Clara Estrella enviada a un internado por sus padres que solo favorecen a su gemela, Clarisa. Es traida nuevamente solo para ocupar el lugar de Clarisa en un matrimonio arreglado. Lo que todos ignoran que Clara fue tomada por una organización secreta y entrenada como asesina. Por lo que ya no es esa chica retraida y complaciente, que a pesar de no querer casarse acepta al considerar a su nuevo esposo la mejor pantalla para cumplir con sus misiones. Solo debe fingir ser una esposa complaciente. ¿Podrá Clara soportar fingir? ¿Lograra cambiar la actitud libertina de su esposo? ¿Qué pasara cuando sepan lo que ella es en verdad?
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21- Boda de Clarisa
♥️CLARA
Una semana disfrute usando a la gente de Adrian para practicar a no ser vista y a dejar que vean lo que yo solo les dejaba ver.
Hasta que mi diversión terminó. Mis padres me contactaron de nuevo. Creí que al haberme casado en lugar de Clarisa ya no me pedirían nada. Me equivoqué.
Me llamaron a la casa grande.
Cuando mis padres, los Estrella, te llaman a la casa grande, no es para preguntarte cómo estás. Es para pedirte algo. O para recordarte que les debes algo.
Entré. Mi madre en el sillón de siempre. Mi padre con los papeles de siempre. Y Clarisa llorando. Su lloro de siempre, el que le sale cuando quiere algo. Con la mano en el corazón.
— Clara, hija — empezó mi madre —. Necesitamos hablar de la boda de tu hermana.
Me quedé parada en la puerta. Con mi enterito negro. Porque yo siempre ando con el enterito negro ajustado al cuerpo. Es práctico. No se ensucia. No llama la atención.
— ¿Qué boda? Si se comprometió ayer — dije.
— La boda de princesa que quiere Clarisa — dijo mi padre, sin mirarme —. Lombardi puso la mitad, pero falta la otra mitad. Y vos tenés que ponerla.
Ahí está. Como siempre.
Como siempre me piden que ceda. Por Clarisa, que sufre del corazón. Por Clarisa, que es delicada. Por Clarisa, que es la buena.
— Tenés que pagar por todo, Clara — dijo mi madre —. Se lo debés. Si no fuera por nosotros, no te hubieras casado con el adonis de Adrián. Te conseguimos un marido modelo, que todas quieren. Lo mínimo que podés hacer es ayudar a tu hermana.
Yo sabía. Sabía que me obligaron. Que por capricho de Clarisa, me trajeron contra mi voluntad a casarme. Ella no quería casarse con el viejo que creía que era. Me mandó a mí. "Andá vos, que sos la fuerte, la insípida". Y fui. Firmé el contrato. Artículo 3. Cada uno hace su vida.
Y ahora por capricho de Clarisa, que quería una boda de princesa, me hacían pagar. Para humillarme otra vez. Para usarme como siempre.
Miré a Clarisa. Seguía con la mano en el corazón. Pero me miraba por entre los dedos. Sonriendo.
— ¿Cuánto? — pregunté.
— Todo el catering, las flores y el vestido de ella — dijo mi padre.
— Está bien — dije.
No me importaba. De verdad no me importaba. Ya sabía que querían usarme como siempre. Que me ven como la billetera, como la fuerte, como la que no siente. Pero no me importó. Pagué. Transferí en ese momento desde el celular. Todo.
Mi madre sonrió. Por primera vez en meses.
— Ves, Clarisa, tu hermana te quiere.
Salí de la casa grande.
Para humillarme más, Clarisa me mandó un vestido. A mi departamento. Una bolsa de papel. Adentro, un vestido simple. Gris. Largo hasta el piso, sin forma, de algodón barato. Con una notita:
"Para que no te sientas menos, hermanita. Para que no quieras opacarme en mi día. Te quiero. C."
Quiso opacarme. Quiso que me viera insípida. Como siempre me dice. La adúltera insípida.
Se lo mostré a Leo.
Leo me miró, agarró el vestido gris y lo tiró a la basura sin decir nada.
— Yo te elijo el vestido — dijo.
Leo tiene buen gusto al vestir. Mucho. Siempre lo tuvo. Me llevó a su departamento, abrió su vestidor, que es más grande que mi departamento entero, y sacó un vestido azul oscuro, junto a sus accesorios. Largo, con un tajo en la pierna, con la espalda abierta pero elegante. No era vulgar. Era... era de diosa. De nuevo.
— Este — dijo —. Este es para vos.
Después llamó a Santiago.
Santiago vino con su maletita de maquillaje. Sí, Santiago, el secretario de Adrián, el esposo de Leo, el que tiene voz gruesa y que Adrián creía que era una mentira. Santiago me maquilló. Me dijo:
— No te voy a tapar, Clara. Te voy a mostrar.
Me pintó los ojos apenas. Me soltó el pelo. Me puso brillo en los hombros.
Cuando me miré al espejo, no me reconocí. No era la del enterito negro. No era la fría, inexpresiva, sin sentimientos. Era yo, pero... hermosa. Hermosa de verdad. Y no me importaba que me miraran. Por primera vez, quería que me miraran.
Llegué a la boda de princesa de Clarisa sola. Como siempre llego sola. A pie. Porque me gusta caminar.
Clarisa me vio entrar y puso su mejor cara de sorpresa.
— ¡Ay, Clara! ¡Llegaste! — gritó fuerte, para que todos escucharan —. ¡Qué lindo que viniste sola! ¡Lástima que Adrián no te quiso acompañar! ¡Debe estar ocupado con sus modelos!
Se rió. Sus amigas se rieron.
Y después, cuando fui a sentarme, la encargada de las mesas me dijo:
— Ay, perdón, señorita Estrella, contamos mal y no tenemos un plato para usted. Su hermana dijo que usted por ahí no venía.
Se burlaba de mí. Clarisa se burlaba de mí. Quería que me parara ahí, sola, sin plato, sin marido, mientras ella se casaba con su ricachón conseguido por mis padres.
Me contuve. Fría. Sin sentimientos. Solo me enfoqué en no llorar. Porque las de la isla no lloran. Las que aprendieron a hurtar por hambre no lloran por un plato.
Pero no hizo falta.
Los del catering me vieron.
Eran los mismos de la plaza. La señora de los churros, el del pancho, el de los arrolladitos de queso. Los que yo había ayudado. Porque fui yo la que les consiguió un lugar a ellos para ganar dinero en esta fiesta. Les dije a mis padres:
"Si yo pago, yo elijo el catering".
Y los llamé a ellos. Les di trabajo por una noche, con paga de hotel cinco estrellas.
La señora de los churros vino con un plato enorme.
— Vení, mi reina — me dijo bajito —. Te guardamos lo tuyo. Siéntate acá con nosotros, cerca de la cocina.
Y me dieron de comer. Me dieron arrolladitos, churros, pancho con mucha papa, como me gusta a mí. Comí sin restricción, con ellos, riéndome. Por primera vez en una fiesta de los Estrella, comiendo de verdad.
Y entonces llegó Adrián.
Entró tarde. Con traje negro. Con ese pelo que parece de revista. Todas las mujeres se dieron vuelta. Como siempre que él aparece. Las secretarias de su empresa que estaban invitadas se alborotaron.
Clarisa lo vio.
— ¡Adrián! ¡Viniste! ¡Por fin!
Adrián no la miró. La esquivó. Literalmente la esquivó, como si fuera un mueble.
Caminó directo hacia mi mesa en el fondo, cerca de la cocina. Hacia donde yo estaba, con el plato en la mano y la salsa en la boca.
Se paró frente a mí. Me miró de arriba abajo. Con ese vestido azul que me eligió Leo. Con el maquillaje que me hizo Santiago.
— Estás hermosa — me dijo, en voz baja, para que solo yo lo escuchara —. Como diosa. Otra vez.
Y se sentó a mi lado. No le importo estar cerca de la cocina. Con los del catering entrando y saliendo. Agarró un arrolladito de mi plato.
— ¿Me invitás? — me dijo.
Clarisa, desde el centro de la pista, nos miraba con la cara desencajada. Con su boda de princesa pagada por mí, con su vestido de princesa, sin que nadie la mirara.
Porque Adrián ignoró a Clarisa y solo se enfocó en mí.
Y por primera vez, no me importó que mis padres me usaran. Porque por una vez, alguien me elegía a mí. Y sin querer baje la guardia y me confesé. No suelo hacerlo, pero con Adrián lo hice. Me venia molestando ese sentimiento de duda y le solte que tenia miedo al igual que él. Y por primera vez desde que nos casamos hablamos de manera fluida y tranquila.