Eliana Casillas nunca soñó con gobernar un imperio criminal. Gordita, bondadosa y aparentemente inofensiva, siempre prefirió mantenerse al margen de las luchas de poder de su familia. Pero cuando las traiciones amenazan con destruir al clan Casillas y la vida de su pequeña hija Chloe corre peligro, descubre que su mayor fortaleza no está en las armas, sino en su inteligencia.
Entre enemigos disfrazados de aliados, secretos familiares y una conspiración que pretende arrebatarle todo, Eliana tendrá que demostrar que subestimarla fue el peor error de sus adversarios.
Con el destino de su hija en juego y la lealtad de los suyos puesta a prueba, la heredera inesperada deberá tomar el control del imperio.
Porque ser gordita no significa ser débil, y tocar a su familia tiene un precio.
¡Fuera cucarach@s! La nueva jefa ha llegado, y no piensa pedir permiso.
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Lo que se esconde en el despacho
A la mañana siguiente, el cielo estaba cubierto de nubes grises que amenazaban lluvia. Eliana se miró en el espejo del baño. Se puso el vestido más sencillo que tenía, uno que no llamara la atención, y se peinó con naturalidad. No llevaba armas. Solo el anillo del clan, bien oculto bajo su manga larga, y una pequeña bolsa de mano. Antes de salir, miró a Chloe que jugaba en la sala con doña Rosa. Le envió un beso en silencio y salió.
Leonardo la esperó a dos cuadras de la mansión. Bajó la ventanilla.
—¿Segura de esto? —le preguntó con seriedad—. Si algo sale mal, presiona el anillo tres veces. Estaremos escuchando. Marcos vigila la parte de atrás. Santiago está a la vuelta con el auto listo. No estás sola ni un segundo.
—Lo sé —le sonrió ella—. Gracias. Estaré bien. Solo necesito mantener la calma.
Caminó el resto del trayecto sola. Al llegar a las puertas de la mansión, el guardia nuevo la miró con desconfianza. No era nadie que conociera.
—¿Qué hace aquí? —le preguntó sin amabilidad—. Nadie la invitó.
—Vengo a recoger unas pertenencias de mi padre y unas mías —respondió Eliana con calma—. Si no me deja pasar, tendré que llamar a la policía para que medie. No quiero hacer un escándalo en la puerta. Pero tampoco me iré sin lo que es nuestro.
El hombre dudó. Antes de que pudiera decir algo más, la puerta se abrió desde adentro. Valeria apareció en el umbral, con una sonrisa demasiado perfecta para ser verdad.
—Déjala pasar. Es familia, después de todo. Que entre y recoja lo suyo. Pero rápido. Tenemos mucho que hacer hoy.
Eliana entró. El aire de la casa se sentía diferente: frío, silencioso, como si los muros mismos estuvieran conteniendo la respiración. Valeria caminó a su lado, hablando con voz dulce que no llegaba a sus ojos.
—Siento que tengamos que venir a esto, Eliana. Si hubieras sido razonable desde el principio, tu padre no estaría donde está. Pero bueno, recoge lo que necesites. No te lleves cosas que no te pertenecen, ¿de acuerdo? Yo te espero aquí en la sala. No quiero que digas que te escondí algo.
—Gracias —dijo Eliana, sin detenerse—. No tardaré.
Caminó hacia las escaleras, pero en lugar de subir, se dirigió hacia el despacho de su padre en la planta baja. Al llegar, abrió la puerta y entró cerrándola tras de sí. No perdió tiempo. Se acercó a la gran estantería de madera donde Doña Inés le había dicho que guardaban los archivos antiguos. Sus manos temblaron ligeramente al buscar la carpeta verde con la etiqueta Propiedades del Norte. No estaba en su lugar.
—Busca bien —se susurró a sí misma—. No se rindas.
Revisó los estantes de abajo. Nada. Luego los cajones del escritorio. Todos estaban cerrados con llave. Se sentía frustrada. Si Valeria ya la había escondido, todo habría sido en vano. Entonces notó algo: una pequeña rendija en el panel lateral del mueble de madera, justo al lado de la ventana. Lo empujó suavemente y se abrió. Era un compartimento secreto que su padre le había mostrado cuando era niña, un lugar donde guardaba cosas de gran valor pero que no quería que nadie más encontrara.
Allí estaba. La carpeta verde, junto con los libros de actas y una libreta pequeña de cuero oscuro que reconoció al instante: era la libreta personal de su padre, donde anotaba cosas que no compartía con nadie. El corazón le dio un vuelco. Estaba a punto de abrirlas cuando escuchó pasos afuera y la voz de Valeria, ya sin disimulo alguno:
—¿Qué buscas tanto tiempo, Eliana? ¿Acaso no confías en mí?
La puerta se abrió de golpe. Valeria entró, cerró con seguro tras de sí y se recargó en ella, bloqueando la salida. Su expresión ya no era amable. Sus ojos brillaban con rabia contenida.
—Sabía que vendrías —dijo, caminando lentamente hacia ella—. Sabía que no podrías quedarte quieta mientras yo pongo orden en lo que tu padre arruinó. ¿Encontraste algo interesante? ¿O solo viste lo que yo quiero que veas?
Eliana cerró el compartimento con cuidado y dio un paso atrás, manteniendo el mueble entre ambas.
—Vine por nuestras cosas. No vine a discutir contigo. Quítate de la puerta. Me voy.
—¿Te vas? ¿Así nada más? Con las manos vacías y la cabeza baja como siempre. No, querida. No entras a espiar en mi casa y te marchas cuando yo diga. No eres bienvenida aquí. Nunca lo fuiste. Tu padre me necesita. Tú solo estorbas. Tú y esa niña enferma que apenas si puede respirar sin quejarse.
Eliana apretó los puños. Esas palabras sobre Chloe cruzaron la línea que nunca debió cruzarse. Pero respiró hondo. Sabía que Valeria quería que perdiera el control.
—No hables de mi hija —dijo con voz baja pero firme—. No tienes derecho. Y esta no es tu casa. Es de mi familia. Y te aseguro que no la vas a heredar ni con tus mentiras ni con tus trucos. La verdad siempre sale a la luz.
Valeria soltó una risa fría y se acercó un paso más.
—¿La verdad? La verdad es que tu padre está encerrado y tú estás aquí, escondiéndote como una ratoncita. ¿Qué vas a hacer? ¿Llorar? ¿Llamar a tus primos? Ellos no pueden salvarte de lo que está por venir. Ramiro tiene razón. Eres débil. Basta con empujarte un poco y te rompes.
En ese momento, escucharon un ruido suave desde la ventana trasera. Valeria se giró sobresaltada. Era Marcos, que había logrado entrar discretamente por la parte de atrás según lo planeado. Valeria se acercó a la ventana para mirar, y en ese segundo de distracción, Eliana aprovechó. Abrió el compartimento, tomó la libreta de su padre que era lo más pequeño y valioso, se la metió en el interior de su bolso y empujó la puerta del despacho con fuerza.
—¡Sal de mi camino! —le dijo, pasando a su lado—. No voy a pelear contigo en la casa de mi padre. Pero ten por seguro que volveré. Y la próxima vez, no estaré sola.
Valeria intentó detenerla, pero Eliana caminó con paso firme por el pasillo, cruzó la sala y salió por la puerta principal sin mirar atrás. No corrió. Caminó con dignidad hasta que dobló la esquina y vio el auto donde la esperaban Leonardo y Santiago. Subió rápidamente y cerró la puerta. Solo entonces soltó el aire que había estado conteniendo.
—¿Lo lograste? —preguntó Santiago, arrancando el auto.
Eliana abrazó su bolso contra el pecho.
—Tomé la libreta de papá. No pude con todo, pero creo que lo más importante está aquí. Y Valeria… está perdiendo la calma. Eso significa que estamos cerca. Muy cerca.
En la mansión, Valeria golpeó el escritorio con la mano, furiosa. Había estado tan cerca de descubrir qué buscaba Eliana, de atraparla con las manos en la masa. Pero se le había escapado. Y ahora tenía la certeza de que Eliana se llevaría algo que no debía. Marcó un número en su teléfono con dedos temblorosos.
—Ella estuvo aquí —dijo al teléfono con voz cortante y tensa—. Sabe algo. No la dejamos irse con nada. Sí… entiendo. Mañana nos encargamos de ella. Permaneceremos alerta.
Mientras tanto, en el auto que se alejaba de la mansión, Eliana abrió la libreta de su padre con manos cuidadosas. La primera página tenía una fecha de hacía tres meses, justo después de que Valeria empezara a involucrarse en los asuntos de la casa. Su corazón dio un salto. Allí estaba, escrito con la letra inconfundible de su padre: “No confío en los documentos que ella trae. Las fechas no coinciden. Anotaré todo para que si algo me pasa, Eliana sepa dónde buscar la verdad.”