Algunas almas necesitan más de una vida para encontrarse...
Algunas promesas sobreviven al tiempo.
Algunas heridas nunca terminan de cerrar.
Y algunas maldiciones esperan pacientemente el momento de cumplirse.
Gideon Huxley lleva más de un siglo viviendo bajo el peso de un pasado que se niega a desaparecer.
Hasta que un encuentro fortuito despierta en él un recuerdo que creía perdido para siempre.
Porque quizá el destino no se haya equivocado de camino.
Quizá simplemente haya esperado cien años para volver a encontrarlos.
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Robo Inesperado
—Gracias, señorita Davis.
—No, gracias a usted señor Huxley. Estaremos en contacto.
—Por supuesto. —Gideon inclinó la cabeza para saludarla y, acto seguido, subió nuevamente al vehículo.
Apenas arrancó el auto, Mila se acercó a toda prisa a Elara y entrelazó su brazo con el de ella, arrastrándola hacia la entrada del edificio.
—Parece que te ha ido muy bien... —le soltó con una sonrisa cargada de picardía, arqueando las cejas mientras miraba de reojo el coche perderse en la avenida.
Elara sonrió negando con la cabeza; ahí iba de nuevo su loca amiga con sus ocurrencias de siempre.
—¡Déjame al menos almorzar, Mila!
—¿Qué? ¿Cómo que te has vuelto sin comer?
—No seas dramática, simplemente no me sentía muy cómoda allí. Además, aún tengo trabajo aquí así que...
—Eres la que más adelantados tiene sus diseños —le reprochó su amiga con una mueca, aunque de inmediato extrajo una barra de cereal de su bolso—. Toma.
—Gracias, eres la mejor...
Elara la apachurró con fuerza, ganándose unos divertidos quejidos de molestia por parte de Mila.
—Bien, bien, ¡ya suéltame!
Mientras tanto, en el otro extremo de la manzana, Gideon ya se encontraba en su oficina esperando al investigador privado. Entre el ajetreo de la fiesta de compromiso de Charlotte y el torbellino de sus propias pesadillas, casi había olvidado que tuvo que recurrir a un agente externo para el encargo. Sin embargo, el inmortal no se imaginaba que aquel hombre ya había sido comprado en secreto por Charlotte; la joven le había prometido el doble del valor de sus servicios con tal de que le entregara la información directamente a ella y no a "su hermano"
—Espero que entienda que esto tiene que ser manejado con absoluta discreción.
—No se preocupe, señor Huxley. No hace falta la aclaración; comprendo perfectamente cómo es este negocio —aseguró el detective con voz pausada.
—Bien. Le doy una semana.
Al escuchar el plazo, el investigador asintió por pura inercia profesional, pero su mente se aceleró de inmediato para trazar una estrategia. Aquello representaba un problema imprevisto: la señorita Charlotte Huxley había sido sumamente clara al contratarlo en secreto. No solo le había exigido que le entregara los informes a ella primero, sino que también le había ordenado, de forma muy específica, que dilatara la investigación y tardara un poco más de tiempo en darle los resultados a Gideon.
Sanz sabía que jugar en dos bandos con un hombre tan imponente y serio como Gideon Huxley era sumamente peligroso, pero la jugosa suma de dinero que Charlotte le había prometido bien valía el riesgo de inventar un par de retrasos creíbles.
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Unos días después, Charlotte se encontraba esperando al detective en una pequeña cafetería, estratégicamente alejada de la joyería y del centro de la ciudad.
—Buenas tardes, señorita Huxley. Lamento la espera —se disculpó el hombre, tomando asiento frente a ella tras una breve inclinación.
—No se preocupe. ¿Consiguió la información? —preguntó Charlotte de inmediato, yendo directo al grano.
—Por supuesto.
El detective miró de reojo hacia las otras mesas para asegurarse de que nadie estuviera prestando atención y, con un movimiento rápido, deslizó un sobre marrón sobre la superficie de madera.
—El señor Huxley me pidió investigar la identidad y el historial familiar de la señorita Davis, pero también me encomendó la búsqueda de un medallón antiguo.
—¿El medallón? —Charlotte frunció el ceño hondamente. Aquello era un cabo suelto con el que no contaba en absoluto—. ¿Por qué le haría investigar una reliquia de la cual él ya conoce toda su historia?
Sanz guardó silencio un instante, sopesando el valor de la información adicional que estaba a punto de entregarle a su cliente secreta.
—¿No sabe usted que ha sido vendido? —preguntó el detective. Al ver que ella negaba con evidente sorpresa, continuó—El caso es que su hermano quiere descubrir a toda costa quién lo ha comprado, ya que la transacción se realizó mediante una cuenta privada y los datos del comprador quedaron protegidos.
—Oh... Ahora entiendo.
Y vaya que entendía. En su mente, las piezas comenzaron a encajar de forma alarmante: si la reliquia no había regresado a las manos de su abuelo, significaba una sola cosa. El medallón estaba, por fin, en posesión de la persona por la que él había estado esperando durante décadas.
—¿Tiene esa información también? —exigió saber Charlotte, inclinándose un poco hacia adelante.
—Claro —el detective volvió a meter la mano en su gabardina y le deslizó un segundo sobre—. Pero recuerde que esta información pertenece estrictamente al señor Huxley...
—Lo sé —lo interrumpió ella, guardando ambos sobres intactos dentro de su bolso de cuero sin romper los sellos—. No voy a abrirlos aquí, en un lugar tan público. Nos encontraremos el próximo lunes a la misma hora para liquidar el resto de su pago y discutir los detalles.
—Como usted prefiera, señorita Huxley —asintió Sanz, poniéndose en pie y despidiéndose con una breve inclinación de cabeza antes de abandonar la cafetería.
Charlotte esperó unos minutos para no levantar sospechas. Con el corazón latiendo aprisa, se colgó el bolso al hombro y salió a la concurrida acera, dispuesta a buscar su auto para leer los documentos en la total privacidad de su hogar. Sin embargo, el destino de los Huxley parecía deleitarse en mover sus propias piezas invisibles.
Apenas hubo avanzado media cuadra, un sujeto en una motocicleta subió a la acera a toda velocidad. Antes de que Charlotte pudiera reaccionar, el hombre tiró con fuerza de la correa de su bolso, rompiéndola en el acto, y aceleró entre el tráfico de la avenida, perdiéndose de vista en segundos con los dos valiosos sobres en su poder.
—¡Oigan! ¡Atrápenlo! ¡Mi bolso! —gritó Charlotte, completamente conmocionada, pero ya era demasiado tarde.
Frustrada y con las manos temblorosas, regresó corriendo al interior de la cafetería para llamar de inmediato a la policía y reportar el robo. Acto seguido, se comunicó con Beltrán para pedirle desesperadamente que fuera a buscarla, ya que las llaves de su automóvil también se encontraban dentro del bolso robado.
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