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Nunca fui tu esposa

Nunca fui tu esposa

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Juego de roles / Riqueza en una noche / Mujer despreciada / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Su matrimonio era falso. La traición, no.
Durante dos años, Camila Rivas lo dio todo por Daniel: sostuvo su empresa, soportó los desprecios de su familia y crió al niño que habían «adoptado» porque, según él, ella no podía tener hijos.
Hasta que descubre que su acta de matrimonio es falsa.
Daniel lleva cinco años casado con otra mujer. Y el niño que Camila ha cuidado como suyo es hijo de los dos.
Nunca fue su esposa. Fue la coartada perfecta para esconder a su verdadera familia.
Ese mismo día, una llamada lo cambia todo: Camila acaba de heredar más de cien mil millones de pesos.
—Soltera. Sin hijos. La herencia es solo mía.
Daniel está convencido de que volverá. Una mujer sola, sin dinero ni familia, no puede vivir sin él.
Pero mientras espera que regrese a suplicarle, el país entero descubre a la prometida de Gabriel Alcázar, uno de los hombres más poderosos de México.
Es Camila.
Dueña de una fortuna. Con la cabeza en alto. Junto a un hombre que no está dispuesto a dejarla en segundo lugar.
Lo suyo debía ser una alianza por conveniencia. Pero cada promesa cumplida, cada roce y cada mirada hacen más difícil mantener el corazón al margen.
Y cuando Daniel comprende lo que perdió, ya hay otro hombre sosteniendo la mano que él soltó.
Esta vez, quien va a suplicar no será ella.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Capítulo 4. Un candidato para casarse

—¿A casa de los Montenegro? —repitió Camila.

—Ahora también es su casa.

Ella guardó silencio unos segundos.

Alejandro Montenegro era su padre. Le había dejado una fortuna inmensa y, tarde o temprano, tendría que conocer a su familia. No podía evitarlo para siempre. Tampoco tenía por qué hacerlo.

—Está bien. Si es mi casa, será mejor que la conozca.

Durante el trayecto, Rafael le explicó cómo estaban las cosas.

Alejandro había concentrado la mayor parte del patrimonio familiar. El resto se repartía entre su padre y su hermano mayor.

Al recibir las acciones de Alejandro, Camila se convertía en la mayor accionista de Grupo Montenegro.

Su abuelo estaba en el extranjero, recuperándose en un centro de salud. Teresa Beltrán, la viuda de Alejandro, se ocupaba de los asuntos de la familia. El hijo adoptivo de ambos, Sebastián Montenegro, dirigía la empresa.

Una hora después, la limusina entró en la propiedad.

Camila miró por la ventana. El terreno era enorme. Desde el acceso hasta la casa principal tardaron casi diez minutos en auto.

La residencia parecía más un palacio que una casa. Todo, desde los jardines hasta los materiales del piso, hablaba de un lujo que ella nunca había conocido.

Estaba nerviosa, pero hizo un esfuerzo por no demostrarlo.

Rafael la condujo hasta una sala. Dos empleadas abrieron las puertas y Camila vio a una mujer elegante junto a los ventanales. Había dos asistentes cerca de ella y un joven de traje sentado en un sofá.

La mujer la observó brevemente antes de acercarse.

Rafael hizo las presentaciones en voz baja: Teresa, la esposa de su padre; Sebastián, el hijo adoptivo y, por tanto, su hermano.

Una mirada de Teresa bastó para que Rafael y el resto del personal salieran. Los tres quedaron solos.

—¿Te llamas Camila Rivas?

Ella asintió. Teresa sonreía, aunque no parecía contenta de verla.

—Siéntate —dijo Sebastián—. Ya estás en casa.

Su tono era correcto y distante.

Camila se acomodó en el sofá de enfrente.

—Señora Beltrán, ¿para qué quería verme?

—Voy a ser directa. Quiero que renuncies a una parte de la herencia.

Teresa miró a su hijo. Él puso un documento frente a Camila.

—Mi padre murió de forma inesperada. El testamento le deja sus bienes a usted, pero la dirección de la empresa no puede quedar en sus manos. A cambio de su renuncia recibirá cien millones de pesos.

No hablaba como quien hace una propuesta. Parecía comunicar una decisión.

Camila tomó el documento y leyó.

—Renuncia voluntaria a todas las acciones heredadas, al control de la empresa y a los inmuebles incluidos en la herencia...

Teresa bebió un sorbo de té.

—Ya conozco tu historia. Tu madre tuvo una aventura con Alejandro y quedó embarazada. Te dejó en un hogar infantil cuando tenías tres años. Supongo que no has tenido una vida fácil.

Dejó la taza con calma.

—Cien millones son mucho dinero para alguien como tú. Pero la heredera de los Montenegro no puede ser una bastarda criada fuera de la familia. Será mejor que sepas cuál es tu lugar.

Camila no apartó la mirada.

—Aun así, eres hija de Alejandro —continuó Teresa—. Podrás usar nuestro apellido y seguir presentándote como parte de la familia. Si necesitas algo, me lo pides.

Estaba segura de que Camila aceptaría.

La joven dejó el documento sobre la mesa. Teresa tenía un rostro hermoso, muy cuidado, en el que resultaba difícil calcular la edad.

—Si está de acuerdo, firme aquí —indicó Sebastián, acercándole una pluma.

—No acepto.

Camila ya esperaba que no quisieran recibirla con los brazos abiertos. Lo que le ofrecían era despojarla de casi todo y obligarla a agradecerlo.

—Usted puede llamarme bastarda, señora Beltrán. Eso no borra el testamento de mi padre ni las pruebas que confirmaron quién soy. Él encargó que me buscaran y decidió dejarme sus bienes.

La sonrisa de Teresa desapareció.

No había considerado la posibilidad de que aquella joven se negara.

—No eres más que una bastarda. Aunque te entregaran todo, no tendrías capacidad para administrarlo.

Sebastián también la miraba con sorpresa. Nadie en Puerto Claro solía llevarle la contraria a su madre.

—Creo que no ha entendido la situación —dijo—. Esto no es una negociación. Nuestra familia es mucho más compleja de lo que imagina. Sus decisiones nos afectan a todos. Y usted sola no puede enfrentarse a los Montenegro.

Camila entendió perfectamente la amenaza.

Estaban acostumbrados a que su dinero y su apellido bastaran para imponer condiciones. Creían que podían comprarla con cien millones.

Ella podía escuchar una petición. Las amenazas solo conseguían que se negara con más firmeza.

—Entonces no me están consultando, me están dando una orden. Lástima que el testamento no pierda validez porque ustedes lo decidan.

Señaló el documento.

—Ya revisé la estructura del grupo. Solo los inmuebles principales están valuados en cien mil millones de pesos. Los ingresos anuales superan los ochenta mil millones. Y ustedes me ofrecen cien millones por todo. A ese precio apenas comprarían un local del grupo.

Camila esbozó una sonrisa.

—Sé distinguir cien millones de cien mil millones. ¿A esto le llaman compensación? Es un robo descarado.

Cerró la carpeta y se la devolvió a Sebastián.

Madre e hijo intercambiaron una mirada. Aquello no estaba saliendo como esperaban.

—Si no tienen nada más que decirme, me voy. Podemos cumplir el testamento o negociar condiciones razonables. Pero mi padre me nombró heredera a mí, señor Montenegro. No puede quedarse con lo que él me dejó solo porque lleva más tiempo aquí.

Camila se levantó y caminó hacia la puerta.

Antes de que saliera, Teresa le hizo una seña a su hijo.

—Deténgase —ordenó él.

Había dos filas de guardaespaldas en el pasillo.

Camila los vio y comprendió que no iban a dejarla salir con facilidad.

Se volvió hacia Teresa.

—¿Piensa obligarme a firmar?

—Todavía no me conoces, Camila. Te conviene llegar a un acuerdo mientras conserve la paciencia.

Sebastián se acercó. Era alto y se detuvo lo bastante cerca para intentar intimidarla.

—Si la cantidad no le parece suficiente, diga cuánto quiere.

Camila no retrocedió.

—Lo que quiero no está en venta. Mi padre me dejó más de cien mil millones y no voy a renunciar a un solo peso.

La mirada de Sebastián se volvió asesina.

—Entonces no nos deja otra opción.

Los guardaespaldas avanzaron.

Teresa se alejó hacia la ventana. Las puertas empezaron a cerrarse. Camila se mantuvo erguida, mirando a los hombres que la rodeaban.

En ese momento se escucharon pasos rápidos en el corredor.

Más de una docena de hombres con trajes negros se acercaron a la sala. Rafael iba detrás.

Sebastián reconoció a los recién llegados por su aspecto y se volvió hacia su madre, alarmado.

—Señora —dijo Rafael, apresurándose hasta Teresa.

Le habló al oído. Ella cambió de expresión.

—¿Qué acaba de decir?

—Su suegro llamó para confirmarlo. Los Alcázar eligieron a la señorita Camila.

Uno de los recién llegados se acercó a ella.

—¿La señorita Rivas?

Camila todavía tenía el pulso acelerado, pero asintió.

—El señor desea invitarla a cenar mañana. Aquí tiene su tarjeta.

Le entregó una tarjeta negra con letras doradas. Antes de que ella pudiera hacer una pregunta, dio media vuelta y se retiró con sus hombres.

Camila bajó la vista. Solo había un nombre y un número de celular.

Gabriel Alcázar.

Los guardaespaldas de la casa miraron a Sebastián. Teresa levantó una mano y él les ordenó apartarse.

Camila no sabía qué acababa de pasar. Tampoco pensaba quedarse a averiguarlo.

En cuanto salió, Sebastián regresó al lado de su madre.

—¿Vamos a dejar que se vaya así?

—¿Y qué quieres que haga? Ya viste quién vino por ella. Son los Alcázar.

Teresa cerró los puños hasta hundirse las uñas en las palmas.

Afuera, Camila alcanzó a ver cómo se alejaba una caravana de camionetas negras. No distinguió ningún rostro detrás de los cristales oscuros.

Aun así, tuvo la incómoda sensación de que alguien la observaba.

—Camila.

Un Bentley blanco se detuvo junto a ella. Al bajar la ventanilla apareció un hombre de mediana edad, vestido con ropa deportiva.

—Soy Mauricio Montenegro, el hermano mayor de tu padre. Sube, te llevo.

Camila reconoció en él algunos rasgos parecidos a los suyos. Después de lo que acababa de ocurrir, no estaba dispuesta a confiar tan rápido.

—Gracias. Puedo volver por mi cuenta.

—No tengas miedo. No soy como los que están ahí dentro. Vine a ayudarte.

Ella siguió caminando. Mauricio avanzó despacio a su lado.

—Acabas de aparecer en la familia y de heredar una fortuna. ¿Creías que iban a dejarte en paz?

Camila no respondió.

—Pero tienes suerte. Los Alcázar se fijaron en ti. Si te casas con Gabriel, Teresa y su hijo no podrán tocarte.

Esta vez, Camila se detuvo.

—¿Cómo que si me caso?

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