Ella es la hija de un General, es capaz, es inteligente, Pero todos ven que ser mujer es su única debilidad.
Pero ella demostrará lo contrario.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Jared 3
Jared Kovacic tenía un problema.
Un problema de cabello negro, ojos claros, uniforme militar impecable y una lengua tan afilada que parecía capaz de cortar acero.
Se llamaba Emma Viceroy.
Y, por desgracia para el duque, cuanto más tiempo pasaba cerca de ella, menos ganas tenía de comportarse como un hombre sensato.
Al principio, todos en el palacio habían supuesto que su repentino interés por participar en las reuniones del consejo real se debía a su hermano menor.
Después de todo, Jack trabajaba directamente con el rey, y no era ningún secreto que los hermanos Kovacic habían pasado años distanciados.
La reconciliación entre ambos parecía una explicación razonable para la inesperada diligencia del duque.
Jared asistía a las reuniones puntualmente, revisaba documentos, ofrecía opiniones sobre asuntos administrativos e incluso parecía interesado en cuestiones relacionadas con la seguridad del palacio.
Era casi milagroso.
El mismo hombre que años atrás había encontrado excusas para abandonar cualquier reunión que durara más de una hora ahora parecía dispuesto a permanecer sentado durante toda la tarde.
Los consejeros estaban encantados.
Jack, en cambio, estaba preocupado.
—Hermano, ¿te encuentras bien?
Jared levantó la mirada de un documento.
—Perfectamente.
—Has asistido a cuatro reuniones esta semana.
—¿Y?
—Ayer preguntaste por el presupuesto de las reparaciones de las murallas.
—Es un asunto importante.
Jack lo observó con una expresión profundamente desconfiada.
—La semana pasada dijiste que preferirías comerte los documentos antes que leerlos.
—He madurado.
—¿En una semana?
—Soy un hombre extraordinariamente capaz.
Jack entrecerró los ojos.
—¿Tiene algo que ver con la capitana Viceroy?
Jared no movió ni un músculo.
—No tengo la menor idea de qué estás hablando.
Jack lo miró fijamente.
Después comenzó a reír.
—¡Es ella!
—Jack.
—¡Es Emma Viceroy!
—Jack.
—¡Por todos los dioses! ¡Mi hermano está enamorado!
Jared cerró el documento con una lentitud peligrosa.
—Si continúas hablando, me aseguraré de que el rey te nombre líder del templo.
La sonrisa de Jack desapareció.
—Eso sería un acto de crueldad.
—Entonces guarda silencio.
El mago levantó ambas manos.
—No he dicho nada.
Jared volvió a abrir el documento.
Jack esperó exactamente tres segundos.
—¿Cuándo vas a invitarla a salir?
—¡Fuera!
El mago salió riéndose.
Jared permaneció sentado, con la mirada fija en la puerta cerrada.
[Lo voy a estrangular.]
Después miró el documento que tenía delante.
Era un informe sobre la distribución de los guardias durante la próxima ceremonia real.
En el margen inferior aparecía una anotación escrita con la letra firme de Emma Viceroy.
Jared sonrió.
[Quizá debería pedirle que me explique personalmente sus observaciones.]
Era una excusa excelente.
Una excusa profesional.
Una excusa que, naturalmente, no tenía absolutamente nada que ver con el hecho de que llevaba dos días sin verla a solas.
Y Jared Kovacic era un hombre honorable.
Un hombre responsable.
Un duque que jamás utilizaría los asuntos del reino como pretexto para perseguir a una capitana.
Por supuesto.
Mientras tanto, Emma llevaba una hora trabajando cuando escuchó que alguien abría la puerta de su oficina.
No levantó la cabeza inmediatamente.
—Si viene a preguntarme por el informe de seguridad, está sobre la mesa del consejo. Si viene a solicitar una modificación de los turnos, deberá presentar una petición formal. Y si viene a decirme que el rey necesita verme, le agradecería que esperara hasta que termine de escribir.
La puerta se cerró.
Emma continuó escribiendo.
—Qué recibimiento tan cálido.
La pluma se detuvo.
Aquella voz.
Emma levantó lentamente la mirada.
Jared Kovacic estaba apoyado contra la puerta, con las manos en los bolsillos y una sonrisa que anunciaba problemas.
Muchos problemas.
—¿Qué hace aquí?
—He venido a visitarla.
—Ya hemos hablado de esto.
—Y sigo sin comprender por qué no le agrada mi compañía.
Emma dejó la pluma sobre el escritorio.
—Su gracia, esta es mi oficina.
—Lo sé.
—No tiene permiso para entrar sin anunciarse.
—La puerta estaba abierta.
—Eso no significa que pueda entrar.
Jared inclinó la cabeza.
—¿Entonces debería llamar?
—Sí.
—¿Y usted me permitiría entrar?
—No.
—Comprendo. Entonces llamar parece una pérdida de tiempo.
Emma se levantó tan rápidamente que la silla chirrió contra el suelo.
Jared sonrió.
—Ah. Esa expresión.
—¿Qué expresión?
—La que pone cuando está decidiendo si debería arrestarme o golpearme.
Emma rodeó el escritorio.
—Salga de mi oficina.
—¿Y si no quiero?
Ella se detuvo frente a él.
—Entonces usaré mi espada.
Jared bajó la mirada hacia el arma que llevaba al costado.
Después volvió a mirarla a los ojos.
—¿Con esa?
—No, con la que tengo escondida debajo del escritorio.
El duque soltó una carcajada.
—Qué mujer tan encantadora.
—Última advertencia.
—¿Y si me quedo?
Emma dio un paso hacia él.
Jared no retrocedió.
Era una de las cosas que más la irritaban de aquel hombre.
No le tenía miedo.
No porque creyera que ella fuera incapaz de hacerle daño, sino porque parecía confiar plenamente en que Emma no actuaría sin motivo.
Y, de alguna manera, aquella confianza la desconcertaba más que cualquier provocación.
—Su gracia ¿sabe cuál es la diferencia entre usted y un soldado que desobedece una orden?
—Ilumíneme, capitana.
—Al soldado puedo castigarlo sin tener que escuchar una queja de su mayordomo.
Jared se echó a reír.
—¡Magnífico!
Emma lo empujó por el pecho.
No con fuerza suficiente para lastimarlo, pero sí para obligarlo a retroceder un paso.
—¡Fuera!
Jared aprovechó el movimiento para sujetarla suavemente por la cintura.
Emma abrió los ojos.
—¿Qué cree que está haciendo?
—Intentando comprender por qué me ha echado de menos.
—¿Perdón?
—Ha estado muy ocupada estos días. Empiezo a pensar que me evita.
Emma lo miró como si acabara de descubrir una nueva especie de insecto particularmente desagradable.
—No lo evito. Simplemente tengo trabajo.
—Naturalmente.
—Y responsabilidades.
—Por supuesto.
—Y asuntos mucho más importantes que entretener a un duque arrogante.
Jared sonrió.
—Entonces no le importará que me quede un momento más.
Emma apoyó ambas manos sobre su pecho.
—Su gracia, le aseguro que, si no sale de mi oficina inmediatamente, terminará descubriendo que mi paciencia es considerablemente más corta que mi espada.
—Eso espero.
La capitana se quedó inmóvil.
Jared también.
Durante un instante, el silencio cambió de naturaleza.
Ya no era una discusión entre dos personas que disfrutaban llevándose la contraria.
Era algo mucho más peligroso.
Emma podía sentir el calor de Jared a través de la ropa. Él la observaba con una intensidad que no tenía nada que ver con las provocaciones que solía lanzar durante las reuniones.
Su sonrisa se había vuelto más pequeña.
Más íntima.
—¿Eso espera?
—Desde que la conocí.
Emma sintió que el corazón le daba un golpe inesperado.
[Qué hombre tan insoportable.]