Valentina Ruiz tiene veintiocho años, un diagnóstico de infertilidad que carga en silencio y un empleo en la Fundación Horizontes que lo es todo para ella. Hasta que su jefa, la influyente Doña Mercedes, le hace una propuesta que cambiará su vida: casarse con su hijo, Sebastián Herrera, un joven viudo que no ha logrado soltar a su esposa muerta y padre de cinco hijos que ya hicieron renunciar a treinta y dos candidatas antes que ella.
Valentina acepta. No por amor, sino por una mezcla de presión, miedo a perder lo poco que tiene y una esperanza que ni ella misma se atreve a nombrar. Lo que encuentra al cruzar esa puerta es un hogar en guerra silenciosa: un marido que la trata con cortesía gélida, una niña de dos años que no para de llorar, un adolescente que lidera la resistencia contra ella y tres hermanos que la observan con desconfianza. Treinta y dos mujeres ya se rindieron. Valentina decide no ser la número treinta y tres.
Día tras día, con paciencia y sin pedir nada a cambio, Valentina se abre paso entre el rechazo, las trampas de los niños y el muro emocional de Sebastián. Pero cuando por fin la familia empieza a sanar, un secreto médico enterrado durante años amenaza con destruir todo lo que construyó. Alguien en quien confió toda la vida le mintió. Y la verdad, cuando salga a la luz, pondrá a prueba cada promesa, cada vínculo y cada "mamá" que tanto le costó ganarse.
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4
Valentina levantó la cabeza.
—¿Qué cosa, mamá?
—Tu respuesta.
Valentina supo de inmediato adónde iba la conversación. Exhaló un suspiro largo.
—Mamá, todavía lo estoy pensando.
—Ya pensaste suficiente. —La respuesta llegó tan rápido que Valentina se quedó muda. Gloria tomó su taza de té y negó despacio con la cabeza—. Desde ayer lo único que haces es darle vueltas.
—Porque es un matrimonio.
—Justamente porque es un matrimonio.
Valentina se masajeó las sienes.
—Mamá, solo lo vi una vez.
—¿Y?
—Todavía no sé cómo es él en realidad.
Gloria suspiró.
—¿Acaso las parejas que llevan cinco años de novios conocen de verdad a la persona con la que van a casarse? Somos seres humanos, Valen. Nadie sabe lo que hay realmente en el corazón de otra persona.
—Pero al menos ellos tuvieron tiempo.
Gloria esbozó una sonrisa leve.
—¿Y cuánto tiempo crees que se conocieron tus abuelos antes de casarse? —Y volvió a contarle la historia de siempre: cómo fue su matrimonio con Ernesto. No se conocían. Apenas se habían visto un par de veces antes de la boda. Y sin embargo se casaron, y seguían juntos hasta el día de hoy.
Gloria se inclinó un poco hacia delante.
—Si me permites ser honesta, estoy segura de que Sebastián es el hombre que Dios tiene para ti. —La frase salió con una firmeza absoluta. Sin el menor rastro de duda.
Valentina hasta frunció el ceño.
—¿Por qué estás tan segura?
Gloria sonrió. Porque una madre a veces tiene su propia lógica.
—Fíjate bien. —Hizo una pausa—. Sebastián es viudo con cinco hijos. No necesita a una mujer que le dé más descendencia. —Continuó, y su voz se suavizó—. Y tú... tú llevas años con miedo de que ningún hombre vaya a aceptar tu condición. Pero ahora hay un hombre para quien eso ni siquiera es un problema.
La sala quedó en silencio.
—No tienes que temer decepcionarlo porque no puedas darle hijos. No tienes que temer que un día te deje para buscar descendencia con otra. No tienes que ocultarle nada.
Cada frase golpeaba las defensas que Valentina había levantado durante años. Porque ese había sido su mayor miedo todo ese tiempo. Ser rechazada. Ser abandonada. Ser considerada insuficiente.
Gloria le tomó la mano.
—A veces Dios no nos da lo que le pedimos. Nos da lo que necesitamos. —Los ojos de la mujer empezaron a llenarse de lágrimas—. Llevo años rezando para que encuentres a alguien que te acepte tal como eres. Tengo miedo, Valen. —La voz le empezó a temblar—. Miedo de que llegue el día en que tu padre y yo ya no estemos.
Valentina le apretó la mano.
—Mamá, por favor no digas eso.
—Pero es la realidad. —Gloria sonrió con tristeza—. No vamos a vivir para siempre.
Por primera vez esa mañana, Valentina vio el miedo que su madre había guardado todo ese tiempo. No era miedo por sí misma. Era miedo por su hija. Por el futuro de una mujer que seguía viviendo en la casa de sus padres mientras todos sus hermanos ya habían formado sus propias familias.
—Solo quiero saber que cuando ya no estemos... —La voz se le quebró—. Habrá alguien que te acompañe.
Valentina bajó la cabeza. Porque no era solo ella la que tenía miedo del futuro. Sus padres también. Y quizá por eso su madre estaba tan convencida. No porque conociera bien a Sebastián. No porque supiera que ese matrimonio sería feliz. Sino porque, a los ojos de una madre, esa oportunidad se parecía demasiado a la respuesta de una oración elevada durante años.
—Estoy segura de que es el hombre para ti, Valen.
Valentina no contestó de inmediato. Se quedó mirando el té que ya se había enfriado frente a ella. Y una vez más, la pregunta volvió a brotar en su interior. ¿Es esto realmente lo que Dios me envió? ¿O solo es el camino que les parece más lógico a todos menos a mí?
Al día siguiente, Valentina reunió el valor suficiente para ir a ver a doña Mercedes. Si de verdad tenía que dar una respuesta tan pronto, al menos había algo que quería saber primero. Los hijos de Sebastián. Cinco niños que la llamarían mamá. O que tal vez se negarían a llamarla de ningún modo.
Doña Mercedes estaba en su oficina cuando Valentina llegó.
—Pasa, Valen.
Valentina se sentó en la misma silla de hacía unos días. Esta vez no se anduvo con rodeos.
—Doña Mercedes, quiero conocer a los hijos de Sebastián.
La sonrisa de doña Mercedes se apagó al instante.
—¿Sigues pensando en eso?
—Solo quiero saber un poco de ellos.
—¿Para qué?
Valentina guardó silencio un momento.
—Porque si acepto esta propuesta, van a ser parte de mi vida.
Doña Mercedes se reclinó en la silla.
—¿Sabes cuántas mujeres han pedido lo mismo?
Valentina entendió de inmediato adónde iba aquello.
—¿Treinta y dos?
Doña Mercedes asintió.
—Treinta y dos. —Entonces abrió el cajón de su escritorio. De adentro sacó un álbum de fotos bastante grueso y lo deslizó frente a Valentina—. Esto es lo único que puedo ofrecerte.
Valentina frunció el ceño.
—¿Fotos de ellos?
—Sí.
Valentina no ocultó su decepción.
—Esperaba poder verlos en persona.
Doña Mercedes negó con firmeza.
—No. —La respuesta llegó demasiado rápido—. No antes de que seas oficialmente parte de esta familia.
Valentina la miró confundida.
—¿Por qué?
Doña Mercedes exhaló un suspiro largo. Porque por primera vez tenía que decir algo que siempre se había guardado.
—Porque no quiero perder a la candidata número treinta y tres. —Hizo una pausa—. La mayoría de los arreglos matrimoniales fracasaron después de que la candidata conoció a los niños.
Valentina tragó saliva.
—¿Tan grave es?
—Los niños que pierden a su madre son capaces de muchas cosas. —El tono de doña Mercedes era neutro. Como si hablara de un hecho que había enfrentado demasiadas veces—. No son niños malcriados. No son niños malos. Pero saben cómo hacer que alguien se sienta rechazada.
Valentina abrió el álbum despacio. En la primera página había una foto familiar. Sebastián de pie junto a sus cinco hijos. Por primera vez los veía con claridad. Diego. Su rostro era el que más se parecía al de Sebastián. Su mirada era seria incluso en la fotografía. A su lado, Mateo, que lucía más tranquilo e inteligente. Nicolás sonreía de oreja a oreja frente a la cámara. Camila estaba abrazada a uno de sus hermanos mayores. Y Sofía, todavía muy pequeña, iba en brazos de Sebastián.
Valentina contempló la foto durante un buen rato. Cinco niños. Cinco vidas. Cinco corazones que habían perdido a su madre. De pronto todo se sentía mucho más real.
—Son hermosos.
Doña Mercedes esbozó una sonrisa tenue.
—También son inteligentes. Pero no quieren una madre nueva. —Cruzó los brazos sobre el escritorio—. Escucha, Valentina. Tu intención de conocerlos es buena. Pero en este momento no estás lista.
Valentina alzó la cabeza.
—¿No estoy lista?
—Todavía estás buscando razones para convencerte. —Doña Mercedes la miró directo a los ojos—. Y ellos son expertos en dar razones para salir corriendo. —Señaló la foto de Diego—. Ese niño hizo llorar a dos candidatas. —Luego señaló a Mateo—. Este logró que una cancelara el compromiso. —Su dedo se movió de nuevo—. Nicolás una vez le metió insectos en el bolso a una de las candidatas.