En los pasillos del Instituto Amanecer, Alexandra es una estudiante dulce, amable con todos y que prefiere la tranquilidad de un buen libro y pasar desapercibida. Por su parte, Santiago es el carismático capitán del equipo de natación, el chico popular de hombros anchos y sonrisa fácil que siempre está rodeado de ruido y amigos. En la vida real, apenas cruzan miradas y sus mundos parecen completamente opuestos.
Pero al caer la noche, todo cambia.
Cuando las pantallas se encienden y se sumergen en el vasto universo de fantasía de su MMORPG favorito, se transforman por completo: ella es Lady Sol, una guerrera feroz, terca e implacable que defiende el frente de batalla con armadura brillante; y él es Sombra22, un mercenario cínico, astuto y bromista que prefiere las sombras y disfruta al máximo sacarla de quicio. Sin saberlo, son el dúo más explosivo y divertido del servidor, compartiendo horas de risas, peleas virtuales y una química innegable a través del chat de voz.
Mientras la ten
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capítulo 20
Capítulo 20: Aguas profundas y una oportunidad dorada
La amistad entre Santiago y Alexandra se había consolidado a pasos agigantados tras aquella primera cita en la cafetería. Cada día se apoyaban mutuamente en sus proyectos, compartían apuntes, risas y, por supuesto, horas frente a la pantalla donde formaban un dúo imparable en los videojuegos en línea... eso sí, siempre y cuando no terminaran discutiendo apasionadamente sobre cuál era la mejor estrategia táctica para ganar la partida.
Pero hoy las pantallas y los avatares habían quedado en segundo plano. El ambiente se respiraba diferente, cargado de una mezcla de adrenalina y expectación. Era una fecha crucial: el día de la gran competencia de natación interescolar, donde Oswaldo y Santiago se jugaban el todo por el todo.
En los vestuarios, el silencio era denso, interrumpido únicamente por el eco de las gotas de agua cayendo en las duchas y el sonido rítmico de los estiramientos. Ambos muchachos estaban visiblemente nerviosos. No era para menos; esta representaba la última competencia de la temporada regular, y el pase directo a los nacionales dependía de cada centésima de segundo en la piscina.
—¿Cómo vas con los nervios, Santiago? —preguntó Oswaldo, ajustándose las antiparras con manos ligeramente temblorosas mientras terminaba de calentar los hombros.
—Tratando de mantener la respiración bajo control —admitió Santiago con una sonrisa torcida, intentando disipar la tensión del momento—. Si te soy sincero, siento que el estómago se me encoge cada vez que escucho el eco de las gradas. Pero ya no hay marcha atrás. Es ahora o nunca.
—Exacto. A darlo todo en el agua y que sea lo que tenga que ser —respondió Oswaldo dándole una palmada alentadora en la espalda antes de salir hacia la zona de calentamiento previo.
Fuera de la piscina, el escenario era imponente. Las gradas lucían abarrotadas de estudiantes, profesores y familiares que ondeaban pancartas y lanzaban gritos de aliento. En primera fila, las chicas del grupo —con Alexandra a la cabeza— se habían apoderado del mejor sector visual. Llevaban una pancarta improvisada con colores llamativos y no paraban de ensayar coros para cuando los competidores hicieran su aparición.
—¡Miren, ahí vienen saliendo! —exclamó Vanessa, sacudiendo los pompones de papel que habían fabricado mientras Alexandra contenía la respiración, buscando con la mirada la silueta familiar de Santiago.
Al ver a las chicas en las gradas, Santiago alzó la vista y les regaló una sonrisa rápida antes de concentrarse en el juez de salida. Alexandra le hizo gestos de ánimo con las manos, cruzando los dedos con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
La competencia se estructuraba en tres fases sumamente exigentes:
La prueba de velocidad pura: 100 metros estilo libre.
La prueba de resistencia y técnica: Estilo mariposa.
El gran cierre: El relevo combinado, donde cada integrante del equipo debía nadar un estilo diferente para cerrar la serie.
Santiago había sido designado para competir en los 100 metros estilo libre y en el exigente relevo combinado, mientras que Oswaldo se encargaría de la posta de mariposa y de apoyar en el tramo final. En total, seis equipos de alto rendimiento se disputaban el podio, y el nivel en cada carril era sencillamente feroz.
El sonido estridente del silbato inicial rompió la tensión.
—¡En sus marcas... listos! —gritó el juez principal.
¡BUM!
El disparo de salida detonó y los nadadores se proyectaron desde los bloques de partida como flechas humanas. El impacto contra el agua generó una cortina de espuma blanca mientras los gritos de la tribuna estallaban en un rugido ensordecedor.
En los 100 metros estilo libre, Santiago nadaba con una potencia impresionante, manteniendo el ritmo de brazada perfectamente sincronizado. Cada bocanada de aire era un cálculo milimétrico. Al llegar al giro de los cincuenta metros, viró con agilidad felina, impulsándose con las piernas contra la pared de la piscina para acelerar en el tramo de vuelta.
—¡Vamos, Santiago, dale con todo! —gritaba Alexandra desde las gradas, dejándose la garganta junto a sus amigas, que saltaban sin parar.
Gracias a ese esfuerzo descomunal, el equipo logró mantenerse en los primeros puestos tras las dos primeras pruebas. La tensión táctica del inicio se transformó en un optimismo desbordante. Sin embargo, en los deportes acuáticos, una décima de segundo lo cambiaba absolutamente todo.
Llegó el momento de la verdad: la última fase, el relevo combinado. Oswaldo y Santiago estaban entregando el alma en cada metro del carril central. La pelea por el oro estaba reducida a dos equipos que avanzaban prácticamente a la par, cortando el agua con una velocidad escalofriante.
En el último tramo, cuando el relevo entró en los metros finales, un imprevisto sacudió al equipo. Un nadador del carril contiguo protagonizó un cierre furioso, aprovechando un leve titubeo en el cambio de posta para arrebatarles la primera posición por escasos centímetros.
¡Toque de placa!
El marcador electrónico brilló impasible, confirmando el resultado final: segundo lugar.
En las gradas, el entusiasmo dio paso a un silencio momentáneo de incredulidad, seguido de inmediato por aplausos efusivos de reconfortante orgullo. Abajo, en el borde de la piscina, los chicos salían del agua con el pecho agitado, respirando con dificultad y con una evidente mezcla de satisfacción por el esfuerzo y frustración por haber rozado la gloria dorada.
—Nos faltó nada... literal, media brazada al final —dijo Oswaldo, secándose el rostro con una toalla mientras se dejaba caer en una silla plegable, visiblemente desanimado por haber perdido el primer puesto en el último suspiro.
Santiago se sentó a su lado, apoyando los codos en las rodillas mientras miraba fijamente el suelo mojado, procesando el resultado.
—Lo dimos todo, hermano. La estrategia era buena, pero el cierre de ellos fue milimétricamente superior. No nos podemos reprochar nada —respondió Santiago con voz calmada, aunque la decepción brillaba en sus ojos.
—Sí, supongo que tienes razón... pero quedarse tan cerca de la cima duele un poco —suspiró Oswaldo, negando con la cabeza.
En ese preciso instante, una sombra se proyectó sobre ellos. Un hombre de unos cincuenta años, vestido con una chaqueta deportiva impecable y portando una libreta de notas bajo el brazo, se acercó con paso firme. Los observó a ambos con una mirada analítica y profesional antes de detenerse frente a ellos.
—Buenas tardes, muchachos —saludó el hombre con una sonrisa amable pero de autoridad indiscutible—. Excelente desempeño en la piscina hoy. Tienen una técnica de brazada muy limpia bajo presión.
Santiago y Oswaldo levantaron la vista con sorpresa, poniéndose de pie de inmediato por respeto.
—Muchas gracias, señor... —respondió Santiago, intrigado por la presencia del desconocido.
—Mi nombre es Roberto Méndez —se presentó el hombre, extendiendo la mano para saludarlos—. Soy ojeador y coordinador técnico de la federación deportiva regional para las competencias nacionales. Llevo un buen rato siguiendo de cerca esta serie de eliminatorias.
Los ojos de Oswaldo y Santiago se abrieron de par en par. La fatiga acumulada pareció disiparse en un segundo.
—Vengo a decirles algo —continuó Roberto con absoluta naturalidad, cruzándose de brazos—: sé que querían el primer lugar y que duele perder el oro por un margen tan estrecho. Pero en el deporte de alto rendimiento, lo que realmente importa no es solo quién gana la medalla de oro en un evento local, sino la consistencia, el temple bajo presión y el margen de mejora que un atleta demuestra cuando las cosas se ponen difíciles.
Santiago tragó saliva, sintiendo que el corazón le volvía a latir con fuerza en el pecho.
—¿A qué se refiere exactamente, señor Méndez? —preguntó con cautela, conteniendo la esperanza.
—Me refiero a que, a pesar de haber quedado en segundo lugar, el tiempo que registraron en el relevo combinado y la forma en que mantuvieron el ritmo en los estilos libres cumple con creces los estándares que buscamos para conformar la selección ampliada de cara al torneo nacional —explicó Roberto sacando una tarjeta de presentación de su bolsillo y entregándosela a Santiago—. Tienen el potencial, la disciplina y el hambre de competir. Si están dispuestos a intensificar sus entrenamientos a partir de la próxima semana, me encantaría extenderles una invitación formal para que participen en las pruebas de preselección rumbo a los nacionales.
El silencio duró apenas un par de segundos antes de que Oswaldo diera un salto de alegría, golpeando el aire con el puño cerrado.
—¡¿Habla en serio, señor?! ¡¿Nacionales?! —exclamó Oswaldo sin poder contener la emoción, mirando a Santiago con una sonrisa de oreja a oreja.
Santiago miró la tarjeta en sus manos, sintiendo que un peso enorme se transformaba de golpe en una ilusión gigantesca. Asintió lentamente hacia el ojeador, con una mezcla de serenidad y absoluta determinación.
—Sí, señor Méndez. Estamos más que listos para aceptar el reto. No lo vamos a decepcionar —respondió Santiago con firmeza.
Minutos más tarde, cuando se reunieron con las chicas en la salida del complejo deportivo, la noticia se regó como pólvora. Alexandra corrió hacia Santiago con una sonrisa radiante, y aunque ya no había medalla de oro en el cuello, la emoción en el ambiente era infinitamente superior.
—¡No lo puedo creer! ¡Me acaban de contar lo del pase a los nacionales! —exclamó Alexandra, deteniéndose frente a él con los ojos brillantes de orgullo—. ¡Te lo dije, todo ese esfuerzo en el entrenamiento diario tenía que dar frutos!
Santiago sonrió con esa tranquilidad característica que tanto la calmaba, guardando con cuidado la tarjeta en el bolsillo de su chaqueta.
—Parece que al final el destino tenía guardada una sorpresa mejor de lo que esperábamos —dijo él, mirándola fijamente—. Y esto apenas comienza.