Renata Sinclair lleva años casada con un hombre que la mira como si fuera un mueble más de su casa. Sin caricias, sin besos, sin palabras dulces… ni siquiera de noche comparten la cama. El rechazo constante ha despertado en ella un fuego que no logra apagar: su cuerpo pide lo que su alma anhela, y la ausencia de afecto se transformó en un deseo incontrolable que la avergüenza y la consume. Desesperada por salvar su matrimonio y sanar esa parte rota de sí misma, acude a una consulta médica privada. Allí conoce al doctor Gabriel Sterling: hombre alto, imponente, mirada de acero y voz que la eriza con cada sílaba. Es autoritario, directo, exigente… y despierta en ella algo que ni su propio cuerpo logra entender. Cuando Renata se atreve a acercarse a su esposo una última vez, buscando recuperar lo que perdieron, recibe la humillación más cruel de su vida. Destrozada, volverá a los brazos —y a la cama— del doctor, sin imaginar que él oculta un secreto: detrás de esa bata blanca.
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Capítulo 10: Dos Mundos, una Sola Verdad
La puerta se cerró tras ellos con un golpe seco, aislándolos del ruido y las mentiras de abajo, y Gabriel no perdió ni un segundo. La alzó en brazos como si pesara nada, sus labios sellados a los suyos en un beso feroz y posesivo, mientras Renata rodeaba su cuello con las piernas y se aferraba a él con desesperación, saboreando el aire que le faltaba cada vez que estaban separados.
—Te vi con él toda la noche —gruñó contra su boca mientras caminaba hacia la sala—. Su mano en tu cintura, su voz en tu oído… me costó no arrancártelo de un puñetazo.
—No me toca como tú —susurró ella, mordiendo su labio inferior con suavidad antes de lamerlo—. Nadie me toca como tú. Nadie me ve como tú.
Gabriel soltó un gemido ronco y la dejó de pie frente al gran ventanal, con la ciudad entera brillando a sus espaldas como un reino de luces oscuras. La miró de arriba abajo con esa intensidad que la desnudaba entera, y lentamente se quitó la chaqueta del esmoquin, la dejó caer al suelo, luego la corbata, desabrochando los primeros botones de su camisa sin apartar los ojos de ella.
—Quiero que sepas todo ahora —dijo con voz grave, firme, sin rodeos—. Sin más sombras ni medias verdades. Gabriel Sterling es el nombre real. No hay engaño. Soy dueño de corporaciones, de edificios, de fortunas… y también de enemigos. Muchos. Que esperan cualquier error para destruirme. Para destruir a quien esté a mi lado.
Renata lo escuchaba sin retroceder un paso, con la mano sobre el dije de fuego en su pecho.
—¿Y la bata blanca? ¿Por qué ser médico si eres todo eso?
Gabriel suspiró, mirando hacia la ciudad con una expresión de soledad tan profunda que le dolió en el alma.
—Porque el mundo que construí me devoraba. Todo era dinero, poder, frío… y nada de vida. Abrí ese consultorio en secreto para desconectarme de todo. Para ser útil de verdad. Y entonces llegaste tú. —Volvió a clavar sus ojos en ella, oscuros y encendidos—. Desesperada, hermosa, rota… y tan valiente que me asustaste. Desde que cruzaste esa puerta ya no pude pensar en nada más. Ni en negocios, ni en estrategias. Solo en cómo hacerte mía.
Renata dio un paso hacia él y puso un dedo sobre sus labios, callándolo con ternura.
—Ya lo eres. No importa qué nombre lleves ni qué tanto tengas. Me enamoré del hombre que me sostuvo cuando lloraba. Del que me miró y dijo que no estaba rota. Ese es el único Gabriel que me importa.
Algo se quebró en él al escucharla. Gabriel la atrajo con fuerza contra su pecho y la besó con una mezcla de pasión y desesperación, como si esas palabras le hubieran devuelto el alma que creyó perdida hace años. Desvistieron juntos, despacio, mirándose todo el tiempo, sin secretos entre la piel y la luz nocturna. Esa noche no hubo prisa ni ocultamiento. Gabriel la llevó a la cama y la adoró con cada rincón de su ser, besando su piel con devoción, susurrándole verdades que nadie jamás oyó, marcándola con fuego y ternura a partes iguales.
—Mía —decía una y otra vez contra su piel—. Solo mía. Mi mujer secreta, mi luz, mi todo.
Renata se entregó completa, abrazándolo hasta que sus cuerpos dolieron, sintiendo cómo se fundían en uno solo sin necesidad de palabras. Cada caricia era una promesa, cada gemido un juramento. Cuando descansaron abrazados, la cabeza de ella sobre su corazón, él acariciaba su cabello con dedos lentos.
—Mañana todo cambiará —le dijo suavemente—. Ya no podré esconderme. Vendrán preguntas, rumores, peligros. ¿Seguirás conmigo?
Renata alzó el rostro y le sonrió, esa sonrisa que ya no tenía miedo.
—¿A tu lado? Hasta el fin del mundo.
Gabriel la besó en la frente, largo tiempo, como sellando un pacto eterno. Y en la quietud de la madrugada, entre los brazos del hombre más poderoso de la ciudad, Renata supo que su vida no volvería a ser nunca la misma. Y no quería que lo fuera.