Para salvar a su madre del desalojo, Harper acepta un matrimonio por contrato de dos años con Jeremy, el heredero del imperio multimillonario Salvatore. Pero en la noche de bodas, el novio huye con el dinero, activando una cláusula oculta que la vincula legalmente al temido CEO de la corporación: Mason Eliot Salvatore, el hermano mayor.
Convencido de que ella es una cazafortunas, Mason la recluye en su penthouse bajo reglas implacables. Sin embargo, la dignidad de Harper desafía su frialdad, transformando el cautiverio en una atracción adictiva. Cuando los enemigos de la familia arman una red de mentiras para acusarla falsamente, Harper firma el divorcio, renuncia a millones y desaparece.
Al descubrir la verdad, el oscuro magnate de Wall Street enfrenta la peor de sus condenas: la ausencia de la única mujer que rompió su armadura. Dispuesto a perder su orgullo y caer de rodillas, Mason emprenderá una cacería desesperada para recuperar a la esposa que nunca debió dejar ir.
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CAPÍTULO 16: LA GALA
Harper Jones
El aire al salir del garaje subterráneo era helado, pero la atmósfera dentro del Maybach negro resultaba infinitamente más asfixiante.
A mi lado, Mason Salvatore permanecía en absoluto silencio, con la mirada fija en la pantalla de su teléfono encriptado. Su rostro volvía a ser la misma máscara de piedra imperturbable de siempre. Llevaba el esmoquin perfecto, la pajarita alineada al milímetro y los gemelos de platino reluciendo bajo la penumbra del vehículo.
Nada en su postura delataba lo que había ocurrido diez minutos atrás sobre el cristal del vestidor; nada indicaba que ese mismo hombre me había acorralado, besado y tomado con una ferocidad que aún me hacía sentir un ardor sordo en la parte baja del vientre y las piernas temblorosas.
Me acomodé en el asiento de cuero, tratando de que la seda verde esmeralda no se arrugara. Me había retocado el labial frente al espejo con manos temblorosas, borrando la mancha carmesí que su boca había dejado en mi barbilla, y me había vuelto a fijar los mechones sueltos del peinado. Por fuera, parecía la encarnación misma de la elegancia; por dentro, sentía que me estaba desmoronando en mil pedazos.
El coche redujo la marcha al girar.
A través de los cristales tintados, vi cómo la entrada del majestuoso edificio de la antigua Bolsa de Valores estaba iluminada por focos de alta potencia que convertían la noche en día. Decenas de fotógrafos se agolpaban tras las vallas de seguridad, y un enjambre de flashes comenzó a detonar en ráfagas enceguecedoras en cuanto la comitiva de vehículos negros se detuvo frente a la alfombra roja.
Un nudo sofocante se me instaló en la garganta. La adrenalina de la confrontación en el penthouse empezaba a disiparse, dejando paso a un pánico frío y primario. Yo no pertenecía a este mundo. Hace apenas cuarenta y ocho horas, mi única preocupación era conseguir un turno extra de limpieza para pagar la dosis de insulina de mi madre. Ahora, estaba a punto de caminar ante las cámaras del mundo entero del brazo de un depredador multimillonario.
El chofer abrió la puerta del coche.
El ruido exterior nos golpeó de lleno: el griterío de los reporteros llamando a Mason por su nombre, el chasquido compulsivo de las obturadoras y el murmullo de la multitud congregada en las aceras.
Mason bajó primero. Se abrochó el botón central de la chaqueta con un movimiento fluido y se giró hacia el interior del vehículo. Extendió su mano hacia mí.
Miré su palma abierta. Sus dedos eran largos, firmes, la misma mano que me había sujetado las muñecas contra el cristal hacía apenas unos minutos. Tragué saliva, erguí la espalda, apoyé mi mano sobre la suya y salí del coche.
El destello simultáneo de una cincuentena de flashes me cegó por un instante. Un murmullo colectivo, una ola de murmullos de sorpresa y curiosidad, recorrió a la multitud y a los periodistas apostados a los lados de la alfombra.
—¡Señor Salvatore! ¡Señor Salvatore! ¿Es ella su esposa?
—¡Por aquí, por favor! ¡Una foto juntos!
—¡¿Quién es la dama, Mason?!
—¡¿Es cierto que se casaron en secreto?!
Sentí que los ojos se me salían de las órbitas, pero no bajé la mirada. Apreté los dedos alrededor de la manga de la chaqueta de Mason, usando su brazo como el único soporte físico que me impedía desplomarme sobre los tacones de diez centímetros.
Mason me apretó el costado con el brazo, pegándome a su cuerpo en un gesto que frente a las cámaras parecía un abrazo protector y afectuoso, pero que yo sabía perfectamente que era una llave de control.
—Sonríe, Harper —murmuró entre dientes, sin mover apenas los labios mientras regalaba una sonrisa ensayada y fría a los fotógrafos—. Ahora llevas el apellido Salvatore. Compórtate como tal.
Forcé a los músculos de mi rostro a ceder. Dibujé una sonrisa tenue, educada, misteriosa, tal como había visto hacer a las mujeres de la élite en las revistas de las salas de espera de los hospitales. Erguí el mentón, dejando al descubierto la línea de mi cuello y la clavícula expuesta por el escote asimétrico del vestido de seda.
Caminamos por la alfombra roja a paso lento, metódico. Cada paso era una tortura, pero me mantuve erguida, manteniendo una postura impecable que sorprendió incluso al propio Mason, quien me echó una mirada de reojo cargada de un escrutinio helado.
Al cruzar las enormes puertas de bronce del edificio, el ruido de la calle se amortiguó, sustituido por el murmullo suave de la orquesta de cámara que tocaba en el gran salón de actos y el tintineo de las copas de cristal de bohemia.
El salón principal era una catedral de opulencia. Columnas de mármol decoradas con arreglos florales gigantescos, lámparas de araña que proyectaban destellos dorados sobre el suelo pulido y cientos de personas vestidas con trajes de etiqueta y vestidos de alta costura. La crema y nata de Wall Street, los herederos de las viejas fortunas de la Costa Este y los magnates de la tecnología estaban reunidos en esa sala.
Y en cuanto pisamos el centro del salón, el murmullo de la conversación general bajó de tono drásticamente.
Todas las miradas se giraron hacia nosotros.
Sentí una ola de calor abrasador subirme por el cuello. Las miradas no eran amables; eran cuchillos afilados. La alta sociedad neoyorquina no perdonaba las sorpresas, y la aparición repentina de una «esposa misteriosa» al lado del soltero más codiciado y desalmado de Manhattan era una bomba que acababa de estallar en mitad de la gala.
—¿Quién es ella? —escuché susurrar a una mujer de mediana edad cubierta de perlas, a pocos metros de distancia—. Jamás la he visto en las listas de las debutantes.
—Dicen que no pertenece a ninguna de las familias del club —respondió su acompañante, un hombre de cabello cano y rostro altivo—. Mira ese cabello pelirrojo... no lleva ninguna joya familiar. Ninguna.
—Es una cualquiera —musitó otra voz femenina más joven, cargada de una envidia no disimulada—. Miren cómo lo toma del brazo. Apuesto a que es una cazafortunas que lo atrapó con alguna estratagema.
Cada palabra, cada cuchicheo malintencionado, se me clavaba en los oídos como un dardo envenenado. El corazón me latía tan rápido que temía que la seda del corsé se rompiera por la presión. Los nervios me carcomían por dentro; sentía las palmas de las manos sudorosas y una sensación de mareo amenazaba con nublarme la vista.
No les des el gusto, me dije a mí misma en un susurro mental imperceptible, apretando los dientes detrás de mi sonrisa pulida. Si ven que tiemblas, si ven que tienes miedo, te devorarán viva. Eres Harper Jones. Has sobrevivido a la miseria, al trabajo pesado y a las amenazas de este hombre. No vas a dejar que estos buitres vestidos de seda te destruyan.
Ajusté mi postura, echando los hombros ligeramente hacia atrás y erguimiento la columna con una elegancia natural que no requería de modales aprendidos en colegios privados. Mantuve la mirada serena, paseándola por el salón con una serenidad fingida que enmascaraba el pánico que me devoraba por dentro.
Un grupo de tres hombres de edad avanzada, vestidos con esmoquin de solapa de raso, se acercó de inmediato hacia nosotros. Eran los miembros del consejo de administración de Salvatore Enterprises, los hombres que manejaban las acciones mayoritarias junto a Mason.
—Mason —dijo el más alto de ellos, un hombre de rostro rígido llamado Arthur Pendelton—. No esperábamos que vinieras acompañado esta noche. La prensa está desatada en la entrada.
—Arthur —saludó Mason con una leve inclinación de cabeza, adoptando al instante la voz firme y dominante del presidente de la corporación—. Permítanme presentarles a mi esposa, Harper Salvatore.
El apellido sonó en su boca con un peso gravitacional que hizo que los tres hombres parpadearan sorprendidos.
—Un placer conocerlos, señores —dije, dando un paso al frente con una calma calculada.
Extendí mi mano derecha hacia Pendelton. Mi voz sonó firme, suave, educada, sin un solo rasgo de la tensión que me quemaba las entrañas.
Arthur Pendelton estrechó mi mano con cierta reticencia, examinándome de arriba abajo con una mirada clínica que buscaba cualquier fallo en mi etiqueta.
—Encantado, Sra. Salvatore —dijo el anciano, entornando los ojos—. Debo decir que su matrimonio ha sido una sorpresa para todos en la junta. No teníamos constancia de su vinculación con la familia. ¿De qué rama de los Jones de Massachusetts proviene usted?
La pregunta era una trampa calculada. Un examen social para exporner mi origen humilde frente a sus colegas.
Sentí la mirada de Mason clavándose en mi perfil, esperando a ver cómo reaccionaba, listo para intervenir o para disfrutar de mi humillación.
Tragué saliva, sosteniéndole la mirada al viejo multimillonario sin pestañear.
—No pertenezco a los Jones de Massachusetts, Sr. Pendelton —respondí con una sonrisa educada y helada, usando un tono de voz tan limpio que parecía ensayado—. Mi familia es de Brooklyn. Gente de trabajo que no suele frecuentar los clubes privados de la Quinta Avenida. Mason y yo preferimos mantener nuestra vida privada lejos de los informes financieros de la corporación.
Un silencio tenso cayó sobre el grupo.
Arthur Pendelton se quedó descolocado por la franqueza y la falta de vergüenza en mi respuesta. Esperaba que intentara inventarme un abolengo falso o que me avergonzara de mis orígenes; no esperaba que asumiera mi procedencia con una dignidad tan tajante que convertía su pregunta snob en un gesto de vulgaridad.
Uno de los otros ejecutivos soltó una breve carcajada para romper la tensión.
—Una mujer con carácter, Mason —comentó el hombre, ofreciéndome una copa de champagne de una bandeja que pasaba por allí—. Una cualidad rara en estos eventos.
—La razón principal por la que la elegí —intervino Mason.
Su mano se posó en la parte baja de mi espalda, sobre la cremallera del vestido verde. El toque de sus dedos, caliente y autoritario, atravesó la seda como un estigma, recordándome la escena del vestidor. Pero frente a los ejecutivos, su gesto parecía el de un marido orgulloso y posesivo.
Durante la siguiente hora, la gala se convirtió en una maratón de resistencia psicológica.
Nos desplazamos por el salón bajo un escrutinio implacable. Cada grupo que saludábamos nos recibía con una cortesía falsa cargada de murmullos a nuestras espaldas. Las mujeres de la alta sociedad me observaban con desprecio enmascarado de sonrisas falsas, analizando la falta de joyas en mi cuello y la sencillez de mi peinado.
Sin embargo, me mantuve impecable.
Respondí a cada pregunta con brevedad, educación y una distancia infranqueable. No bebí más que dos sorbos de agua, no probé un solo canapé y no dejé que la postura de mi espalda cediera un solo centímetro. Me convertí en el enigma perfecto: la esposa misteriosa que no buscaba la aprobación de nadie porque no necesitaba nada de ellos.
Por dentro, sin embargo, el agobio era aplastante. El calor de las luces, el olor penetrante de decenas de perfumes caros y la presión constante de las miradas comenzaron a provocarme un dolor de cabeza sordo detrás de los ojos.
Pasaron unos horas y ya comenzaba a inquietarme. Sentía las piernas al límite por culpa de los tacones y el corsé me apretaba las costillas tanto que cada respiración requería un esfuerzo consciente.
En un momento en que Mason se distrajo respondiendo a una consulta urgente del ministro de economía, me incliné ligeramente hacia él.
—Necesito ir al servicio —le susurré al oído, procurando que nadie notara el movimiento.
Mason me miró de reojo. Sus ojos azules me examinaron con esa mezcla de desconfianza y fijación que no lo abandonaba nunca. Notó la palidez en mis mejillas y la rigidez defensiva de mis hombros.
—Está en el pasillo lateral, a la izquierda del escenario —dijo en voz baja, acercando su rostro al mío—. Dos guardias te acompañarán hasta la puerta. Tienes cinco minutos, Harper. No hagas ninguna tontería.
—Solo voy a lavarme las manos —respondí con frialdad.
Me solté de su brazo con delicadeza, regalándole una última sonrisa actuarial a los socios que nos rodeaban, y me retiré a paso firme hacia el pasillo lateral, sintiendo las miradas de media sala clavadas en mi espalda mientras la seda verde de mi vestido se balanceaba a cada paso.
Al cruzar la puerta del baño de damas —un recinto enorme de mármol rosa y espejos biselados que afortunadamente estaba vacío en ese momento—, me apoyé inmediatamente contra el borde del lavabo.
Abrí el grifo del agua fría y me mojé los dedos, pasándome las yemas húmedas por la nuca para intentar bajar la fiebre de nervios que me consumía.
Miré mi reflejo en el espejo.
La mujer que me devolvía la mirada tenía los labios todavía ligeramente hinchados por la brutalidad de Mason en el vestidor, los ojos brillantes por la tensión acumulada y las mejillas encendidas. Había sobrevivido a la primera hora de la gala. Había mantenido la postura frente a los tiburones de Wall Street y había defendido mi dignidad sin dejar que nadie me pisoteara.
Pero al mirar mi mano derecha, la mano que llevaba el anillo de casada que me habían colocado a la fuerza, un temblor incontrolable volvió a apoderarse de mis dedos.
Estaba atrapada en una jaula cuyo marco no era solo el penthouse de lujo, sino todo este imperio de mentiras, apariencias y poder destructivo.
Y la forma en que el cuerpo de Mason me había tomado en el vestidor, la forma en que mi propio cuerpo había traicionado mi mente respondiendo a sus embestidas, me aterraba mil veces más que todos los cuchicheos de la alta sociedad neoyorquina.
Me limpié las manos con una toalla de lino, me erguí frente al espejo una vez más y volví a ponerme la máscara de la esposa perfecta.