Él tenía una sola misión: protegerla.
Ella tenía una sola regla: no enamorarse de él.
Victoria Bennett tiene el matrimonio que cualquier mujer envidiaría.
Un esposo millonario. Una mansión de ensueño. Una vida rodeada de lujos.
Pero detrás de las puertas cerradas, su matrimonio es una pesadilla.
Su esposo, Alexander Blackwood, es un hombre poderoso, controlador y posesivo que se ha encargado de destruir poco a poco la seguridad y la autoestima de Victoria. Para el mundo son una pareja perfecta. Para ella, él es la razón por la que cada noche tiene miedo de volver a casa.
Hasta que Alexander contrata a Fernando Ferrara, un exmilitar convertido en guardaespaldas, para proteger a su esposa.
Fernando sabe perfectamente cuáles son sus límites.
Victoria es su jefa.
La esposa de su jefe.
Una mujer prohibida.
Pero también es la mujer que intenta esconder sus lágrimas cuando cree que nadie la está mirando.
Él comienza protegiéndola de peligros externos...
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Capitulo 3: Una línea que no debo cruzar
Fernando
No había dormido.
No porque las amenazas me preocuparan.
Había enfrentado situaciones mucho peores.
Lo que no podía quitarme de la cabeza era aquella frase.
No vuelvas a pegarme.
La había escuchado detrás de una puerta.
La había escuchado de los labios de una mujer que, ante el mundo, tenía una vida perfecta.
Victoria Blackwood.
La esposa de mi jefe.
A las seis de la mañana ya estaba revisando las cámaras de seguridad.
Avancé las grabaciones de la noche anterior.
Nada.
Nadie había entrado.
Nadie había salido.
Eso significaba que, si las amenazas provenían de alguien dentro de la casa, tenía que ser una persona con acceso.
O alguien que conocía demasiado bien los movimientos de Victoria.
Tomé nota mentalmente de cada empleado.
La ama de llaves.
Los conductores.
Los encargados de seguridad.
El personal de mantenimiento.
Y, por supuesto, Alexander.
No podía acusarlo sin pruebas.
Pero tampoco podía ignorar lo que había visto.
—¿Siempre trabajas desde tan temprano?
La voz detrás de mí me hizo girar.
Victoria estaba en la puerta.
Llevaba un pantalón deportivo y un suéter gris. Tenía el cabello recogido y una taza entre las manos.
Parecía diferente.
Más joven.
Más humana.
—Siempre —respondí.
—¿Dormiste algo?
—Un poco.
Ella levantó una ceja.
—Mentiroso.
—¿Cómo sabes?
—Tienes cara de no haber dormido nada.
—¿Y tú cómo sabes qué cara tengo?
Victoria se quedó callada.
Después sonrió.
—Llevo veinticuatro horas conociéndote.
—Entonces ya estás aprendiendo demasiado.
Se acercó a la mesa.
—¿Estás revisando las cámaras?
—Sí.
—¿Encontraste algo?
La observé.
—Todavía no.
Ella bajó la mirada.
—No encontrarás nada.
—¿Por qué estás tan segura?
Victoria bebió un poco de café.
—Porque quien quiera que esté detrás de las amenazas sabe perfectamente lo que hace.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué quieres decir?
Ella tardó en responder.
—Nada.
—Victoria.
—Fernando.
Fue la primera vez que pronunció mi nombre.
Y no debería haberme afectado.
Pero lo hizo.
—¿Qué sabes?
Ella dejó la taza sobre la mesa.
—No quiero hablar de esto.
—Necesito saberlo para protegerte.
—¿Y si no quiero que me protejas?
—Entonces estarías hablando con el hombre equivocado.
Sus labios se curvaron ligeramente.
—Eres bastante arrogante.
—Me pagan por serlo.
—¿También te pagan por ser insoportable?
—Eso es un extra.
Ella soltó una pequeña carcajada.
Y nuevamente ocurrió.
Ese cambio.
Cuando Victoria reía, parecía que el mundo no podía tocarla.
Me quedé observándola un segundo más de lo necesario.
Ella lo notó.
Nuestra mirada se encontró.
El silencio cambió.
No fue incómodo.
Fue algo diferente.
Algo que no debía existir.
Victoria apartó la mirada primero.
—Tengo que prepararme.
—Te acompaño.
—¿Al baño también?
—Hasta la puerta.
Ella negó con la cabeza, divertida.
—Definitivamente estás loco.
—Es parte del uniforme.
Una hora después salimos de la mansión.
Victoria tenía una reunión en el centro de la ciudad.
Yo iba a su lado mientras caminábamos hacia el automóvil.
Antes de abrirle la puerta, miré alrededor.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
—Fernando.
—¿Sí?
—¿Podrías dejar de mirar a todas las personas como si fueran asesinos?
—No.
—¿Por qué?
—Porque alguno podría serlo.
Victoria suspiró.
—Eso no es tranquilizador.
—No intento tranquilizarte.
—¿Entonces qué intentas hacer?
La miré directamente.
—Mantenerte viva.
Su expresión cambió.
Durante un instante, desapareció la sonrisa.
—Gracias.
Fue apenas un susurro.
Pero lo escuché.
La reunión duró casi dos horas.
Victoria salió del edificio acompañada por su asistente.
Yo esperaba junto al automóvil.
Entonces la vi.
Una mujer estaba parada al otro lado de la calle.
Miraba directamente hacia Victoria.
Cuando nuestros ojos se encontraron, bajó la cabeza y comenzó a caminar.
—Quédate aquí.
Crucé la calle.
La mujer aceleró.
Yo también.
—¡Señora!
No se detuvo.
Giró por una esquina.
Cuando llegué allí, había desaparecido.
Miré alrededor.
Nada.
Regresé al automóvil.
Victoria estaba esperándome.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Fernando.
—Vi a alguien observándote.
Su rostro perdió el color.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿La conoces?
—No.
Victoria permaneció en silencio.
Después dijo algo que hizo que todo mi cuerpo se tensara.
—Yo sí.
La miré.
—¿Quién era?
Victoria tragó saliva.
—Una mujer que trabajaba para Alexander.
—¿Qué hacía?
—No lo sé.
—Victoria.
Ella cerró los ojos.
—La despidió hace tres meses.
—¿Por qué?
Abrió los ojos.
Y por primera vez vi miedo verdadero.
—Porque descubrió algo que no debía.
—¿Qué descubrió?
Victoria negó con la cabeza.
—No lo sé.
—No me mientas.
—¡No te estoy mintiendo!
Su voz se quebró.
Respiró profundamente.
—Fernando, hay cosas de mi marido que prefiero no saber.
Me acerqué un poco.
—Pero alguien está intentando hacerte daño.
—Lo sé.
—Y tú sabes por qué.
Victoria me miró.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Sé que debería irme.
—Entonces vete.
Una lágrima recorrió su mejilla.
—No es tan fácil.
—Nunca dije que lo fuera.
—Si me voy, él va a destruir a mi familia.
—¿Te ha amenazado?
Silencio.
No necesitaba escuchar la respuesta.
Ya la tenía.
Me acerqué un paso.
—Victoria.
Ella levantó la mirada.
—No quiero que te metas en esto.
—Ya estoy metido.
—Eres su empleado.
—Soy tu guardaespaldas.
—Es lo mismo.
—No.
Mi voz salió más firme de lo que esperaba.
—No es lo mismo.
Ella me observó.
—¿Por qué?
No supe qué responder.
Porque la verdad era demasiado peligrosa.
Porque desde la noche anterior había comenzado a preocuparme por ella.
Porque cada vez que veía miedo en sus ojos sentía una necesidad irracional de ponerme entre ella y cualquier cosa que pudiera lastimarla.
Porque estaba empezando a importarme.
Demasiado.
—Porque mientras estés bajo mi protección —dije finalmente—, nadie va a tocarte.
Victoria sostuvo mi mirada.
—¿Me lo prometes?
—Sí.
Ella asintió lentamente.
Entonces tomó mi mano.
Fue un gesto pequeño.
Inocente.
Pero sentí cómo todo mi cuerpo se tensaba.
Sus dedos permanecieron sobre los míos durante unos segundos.
Después los retiró.
—Gracias, Fernando.
La vi entrar al automóvil.
Yo cerré la puerta.
Y mientras caminaba hacia el asiento del conductor, me hice una promesa.
No iba a enamorarme de Victoria Blackwood.
Ella era la esposa de mi jefe.
Yo era su guardaespaldas.
Había una línea que jamás debía cruzar.
El problema era que, sin darme cuenta…
ya estaba caminando hacia ella.