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Pasión Y Obsesión Del Millonario

Pasión Y Obsesión Del Millonario

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance / CEO
Popularitas:788
Nilai: 5
nombre de autor: Isa Yguaro

Alexander Vance lo tiene todo: poder, millones y el control absoluto de su imperio. Pero cuando acepta suplir a un amigo en la universidad, su mirada se cruza con Elena Marín, una estudiante rota, exhausta y atrapada en una vida de secretos nocturnos.

Ella no busca salvación; él no sabe lo que es la piedad. Lo que comienza como una tutoría privada bajo chantaje se transforma en una espiral de pasión prohibida, erotismo salvaje y mentiras peligrosas. Cuando los secretos del pasado salgan a la luz, desatarán una tragedia de la que no podrán escapar. Porque hay amores que no construyen... destruyen.

NovelToon tiene autorización de Isa Yguaro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 13: El abismo entre los dos

El eco de los nudillos golpeando la madera del despacho resonó con una persistencia seca. Elena permanecía de pie junto al ventanal del penthouse, con los dedos aferrados al borde de la mesa y la respiración cortada. Las sirenas de la policía que ululaban en la calle de abajo se filtraban a través del cristal blindado como un recordatorio brutal de que el mundo exterior ya no iba a permitirles jugar en las sombras.

Alexander no se inmutó. Su rostro, tallado en una fría y calculadora compostura, mantuvo la rigidez mientras observaba la puerta principal. Sin embargo, el tic nervioso en la comisura de su labio delataba que el cerco se estrechaba de manera definitiva.

—No se mueva de aquí —ordenó él con voz baja, cortante y absoluta, cruzando el estudio a zancadas antes de girar el pestillo y salir al vestíbulo.

Elena sintió que las piernas le fallaban. El peso de la culpa y el miedo la aplastaban; sabía perfectamente que la presencia de la policía en el edificio no era una coincidencia y que la desaparición del profesor Julian —junto con los turbios manejos corporativos de los que apenas comenzaba a comprender la magnitud— iba a recaer directamente sobre los hombros del hombre al que amaba y temía a partes iguales.

A través de la rendija semiabierta de la puerta de la biblioteca, Elena contuvo el aliento y observó la escena en el vestíbulo principal.

Dos agentes con gabardinas oscuras y el insignia oficial de la división de homicidios flanqueaban el pasillo, acompañados por el jefe de seguridad del edificio.

—Profesor Alexander Vance —dijo el inspector de mayor rango con una seriedad implacable, mostrando una orden judicial firmada por el juez—. Queda usted formalmente requerido para rendir declaración inmediata en relación con el caso del profesor Julian. Tenemos registros de llamadas, movimientos financieros cruzados y testigos que lo sitúan como la última persona en verlo con vida antes de su desaparición.

Alexander cruzó los brazos sobre el pecho con una arrogancia tan fría que congeló el aire del recibidor. No levantó la voz. No mostró un solo ápice de pánico.

—Mis abogados se pondrán en contacto con su fiscalía en la primera hora de mañana, oficiales —respondió Alexander con un tono de voz que cortaba como el acero—. Esta visita nocturna sin citación formal previa es una grosería procesal que su departamento pagará muy cara.

—No estamos aquí para negociar, señor Vance —replicó el inspector, haciendo un gesto a los agentes para que dieran un paso al frente—. O nos acompaña voluntariamente ahora mismo, o tendremos que proceder con una orden de detención preventiva por obstrucción a la justicia.

El silencio que cayó en el penthouse fue absoluto. Desde su escondite, Elena sintió que el corazón se le desbocaba en el pecho. Sabía que si Alexander se iba con ellos, las redes de la alta sociedad y el poder corporativo se cerrarían a su alrededor para devorarlo por completo. Sin pensarlo dos veces, empujó la puerta de la biblioteca y salió al pasillo.

—¡No! —exclamó ella con la voz quebrada, llamando la atención de todos en el vestíbulo—. ¡Él no tiene nada que ver! ¡Julian se fue por su propia voluntad!

Alexander giró la cabeza con brusquedad, y por primera vez en toda la noche, una chispa de auténtica furia y desesperación cruzó su mirada oscura.

—Elena, métase a la biblioteca. Ahora —ordenó con una autoridad feroz que no admitía réplica.

—No voy a esconderme mientras lo culpan de algo que... —comenzó a decir ella, pero el inspector la interrumpió de inmediato, dirigiendo sus ojos perspicaces hacia la joven estudiante despeinada y con la ropa delatadoramente desordenada.

—Vaya, vaya... con que la estudiante becada de la cátedra —dijo el oficial con una sonrisa cínica y despectiva—. Parece que el círculo de sospechosos es mucho más íntimo de lo que imaginábamos. Señorita Marín, usted también tendrá que venir a declarar sobre su relación cercana con el profesor.

La sangre se le heló a Elena en las venas. El peso del escándalo, la destrucción de su carrera universitaria y la ruina de su reputación cayeron sobre sus hombros como una losa de plomo.

Alexander dio un paso al frente, interponiéndose físicamente entre los policías y Elena, protegiéndola con su cuerpo de la mirada invasiva del inspector, en un reflejo posesivo y visceral que desafiaba la ley misma.

—No se atrevan a tocarla —susurró Alexander con una voz de ultratumba, un tono tan letal que hizo retroceder al propio agente por un instante—. Si la involucran en esto, les aseguro que no quedará piedra sobre piedra en el departamento de policía antes de que termine la semana.

El inspector tragó saliva, pero mantuvo la posición, levantando las esposas de acero con una frialdad burocrática.

—Haga el favor de extender las manos, señor Vance. El juego terminó.

Mientras los agentes sujetaban los brazos de Alexander para colocarle las esposas frente a los ojos horrorizados de Elena, el teléfono móvil del magnate, que seguía tirado sobre la mesa del estudio, vibró con una notificación luminosa. Elena se acercó a toda prisa y leyó la pantalla: era un mensaje automatizado del sistema bancario que anunciaba el bloqueo total e irrevocable de todas las cuentas corporativas y personales de Alexander Vance, dejándolos en la más absoluta y desamparada ruina financiera justo en el momento de su arresto.

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