romántica
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una llamadas que no debió existir
Andrés no tenía el número de teléfono de Fernanda.
Después de aquella tarde en la que la había llevado a casa, había pensado muchas veces en ella. No entendía exactamente qué le estaba pasando. Sabía que sentía una atracción por ella, pero no quería reconocerlo completamente. Había intentado convencerse de que solamente se preocupaba porque Fernanda era la pareja de Pedro, uno de sus trabajadores y también alguien a quien consideraba su amigo.
Pero después de escuchar que estaba enferma, no había podido dejar de pensar en ella.
Quería saber si estaba mejor.
Quería saber si la fiebre había bajado.
Quería saber si necesitaba algo.
Y, aunque intentaba encontrar una razón lógica para aquella preocupación, en el fondo sabía que había algo más.
Andrés tenía el número de Pedro porque lo necesitaba por cuestiones del trabajo. Sabía también que Pedro tenía prohibido llevar su teléfono a la empresa y que, durante su horario laboral, normalmente lo dejaba en casa.
Aquella mañana, mientras estaba trabajando, Andrés miró su teléfono.
Pensó durante unos segundos.
Después decidió llamar.
Sabía que probablemente quien contestaría sería Fernanda.
El teléfono sonó varias veces.
Finalmente alguien respondió.
—¿Aló?
Era ella.
Su voz se escuchaba apagada y débil.
Andrés sintió inmediatamente preocupación.
—Buenos días.
—Hola, buenos días —respondió Fernanda.
Andrés permaneció unos segundos en silencio, como si de repente hubiera olvidado qué decir.
—Fernanda, ¿cómo estás?
Ella se sorprendió al escuchar su voz.
—¿Don Andrés?
—Sí.
—Estoy bien... bueno, todavía un poco delicada.
—¿Necesitas algo?
Fernanda se quedó callada.
No esperaba aquella llamada.
Mucho menos esperaba que Andrés se preocupara por ella de esa manera.
—No, no. Gracias, don Andrés. No se preocupe. Es solamente una infección. El doctor me dijo que debo descansar unos días y seguramente voy a estar bien.
Andrés respiró aliviado.
—Me alegra saberlo.
Fernanda intentó mantener la conversación en un tono normal.
—¿Desea hablar con Pedro?
Andrés negó con la cabeza, aunque ella no podía verlo.
—No. Pedro está trabajando.
—Sí.
—Precisamente por eso te llamé.
Fernanda se quedó en silencio.
—¿Por eso?
—Sí. Vi que Pedro estaba aquí en el trabajo y sabía que probablemente quien iba a contestar eras tú.
Fernanda sintió que el corazón comenzaba a latirle más rápido.
Andrés continuó:
—Quería saber cómo estabas.
Ella sonrió ligeramente.
—Gracias por preocuparse.
Hubo un silencio.
Pero esta vez fue diferente.
Ninguno de los dos parecía querer terminar la llamada.
Finalmente Andrés habló.
—Fernanda, te voy a decir algo y espero que no te incomode.
Ella se puso nerviosa.
—Dígame.
—Desde aquella vez que conversamos en el carro... no sé cómo explicarlo.
Fernanda permaneció completamente quieta.
Andrés continuó:
—No sé por qué, pero has estado pasando por mi mente.
Ella no supo qué responder.
—He pensado en aquella conversación —dijo él—. En tu forma de hablar, en todo lo que me contaste...
Hizo una pausa.
—Y en tu sonrisa.
Fernanda bajó la mirada.
No sabía qué decir.
—Me gustaría volver a hablar contigo —continuó Andrés—. Conversar tranquilamente. Conocerte un poco más.
Fernanda sintió nervios.
No porque no quisiera escucharlo.
Sino porque sabía perfectamente que aquella conversación podía traer problemas.
—Don Andrés...
—¿Sí?
—La verdad es que Pedro es muy posesivo y muy celoso.
Andrés guardó silencio.
—No quisiera que esto causara algún inconveniente con él —continuó Fernanda—. Usted es su jefe. Si llegara a enterarse de algo o malinterpretara la situación, podría haber problemas en el trabajo y también en mi casa.
Andrés entendió.
—Tienes razón.
Fernanda respiró profundamente.
—No quiero problemas.
—Yo tampoco.
Durante unos segundos ninguno habló.
Entonces Andrés tuvo una idea.
—Podemos hacer algo.
—¿Qué cosa?
—Si quieres seguir hablando conmigo, mándame un mensaje desde tu teléfono con tu número.
Fernanda se quedó callada.
—Yo te llamaré directamente a ti —continuó Andrés—. Así no tengo que llamar al teléfono de Pedro.
Ella dudó.
Aquello significaba algo que hasta ese momento no había ocurrido.
Tener el número de Andrés.
Poder hablar con él directamente.
Y, aunque una parte de ella sentía curiosidad, otra parte sabía que estaba entrando en un terreno peligroso.
—No sé...
—No tienes que hacerlo si no quieres.
Fernanda cerró los ojos.
—Es que tengo miedo de que Pedro se entere.
—Lo entiendo.
—Él puede ponerse muy mal.
Andrés permaneció unos segundos en silencio.
—Entonces piensa bien las cosas. No quiero causarte ningún problema.
Aquella respuesta tranquilizó un poco a Fernanda.
Pero antes de terminar la llamada, Andrés añadió:
—Y si decides escribirme, borra esta llamada para evitar un malentendido.
Fernanda se quedó sorprendida.
—¿Borrarla?
—Sí. No porque estemos haciendo algo malo, sino porque conozco a Pedro y sé que puede interpretar las cosas de otra manera.
Ella entendió.
—Está bien.
—Cuídate mucho, Fernanda.
—Gracias, don Andrés.
—Y descansa. No hagas esfuerzos.
—Lo intentaré.
Andrés sonrió.
—Entonces hablamos.
La llamada terminó.
Fernanda se quedó mirando el teléfono.
Su corazón estaba acelerado.
No sabía qué pensar.
Andrés había llamado solamente para saber cómo estaba.
Pero después había confesado algo que ella no esperaba escuchar.
Había dicho que no podía dejar de pensar en ella.
Que quería volver a hablar.
Que recordaba su sonrisa.
Fernanda sintió una mezcla de emoción y preocupación.
No quería engañar a Pedro.
No quería destruir su hogar.
No quería tener problemas.
Pero tampoco podía negar que las palabras de Andrés habían despertado algo dentro de ella.
Se quedó mirando la pantalla durante varios minutos.
Después recordó la frase que él le había dicho antes de despedirse.
“Cuídate mucho.”
Era una frase sencilla.
Pero después de tanto tiempo sintiéndose poco valorada, aquella preocupación sincera había conseguido tocar una parte de ella que llevaba mucho tiempo necesitando sentirse importante para alguien.
Fernanda dejó el teléfono sobre la cama.
Todavía no sabía si iba a escribirle.
Pero sí sabía que aquella llamada había cambiado algo.
Porque hasta ese momento Andrés había sido solamente un hombre al que veía pasar.
Ahora sabía que él también pensaba en ella.
Y eso podía cambiar completamente el rumbo de sus vidas.