Una élite de valientes mujeres soldados deberá enfrentar al crimen organizado que intentará matarlas para evitar ser descubiertos. Todo iniciará cuando una capitana del ejército es asesinada de un certero balazo disparado por un francotirador y el misterioso crimen destapa una poderosa mafia que intenta robar las ojivas nucleares que se almacenan en el cuartel, según descubre una chica policía designaba a resolver el extraño homicidio. Ella descubrirá además que esa despiadada mafia involucra a los altos mandos militares quienes a su vez, están vinculados sentimentalmente, entre ellos, complicando aún más las investigaciones. La mujer policía deberá desarticular la mafia y salvar el honor de la división blindada femenina "Las lobas" que maneja los poderosos tanques del ejército. Ellas se verán implicadas en el robo de las ojivas nucleares y de otras armas que son sustraídas sistemáticamente de los hangares militares. Paralelamente la mujer policía deberá definir su vida sentimental, pues su novio es un tipo muy violento, metido siempre en problemas extremadamente celoso y prepotente, y entre otros hombres que la pretenden. Traición, venganza, acción, suspenso, mucho amor, humor y romance se barajan en ésta emocionante historia, "Crimen en el ejército" que atrapará al lector de principio a fin.
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Capítulo 16
Fue entonces que intentaron matarme. Yo estaba bastante atareada en mi oficina de la comandancia, cuando ocurrió el incidente. Los mandos me asignaron un espacio en el segundo piso, al lado de las ventanas, después que me ascendieron a capitana de homicidios. A mí siempre me gusta la luz del día y me recreo, además, viendo el límpido celeste del cielo, las nubes blancas haciendo curiosas figuras y en las noches me entretengo contemplando los luceros y la Luna recortada tras las persianas.
Esa noche, como les digo, tuve mucho trabajo porque habían ocurrido varios crímenes en la ciudad. Yo, incluso, me encargué de un homicidio alevoso luego que un hampón le disparó en la cabeza a su víctima al resistirse que le roben su móvil. Las cámaras de vigilancia lo captaron en el momento en que ese facineroso lo asaltaba y luego se observa que le dispara con absoluta sangre fría en la cabeza a su presa, matándolo en el acto. Ordené que lo capturen de inmediato. El tipo era un bandolero que se ufanaba de haber matado a varios sujetos y no dudó en enfrentarse a mis agentes en su vivienda, una covacha que estaba en los barrios peligrosos, en un corralón baldío. Mis oficiales tuvieron que abatirlo porque el delincuente salió de su cuartucho disparando hecho un loco.
Estaba cansada, despeinada y ojerosa, sin ánimo, incluso, hasta de irme a mi casa. Quería dormirme en cualquier rincón porque los párpados se caían sobre mis ojos como cortinas y no dejaba de bostezar, ansiando echarme y roncar hecha una paquidermo. Le dije, entonces a Nancy que se podía marchar. -¿Estará bien, capitana? La veo muy cansada y exánime, podría necesitarme, yo puedo quedarme con usted-, ella además de secretaria, era también mi ángel guardián.
-Sí, Nancy, no te preocupes, me quedaré a dormir aquí en la comandancia, me echaré a dormir en mi silla, mañana iré a casa a seguir durmiendo-, le anuncié porque, ya les digo, estaba demasiada cansada como para irme a mi domicilio. No tenía fuerzas para nada. Lo único que quería era estar en los brazos de Morfeo y dormir a pierna suelta tres días seguidos.
Nancy se fue, apagué las luces de mi oficina y me recosté en mi silla giratoria, pretendiendo dormirme. En verdad que estaba súper cansada y exhausta que ni reparé que estaba bastante incómoda. En mi cabeza repicaban mil campanadas, estallaban cientos de bombardas, reventaban estruendosos fuegos artificiales y había un aserradero no dejaba de cortar madera con su espantoso pitido martillando mis sesos sin compasión. Los numerosos casos que habíamos resuelto todo ese día, me machacaban y en mi cráneo se repetían nombres y más nombres de las personas asesinadas, los homicidas, las calles y los testigos enloqueciéndome.
Me quedé dormida en mi silla y eso, increíblemente, terminó por salvarme la vida.
A veces pienso que el destino es providencial. Yo allí, sentada en mi silla, cabeceando, era un blanco fácil para cualquier francotirador atrincherado en una azotea frente a la comandancia. Pero ocurrió que, como estaba tan cansada, me derrumbé sobre mi pupitre, tumbando mi cabeza sobre la tabla, justo en el mismo momento que ¡pum! estallaba un balazo, surcando el espacio, perforando los vidrios de la ventana de mi oficina y zumbando encima de mis pelos en el momento exacto en que yo me desplomaba sobre la mesa. La bala impactó en la pared haciendo un gran orificio.
Me alcé espantada y angustiada por la explosión y me lancé a la alfombra en el preciso momento que reventaba otro balazo que se estrelló, ésta vez, sobre el pupitre. El personal de guardia en la comandancia acordonó de inmediato las calles y se atrincheraron, además, para responder el fuego enemigo, sin embargo ya no hubo más disparos.
Salí a la calle apuntando a todos lados con mi pistola. El caos se había desatado en la avenida, los vecinos estaban amontonados en las azoteas, cornisas y ventanas de las casas contiguas a la comandancia y los agentes trataban de adivinar de dónde habían venido los disparos. -Quisieron matarme-, le dije, entonces, al sargento Berger que comandaba el turno de guardia.
Descubrimos, por la trayectoria, que los disparos llegaron desde una cornisa colindante que daba directamente a los ventanales de mi oficina. Con Berger y otro agente subimos de prisa, sin dejar de apuntar, pensando encontrarnos con el francotirador. Advertimos a los vecinos que se encierren en sus casas. -Hay un sicario suelto-, les informé.