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El Heredero Del Abismo

El Heredero Del Abismo

Status: En proceso
Genre:Demonios / Viaje a un mundo de fantasía / Apocalipsis
Popularitas:262
Nilai: 5
nombre de autor: El Grillo

¿Crees en un mundo perfecto?
Mateo con su consola sin portada... SI aunque tenga que ser por encima quien sea... Asi sea su familia... Culpable ¿SI o NO?

NovelToon tiene autorización de El Grillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

REY O REYES

Los golpes afuera eran cada vez más duros.

PUM. PUM. PUM.

Eran los 23 sin rostro de Jonás. No gritaban. No hablaban. Solo pegaban todos al mismo tiempo en la puerta de acero de El Diamante. Y eso daba más miedo que si estuvieran gritando.

Adentro, Valeria estaba de rodillas en el piso, agarrándose la cabeza. No era migraña, era recuerdo. Le estaban volviendo imágenes que Elías le había borrado con droga hace 20 años.

—Yo le puse la marca — repetía llorando, mirando a Mateo —. Hijo, perdóneme, yo se la puse. Yo misma con esta mano.

Mateo se agachó y la abrazó. Tenía la cara negra ya casi hasta la boca, le ardía, pero abrazó a la mamá.

—Ma, ya, tranquila. Usted no sabía. La obligaron.

Héctor se paró. Todavía estaba pálido, pero ya no era el tombo de Ibagué. Era el doctor de antes. Miró la consola madre de El Diamante, esa que tenía 12 huecos para 12 manos.

—Me estoy acordando — dijo —. Elías nos dijo que si dos tronos se prendían al tiempo, llamaban a los demás. Y si se sientan tres, se abre la puerta grande. La de abajo. La que no se puede cerrar.

Zero lo miró serio.

—¿Cómo se apaga entonces, doctor?

Héctor respiró.

—Hay que sacrificar uno. Un trono tiene que llegar a 100 y quedarse ahí sentado para siempre. Sin moverse. Como un tapón. Si uno se queda en 100, los otros no pueden prender. Y La Roja de Medellín no puede entrar.

Todos voltearon a ver los dos tronos prendidos. El blanco y el negro. El de Jonás y el de Mateo.

Jonás entendió de una.

—O sea que uno de los dos se tiene que quedar acá convertido en piedra para siempre.

—Sí — dijo Héctor —. Y no puede ser cualquiera. Tiene que ser el que más marcado esté.

Mateo tenía 68%. Jonás tenía 72%. Jonás iba ganando.

Jonás se rió, pero sin ganas.

—Claro, me toca a mí. Siempre me toca a mí lo feo. Nací en un frasco, sin mamá, y ahora me toca quedarme acá de estatua para que ustedes se vayan a vivir sabroso a Ibagué.

Valeria lo miró. A Jonás. Ese muchacho que ella bañó cuando era bebé. Ese que nunca tuvo mamá.

—No — dijo Valeria, parándose —. Usted no se queda. Usted no es de acá.

Se acercó a Jonás y le cogió la cara. Jonás nunca había sentido una mano de mamá.

—Cuando usted era bebé yo la única que lo alzaba era yo. Elías no lo dejaba llorar pero yo lo alzaba a escondidas y le cantaba. Usted no tuvo mamá porque Elías no quiso, no porque yo no quisiera. Usted para mí sí es mi hijo también.

A Jonás se le aguaron los ojos. Nunca había llorado. No sabía cómo.

Afuera, los golpes pararon de golpe. Silencio total.

Y luego se escucharon motos. Muchas motos llegando. La Roja había llegado.

Una voz de mujer, joven, dura, gritó afuera:

—¡Jonás! ¡Sé que estás ahí adentro! ¡Soy La Roja! ¡Sal que te vine a sacar de ahí! ¡Esos dos te están usando!

Zero apagó la linterna.

—Llegó. La de Medellín. Tiene 40 huecos con ella. Si entra acá y se sienta en el trono rojo, se abre la puerta y nos lleva el putas a todos.

Mateo miró a Jonás.

—Marica, ¿usted la conoce?

—No — dijo Jonás —. Solo sé que es como nosotros. Pero es roja. La que envidia el amor, dicen.

Héctor cogió a Valeria del brazo.

—Valeria, si La Roja entra, Mateo y Jonás tienen que decidir ya quién se queda en 100. Si no, ella se sienta y abre todo.

La puerta de acero empezó a sonar diferente. Ya no eran golpes de los 23. Era una sierra. La Roja estaba cortando la puerta.

Zero sacó la pistola.

—Bueno, se acabó la lloradera. Jonás, usted es el más marcado, 72%. Si usted se sienta en el trono blanco y se deja llegar a 100, yo le juro que saco a Mateo y a sus papás de acá y no los vuelvo a joder. Pero si no lo hace, los mato yo mismo antes de que esa vieja entre y nos borre la cara a todos.

Jonás miró el trono blanco. Estaba prendido con luz bajita. Sabía que si se sentaba, se quedaba ahí para siempre. Sin Valeria, sin Mateo, sin nada. Como siempre, solo.

Mateo lo agarró del brazo.

—No. No se siente usted. Me siento yo.

—¿Usted? — dijo Jonás —. Usted tiene 68%, le falta más.

—Pero yo sí tengo mamá y papá que me esperan afuera. Usted no tiene a nadie. Si usted se queda acá, se queda solo para siempre. Si me quedo yo, al menos usted queda con mi mamá. Ella ya lo quiere. — Mateo lo miró fijo —. Usted fue mi hermano desde el principio, Jonás. El 6 y el 7. Yo no lo dejo acá solo.

Valeria empezó a llorar más duro.

—Ninguno de los dos se va a quedar — gritó.

Héctor la abrazó.

—¡Valeria, es la única forma!

La puerta afuera ya estaba casi abierta. Se veía la chispa de la sierra y se escuchaba la voz de La Roja:

—¡Ya voy, Jonás! ¡Vamos a ser reyes los dos!

Jonás se soltó de Mateo, se limpió los ojos como pudo y caminó hacia el trono blanco.

—Yo nací sin mamá para esto — dijo —. Para esto me hicieron en un frasco. Para tapar un hueco.

Se sentó.

En cuanto se sentó, la marca blanca se le prendió toda. Del 72% se fue al 80% en un segundo. Al 85%. Al 90%. El trono lo estaba chupando.

Mateo gritó:

—¡Jonás no!

Jonás lo miró, ya con la cara casi toda blanca.

—Cuide a Valeria — le dijo —. Dígale que gracias por la cobijita azul.

Y llegó a 99%.

La puerta se reventó y entró La Roja.

CONTINUARA...

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