Hades, el dios del inframundo, jamás imaginó que podría enamorarse de una mortal. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella, todo cambió. A escondidas de los dioses, se casaron y esperaron juntos la llegada de su hijo.
Sin embargo, su amor despertó el temor de los dioses, quienes creyeron que aquella unión amenazaba el equilibrio del mundo. Engañaron a Hades para alejarlo y, mientras él estaba ausente, le arrebataron a su esposa y a su hijo antes de que pudiera conocerlo.
Consumido por el dolor y la sed de venganza, Hades juró hacer pagar a los responsables. Pero Perséfone, cegada por los celos, lanzó una maldición sobre los amantes: estarían destinados a encontrarse en cada nueva vida, solo para perderse una y otra vez.
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LO QUE UN DIOS TEME
Hades no había dormido.
No porque necesitara hacerlo, sino porque, por primera vez en siglos, cerrar los ojos no le ofrecía descanso.
Cada vez que lo intentaba, regresaba a aquel instante en el parque. Recordaba los dedos de Alison rozando los suyos cuando le entregó aquel pequeño dulce. Recordaba su sonrisa, la forma en que lo miró al notar que algo había cambiado en su expresión.
Y, sobre todo, recordaba la visión.
Sangre.
Humo.
Un grito que parecía atravesar el tiempo.
No había sido un recuerdo suyo. Hades conocía demasiado bien la muerte para confundirla con una simple pesadilla. Aquello había sido diferente. Había sentido el dolor de alguien más, una desesperación tan profunda que durante unos segundos había olvidado dónde estaba.
Y Alison había estado allí, frente a él, sin comprender por qué había palidecido.
—¿Qué me estás ocultando? —murmuró para sí mismo.
La pregunta quedó suspendida en el silencio de sus aposentos.
Hades había pasado eras observando a los mortales desde la distancia. Los había visto enamorarse, traicionarse, envejecer y morir. Nunca había tenido motivos para involucrarse demasiado en sus vidas.
Hasta que apareció ella.
Una joven que se burlaba de su expresión seria, que no parecía impresionada por su presencia y que le hablaba como si fuera cualquier hombre que se hubiera cruzado por casualidad en su camino.
Una joven que, sin saberlo, estaba empezando a convertirse en su mayor debilidad.
Y eso lo aterraba mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
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Alison había decidido que no pensaría en Hades aquella mañana.
Era una promesa sencilla. Al menos, lo había parecido cuando despertó.
Sin embargo, mientras se peinaba frente al espejo, recordó su rostro en el parque. La manera en que había apartado la mirada. La tensión de sus hombros. La rapidez con la que se marchó, como si quedarse un segundo más a su lado fuera insoportable.
—Qué hombre tan extraño —murmuró.
Tomó un cepillo y se peinó con más fuerza de la necesaria.
No era la primera vez que alguien se comportaba de manera inexplicable con ella, pero sí era la primera vez que le importaba tanto descubrir el motivo.
Eso era lo que más le molestaba.
Hades apenas le había contado algo sobre su vida. Tenía dos hermanos, una familia complicada y un pasado que, por alguna razón, parecía pesarle demasiado. No sabía dónde vivía exactamente, qué hacía para ganarse la vida ni por qué hablaba de ciertas cosas como si las hubiera vivido durante siglos.
Tal vez estaba exagerando.
Tal vez él simplemente era un hombre reservado.
O tal vez, como sospechaba desde el primer día, había algo en él que no encajaba.
Alison suspiró y dejó el cepillo sobre la mesa.
—Si aparece hoy, tendrá que darme una explicación.
Lo dijo con firmeza.
Después miró hacia la ventana, esperando que apareciera.
Y se enfadó consigo misma por hacerlo.
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Hades llegó a la plaza cuando el sol comenzaba a elevarse sobre los tejados.
Había considerado varias maneras de acercarse a Alison. Podía fingir que nada había ocurrido. Podía inventar una excusa convincente. Incluso podía evitarla durante unos días, hasta que ella dejara de preguntarse por su comportamiento.
Pero ninguna de esas opciones le pareció aceptable.
No quería que Alison aprendiera a desconfiar de él.
La encontró sentada junto a la fuente, con un libro abierto sobre las piernas. El cabello le caía alrededor del rostro y sus ojos recorrían las páginas, aunque Hades sospechó que llevaba un buen rato leyendo las mismas líneas.
Se detuvo a unos pasos.
—Buenos días, Alison.
Ella levantó la mirada.
Por un instante, su expresión se iluminó. Fue algo breve, casi imperceptible, pero él lo notó.
Entonces ella cerró el libro.
—Mira quién decidió volver de entre los muertos.
Hades arqueó una ceja.
—No sabía que me habías dado por muerto.
—Ayer saliste corriendo como si hubieras visto uno.
Si ella hubiera sabido lo cerca que estaba de acertar, quizá no habría sonreído de aquella manera.
Hades bajó la mirada, aceptando el golpe.
—Tienes razón. Me comporté mal.
Alison pareció sorprendida. Seguramente esperaba una excusa, una respuesta sarcástica o alguna de aquellas frases misteriosas con las que él acostumbraba esquivar las preguntas.
No una disculpa.
—¿Eso significa que vas a explicarme qué pasó?
—Significa que voy a intentarlo.
—Qué generoso de tu parte.
—Alison…
—Está bien. Habla.
Él se sentó a su lado, dejando una distancia prudente entre ambos.
Durante unos segundos contempló el agua de la fuente. Podía contarle la verdad. Podía explicarle que no era un hombre común, que había visto morir a incontables personas y que gobernaba un reino del que ningún mortal regresaba por voluntad propia.
Pero decirlo todo no era tan sencillo como pronunciar unas palabras.
Si Alison descubría quién era, tal vez dejaría de mirarlo como lo hacía ahora.
Y Hades no estaba preparado para perder aquella mirada.
—Cuando me entregaste el dulce, recordé algo desagradable —dijo finalmente.
Alison frunció el ceño.
—¿Algo de tu familia?
—No exactamente.
—¿De tu pasado?
Hades tardó en contestar.
—Sí.
Ella lo observó con atención. No parecía completamente convencida, pero tampoco se burló de él.
—¿Te ocurre a menudo? ¿Recordar cosas que te hacen salir huyendo?
—No.
—Entonces supongo que debería sentirme especial.
Hades volvió el rostro hacia ella.
—Lo eres.
La respuesta salió demasiado rápido.
Alison dejó de sonreír.
Él también se quedó inmóvil, consciente de que acababa de decir más de lo que pretendía.
El sonido del agua llenó el silencio entre ambos.
—No puedes decirme cosas así y luego esperar que no haga preguntas —murmuró ella.
—No espero que dejes de hacerlas.
—Bien. Porque tengo muchas.
—Lo imaginaba.
Alison lo estudió durante unos segundos. Después dejó el libro a un lado y se volvió hacia él por completo.
—¿Te estás enamorando de mí?
Hades sintió que el mundo entero se detenía.
Había escuchado preguntas de reyes, amenazas de guerreros y súplicas de quienes se aferraban desesperadamente a la vida. Ninguna de ellas lo había dejado tan desprevenido como aquella pregunta pronunciada por una joven mortal.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque me buscas. Porque recuerdas cosas que te cuento. Porque me miras como si quisieras decirme algo y después te arrepintieras. Y porque ayer parecías asustado de estar cerca de mí.
Alison hizo una pausa.
—No quiero inventarme una historia en mi cabeza, Hades. Si solo te caigo bien, dímelo. Si te divierte pasar tiempo conmigo, también. Pero no me mires de esa manera si no significa nada.
Él la contempló.
Sus ojos eran los mismos de siempre: vivos, curiosos, llenos de una luz que parecía desafiar incluso las sombras más profundas.
Hades había visto la belleza en muchas formas. Había contemplado la majestuosidad de los palacios divinos y la perfección de las obras creadas por los inmortales. Sin embargo, nada de aquello se parecía a la sensación que experimentaba cuando Alison lo miraba esperando una respuesta sincera.
Quería decirle que sí.
Quería confesarle que desde el día en que chocaron en aquella calle, su tranquilidad había desaparecido. Que había comenzado a buscarla incluso cuando se prometía no hacerlo. Que su risa se le había quedado grabada en la memoria y que, por primera vez, deseaba que los días fueran más largos.
Pero también sabía que los mortales tenían una vida breve.
Y que acercarse demasiado a ella podía convertirla en el centro de una guerra que no había pedido librar.
—No sé qué nombre ponerle a lo que siento —respondió al fin.
Alison bajó los ojos.
No parecía una respuesta cruel, pero tampoco era la que esperaba.
—Eso significa que no estás seguro.
—Significa que estoy intentando comprenderlo.
—Pues cuando lo comprendas, me avisas.
Se levantó y tomó su libro.
Hades se puso de pie inmediatamente.
—Alison, espera.
Ella se volvió.
—No estoy jugando contigo —dijo él, con una seriedad que hizo desaparecer la ironía de su rostro—. No sé cómo explicarte lo que me sucede, pero no me eres indiferente.
Alison sostuvo su mirada.
—Entonces no me trates como si lo fuera.
Aquellas palabras lo alcanzaron con más fuerza de la que ella podía imaginar.
Hades inclinó ligeramente la cabeza.
—Tienes razón.
Ella pareció buscar algo más en su rostro, quizá una promesa o una declaración que ninguno de los dos estaba preparado para hacer.
Al final, guardó silencio.
—¿Vas a volver mañana? —preguntó.
La pregunta tomó a Hades por sorpresa.
—¿Quieres que vuelva?
—No respondas una pregunta con otra pregunta.
Por primera vez desde que había llegado, Hades sonrió de verdad.
—Sí. Volveré mañana.
—Más te vale, señor Cara de Funeral.
Alison se alejó unos pasos y luego se volvió para mirarlo una última vez.
—Y Hades…
—¿Sí?
—La próxima vez que tengas uno de tus recuerdos horribles, intenta no salir corriendo. Al menos dame tiempo para terminar de insultarte.
Él soltó una risa baja.
—Lo tendré en cuenta.
Alison se marchó, dejándolo junto a la fuente.
Hades la siguió con la mirada hasta que desapareció entre las personas que cruzaban la plaza.
No le había dicho que la amaba.
Ni siquiera podía estar seguro de comprender todavía aquel sentimiento.
Pero había hecho una promesa.
Y, en su mundo, las promesas de un dios nunca eran palabras insignificantes.
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Muy lejos de la ciudad mortal, en un palacio donde las sombras se deslizaban entre columnas de mármol, Perséfone contemplaba una superficie de agua inmóvil.
Había intentado llamar a Hades durante toda la mañana.
Él no había respondido.
Aquello no era extraordinario por sí solo. Su esposo podía pasar largos períodos ocupado con los asuntos del inframundo. Sin embargo, esta vez había algo diferente.
La presencia de Hades se sentía distante, como si una parte de él hubiera quedado atrapada en un lugar al que ella no podía acceder.
Perséfone extendió una mano sobre el agua.
La superficie tembló.
Primero apareció una calle desconocida. Después, la plaza y su fuente. Finalmente, distinguió a una joven alejándose de Hades.
No pudo escuchar lo que habían dicho, pero vio la expresión del dios.
La manera en que la miraba.
La sonrisa que le había ofrecido.
Perséfone retiró la mano de golpe.
El agua volvió a quedar oscura.
—¿Quién eres? —susurró.
Sus uñas se hundieron en la palma de su mano.
No era la primera mortal que había llamado la atención de un dios. Los inmortales se distraían con frecuencia con las vidas breves de los humanos. Normalmente, aquellos caprichos terminaban antes de causar consecuencias importantes.
Pero Hades no parecía distraído.
Parecía interesado.
Y Perséfone conocía demasiado bien a su esposo para ignorar aquella diferencia.
—No permitiré que una mortal me quite lo que es mío.
Su voz sonó tranquila, pero sus ojos estaban llenos de una furia que apenas comenzaba a despertar.
Se volvió hacia las puertas del salón.
—Quiero saberlo todo sobre esa mujer. Su nombre, su familia, dónde vive y por qué mi esposo ha empezado a olvidarse de su propio reino.
Una figura que esperaba en las sombras inclinó la cabeza y obedeció.
Perséfone volvió a mirar el agua.
La imagen de Alison había desaparecido, pero su rostro permanecía en su memoria.
Todavía no sabía qué tenía aquella mortal para despertar semejante interés en Hades.
Y eso era precisamente lo que más la inquietaba.
Porque, si aquella mujer no era más que un capricho, Hades terminaría olvidándola.
Pero si era algo más…
Perséfone apretó los labios.
Entonces tendría que asegurarse de que nunca llegara a convertirse en una amenaza.
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Esa noche, Hades regresó al inframundo.
El aire frío lo recibió como siempre. Los ríos oscuros continuaban su recorrido, las almas seguían su camino y las puertas de su reino permanecían abiertas para quienes habían terminado su vida mortal.
Todo estaba en su lugar.
Todo, excepto él.
Se detuvo frente a uno de los grandes ventanales de su palacio y contempló la oscuridad.
Podía seguir negándolo. Podía decirse que Alison era simplemente una compañía agradable, una curiosidad pasajera en medio de una eternidad demasiado larga.
Sin embargo, al recordar su rostro, supo que aquellas excusas ya no bastaban.
Alison le había pedido que no la tratara como si fuera indiferente.
Y él no quería hacerlo.
Por primera vez en mucho tiempo, Hades deseó algo que no podía ordenar, reclamar ni conseguir mediante su poder.
Deseó que una mortal volviera a buscarlo al día siguiente.
Y aquel deseo, tan pequeño en apariencia, podía ser el principio de su ruina.
Porque los dioses podían sobrevivir a guerras, traiciones y castigos.
Pero incluso un dios podía cometer un error cuando empezaba a amar.