Por amor, la Princesa Vivianne lo entregó todo. Se casó con Alexander, el hijo de un barón, creyendo en sus falsas promesas. ¿Su recompensa? Ser humillada, traicionada por su mejor amiga, desterrada por su propio padre y, finalmente, asesinada en un callejón oscuro.
Pero la sangre del Emperador esconde un secreto. En su último aliento, la magia de Vivianne despierta, haciéndola retroceder en el tiempo hasta la noche en que todo comenzó.
De regreso en el palacio, Vivianne ya no es la joven ingenua de antes. Ha jurado proteger a su padre, salvar su imperio y destruir a quienes la pisotearon. Aunque deba ensuciarse las manos y volverse despiadada, esta vez ella ganará la guerra. Pero lo que no sospecha es que un par de intensos ojos rojos vigilan cada uno de sus movimientos desde las sombras... ¿Un nuevo enemigo o el aliado que necesita para su venganza?
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Capítulo 1: El abrazo del Emperador
El dolor de la espada atravesando su pecho desapareció de golpe, reemplazado por una bocanada de aire frío que caló hondo en sus pulmones.
Vivianne se levantó de la cama de un salto, con el corazón golpeándole las costillas y los ojos abiertos de par en par. Se tocó el pecho con desesperación. No había sangre. No estaba en aquel callejón oscuro y desolado de la frontera. No estaban los mercenarios que Alexander, su esposo, había pagado para asesinarla.
Miró a su alrededor. Las cortinas de seda, los muebles de caoba, el aroma a lavanda... Era su habitación en el palacio imperial.
—La magia de sangre... —susurró con la voz rota—. Funcionó. Volví.
Un sollozo involuntario escapó de sus labios, pero de inmediato se transformó en una necesidad imperiosa. No le importó estar en camisón, ni que fuera plena madrugada. Necesitaba verlo. Necesitaba comprobar que él estaba ahí.
Vivianne corrió por los pasillos del palacio con los pies descalzos. Los guardias imperiales de la corte, al verla pasar como una exhalación, intentaron reaccionar, pero ella ya había llegado a las grandes puertas dobles de los aposentos del Emperador.
Por primera vez en su vida, Vivianne no tocó, ni esperó a ser anunciada. Empujó las pesadas puertas de madera con todas sus fuerzas.
El gran estruendo hizo que el Emperador se levantara de la cama de golpe, con la mano instintivamente puesta en la empuñadura de su espada. Sus ojos severos se clavaron en la entrada, listos para un ataque, pero su expresión de guerrero se desmoronó por completo al ver a la figura temblorosa que estaba de pie bajo el umbral.
—¿Vivianne? —pronunció el Emperador, desconcertado.
Los guardias personales del soberano entraron detrás de ella, estupefactos, con las manos en las armas. Ninguno de ellos, ni el propio Emperador, habían visto jamás a la princesa actuar de esa manera. Vivianne siempre había sido una joven reservada, rígida, que mantenía una distancia protocolar con su padre.
A la princesa no le importó la presencia de los guardias. Corrió hacia la cama y, ante la mirada atónita de todos, se arrojó a los brazos de su padre, rodeando su cuello con fuerza.
El Emperador se quedó congelado por un segundo, con los brazos suspendidos en el aire, sin entender qué estaba pasando. Poco a poco, al sentir el temblor en el cuerpo de su hija, relajó los hombros y la envolvió en un abrazo protector, haciéndole una seña a los guardias para que se retiraran y cerraran las puertas.
—Vivianne, hija... ¿Qué sucede? ¿Estás bien? ¿Un atentado? —preguntó él, con una genuina nota de angustia en su voz grave.
—Estoy bien... —sollozó ella, hundiendo el rostro en el hombro de su padre—. Solo... te extrañaba mucho, papá.
El Emperador suavizó la mirada. Hacía años que no lo llamaba "papá".
—Sé que soy una adulta, sé que está mal que entre así... —continuó Vivianne, mientras las lágrimas empapaban la ropa de dormir de su padre—. Pero solo por esta noche... ¿puedo quedarme contigo? Solo por hoy quiero volver a ser la niña pequeña que cargabas para hacer dormir. Por favor.
Al ver las lágrimas de su hija, el corazón del hombre más poderoso del imperio se derritió. La abrazó con más fuerza, acariciando su cabello con ternura.
—Está bien, mi pequeña. Todo está bien. Solo fue un mal sueño —le dijo con voz suave, acomodándola a su lado en la gran cama y cubriéndola con las mantas, tal como hacía cuando era una bebé.
Para calmar su llanto, el Emperador comenzó a tararear en voz baja aquella vieja melodía que le cantaba en la cuna.
Vivianne cerró los ojos, escuchando los latidos del corazón de su padre. En su vida anterior, pasó un año entero sin verlo tras su matrimonio con Alexander, y cuando finalmente volvieron a encontrarse cara a cara, fue el día en que él, con el corazón destrozado por las falsas pruebas de envenenamiento que Lucia había plantado, tuvo que desterrarla del imperio. Recordar el dolor en los ojos de su padre ese día la quemaba por dentro.
«Esta vez no», pensó Vivianne, mientras los sollozos se detenían y una frialdad implacable se apoderaba de su mente. «Esta guerra la voy a ganar yo».
Escuchando la dulce canción de cuna, Vivianne juró en silencio. Esta vez, ni Alexander ni Lucia ganarían. Disfrutaría de su padre, protegería su imperio y se aseguraría de ser feliz. Y si para lograrlo tenía que volverse mala, convertirse en un monstruo, o ensuciarse las manos con la sangre de quienes la traicionaron... lo haría sin dudar.
Esta vez, la princesa no moriría.
felicidades por tus novelas.