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ESTE DIOS TE HARÁ LLORAR SANGRE

ESTE DIOS TE HARÁ LLORAR SANGRE

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Héroes / Venganza / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Pólux es un dios inmortal del Olimpo. Cástor, su hermano gemelo, es mortal y vive entre humanos. Desde que fueron separados, solo tienen un pacto: una vez al mes deben encontrarse bajo el árbol que ambos consideran sagrado.

Pero un día, Cástor no aparece.

Pólux siente que el vínculo que los une está herido y desciende a la Tierra. Lo encuentra inconsciente en un hospital, víctima de años de humillaciones, abusos y una conspiración que casi le cuesta la vida.

Entonces toma su lugar en la academia humana.

Nadie sospecha que el estudiante que regresó no es Cástor.

Es Pólux.

Y mientras descubre quién destruyó a su hermano, los culpables aprenderán demasiado tarde que meterse con un mortal es una cosa…

metérsete con el hermano de un dios es otra.

Porque Cástor podía perdonarlos.

Pólux no.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

ENTRE RUINAS, UNA VOZ QUE NO TEME

Salí de la casa. El mundo exterior parecía distinto, como si el aire mismo hubiera cambiado de peso. El cielo, antes azul y despejado, ahora se veía cargado, de un tono grisáceo y pesado, como si las nubes temieran moverse tras la furia que acababa de desatarse. Caminé despacio por la calle, y a mi paso la gente se detenía, mirando con ojos muy abiertos las grietas profundas que surcaban el pavimento, las ventanas rotas de las fachadas, el polvo que todavía flotaba en el aire en remolinos lentos. Los coches estaban detenidos en medio de la calzada, las luces de emergencia parpadeaban en la distancia con un ritmo inquietante, y el murmullo de la confusión se mezclaba con el ulular de las alarmas de la policía y los bomberos.

Me detuve un instante y miré atrás, hacia donde quedaba aquella casa. Vi las paredes agrietadas, el techo parcialmente hundido, los escombros esparcidos por todas partes como la huella de un golpe gigantesco. Vi la destrucción que mi propia risa había provocado, y sonreí. No era una sonrisa de crueldad, sino de fría y absoluta satisfacción. Aquello era solo el principio, una pequeña muestra de lo que era capaz. Si habían querido ver al destructor, les había concedido su deseo. Y aún no habían visto nada.

Seguí caminando hacia el hospital. Cada paso me acercaba más a él, y la furia que había ardido en mi pecho empezó a transformarse, lentamente, en algo más suave pero igual de intenso: un anhelo antiguo, profundo, que dolía en las entrañas. Mi hermano estaba allí, herido, frágil, solo entre extraños y paredes blancas. Y yo debía llegar a su lado antes de que algo más pudiera hacerle daño.

Entré en el hospital. El olor a desinfectante, flores marchitas y medicina llenó mis sentidos, un aroma frío y estéril que nada tenía que ver con el olor a lluvia y pino que él amaba. Caminé por el pasillo principal con paso firme, y las enfermeras, los médicos y los visitantes se apartaban instintivamente a mi paso, bajando la mirada sin saber por qué, sintiendo que había algo en mí que no encajaba entre aquellas paredes blancas y limpias, algo demasiado grande, demasiado antiguo para estar allí.

Y entonces la vi.

Estaba de pie en medio del pasillo, justo frente a la puerta de la habitación, sin haber entrado todavía. Miraba hacia la entrada, inquieta, dando pequeños pasos de un lado a otro, retorciéndose las manos, como si cada segundo de espera Fuera un año. Tenía el cabello suelto, un jersey descolorido y los ojos hinchados y rojos de tanto llorar. No había visto a nadie salir. No había entrado a la habitación. No había visto al verdadero Cástor tendido en la cama. Para ella, yo era él. Y en cuanto me vio llegar, sus ojos se iluminaron de golpe, con una luz tan pura y tan desesperada que casi me detuve en seco.

No retrocedió. No se quedó paralizada de miedo como todos los demás. Corrió hacia mí.

Sin dudarlo un instante, sin preguntar, sin vacilar, se lanzó a mis brazos y me abrazó con toda su fuerza, apretándose contra mí como si temiera que si me soltaba, desaparecería. Su respiración era agitada, su corazón latía desbocado contra mi pecho, y su calor, su aroma, su ternura… todo era sincero, sin ninguna mentira, sin ningún temor.

—¡Cástor! —exclamó, con la voz rota por el alivio, temblando entera—. Me dijeron que estabas grave… que habías caído desde muy alto… que podías no despertar nunca… ¡Pero qué bueno que estés bien! ¡Qué bueno que estés aquí! ¡No sabes cuánto te he echado de menos!

Me quedé completamente inmóvil bajo su abrazo, congelado. Nadie me había abrazado así en siglos. Nadie me había mirado con tanta luz y tanta esperanza. Nadie se había atrevido a tocarme sin miedo desde que el mundo era joven. Su calidez era real, su afecto era verdadero… y yo no era él. Yo no era el chico que ella amaba. Yo era el dios que lo había tomado su lugar.

Con infinita suavidad, puse mis manos sobre sus hombros y la alejé lentamente, sin brusquedad, pero con una firmeza que no admitía réplica. La miré a los ojos, y en mi mirada no había rastro de la sonrisa que llevaba fuera. Solo había seriedad, y una tristeza profunda que yo mismo no lograba comprender.

—Y tú… ¿quién eres? —pregunté, con voz baja y cuidadosa, como si temiera que las palabras mismas pudieran romperla.

Ella parpadeó, confundida, y la sonrisa que aún tenía en los labios se desvaneció poco a poco, reemplazada por una perplejidad dolorosa.

—¿Yo…? —susurró, como si no creyera lo que acababa de oír—. ¿Cástor? ¿No… no me reconoces?

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