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La Doctora Del Padrino

La Doctora Del Padrino

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Completas
Popularitas:3.6k
Nilai: 5
nombre de autor: patricia sinisterra

El jefe mafioso más temido de España, Damon Burgos, conocido como el Padrino, gobierna con puño de hierro y sin piedad. Christine, una brillante cirujana, carga con un odio profundo hacia él: fueron los hombres de su banda quienes acorralaron a su madre hasta llevarla al suicidio. Damon la ha observado durante meses, deseándola con una intensidad que lo consume, y exige que ella le dé el heredero que su imperio necesita. Christine se niega, y para escapar de su destino, acepta casarse con un hombre que cree que la protegerá. Pero Damon no permite que nadie le quite lo que es suyo. Irrumpe en la boda, la lleva a su fortaleza y la encierra. Cuando un enemigo de Damon la droga para atacarlo a través de ella, él pierde el control y hará cualquier cosa, destruir ciudades, matar ejércitos, con tal de salvarla. Y entre el odio y el peligro, arde un deseo que ninguno de los dos puede apagar.

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Capítulo 3 — La Fortaleza del Silencio

Los primeros días en la fortaleza transcurrieron bajo un silencio denso, pesado, como si las paredes de piedra absorbieran cada palabra, cada suspiro, cada latido acelerado. Christine recorría los salones amplios, de techos altos y suelos de mármol frío, sintiéndose una extraña en un lugar que, sin duda, había sido construido para imponer respeto y temor, no para albergar calidez. Tenía todo lo que podía desear: una habitación llena de libros, un estudio médico completamente equipado, ropa de seda y algodón suave, vistas a un jardín inmenso donde las rosas crecían salvajes y oscuras, pero no tenía libertad. Las puertas se cerraban por fuera, las ventanas daban a un abismo profundo, y cada paso que daba era observado por ojos invisibles. Sabía que Damon la vigilaba, no solo con guardias, sino con esa presencia suya que llenaba cada rincón, como si el aire mismo estuviera hecho de él.

No lo veía durante el día. Aparecía al caer la tarde, cuando el sol teñía de carmesí las piedras de la fortaleza. Entraba en la habitación de Christine sin llamar, alto, imponente, su traje impecable, su mirada oscura fija en ella como si quisiera memorizar cada cambio, cada gesto. Nunca llegaba con las manos vacías: a veces llevaba flores, a veces un libro que ella había mencionado de pasada, a veces solo su presencia, pesada y magnética, que la hacía olvidar cómo respirar. Se sentaba en el borde del sofá, a una distancia prudente, lo suficiente para que ella no se sintiera acorralada, pero lo bastante cerca para que su aroma —puro, madera, cuero y algo salvaje— la envolviera por completo.

—¿Te falta algo? —le preguntaba siempre, con voz grave, profunda, como si su bienestar fuera lo único que importara en el mundo.

—Sí —respondía ella cada vez, con la mandíbula tensa, el orgullo como escudo—Mi libertad, déjame ir, Damon. Por favor.

Él negaba lentamente, y en sus ojos no había crueldad, sino una tristeza profunda, antigua, que ella no lograba comprender.

—No puedo hacerlo, Christine. Si te dejo ir, te perderé. Y eso es algo que no sobreviviría. Aquí estás a salvo. Aquí nadie puede hacerte daño. Ni mis enemigos, ni el mundo, ni tus propios recuerdos. Aquí solo estamos tú y yo.

—Esto no es vida —replicaba ella, con voz temblorosa por la rabia contenida—. Es una jaula. Por muy dorada que sea, sigue siendo una prisión. Y yo no soy un pájaro para que me encierres. Soy una persona. Tengo una vida, un trabajo, un mundo fuera de estos muros.

—Tu mundo te falló —respondía él, con firmeza, sin apartar la vista de ella—. Te dejaron sola cuando más necesitabas protección. Te obligaron a huir, a casarte con un hombre que no podía defenderte de mí. Yo no te fallaré. Aunque me odies, aunque me maldigas cada noche, yo no te soltaré.

Esas palabras la dejaban sin respuesta. Había algo en su tono, en la intensidad de su mirada, que le decía que no mentía. Que su posesión no nacía solo del deseo, sino de un miedo profundo, de una necesidad desesperada de tenerla cerca, como si ella fuera la única cosa real en un mundo de sombras. Y eso la confundía más que su furia. Si él fuera solo un monstruo, sería fácil odiarlo. Pero cuando la miraba así, con esa mezcla de hambre y ternura, la línea entre el bien y el mal empezaba a desdibujarse.

Las noches eran las peores. Christine se quedaba despierta, mirando las sombras que la luz de la luna dibujaba en las paredes, pensando en su madre, en todo lo que había perdido, y también en él. En la forma en que la miraba, en la forma en que su voz se volvía más suave cuando hablaba de protegerla. Se odiaba por esos pensamientos. Se odiaba porque cada día que pasaba, el odio se debilitaba un poco, reemplazado por una curiosidad peligrosa, por una atracción que no lograba apagar.

Una noche, no pudo soportarlo más. Se levantó, salió de su habitación y caminó por los pasillos silenciosos, guiándose por la luz que se filtraba por debajo de una puerta al final del corredor. La empujó lentamente y la encontró abierta. Era el despacho de Damon. Él estaba allí, de espaldas a la puerta, mirando por la ventana inmensa hacia la oscuridad del valle. Tenía la camisa desabrochada, el cabello desordenado, y por primera vez lo veía sin su armadura de poder. Parecía cansado, solo, un hombre cargado por un peso demasiado grande.

—¿No duermes? —preguntó él sin darse la vuelta, como si hubiera sabido desde el momento en que ella salió de su habitación.

—No puedo —respondió Christine, quedándose en el umbral, sin atreverse a entrar—. Este silencio… me asfixia.

Él se volvió lentamente. Sus ojos la buscaron en la penumbra, y en ellos brilló algo que parecía esperanza.

—Ven —dijo, extendiendo una mano—. No te haré nada. Solo… quédate aquí un momento. Conmigo.

Ella dudó. Cada fibra de su ser le gritaba que se alejara, que se fuera, que él era el enemigo. Pero sus pies se movieron solos, acercándose lentamente hasta quedar frente a él, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo. Damon no la tocó. No se movió. Solo la miró, y el silencio de la fortaleza ya no pareció tan pesado, tan solitario. Porque ahora estaban los dos en él, compartiendo el mismo aire, la misma duda, la misma tensión que crecía entre ellos como un incendio que no se podía apagar.

...La prisión ya no eran los muros… era su corazón....

...CONTINUARÁ ...

...****************...

1
MAR
👏
Eliana Angulo
estuvo interesante tu novela, la recomiendo 👏👍
Eliana Angulo
🤣🤣 dicho y hecho una empleado los traicionó y de confianza que no es lo mismo.. ella también tan 🤬le dice que no reciba nada y lo hace.. hay tiene
Eliana Angulo
ahora los traiciona algún empleado 🤔
Eliana Angulo
Y no decía que quería su libertad 🤔 y ahora que se la estando no la quieren ... quién la entiendo 🤣🤣
Eliana Angulo
Y no decía que quería su libertad 🤔 y ahora que se la estando no la quieren ... quién la entiendo 🤣🤣🤭
Eliana Angulo
🤣🤣 me das todo menos mi libertad... y está más enamorada
🥀 ✨ 𝓟𝓪𝓽𝓻𝓲𝓝𝓸𝓿𝓪 ⋆: ¡Exacto! Le quitó su libertad… pero le dio algo que valía mucho más: amor, protección y un hogar donde sentirse por fin libre de verdad. No la encadenó a su casa… la encadenó a su corazón. Gracias por leerla con tanto sentimiento
total 1 replies
Eliana Angulo
cómo dice un refrán del Odio al Amor solo hay un paso.. y ella está que pérdida
🥀 ✨ 𝓟𝓪𝓽𝓻𝓲𝓝𝓸𝓿𝓪 ⋆: ¡Así es! 💥 Ese paso fue el más difícil y el más hermoso de todos… porque al cruzarlo descubrió que lo que sentía no era odio, sino amor escondido detrás del dolor. ❤️‍🔥 Gracias por esa frase tan bonita, ¡es perfecta para ellos dos!
total 1 replies
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