e insegura, pero este tiempo juntos y todo lo que ya habíamos compartido nos había convertido en un equipo imbatible en todos los sentidos de la palabra.

—Lista, de la Vega —respondí, apretando su agarre—. Vamos a terminar con este circo de una vez por todas.

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Doris Torre
excelente novela 👍
Faby Mena
Estoy impresionada por la escritura y trama de esta novela. muchas felicitaciones.
Isabella Varela
EXCELENTE NOVELA ,FELICITACIONES A LA AUTORA, BUENA TRAMA ,SIN EXCESO DE VIOLENCIA ,PERSONAJES MUY RECURSIVOS ( PROTAGONISTA)
Violette Hernandez
jajajaja eso les paso por calientes y con el ego inflado
Violette Hernandez
interesante 🤔🧐 aunque ella ya es ceo de sus restaurantes y él aunque es ceo la empresa y negocios son de su padre, una desventaja 😌
Graciela Zugarramurdi
Muy linda novela,espero ansiosa los proximos capitulos ,incluido el final
EM
que bello🥰
Perla Arbos
Excelente historia!!!. Felicitaciones!!!
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