Clara Estrella enviada a un internado por sus padres que solo favorecen a su gemela, Clarisa. Es traida nuevamente solo para ocupar el lugar de Clarisa en un matrimonio arreglado. Lo que todos ignoran que Clara fue tomada por una organización secreta y entrenada como asesina. Por lo que ya no es esa chica retraida y complaciente, que a pesar de no querer casarse acepta al considerar a su nuevo esposo la mejor pantalla para cumplir con sus misiones. Solo debe fingir ser una esposa complaciente. ¿Podrá Clara soportar fingir? ¿Lograra cambiar la actitud libertina de su esposo? ¿Qué pasara cuando sepan lo que ella es en verdad?
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9-Como Elástico
🔵ADRIÁN
No creo que Clara no se fije en mí. Desde que nos casamos no mostró ningún interés romántico. Accedió a que cada uno hacia su vida. Cualquier mina en su sano juicio estaría de los pelos preguntando ¿Dónde te fuiste a la madrugada? Sobre todo si era su noche de casados.
Salí a beber con Marcos, quien no paraba de alabar a mi esposa.
"No sé que haces aquí conmigo teniendo esposa"
"Solo es esposa por contrato"
"Aún asi, si yo fuera tu estaria con ella"
En eso divise una figura conocida y la seguimos. Fuimos testigos cuando al diputado Rivas le daba un infarto. Y Clara desapareció.
"Me quedo la duda si lo imagine debido al alcohol"
Regresé, me la cruce en el pasillo. Y fue como si no le molestara verme asi.
Y ahora ella misma durante el desayuno me recordo nuestro acuerdo, porque le pregunte que hacía, siendo que ella deberia ser la que reclame del porque prefiero estar afuera que con ella.
Me levante molesto y fingi trabajar en la computadora.
Ella en vez de curiosear lo que hacia salio al balcón. Me gire curioso. Al no divisarla desde mi escritorio fingi ir a servirme un trago.
Me repetia a mi mismo como un idiota, al querer curiosear lo que ella hacia:
"Yo no miro. Yo observo. Es diferente. Mirar es de pajero. Observar es de estratega"
Eso me digo a mí mismo mientras estoy parado en la cocina, con una copa de whisky que no pienso tomar, mirando hacia el balcón.
Son las siete y media de la mañana. Afuera todavía está oscuro y hace un frío de cagar, aqui el clima cambia como si se viviera en el desierto. Y ella está ahí.
Clara.
Con un top negro y una calza corta. Nada más. Descalza sobre la colchoneta de yoga que compre y que nunca use para hacer yoga. Pero ella lo que hace no es yoga. No sé qué carajo es.
— ¿Qué estás haciendo? — le pregunté.
— Estiramientos — me contestó.
Mentira. La gente no se estira así.
Ahora mismo tiene una pierna estirada hacia adelante, completamente recta, y la otra doblada detrás de la espalda, agarrándose el pie por encima de la cabeza. Como si no tuviera huesos. Como si fuera de goma. El top se le sube apenas y veo los músculos de la espalda, marcados, tensos. No es la espalda de una modelo. Es la espalda de alguien que podría matarme con un abrazo. Y sin embargo, es... es una diosa. No hay otra palabra.
El pelo negro le cae hasta la cintura, le tapa media cara. Suda. Respira lento. Ni un ruido. Concentrada. Fría. Como siempre.
Yo me había prometido no ser de nadie. Después de ser el gordo hipoglucémico al que las minas como Clarisa despreciaban, me prometí que iba a ser yo el que usara a las mujeres. Y lo hice. Durante cinco años fui un hijo de puta con manual. Una noche, chau. Sin nombres, sin teléfono. Y funcionó. Me convertí en esto que soy ahora. Y de repente me casan con una mina que no me pide nada. Que me dijo textual: "Cada uno hace su vida, Montoya, no me rompas las pelotas". Aunque siendo sincero yo fui quien lo dijo primero, ella solo me lo recordó.
Debería ser perfecto. Es perfecto. Entonces, ¿por qué mierda no puedo dejar de mirarla cuando hace esas cosas?
Estoy tan metido en mis pensamientos que no escucho la puerta.
— ¡Che, boludo! —
La voz me hace pegar un salto y casi tiro el whisky.
Es Marcos.
Marcos entra como siempre, como si fuera el dueño del departamento. Tiene el código de acceso desde que íbamos a la secundaria. Es el único que lo tiene. Porque Marcos tiene un gimnasio y vive a tres cuadras, pero su casa es un infierno. Los padres se pelean desde que él tiene memoria, a los gritos, platos volando. Entonces cada vez que se pudre todo, cae acá. Se tira en mi sillón y se queda.
Hoy entra con su buzo del gimnasio, con cara de no haber dormido, y abre la heladera directamente.
— Me voy a comer todo lo que... — empieza a decir con su voz de trueno que se escucha desde la vereda.
Y se calla. De golpe.
Es raro. Marcos nunca se calla. Marcos es escandaloso hasta para respirar.
Lo miro. Está congelado, con la puerta de la heladera abierta, mirando hacia el balcón. Hacia Clara.
Clara, en ese momento, hace algo imposible. Se deja caer hacia atrás, arquea toda la espalda hasta que la cabeza le toca los talones. Queda como un círculo humano. Un elástico. La calza corta se estira, el top se ajusta. Toda ella es fibra, fuerza y algo que no es humano.
Marcos abre la boca. Literalmente se le cae la mandíbula.
— La puta madre — susurra.
Ahí reacciono.
— ¡Marcos! — le digo, en voz baja pero filosa, y me pongo delante de él, tapándole la vista —. ¿Qué hacés acá?
— Yo... yo... — Marcos me mira a mí, después mira de nuevo al balcón, y otra vez a mí. Está colorado —. Boludo, vos no me dijiste que te casaste con... con eso.
— ¿Con eso qué?
— Con... con... ¡Es una diosa, boludo! ¿Cómo se dobla así? ¿No tiene huesos? ¿Vos la viste?
— Bajá la voz — le siseo. No sé por qué me molesta que la mire. No debería molestarme. Cada uno hace su vida, ¿no? —. Y cerrá la heladera, que me gastás luz.
Marcos cierra la heladera, pero no le saca los ojos de encima.
— Che, Adrian, en serio te digo. Yo tengo minas haciendo yoga en el gimnasio todo el día. Ninguna hace eso. Parece de Cirque du Soleil. ¿De dónde la sacaste?
— Del Registro Civil — digo, seco.
Clara, como si hubiera escuchado su nombre, detiene el estiramiento. Queda sentada, con las piernas abiertas en un split perfecto de 180 grados, sin esfuerzo, y nos mira. A mí primero. Después a Marcos. Sus ojos claros, fríos, sin una gota de vergüenza por estar en top y calza corta delante de un extraño.
— Hola — dice, simplemente.
Marcos levanta una mano, como un nene.
— Hola... soy Marcos... el amigo... el del gimnasio...
— Ya sé quién sos — dice Clara —. El que se esconde acá cuando sus papás discuten.
Marcos se queda helado. Me mira a mí, traicionado.
— ¡Vos le contaste!
— Yo no le conté nada — digo, levantando las manos.
Clara se pone de pie. En un solo movimiento fluido, sin apoyar las manos. Se cuelga la toalla al hombro.
— Te escuché anoche por teléfono — le dice a Marcos, pasando a nuestro lado para entrar —. Gritabas bastante. "Mamá, decile a papá que no me rompa las bolas". Se escuchaba desde el balcón.
Pasa al lado mío. Huele a sudor limpio, a jabón neutro. No a perfume caro como Clarisa. A real.
— Voy a bañarme — me dice a mí, sin mirar a Marcos —. Después me voy. No me esperes.
— ¿A dónde vas? — se me escapa.
Ella me mira por encima del hombro. Esa mirada desafiante que me vuelve loco.
— A comer — dice, y me sonríe por primera vez en el día. Una sonrisa mínima, filosa —. ¿O me vas a seguir otra vez con Marcos para ver qué como?
Me quedo helado.
Marcos nos mira a uno y al otro.
— ¿Seguir? ¿Ustedes...?
— Nadie siguió a nadie — digo rápido.
Clara se ríe. Una risa corta, sin humor.
— Claro. Lo de ayer fue pura casualidad, ¿no, Montoya?
Se mete al baño y cierra la puerta.
Silencio.
Marcos se me acerca, me codea.
— Boludo — me susurra, con los ojos como platos —. ¿Tu mujer es espía o qué? Porque te juro que anoche, cuando la seguimos en la gala, yo la vi cerca del diputado que se murió. Y vos me dijiste que no, que estaba en el departamento...
Lo agarro del brazo y lo arrastro hasta la cocina, lejos de la puerta del baño.
— ¡Cállate! ¡No digas boludeces!
— ¡No es boludez! ¡Te digo que la mina es rara! ¡Come como un preso y se dobla como un chicle y aparece en lugares donde se muere gente! ¡Adrian, tu mujer mata sin hacer charco de sangre, boludo!
— ¿Qué carajo estás diciendo?
— Lo que escuchaste. Mi primo es policía. Me contó que al diputado Rivera le encontraron una marquita en el brazo, como de aguja. Dijeron infarto, pero...
Siento un escalofrío que me recorre toda la espalda. Miro hacia la puerta cerrada del baño. Se escucha el agua de la ducha.
Clara. Mi esposa pantalla. La chica que come seis huevos a las siete de la mañana. La que entrena como si no tuviera huesos. La que me dijo que cada uno haga su vida.
¿En qué mierda me metí?
— Marcos — le digo, con la voz más baja que nunca —. Nunca más repitas eso. Nunca más la sigas. Y nunca más entres sin avisar.
Marcos me mira, serio por primera vez en diez años de amistad.
— Tenés miedo — dice.
— No tengo miedo.
— Sí tenés. Estás mirando el balcón como si quisieras entrar ahí con ella. Y a la vez como si supieras que si entrás, no salís más.
No respondo. Porque tiene razón.
La ducha se apaga.
Clara sale con mi remera blanca puesta, que le queda como vestido, el pelo chorreando, las piernas largas, fuertes, a la vista.
— Me presté tu remera — dice —. La mía está sucia.
Y pasa al lado nuestro, deja un charco de agua en el piso, agarra una manzana de la heladera y le da un mordisco enorme.
Marcos la sigue con la mirada, mudo.
Yo también.