Un divorcio es solo el principio
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Un centavo
—¡Elena, baja aquí! —bramó, intentando recuperar un mando que ya no le pertenecía—. ¿Dante Quintana? ¿Ese tiburón? ¿Estás tratando de destruirme después de todo lo que te he dado?
Bajé los escalones con una lentitud exasperante, cada taconeo resonando como un veredicto. Al llegar al último peldaño, señalé con un gesto lánguido hacia el rincón del pasillo. Allí, apiladas con una simetría perfecta, estaban sus maletas de piel italiana. Sobre la más grande, reposaba un sobre sellado.
—No te confundas, Alberto —dije, mi voz era un hilo de seda negra—. Yo no te estoy destruyendo. Simplemente estoy retirando mi capital de una empresa en quiebra. Y no me refiero al dinero.
Caminé hacia él, rodeándolo como si fuera un objeto extraño en mi sala. Me detuve a centímetros de su rostro, lo suficiente para que oliera mi perfume, ese que tanto le gustaba y que nunca volvería a sentir.
—¿"Todo lo que me has dado"? —repetí con una risa seca que le heló la sangre—. Te olvidas de quién era yo cuando tú no eras más que un proyecto de ejecutivo con los zapatos gastados y el alquiler vencido. ¿Quién te redactó los primeros contratos? ¿Quién pasó noches en vela puliendo tus presentaciones mientras tú dormías? ¿Quién vendió las joyas de su abuela para que pudieras montar esa oficina donde ahora te revuelcas con cualquiera?
Él intentó interrumpirme, pero puse un dedo sobre sus labios. Estaban fríos.
—Fui la mujer del proceso, Alberto. La que apostó por ti cuando nadie daba ni un centavo, la que te pulió hasta que brillaste lo suficiente como para atraer a moscas como tu socia. Pero cometiste el error más básico de un mal inversionista: creíste que el activo era tuyo, cuando yo solo te lo estaba administrando.
Tomé el sobre de encima de la maleta y se lo puse en la mano.
—Ahí tienes la copia de la demanda y una orden de restricción temporal. No puedes dormir aquí esta noche. De hecho, no puedes dormir en nada que tenga mi nombre en la escritura... lo cual, si revisas bien, incluye casi todo este código postal.
Él miró las maletas, luego a mí, con los ojos empañados.
—Elena, por favor... cometí un error, estaba bajo mucha presión...
—No, Alberto. Lo que cometiste fue un insulto a mi inteligencia. Y eso es lo único que no te perdono —le abrí la puerta principal, dejando que el aire frío de la noche inundara la casa—. Vete con ella. Dile que te enseñe a subir desde cero, porque desde hoy, vuelves a valer exactamente lo que valías cuando te conocí: nada.
Cerré la puerta antes de que pudiera decir otra palabra. El sonido del cerrojo encajando fue la música más dulce que escuché en años.
Y el aire se sintió ligero por primera vez, pero el peso de los recuerdos de un matrimonio que estaba condenado al fracaso empezaba a calar.
Todo era denso y desafortunado en este momento el simple hecho de saberme su esposa y su títere me provocaba náuseas, pero era algo a lo que yo había jugado.