"Él es el hombre más poderoso de la ciudad. Ellos tienen 8 años y acaban de hackear su vida."
Elara ha guardado un secreto durante cuatro años: es madre soltera de dos genios que el sistema escolar no puede controlar. Para su jefe, el implacable y frío millonario Killian Vane, ella es solo la asistente perfecta, la mujer que nunca falla y que parece no tener vida personal. Pero cuando el colegio de los gemelos exige una cuota impagable para niños superdotados y el padre biológico desaparece con las migajas de la manutención, Elara llega al límite.
Lo que Elara no sabe es que sus hijos, Evans y Edans, han tomado una decisión: Mamá necesita un respiro y ellos necesitan un papá que esté a su nivel.
Tras analizar a cientos de candidatos en la plaza local, los gemelos fijan su objetivo en el hombre que aparece en las noticias: Killian Vane. Es rico, es brillante y, según sus cálculos, es el único hombre con el ADN lo suficientemente fuerte para lidiar con ellos.
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Capítulo 3: El precio de la libertad y un Iceberg en Manhattan
Elara caminaba a pasos agigantados por la plaza, con los tacones de diez centímetros hundiéndose en las rejillas del metro y el moño deshecho por el viento de la tarde. Tenía los ojos rojos, no de llanto, sino de pura rabia contenida. Cuando divisó dos cabecitas familiares sentadas en un banco, comiendo helado como si el mundo no se estuviera cayendo a pedazos, sintió que un rayo le recorría la columna.
No dijo nada. Los tomó a cada uno de un brazo, con una fuerza que los hizo saltar del asiento, y los arrastró hasta el viejo edificio de departamentos donde vivían. El ascensor, como siempre, no funcionaba, así que subieron los cuatro pisos por la escalera. El eco de sus tacones golpeando el cemento era el único sonido, un presagio de la tormenta que se avecinaba.
Una vez dentro del departamento, Elara cerró la puerta de un portazo que hizo vibrar los cuadros torcidos de la pared. Se quitó los zapatos con violencia, arrojándolos a un rincón, y se plantó frente a ellos.
—¡A sus cuartos! ¡Ahora! —rugió.
—Mamá, fue un experimento social sobre la seguridad escolar... —intentó explicar Evans, tratando de mantener su tono lógico.
—¡Cierra la boca, Evans! ¡Ni una palabra más! —Elara lo señaló con un dedo tembloroso—. Se escaparon. Me hicieron creer que se los habían robado. Casi llamo a la policía, casi pierdo mi trabajo por salir antes... ¿Tienen idea de lo que eso significa?
—Significa que la escuela es vulnerable y nosotros somos eficientes —murmuró Edans, ajustándose las gafas, aunque un poco pálido.
—Significa que se quedan sin internet por dos semanas —sentenció Elara.
Los gemelos abrieron los ojos como platos. Para dos niños que vivían de hackear servidores y devorar Wikipedia, eso era peor que la cárcel.
—¡Dos semanas! ¡Mamá, eso es prehistórico! —protestó Evans—. ¿Cómo vamos a seguir con el proyecto de...?
—¡Dije dos semanas! —Elara caminó hacia el módem y arrancó el cable de la pared con un tirón seco—. Y si los veo tocando un dispositivo electrónico, les juro que lo vendo para pagar el alquiler.
Los gemelos se miraron, derrotados. Se dieron la vuelta para ir a su habitación, pero justo antes de cerrar la puerta, Evans susurró lo suficientemente alto para que ella lo oyera:
—Bueno, al menos gracias a nuestra "escapada" la directora no te va a cobrar la mora este mes. Saliste ganando, mamá.
Elara se congeló. Lentamente, se giró hacia la puerta de la habitación. Sus ojos eran dos cuchillas de hielo.
—¿Qué... qué dijiste? —preguntó con una voz tan baja que daba miedo.
Los dos niños se pusieron pálidos. Sabían que habían cruzado una línea.
—¿Así que se creen muy grandes, eh? —Elara se acercó a la puerta, abriéndola de par en par—. ¿Creen que esto es un juego de finanzas? ¿Creen que su madre es una inepta que necesita que sus hijos de ocho años extorsionen a una directora para llegar a fin de mes? Pues felicidades, genios. Acaban de ganar un ascenso: un mes entero sin internet. ¡Ni un minuto!
Evans y Edans se hundieron en sus camas, sabiendo que ya no había vuelta atrás. Elara se quedó de pie en el marco de la puerta, respirando con dificultad. Sus hombros cayeron un poco y la furia empezó a transformarse en ese agotamiento crónico que solo una madre soltera conoce.
—Saben perfectamente lo que viene ahora —dijo ella, y los niños asintieron al unísono. Se sabían el discurso de memoria. Era el "Evangelio según Elara" que escuchaban desde que tenían uso de razón—. Hago todo esto por ustedes. Agunato a un jefe que es un témpano de hielo, un hombre que no sabe lo que es un "gracias" y que me trata como si fuera un robot. Camino diez horas al día con estos tacones de diez centímetros que me están matando los pies, solo para que ustedes tengan el mejor colegio de Nueva York.
Hizo una pausa, mirando las paredes descascaradas del departamento.
—Lamento no poder darles más que esto —continuó con la voz un poco más suave, pero firme—. Lamento que vivamos en este lugar y que tenga que trabajar hasta tarde. Pero es hasta donde puedo darles. Y lo único que les pido, lo único en este mundo, es que estudien y se porten bien. No quiero genios en la dirección. Quiero hijos que me dejen dormir tranquila cinco minutos. ¿Es mucho pedir?
—Lo sabemos, mami —dijeron los dos al mismo tiempo, con la cabeza gacha.
Se quedaron en silencio unos segundos. Entonces, Edans levantó la vista, con una expresión seria que no encajaba en su cara infantil.
—Si el hombre que dice ser nuestro padre ayudara, nada de esto estaría pasando —soltó el pequeño—. Tú no tendrías que aguantar a ese tipo de la oficina.
Evans asintió, cruzándose de brazos.
—Pero nosotros somos mucho para él. Somos demasiado inteligentes para su cabeza vacía. Por eso dijo que iba a comprar cigarrillos y nunca volvió. Le dimos miedo, mamá.
Elara soltó una risa seca, corta, y sintió que el nudo en su garganta se aflojaba. Se acercó a la cama y los abrazó a los dos, rodeándolos con sus brazos cansados. A ellos no les dolía que su padre no estuviera. No lo extrañaban porque no se puede extrañar lo que nunca valió la pena. Preferían tenerlo a kilómetros de distancia que verlo entrar por esa puerta y arruinar la paz que tanto les había costado construir.
—Aun así, están castigados —les recordó ella, dándoles un beso en la frente.
—¡Mamá! —gritaron los dos al mismo tiempo, con un tono de agonía real.
—Sin internet no hay información —se quejó Evans—. ¡No hay nada! ¿Cómo voy a saber si la bolsa de Japón cayó hoy?
—Lee un libro, Evans. De esos que tienen hojas de papel —respondió Elara, saliendo de la habitación—. Y no quiero oír ni un "clic" de mouse en toda la noche.
Penthouse de Killian Vane. Quinta Avenida.
Killian estaba sentado frente a su escritorio de cristal, con una copa de whisky en la mano y la vista perdida en el skyline de la ciudad. El abuelo ya se había ido a dormir, dejándolo solo con sus pensamientos.
Normalmente, a esta hora, Killian estaría revisando los gráficos de rendimiento de la sucursal de Asia, pero su mente volvía, una y otra vez, a la plaza.
"Si pagó eso por los zapatos, lo estafaron", le había dicho el niño.
Killian se miró los pies descalzos. En toda su vida, nadie le había hablado con esa honestidad brutal. En el mundo de los negocios, todos le lamían las botas o le mentían por miedo. Pero esos dos mocosos... no tenían miedo de nada. Tenían una mirada que le resultaba inquietantemente familiar, una mezcla de inteligencia y desafío que no lograba ubicar.
—"No tenemos papá. Se fue porque no podía con el nivel intelectual de la familia" —repitió Killian en voz baja.
Sintió una extraña punzada de respeto. Esos niños eran unos pequeños monstruos, sin duda, pero tenían más agallas que la mitad de su junta directiva. ¿Quién sería la madre de semejantes genios? Seguramente alguna mujer intensa, descuidada y desorganizada que los dejaba vagar por las calles. Nada que ver con la perfección fría y controlada de su secretaria, Elara.
Killian suspiró, dejando el whisky a un lado. Tenía que dejar de pensar en esos niños. Al día siguiente, Elara volvería a su oficina, todo estaría bajo control y la vida seguiría su curso predecible de millones y reuniones.
No tenía idea de que los "pequeños monstruos" que lo habían dejado en blanco esa tarde, dormían a solo unas millas de distancia, planeando cómo hackear su corazón de hielo antes de que se terminara su mes de castigo.
—Mañana —murmuró Killian, cerrando los ojos—. Mañana volveremos al trabajo.
debe ser alguien del pasado
o alguien a quien afectaron los gemelos en el pasado 💣
es un viaje de emociones ...