El destino comete errores, y unir al Alfa de la manada con una simple humana es el más grande de todos. Mientras la manada exige una líder fuerte para la guerra y Alexander intenta marcarme como suya, yo me niego a ser el trofeo de un rey lobo. No tengo garras, no tengo instinto y no voy a pedir perdón por ser débil ante sus ojos. Soy humana, no una Luna. Pero para conservar mi libertad, primero tendré que sobrevivir a la pasión destructiva de un Alfa que no piensa dejarme ir.
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Capítulo II ¡Es humana!
Punto de vista de Alexander
Habíamos sido atacados por un grupo de renegados que se refugiaban en la ciudad. Esos infelices nos emboscaron cuando regresábamos de solucionar varios asuntos corporativos que manejábamos en el mundo humano.
Fui herido por un renegado con una fuerza desmedida; debo admitir que me tomó por sorpresa. Aunque poseo la habilidad de sanar a una velocidad sobrehumana, el corte en mi costado era aterradoramente profundo y, por alguna razón, mi carne se negaba a cerrar. El rastro de veneno de acónito en sus garras ardía en mis entrañas como fuego líquido.
Ante la gravedad del sangrado y la distancia con nuestro territorio, los lobos de mi guardia no tuvieron más remedio que llevarme a un hospital humano.
En cuanto crucé las puertas de emergencias, un aroma denso y exquisito inundó mis sentidos. Olía a vainilla, jazmín y a una pureza que hizo vibrar cada fibra de mi cuerpo. Sentí una punzada violenta en el pecho y una necesidad desenfrenada de descubrir de dónde provenía.
A lo lejos, en mitad del pasillo, vislumbré una silueta femenina. El lobo en mi interior comenzó a aullar con una ferocidad y una alegría que jamás le había sentido. Fue entonces cuando lo entendí: era ella. Mi pareja, mi compañera predestinada por la Luna.
Pero... ¿qué hacía mi reina en el mundo de los simples mortales?
Ella se acercó a pasos rápidos con su bata blanca y sus instrumentos médicos. Al tenerla frente a mí, la respiración se me cortó. Era simplemente hermosa. Sus ojos expresaban una determinación implacable, sin un solo rasgo de temor ante mi presencia o el volumen de mis hombres.
Mientras me trasladaban a la sala de traumatología, mi lobo arañaba mi conciencia queriendo tomar el control para marcarla en ese mismo instante. Cuando sus dedos descubiertos rozaron la piel de mi abdomen, el dolor de la herida desapareció por completo, reemplazado por una descarga eléctrica que me recorrió la espina dorsal.
—Mate... —gruñí desde lo más profundo de mi garganta, incapaz de contener a la bestia.
Sin embargo, en lugar de arrodillarse o mostrar la sumisión instintiva que cualquier loba de mi especie habría tenido ante su Alfa, ella frunció el ceño con molestia profesional. Me trató como a un paciente delirante. Me ordenó callar. Me desafió con la mirada.
En la sala de cirugías, mientras cosía mi piel con una destreza admirable, Marcus, mi Beta, se acercó a la camilla con el rostro pálido.
—Alfa... esto es un desastre —murmuró Marcus en un susurro cargado de tensión—. La examinaste bien, ¿cierto? No hay aroma de lobo en ella. No tiene núcleo de transformación. Es una humana pura, Alexander. Una simple mortal.
Las palabras de Marcus cayeron como un jarro de agua helada. La Luna me había otorgado a la mujer más bella, pero le había negado la sangre de guerrera. Una humana como Luna de la Manada del Norte (Manada de las sombras) sería vista por los ancianos y las manadas enemigas como una presa fácil, un punto débil en nuestro territorio.
Pero a mi lobo no le importaba la política ni la sangre. Para mi bestia, ella era perfecta.
Cuando abrí los ojos tras la intervención y la atraje hacia mi pecho, intenté usar un hilo de mi voz de mando para que entendiera la gravedad de nuestro vínculo. Esperaba ver la vacilación en sus ojos, pero Amelia solo reaccionó con una indignación feroz.
—No sé en qué clase de secta extraña esté metido —me dijo zafándose de mi agarre con un coraje que me dejó fascinado—. Soy humana, un cirujano de este hospital, y aquí las únicas reglas que se respetan son las mías.
Antes de que pudiera responderle o intentar explicarle la magnitud de lo que éramos, un impacto sordo retumbó al final del pasillo, seguido por el sonido de cristales rompiéndose y gritos de pánico de los enfermos.
El aire en la sala se volvió pesado. El hedor a muerte y pelaje podrido penetró por las rendijas de la puerta.
—¡Nos encontraron! —gritó Marcus, desenfundando su arma de fuego mientras dos de mis guerreros tomaban posiciones en la entrada—. Son los renegados, Alfa. Olfatearon su sangre hasta la red de urgencias.
Amelia palideció al escuchar las detonaciones, pero en lugar de correr, se colocó frente a la mesa médica intentando proteger los insumos y a sus enfermeros. No tenía idea de los monstruos que estaban a punto de cruzar esa puerta. No sabía que los hombres que venían por mí no usaban balas, sino colmillos y garras capaces de despedazar a un humano en segundos.
Un enorme lobo de pelaje grisáceo y ojos inyectados en sangre derribó la puerta de madera, soltando un rugido monstruoso que hizo retumbar los celdarios del techo.
Amelia dejó escapar un grito sofocado al ver a la enorme bestia abalanzarse hacia nosotros. El terror paralizó sus piernas.
—¡Quédate detrás de mí! —ordené.
Olvidando el dolor del costado y la sutura recién hecha, salté de la camilla antes de que el renegado alcanzara a Amelia. Intercepté a la bestia en el aire, sujetándola del cuello con ambas manos y estampándola contra el suelo de azulejos con una fuerza sobrehumana.
La mirada de Amelia se llenó de un pánico absoluto al presenciar mi fuerza desmedida y la existencia real de un monstruo ante sus ojos. Su mundo de lógica médica se acababa de romper en mil pedazos.
Sabía que si la dejaba en este lugar, los renegados la masacrarían solo por haber tocado mi sangre. No tenía elección.
Giré hacia ella, la tomé en brazos contra su voluntad mientras ella pataleaba y me golpeaba el pecho con sus puños.
—¡Suéltame! ¡¿Qué es esa cosa?! ¡Déjame ir! —gritaba fuera de sí.
—No hay tiempo para explicaciones, mi Luna —sentencié, corriendo hacia la salida de emergencia flanqueado por mis hombres—. Te guste o no, tu vida en el mundo humano se acabó hoy.
aunque los lobos una vez encuentran a su pareja son fieles inclusive mueren con ellas
Alexander solo te está protegiendo y el te ha reconocido como su pareja su mate su luna su destinada ,eres tu quien lo desprecia en vez de usar tu inteligencia y asimilar todo esto