Fabián Vargas se quedó con su fortuna. Gael Sotomayor se quedará con su mujer. Tras ser despojado de su herencia por las trampas de su medio hermano Fabián, Gael Sotomayor decide ejecutar la venganza más despiadada: arrebatarle lo que más ama. La oportunidad perfecta llega con la ruina de los Villarreal. Aprovechando el colapso financiero de su familia, Gael acorrala a Isabel Villarreal y la obliga a firmar un contrato matrimonial. Para salvar a los suyos, ella deberá convertirse en la señora Sotomayor y entrar en la boca del lobo. Isabel cree que solo será el trofeo en una guerra de poder y resentimiento. Sin embargo, en las sombras de un matrimonio forzado, el odio mutuo empezará a transformarse en una atracción oscura, peligrosa e inevitable. El juego de venganza ha comenzado, pero cuando el deseo se mezcla con el rencor... ¿quién pagará el precio de la deuda?
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La traición del amor
Mientras las sombras de la noche caían sobre la ciudad y Gael Sotomayor avanzaba con firmeza para ejecutar su fría estocada, la realidad en el otro extremo de la ciudad parecía sacada de un idílico cuento de hadas. En el exclusivo restaurante de cinco estrellas, la elegancia y el refinamiento flotaban en el aire como un perfume caro. El murmullo de los violines y el tintineo de las copas de cristal de fondo envolvían a los comensales en una burbuja de absoluta sofisticación.
Fabián Vargas, manteniendo su acostumbrada caballerosidad y esa sonrisa ensayada que dominaba a la perfección, guio a Isabel hacia la terraza privada del establecimiento. Era un rincón ideal, suspendido sobre las luces de la ciudad, iluminado únicamente por la parpadeante y tenue luz de decenas de velas aromáticas. El aire de la noche estaba impregnado con la fragancia de las orquídeas y rosas blancas, las flores favoritas de Isabel, dispuestas estratégicamente en arreglos monumentales que enmarcaban la mesa.
Isabel sentía que el corazón le latía a mil por hora en el pecho, un ritmo desbocado que amenazaba con robarle el aliento. Todo parecía perfecto, casi irreal. Fabián se detuvo frente a ella y, con una suavidad calculada, la tomó de las manos. Sus dedos eran cálidos, pero su mirada albergaba una devoción fingida, un brillo actoral que había perfeccionado durante meses con el único propósito de ganarse la confianza ciega de la heredera de los Villarreal. Isabel, encandilada por el romanticismo del momento y la innegable belleza de su acompañante, no fue capaz de detectar la frialdad detrás de esos ojos oscuros.
—Isabel... —comenzó Fabián, bajando el tono de su voz a un susurro íntimo, arrastrando las palabras con una estudiada ternura—. Hemos compartido tanto tiempo como amigos. Hemos reído, hemos construido recuerdos invaluables y me has permitido conocer la pureza de tu alma. Pero esta noche ya no puedo seguir ocultando lo que verdaderamente siento en mi pecho. Mantener la distancia me quema. Tú eres la mujer con la que quiero compartir mi vida, mi presente y mi futuro.
Isabel contuvo el aliento, con los ojos color miel brillando con una fuerza inusual, empañados por lágrimas de genuina emoción. El mundo exterior pareció desvanecerse por completo. Observó cómo Fabián, sin soltar una de sus manos, deslizaba la otra con lentitud hacia el bolsillo interior de su saco de diseñador. Con un movimiento fluido, extrajo una pequeña y elegante caja de terciopelo azul marino.
Su corazón dio un vuelco definitivo. Estaba a punto de presenciar el momento que tantas veces había imaginado en sus sueños de juventud. Sin embargo, antes de que las rodillas de Fabián pudieran tocar el suelo y consolidar su gran obra de manipulación, el eco de unos pasos apresurados, torpes y violentos sobre el mármol del salón principal rompió de golpe la magia del lugar.
—¡Le dije que no puede pasar, señorita! ¡Esta es una zona estrictamente privada! —se escuchó la voz tensa, alterada y desbordada de uno de los empleados principales del restaurante.
—¡A mí nadie me detiene, imbécil! ¡Quítate de encima! ¡Fabián! —un grito agudo, quebrado e histérico resonó con la fuerza de un latigazo en la tranquilidad de la terraza.
Isabel parpadeó repetidamente, confundida, sintiendo cómo la neblina del romance se disipaba de golpe. Rompió el contacto visual con Fabián, cuya respiración se había detenido en seco. Al voltear la cabeza hacia el arco de entrada de la terraza, la expresión de absoluta felicidad de la joven se transformó en un desconcierto total. La intrusa respiraba de forma entrecortada, con el cabello dorado ligeramente revuelto y un vestido de seda que denotaba un lujo descuidado.
—¿Samanta? —susurró Isabel, frunciendo el ceño, incapaz de procesar la violenta escena.
Fabián se congeló por completo en su sitio. Toda la sangre pareció abandonar su cuerpo en una fracción de segundo, dejándolo con una palidez fantasmal y espantosa, similar a la de un espectro atrapado en su propia maldición. Al ver a Samanta, la hija de la mujer con la que se había casado el padre de Isabel tras su divorcio, el terror puro, visceral y primitivo se apoderó de sus ojos negros. Sus dedos comenzaron a temblar con tanta violencia que la pequeña caja de terciopelo estuvo a punto de resbalar de sus manos y caer al vacío. El andamiaje de mentiras sobre el que había construido su vida, su secreto más oscuro y retorcido, ese que había guardado con un recelo enfermizo para poder ganarse el afecto de Isabel y parasitar la fortuna de los Villarreal, estaba a escasos segundos de quedar expuesto bajo la implacable luz de la verdad.
—¿Qué... qué demonios haces aquí? —logró articular Fabián con una voz pesada, ahogada por el pánico. Intentó dar un paso al frente de manera desesperada, buscando interponer su cuerpo atlético para interceptarla y sacarla a rastras antes de que pronunciara una sola palabra más cerca de Isabel.
Pero Samanta, cuyos ojos desbordaban el despecho, el odio y la humillación de quien ha sido usada y desechada, leyó sus intenciones de inmediato.
Con un movimiento rápido y lleno de desprecio, esquivó el agarre de Fabián. Dio un paso firme hacia la mesa, clavando sus pupilas en una estupefacta Isabel, mientras una sonrisa amarga, casi desquiciada, se dibujaba en sus labios pintados de rojo carmesí.
—Vaya, vaya, Isabel... Veo que llegué justo a tiempo para el gran clímax. Estabas a punto de aceptar la propuesta del hombre del año, ¿verdad? —escupió Samanta, cruzándose de brazos con una falsa postura de superioridad que no lograba ocultar el temblor de su mandíbula—. Es una lástima, una verdadera tragedia, que tu querido y perfecto Fabián olvidara contarte un pequeño y asqueroso detalle sobre nosotros dos antes de ofrecerte ese anillo.
Isabel alternó la mirada entre el rostro desencajado y sudoroso de Fabián y la mirada venenosa de Samanta. El aire en la terraza se volvió denso,
asfixiante, cargado de una tensión tan espesa que casi se podía palpar en el ambiente. El silencio sepulcral que siguió a la acusación fue la confirmación definitiva. Isabel sintió un frío ártico correr por su espina dorsal; el pánico evidente y la falta de defensa en el hombre que juraba amarla le gritaron al oído que el mundo de cristal en el que vivía estaba a punto de hacerse añicos para siempre.
—Fabián... ¿de qué está hablando Samanta? —preguntó Isabel, con la voz temblorosa, exigiendo una verdad que, en el fondo, ya temía escuchar.
—No le hagas caso, Isabel, esta mujer está loca, está borracha. ¡Seguridad, saquen a esta demente de aquí! —rugió Fabián, perdiendo por completo los estribos, mostrando por primera vez la verdadera fiera acorralada que se escondía detrás de su fachada de adonis.
Samanta soltó una carcajada estridente que rompió el último hilo de magia que quedaba en la noche.
—¿Loca? Dile la verdad, Fabián. Dile a tu futura esposa que el anillo que le estás ofreciendo lo compraste con el dinero que me robaste. Dile que mientras le jurabas amistad y pureza a ella, pasabas las noches en mi cama, prometiéndome que nos escaparíamos juntos en cuanto le sacaras el último centavo a su estúpido padre.
Las palabras cayeron como rocas pesadas sobre Isabel. El restaurante de cinco estrellas, las velas, las flores y las promesas de amor eterno se desmoronaron a su alrededor, dejando solo el eco de una traición devastadora. El juego de Gael Sotomayor había comenzado con una precisión implacable, y Fabián Vargas acababa de caer en su propia trampa.