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Eliot, el Médico y Yo

Eliot, el Médico y Yo

Status: Terminada
Genre:Romance / Mujer poderosa / Grandes Curvas / Embarazada fugitiva / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:108
Nilai: 5
nombre de autor: Afrodite 18

Mónica Almeida siempre fue la hija invisible. Gordita, tímida y amorosa, creció eclipsada por su hermana mayor Helena: delgada, impecable, implacable. Cuando Ricardo apareció en su vida y juró que la amaba, Mónica creyó que por fin alguien la elegía. Pero el día en que planeaba anunciar su embarazo en un almuerzo familiar, Ricardo anunció su compromiso con Helena.

Destrozada, Mónica desapareció sin revelar su secreto. Vivió meses en la calle hasta que, una noche lluviosa, colapsó en la banqueta con casi nueve meses de embarazo. Un hombre alto y atractivo corrió hacia ella antes de que todo se oscureciera. Despertó en un hospital con un bebé sano en los brazos: Eliot, su nuevo comienzo.

Un año después, con la ayuda de su mejor amiga Rosa, Mónica ha resurgido como analista brillante en una empresa financiera de prestigio, sin saber que el dueño es el padre de aquel hombre misterioso. Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos en un hospital pediátrico —esta vez como el médico que atiende a Eliot por un brazo fracturado—, Mónica descubre que el Dr. Augusto Valente no solo es neurocirujano y pediatra: es el hombre más honesto, paciente y decidido que ha conocido.

Pero la felicidad nunca llega sin pelea. Ricardo, atrapado en un matrimonio forjado por chantaje, descubre que tiene un hijo y quiere recuperar lo que perdió. Helena, consumida por la envidia y un testamento que amenaza su herencia, se convierte en una fuerza destructiva. Y entre secretos familiares enterrados, confrontaciones en casas de playa, una abuela que secuestra nietos por amor y un bebé que inventa sus propias reglas para llamar a cada adulto, Mónica tendrá que defender no solo su derecho a ser feliz, sino la familia que construyó desde las cenizas.

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capítulo 2

El primer sonido que Mónica escuchó fue un llanto fuerte y potente que inundaba toda la habitación.

Intentó abrir los ojos, pero la claridad blanca la hizo parpadear varias veces. La cabeza le pesaba, el cuerpo exhausto como si hubiera atravesado una tormenta, y tal vez así había sido.

La memoria llegó en destellos: lluvia, el hombre corriendo hacia ella, después, nada.

Pero aquel llanto... Su corazón se disparó. Instintivamente, se llevó la mano al vientre y sintió el vacío. El aire le faltó por un segundo.

—Mi bebé... —murmuró, con la voz débil.

—Tranquila, querida. Todo está bien —dijo la enfermera, acercándose rápidamente.

Mónica intentó sentarse, sintiendo el cuerpo adolorido, pero distinto de lo que imaginaba: era un dolor de esfuerzo, de parto.

—¿Qué pasó? —preguntó, angustiada.

—Entraste en trabajo de parto poco después de llegar. Te hicimos una cesárea, pero tu bebé nació en el momento justo y nació sano.

Sano.

La palabra resonó como un milagro.

—¿Puedo verlo?

La enfermera asintió y se acercó a la cuna. Minutos después, pusieron en sus brazos lo que parecía ser el significado mismo de la palabra esperanza.

No era demasiado pequeño. Tenía las mejillas redonditas, la piel cálida y saludable, cabello rubio que ya nacía con personalidad.

Sus pulmones habían demostrado su fuerza en aquel primer llanto. Mónica sintió algo que no le cabía en el pecho.

—Hola... —susurró, apoyando la nariz en la frente de él—. Soy tu mamá.

El bebé se movió levemente, los ojitos abriéndose por un segundo, revelando un tono profundo que ella todavía no lograba definir.

Estaba bien. A pesar de las noches en la calle, a pesar del hambre, del abandono, estaba bien.

—Eres un guerrero... —murmuró ella.

Lo sostuvo con más firmeza, como si quisiera protegerlo de todo lo que aún vendría. Necesitaba un nombre.

No quería algo común. No quería algo ligado al dolor ni a la historia que necesitaba dejar atrás. Quería algo que significara un nuevo comienzo. Miró una vez más el rostro sereno.

—Eliot —dijo en voz baja; el nombre salió con naturalidad—. Te vas a llamar Eliot. Porque tú eres mi nuevo comienzo.

Las horas siguientes pasaron como un sueño silencioso. Mónica permanecía despierta, observando cada movimiento de su hijo. Era un momento feliz para ella.

Pero cuando la habitación quedó en silencio y la enfermera salió, la realidad comenzó a acercarse de nuevo.

¿Qué iba a hacer? No tenía casa, no tenía dinero, no tenía el apoyo de su familia. Pero tenía algo que antes no tenía: un motivo inquebrantable.

Mónica era licenciada en Administración. Siempre fue organizada, inteligente, estratégica. En la universidad, los profesores la elogiaban. Sabía armar planes, gestionar crisis, calcular riesgos.

El problema nunca fue la capacidad; fue la autoestima. Se había empequeñecido toda la vida para caber en las expectativas de los demás, y con el dolor que sintió no pensó en nada que pudiera hacer.

Pero ahora era diferente. Ya no podía empequeñecerse. Eliot merecía una madre fuerte. Fue entonces cuando un nombre surgió en su mente como un faro en medio de la niebla.

Rosa.

Rosa era su mejor amiga de la época de la universidad. Leal, práctica, dueña de un corazón enorme y de una sinceridad cortante. Fueron inseparables durante años; compartieron almuerzos, guías de estudio, lágrimas y risas.

Se distanciaron cuando Mónica empezó a salir con Ricardo. Él siempre decía que Rosa era "demasiada influencia".

Hoy, Mónica veía lo que no quiso ver antes. Rosa nunca intentó disminuirla, nunca la comparó con Helena, nunca la hizo sentirse menos.

Con el celular prestado de la recepción del hospital, Mónica marcó el número que todavía sabía de memoria.

Sonó una vez. Dos. Y a la tercera, contestó.

—¿Hola? —la voz firme del otro lado le apretó el corazón.

—Rosa... soy yo —dijo Mónica.

—¿Mónica? ¿Dónde estás?

No hubo juicio, no hubo sarcasmo. Solo preocupación. Las palabras le salieron entrecortadas mientras explicaba lo básico: que estaba en el hospital y que necesitaba ayuda para empezar de nuevo.

Rosa no hizo preguntas innecesarias.

—Mándame la dirección. Ya voy para allá.

Así de simple. Unas horas después, la puerta de la habitación se abrió con energía. Rosa entró con pasos decididos. Se detuvo al ver a Mónica en la cama con el bebé en brazos.

Sus ojos se llenaron de lágrimas de inmediato.

—Te convertiste en mamá... —dijo mirando al bebé—. Y es hermoso.

Mónica no pudo responder. Solo lloró. Rosa se acercó y la abrazó con cuidado.

—Debí haberte buscado antes —susurró Mónica.

—Siempre podemos reencontrarnos —dijo Rosa, y tomó a Eliot en brazos. Su rostro se suavizó—. ¿Cómo se llama?

—Eliot.

—Fuerte. Me gusta.

No preguntó por Ricardo, no preguntó por Helena. Probablemente ya se había enterado del compromiso. Simplemente le tendió la mano a su amiga.

—Te vienes conmigo.

—Gracias, Rosa. No te preocupes, pronto voy a buscar trabajo. No quiero ser una carga —dijo Mónica.

Rosa arqueó una ceja.

—Eres profesional, inteligente, trabajadora. Esto es solo una etapa, no una sentencia. Tengo un cuarto vacío en casa. Quédate ahí hasta que te organices. Armamos tu currículum, buscamos vacantes, resolvemos todo. Pero no vas a enfrentar esto sola.

Sola. La palabra que tanto dolía comenzó a perder fuerza. Ya no estaría sola.

Dos días después, Mónica recibió el alta. Al salir del hospital con Eliot en brazos, el sol de la mañana le iluminó el rostro. Respiró hondo por primera vez en meses.

Todavía había miedo, pero ahora había algo más grande: decisión. Rosa la esperaba en el auto, con una silla de auto para bebé ya instalada.

—¿Lista para cambiar de vida? —preguntó.

Mónica miró a su hijo, que dormía tranquilo.

—Ya empecé lista.

Mientras el auto se alejaba, se dio cuenta de que, por primera vez, no estaba huyendo. Estaba eligiendo.

Y por Eliot, siempre elegiría ser más grande que cualquier abandono. Y él nunca sentiría ese dolor.

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