Dos haciendas. Dos familias. Una rivalidad que ha sobrevivido durante generaciones.
Lara Dávila nunca imaginó que el hombre que la observaba a escondidas junto al arroyo terminaría convirtiéndose en el hombre que cambiaría su vida. Mucho menos que, después de golpearlo con una piedra y huir, él juraría encontrarla y hacerla su esposa.
Izan Orellana ha regresado a la hacienda familiar para hacerse cargo del legado de sus padres. Lo último que esperaba era enamorarse a primera vista de la hija de sus eternos enemigos.
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CAPÍTULO 17
En la hacienda Dávila, Lara cabalgó en silencio detrás de su padre. Tenía la mente llena de preguntas y una sensación amarga en el pecho.
Izan Orellana.
El nombre no dejaba de resonar en su cabeza.
Había pasado los últimas horas intentando olvidar al hombre que la había observado mientras se bañaba y después la había besado sin su consentimiento. Ahora descubría que era el hijo de Sael Orellana.
Todo lo que había ocurrido adquiría un significado mucho más complicado.
Cuando llegaron a casa, Ramiro desmontó y esperó a que Lara hiciera lo mismo.
—Tenemos que hablar —dijo.
Ella asintió.
—Sí, papá. Tenemos que hacerlo.
Se dirigieron al corredor, lejos de los trabajadores. Ramiro dejó escapar un suspiro antes de mirarla.
—No debí salir de aquí con esa escopeta.
Lara se sorprendió al escuchar aquella admisión.
—No debiste hacerlo. Podrías haber terminado en la cárcel. ¿Qué habría pasado con mamá, con Selina y conmigo?
—Perdí la cabeza cuando supe lo que ese hombre te había hecho.
—Lo entiendo, pero no puedes decidir por mí cómo debo afrontar estas cosas. No necesito que pongas tu vida en peligro para demostrar que me quieres.
Ramiro bajó la mirada.
—Nunca he querido que sufrieras.
—Lo sé, papá. Pero quiero que confíes en mí. Si alguien me falta al respeto, sabré defenderme. No quiero que mi vida se convierta en otra batalla entre los Dávila y los Orellana.
—No voy a cambiar de opinión sobre esa familia —respondió él—. Lo que ocurrió hoy no mejora las cosas.
—No te estoy pidiendo que los aceptes. Solo te pido que no vuelvas a presentarte allí armado. Lo que Izan hizo estuvo mal, pero yo no perdí mi dignidad por culpa de sus acciones.
Ramiro la observó con atención.
—Tienes razón. Tú no tienes nada de qué avergonzarte.
—Necesitaba escuchártelo decir.
Él le tomó las manos.
—Perdóname, hija. No debí dejar que mi rabia llegara tan lejos.
Lara lo abrazó. Seguía enfadada por lo sucedido, pero agradecía que su padre reconociera su error.
—Te perdono. Solo prométeme que no volverás a hacer algo así.
—Te lo prometo.
Se separaron y Lara respiró profundamente. Por fin podía dejar de preocuparse por lo que su padre pudiera hacer en un arrebato de ira.
Sin embargo, aún quedaba algo que no conseguía asimilar.
—¿Qué te preocupa ahora? —preguntó Ramiro al notar su expresión.
Lara vaciló.
—Que ese hombre sea un Orellana.
La mandíbula de Ramiro se tensó.
—Precisamente por eso debes mantenerte lejos de él.
—No tienes que decírmelo dos veces. No quiero volver a verlo.
—Me alegra escucharlo.
Lara no añadió nada. No tenía intención de discutir con su padre, pero tampoco quería que él creyera que su rechazo hacia Izan se debía únicamente al apellido que llevaba. El problema era lo que había hecho, la forma en que había ignorado sus límites y la seguridad con la que había hablado de un futuro que ella no deseaba.
El apellido Orellana solo hacía todo más difícil.
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Al caer la tarde, Lara encontró a Selina cerca de las caballerizas. Su hermana la observó con atención apenas la vio acercarse.
—Mamá me contó que seguiste a papá hasta la hacienda de los Orellana. ¿Qué pasó?
Lara dejó las riendas de Canela en manos de un trabajador antes de responder.
—Papá fue a buscar a Izan con una escopeta.
—¡¿Qué?! ¿Y tú lo dejaste ir así?
—Por supuesto que no. Fui detrás de él y conseguí que se marchara antes de que ocurriera una tragedia.
Selina se acercó, preocupada.
—¿Viste a Izan?
—Sí. Y resultó ser Izan Orellana.
La sonrisa que Selina había comenzado a formar desapareció.
—¿El hijo de Sael Orellana?
—El mismo.
—No puede ser…
—Pues lo es. El hombre que me encontró en el arroyo, el que me besó en la cantina y el que ahora parece convencido de que algún día me casaré con él es el hijo de la familia con la que llevamos años enfrentándonos.
Selina tardó unos segundos en procesarlo.
—Espera. ¿Ha dicho que se casará contigo?
Lara la miró con exasperación.
—Sí. Delante de todos. Dijo que sería mi esposo y el padre de mis hijos.
Selina abrió los ojos.
—¡Lara! ¡Eso es una locura!
—Por fin estamos de acuerdo en algo.
—¿Y qué le dijiste?
—Que está completamente loco y que no quiero volver a verlo.
Selina asintió, esta vez sin bromear.
—No tienes por qué darle ninguna oportunidad. Y tampoco tienes que cargar con los problemas de las dos familias solo porque ese hombre se haya encaprichado contigo.
—No pienso hacerlo. Ya tengo suficientes responsabilidades en esta hacienda como para ocuparme de un hombre que no sabe respetar mis decisiones.
—Entonces cuenta conmigo. Si vuelve a molestarte, hablaremos con mamá y papá antes de que la situación se salga de control.
Lara le dedicó una pequeña sonrisa.
—Gracias, Selina.
Selina abrió los ojos y se volvió hacia su hermana, como si acabara de recordar un detalle de vital importancia.
—Espera un momento…
Lara la miró con desconfianza.
—Eso quiere decir que Adriel pertenece a esa familia.
Lara dejó escapar un suspiro.
—No me digas que estás pensando en él justo ahora.
—¡Lara, ya me veía siendo su novia!
Su hermana soltó una carcajada incrédula.
—¡Estás loca! Lo acabas de conocer, no puedes estar imaginando una relación con alguien a quien apenas conoces.
—¿Y por qué no? Hay personas que necesitan meses para saber si alguien les interesa y otras que lo descubren en una sola conversación. Yo sé que me gustó.
Lara negó con la cabeza, divertida a pesar de su cansancio.
—Haz lo que quieras con tu vida sentimental, pero no esperes que yo te apoye.
Selina entrecerró los ojos.
—¿Y por qué no? ¿Acaso Adriel tiene la culpa de que su primo sea un imbécil?
—No he dicho eso.
—Pues entonces no veo el problema.
Lara cruzó los brazos.
—¿No acabas de escuchar lo que pasó hoy? Papá casi termina haciendo una barbaridad en la hacienda de los Orellana. ¿De verdad quieres meterte en medio de todo eso por un muchacho que acabas de conocer?
—No quiero meterme en ninguna guerra familiar —respondió—. Solo me gusta ese hombre y quiero conocerlo mejor. No es lo mismo.
Lara suspiró.
—Puede que para ti no lo sea, pero para papá…
—¡Papá no tiene que elegir con quién salgo!
—Eso tendrás que explicárselo tú cuando llegue el momento.
Selina recuperó la sonrisa y se acercó a su hermana con expresión traviesa.
—Además, si tú no quieres estar cerca de Izan, yo sí quiero a su primo cerca de mí.
Lara la miró horrorizada.
—¡Selina!
—¿Qué? ¡Estoy hablando de Adriel, no de Izan! No confundas las cosas.
—¡No pienso confundirte con nadie! Lo único que quiero es que mantengas a esos hombres lejos de nuestros problemas.
—Pues yo quiero que Adriel se mantenga cerca de mí —replicó Selina, guiñándole un ojo.
Lara negó con la cabeza, convencida de que su hermana no tenía remedio.
—Haz lo que quieras, pero no me pidas que te acompañe a una cita con él.
—Tranquila, querida hermana. No necesito que me acompañes. Aunque, ahora que lo pienso, sería divertido ver tu cara si vuelves a ver a Izan.
—Eso no va a ocurrir.
—Ya veremos.
—Selina, te lo advierto…
La joven soltó una carcajada y se alejó antes de que Lara pudiera continuar con sus amenazas. Mientras caminaba hacia la casa, sacó el teléfono y contempló durante unos segundos la conversación que había intercambiado con Adriel.
Quizá el descubrimiento complicara las cosas, pero no cambiaba el recuerdo de aquella sonrisa ni la facilidad con la que él había conseguido llamar su atención.
Lara, por su parte, se quedó junto a las caballerizas, preguntándose cómo era posible que, en unas horas, su vida hubiera dado un giro tan inesperado.