Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.
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Capítulo 24
Capítulo 24: La ahijada del padrino
En el muelle, entre los invitados que subían al crucero, Camila reconoció una cara: el comandante Adrián Beltrán, de uniforme de gala, escoltando a un funcionario de alto rango. Sus miradas se cruzaron. La de Adrián se demoró en ella un instante de más, con algo que no era solo vigilancia, algo que él mismo no se atrevía a nombrar. Camila apartó la vista, incómoda, y subió del brazo de Dante.
El banquete era por el cincuenta cumpleaños de don Genaro Solís, y a él acudía la crema y nata de dos mundos que en Ciudad Bravo eran uno solo: políticos, empresarios, jueces, y capos vestidos de empresarios. Todos sonriendo, todos brindando, todos fingiendo que no sabían con quién brindaban. Camila, subiendo la pasarela, sintió el peso de esa hipocresía elegante caerle encima, y por un momento extrañó su cuartito, su parrilla eléctrica, su mundo pobre pero sin dobleces.
Adentro, el crucero era puro mármol y candelabros, alfombras rojas, meseros de guante blanco. Dante la llevó primero a un camarote de la primera cubierta donde, para su sorpresa, había varios vestidos de gala colgados, todos de su talla, y una caja con zapatos y joyas a juego.
—Escoge —dijo él, divertido—. O póntelos todos, uno por uno, y yo decido.
—¡Dante! —Camila se rió, roja.
Un hombre asomó a llamarlo: lo requerían para "revisar algo" —siempre había algo que revisar en el mundo de Dante, carga, cuentas, hombres—. Dante se disculpó, le dio un beso rápido en la sien y salió, dejándola sola para que se cambiara, con dos escoltas apostados discretamente afuera del camarote que ella tomó por marineros.
Ya vestida, Camila fue hacia el salón. En la puerta, un auxiliar de seguridad le cerró el paso.
—Su invitación, señorita.
—No… no tengo. Me trajo Dante Salazar.
El hombre dudó. Y en ese momento, una voz femenina, pulida y filosa, intervino desde atrás:
—Déjala pasar. Es… una conocida del señor Salazar.
Camila se volvió. Era una mujer de su edad, quizá un poco mayor, impecable: vestido de diseñador, joyas discretas y caras, el porte de quien nunca ha dudado de su lugar en el mundo.
—Mariana Miranda —se presentó, tendiéndole una mano de uñas perfectas y mirándola de arriba abajo con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Ahijada de don Genaro. Doctora en derecho, recién llegada del extranjero. —Ladeó la cabeza—. ¿Y tú eres…? Ah, no importa. Ya veo lo que eres. Una arrimada. No te ofendas, cariño, se te nota a leguas. El vestido es bonito, pero tú no sabes llevarlo.
Camila sintió la humillación subirle por el cuello, pero no bajó la mirada.
—Soy Camila.
—Mira, Camila. —Mariana se acercó, bajando la voz con dulzura venenosa—. Te voy a ahorrar tiempo. Don Genaro tiene planes de casarme con Dante. Conviene a todos: mi apellido, sus negocios. Es cosa hecha, solo falta la fecha. —Sonrió—. Así que quédate con lo tuyo mientras dure. Mantén a las amantes que quieras, querido, la esposa voy a ser yo. Es lo natural. Tú entiendes.
Camila abrió la boca, sin palabras, con los ojos ardiendo. Quiso contestar algo digno, algo firme, y no le salió nada, porque en el fondo Mariana había apuntado justo donde más dolía: era verdad que ella no tenía apellido, ni dinero, ni familia que la respaldara. Era verdad que no encajaba en ese salón de mármol. Y si el amor fuera cuestión de conveniencia, Mariana ganaba en todos los renglones.
—Puede que tengas razón —dijo Camila al fin, en voz baja, sin bajar la mirada—. Yo no tengo nada de lo que tú tienes. Pero yo no lo quiero por lo que él tiene. Y tú sí.
A Mariana se le tensó la sonrisa, porque el golpe, viniendo de una "arrimada", le llegó más de lo que esperaba.
Y entonces se abrió la puerta del salón y entró Dante, rodeado de escoltas, y sin decir nada cruzó el espacio, pasó junto a Mariana como si fuera un mueble, y rodeó a Camila con el brazo, metiéndola contra su costado, protegiéndola de todo el salón.
—Padrino —le dijo Dante a don Genaro, que se acercaba curioso, en voz alta, para que todos oyeran—, ya se lo dije una vez y se lo repito: agradezco el gesto, pero no. A su ahijada la respeto, tiene un apellido limpio que no debe mezclarse con el mío. —Miró a Mariana, cortés y helado—. Doctora, usted podrá quererme, pero yo no le correspondo. Será muy valiosa, pero ya rechacé el arreglo. No hay boda. Esta es mi mujer. —Apretó a Camila—. La única.
El salón entero lo oyó. Mariana se puso pálida bajo el maquillaje, con los puños apretados, humillada delante de todos. Don Genaro soltó una risa diplomática y cambió de tema. Pero el desaire quedó sembrado.
Más tarde, Mariana alcanzó a Camila en el pasillo de los baños y la acorraló, ya sin dulzura.
—¿Cuánto crees que vas a durar con él? —le escupió, en voz baja—. ¿Un año? ¿Dos? El día que caiga —y va a caer, cariño, la gente como Dante siempre cae— vas a ser tú la que se hunda con él, porque no tienes nada, ni familia, ni apellido, ni con qué levantarlo. Yo sí. Mi familia mueve política y dinero. Si a Dante lo agarran, si un día está contra la pared, la única que puede sacarlo del hoyo soy yo, no una mesera. Piénsalo. Tú no lo estás ayudando. Lo estás hundiendo.
A Camila se le fue el color de la cara. Porque, muy en el fondo, esas palabras tocaban su peor miedo: que ella no fuera suficiente, que su amor no bastara para salvarlo, que lo único que le pudiera dar fuera arrastrarlo.
—Señorita Cordero. —Una voz la sacó del pozo. Adrián Beltrán, que pasaba por ahí, había visto su cara descompuesta—. ¿Se siente bien? Está usted blanca. Venga, salga a tomar aire a la cubierta. Aquí adentro no se puede respirar.
Camila lo siguió, agradecida de escapar de ese pasillo, aunque una parte de ella supiera que no era buena idea dejarse ver a solas con el comandante. Pero en ese momento cualquier aire era mejor que el de adentro, cargado de perfume caro y de sonrisas falsas y de las palabras de Mariana clavándosele.
La tomó del codo, con respeto, y la sacó del pasillo hacia el aire de la noche. En la cubierta, con el viento del mar y las luces del banquete quedando atrás, Adrián se aflojó el cuello del uniforme y miró el agua negra un largo rato antes de hablar, como quien decide si vale la pena o no abrirle el pecho a una desconocida.
—Un salón lleno de gente poderosa, aplaudiéndole a un criminal, brindando con él, riéndole las gracias —dijo, con un asco contenido—. Jueces que mañana fallarán a su favor. Políticos que le firmarán permisos. Y yo, ahí, de uniforme, cuidando que la fiesta salga bien. Le confieso que no lo soporto. Por eso salí a respirar. A veces pienso que la ley que juré defender es la broma más grande de esta ciudad. —La miró—. Y usted, señorita, ¿de verdad puede? ¿De verdad cree que lo blanco es blanco y lo negro es negro, así de fácil?
Camila abrió la boca. Y no supo qué contestar.