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ENEMIGOS A MEDIDA

ENEMIGOS A MEDIDA

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Amor de la infancia / Completas
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

El odio se corta al bies, pero el orgullo jamás se deshilacha.
Victoria dedicó diez años a levantar su taller de costura independiente a fuerza de tijera, desvelos y un orgullo blindado. Su peor pesadilla se cumple con el regreso de Caleb, el aclamado y arrogante director creativo del imperio textil rival, dispuesto a monopolizar la industria y arrebatarle su lugar.
Obligados por una estricta cláusula de la Bienal de Moda a crear una colección cápsula en conjunto, deben compartir mesa de corte, maniquíes y jornadas interminables. Para la prensa, son dos titanes enfrentados por el trono del diseño. En privado, son dos viejos conocidos atrapados por un secreto intolerable: a los diecisiete años, en una buhardilla compartida, Caleb fue su socio, su cómplice y el primer amor que le destrozó el corazón al marcharse sin decir adiós.
Entre alfileres que queman, miradas cargadas de reproches y una tensión que amenaza con incendiar el taller, Victoria tiene una sola regla para no caer...

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Capítulo 8: El primer cort

El camión de reparto descargó los rollos en la vereda de la calle Alsina dos horas más tarde.

Para cuando los peones terminaron de subir los bultos pesados por la escalera caracol, el taller parecía suspendido en una calma engañosa. Clara desató las cinchas de arpillera con reverencia casi religiosa; jamás habían tenido sobre esas mesas un paño de cuatrocientos gramos de lana Piacenza ni una pieza entera de seda de Como. El valor de esos dos fardos equivalía a seis meses de alquiler del atelier.

Caleb llegó poco después del mediodía. Se había cambiado la ropa del puerto por una camisa oscura de mangas arremangadas y traía consigo su maletín de herramientas personales de cuero negro. Entró en silencio, sin la sorna habitual, con una expresión hermética que parecía fundida en bronce.

Victoria lo observó desde el rincón del vaporizador. Desde que Moretti los interrumpió en el depósito, la frase de él le quemaba la memoria como ácido: «No fue por dinero, Victoria. Si te hubieras enterado de lo que pasaba esa semana...»

Quería exigirle respuestas, arrinconarlo contra el pizarrón y obligarlo a escupir la verdad que se había guardado durante diez años. Pero el orgullo —ese viejo carcelero que la había mantenido a flote todo este tiempo— le sellaba los labios. Preguntar era admitir que le importaba; exigir explicaciones era confesar que la herida seguía abierta y en carne viva.

—Despejen la mesa central —ordenó Caleb, rompiendo el mutismo general con voz seca—. Hay que desenrollar la lana para que descanse antes de tizar. Si la cortamos con la tensión del bobinado, el saco se encoge dos centímetros en el planchado final.

—Sé cómo tratar un paño virgen, Caleb —respondió Victoria con frialdad, tomando el extremo del rollo—. Clara, ayúdame con las pesas de plomo.

Durante una hora trabajaron en un silencio denso, quebrante. Extendieron los tres metros de lana ceniza sobre la madera maciza, asegurando los bordes con pesos de forja para evitar cualquier tirantez en la urdimbre. Caleb colocó los patrones de cartulina dura sobre la tela: espaldas, delanteros, bajocuellos y mangas asimétricas. El aprovechamiento del género era milimétrico; no sobraba ni una franja del ancho de un dedo.

Llegó el momento del tizado.

Victoria tomó su trozo de tiza azul recién afilada y comenzó a calcar los contornos de los patrones sobre la lana oscura. Su trazo solía ser impecable, una línea continua y nítida como un hilo de seda. Pero a medida que avanzaba hacia la sisa —esa curva crítica donde la manga se une al torso y donde un milímetro de desvío arruina la caída entera—, los dedos le traicionaron un temblor casi imperceptible.

Caleb, que estaba apoyado del otro lado de la mesa verificando el aplomo de las piezas con una escuadra metálica, clavó los ojos en la mano de ella.

—Te tiembla el pulso, Victoria —dijo en un murmullo bajo, audible solo para ella.

—Es el peso de la tiza sobre la lana gruesa —mintió ella sin levantar la vista del patrón.

—No es la tiza. —Caleb rodeó la mesa con pasos lentos, pesados, hasta detenerse a su costado. Su presencia anuló el resto del taller—. Estás pensando en lo que dije en el puerto.

La punta de la tiza se partió bajo la presión excesiva de los dedos de Victoria.

El chasquido seco del yeso resonó en la mesa. Victoria soltó el trozo roto y alzó la cabeza, encarándolo con los ojos convertidos en dos llamaradas oscuras.

—¿Y en qué pretendes que piense? —soltó en un siseo furioso, bajando la voz para no alertar a Clara, que planchaba entretelas al fondo—. Llegas diez años después, te metes en mi taller, me obligas a trabajar contigo bajo amenaza de ruina y me tiras una frase a medio terminar para limpiar tu maldita conciencia corporativa. Si tienes algo que decir, dilo de una vez, Caleb. O cállate para siempre y déjame trabajar.

Caleb no pestañeó. Había una sombra oscura y amarga en su mirada, la misma expresión desesperada que tuvo la noche antes de marcharse a Europa.

—No puedo decírtelo —respondió con una aspereza dolorosa—. Hay contratos que no se rompen ni con diez años de distancia, Victoria. Y hay cosas que es mejor que sigan bajo tierra.

—¡Cobarde! —le escupió ella, con la garganta apretada por la indignación—. Siempre el mismo cobarde calculador. Te inventas fantasmas y misterios para justificar que elegiste una cuenta bancaria antes que a mí.

—¡No me fui por mí, maldita sea! —estalló él en un susurro violento, inclinándose sobre la mesa hasta quedar a un palmo de su boca—. Me fui para que no tuvieras que ver cómo la mugre de mi familia te arrastraba al fondo del río a ti también. Me fui para que pudieras terminar la escuela sin que nadie te viniera a cobrar un pagaré con un revólver en la cabeza.

El taller pareció quedarse sin aire de golpe.

Victoria retrocedió un paso, como si la hubiese empujado físicamente. Sus ojos se abrieron con una mezcla de desconcierto y estupor.

—¿De qué... de qué estás hablando?

Caleb apretó los puños a los costados del cuerpo. La vena de su cuello latía con violencia y su respiración agitada delataba el quiebre absoluto de su máscara. Pareció darse cuenta de cuánto había revelado en ese arrebato y la culpa lo golpeó de lleno.

—Olvídalo —dijo, dándole la espalda y pasándose una mano temblorosa por la nuca—. Olvídalo, Victoria. Tenemos que cortar la lana.

—No me des la espalda —le exigió ella, con la voz entrecortada, estirando una mano para tomarlo de la manga de la camisa—. Caleb... ¿qué pagaré? ¿Quién te amenazó?

Caleb se giró lentamente, pero su rostro se había cerrado otra vez en esa coraza de hielo que usaba para protegerse del mundo. Se soltó del agarre con una frialdad calculada, aunque sus ojos dorados ardían en carne viva.

—El pasado no entra en el presupuesto de la Bienal, Victoria —sentenció con voz neutra, recogiendo las tijeras de forja pesada de la mesa y ofreciéndole el mango—. Corta tú o corto yo. Si seguimos perdiendo el tiempo con lo que no tiene arreglo, esta noche no tenemos la chaqueta armada.

Victoria se quedó mirándolo, con el pecho agitado y un nudo asfixiante atravesándole el estómago. La imagen del desván helado, la nota de carbón y el vuelo a Milán comenzaron a teñirse de un tono siniestro y desconocido. No había sido ambición. Había sido un rescate forzado.

Apretó los dientes, tragándose el torbellino que amenazaba con derrumbarla, y tomó las tijeras con un agarre implacable.

—Corto yo —dijo, apoyando la hoja inferior sobre la madera de pino—. Pero no creas que esto se terminó, Rinaldi. Me vas a contar cada detalle antes de que esta colección pise la pasarela.

Caleb apoyó las dos manos sobre el borde del tablón para sujetar la tela y tensar el orillo, mirándola fijamente.

—Corta, Victoria. Veamos si todavía tienes el pulso de acero que juras tener.

El acero de las tijeras mordió la lana con un crujido limpio, rítmico y perfecto. La tela se separó bajo la cuchilla con la precisión de una herida inevitable, mientras los dos, unidos por el peso del paño y el eco de una verdad monstruosa que acababa de asomar, sabían que ya no había vuelta atrás.

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