A Camila la criaron para ser "una buena esposa". Por eso, cuando su marido le propone un fin de semana romántico en la Riviera Maya, ella cree que por fin van a recuperar lo que perdieron.
Lo que no sabe es que ese vaso de leche tibia está drogado. Y que el "regalo" que su esposo le tiene preparado a su jefe… es ella.
Camila escapa descalza por los pasillos del resort, golpea una puerta al azar y la abre el hombre más peligroso —y más hermoso— que ha visto en su vida: **Damián Tejada**, el dueño de medio país. Esa noche le salva la vida. Lo que ninguno de los dos imagina es que esa puerta lo va a cambiar todo.
Divorciada, traicionada por su propia familia y con un secreto que ni ella conoce, Camila decide que nunca más va a depender de nadie. Pero Damián no piensa soltarla. Él no quiere su obediencia ni su cuerpo: la quiere a ella, entera, con todo y cicatrices.
Y mientras Camila aprende a levantarse sola —y a vengarse de quienes la pisaron—, una verdad enterrada hace veinticinco años empieza a salir a la luz: la muchacha de la colonia popular que todos despreciaron no es quien todos creen. Es la heredera perdida de una de las familias más poderosas de México. Y alguien prendió un incendio, hace mucho, para que ella nunca lo descubriera.
**¿Podrá Camila reclamar su nombre, su sangre y su corazón… antes de que quien intentó matarla de bebé termine el trabajo?**
Una historia de traición, venganza, lujo y un amor que no pide permiso.
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Capítulo 23
Cap 23: La prueba alterada
El lunes a las diez de la mañana, Sebastián Carvajal recibió el sobre del laboratorio.
Llegó por mensajería privada. Lo trajo el técnico mismo, no la recepcionista —Sebastián había pedido entrega en mano—. Lo dejó sobre el escritorio, firmó la copia, se fue.
Sebastián cerró la puerta. No abrió el sobre de inmediato. Caminó hasta la ventana del piso veinte de Grupo Carvajal, miró el horizonte de Santa Fe enmarcado por dos torres en construcción, regresó al escritorio. Recién entonces abrió.
El informe ocupaba siete páginas. Sebastián saltó al resumen ejecutivo.
> "Conclusión: la muestra analizada (etiquetada como S-CB-001) no corresponde al perfil genético de la familia Carvajal Bravante. Probabilidad de parentesco: 0%."
Sebastián lo leyó tres veces. La tercera, más despacio.
Daniela entró sin tocar la puerta —tenía permiso permanente en el despacho de su hermano de crianza desde hacía diez años—. Llevaba un café para él y un té para ella.
—¿Y?
Sebastián le pasó el papel. Daniela leyó. Frunció el ceño.
—¿Y entonces?
—No es ella.
—Bueno. Pues mejor. Mamá ya estaba haciéndose ilusiones otra vez.
—No mejor. Mira esto.
Sebastián le señaló la sección de cadena de custodia. Daniela la siguió con el dedo.
—Toma de muestra: en residencia particular, autorizada por familiar segundo grado. —Levantó la cabeza—. ¿Tú no la tomaste?
—No.
—¿Quién?
—El señor Paredes. Del despacho de papá. Le pedí ayuda para entregar la muestra al laboratorio sin que se enterara nadie de la casa. Yo la tomé personalmente —de un objeto que ella había dejado en una mesa en la fiesta del señor Tejada—. Después se la di al señor Paredes para que la llevara al laboratorio sin pasar por nuestra mensajería.
—¿Y el señor Paredes la entregó?
—La entregó. Pero el técnico me acaba de decir, hace media hora, que la muestra que llegó al laboratorio fue analizada cuarenta y ocho horas después de la recepción. Y que en ese intervalo la muestra fue retirada y devuelta. Una vez.
—¿Retirada por quién?
—El registro dice "personal autorizado interno". No hay nombre.
—Sebas.
—Sí.
—Eso es alteración de cadena de custodia.
—Lo sé.
Daniela se sentó. Bajó el té. La cara se le había puesto de un color que no era el suyo.
—¿Quién en el despacho de papá tendría motivos para alterar una prueba de paternidad?
Sebastián la miró tres segundos.
—Daniela. ¿En esta familia, qué pasa si la hija que se creyó muerta hace veintidós años aparece viva?
—Renata vuelve. Vuelve a la herencia. Vuelve al apellido. Vuelve al testamento.
—¿Y a quién le quitaría espacio?
Daniela parpadeó.
—A mí.
—Tú no lo harías.
—No. Pero hay otros.
—Hay otros.
* * *
Sebastián marcó al laboratorio. Pidió hablar con el técnico responsable.
—Doctor Mendieta.
—Sebastián.
—Doctor. La muestra S-CB-001 que ustedes recibieron hace dos semanas. Necesito el registro completo de cadena de custodia. Hora exacta de recepción, persona que firmó la entrega interna, persona que firmó la salida intermedia, persona que firmó el regreso. Todo. Hoy.
—¿Pasó algo?
—Eso es lo que estoy averiguando.
—Te lo envío en dos horas.
—Gracias.
* * *
A las once y media, Sebastián cerró el cajón del escritorio con llave. Guardó el informe dentro. Apagó la pantalla de la computadora. Caminó al ventanal otra vez.
Daniela seguía sentada en el sillón.
—¿Le vas a decir a papá?
—Todavía no.
—¿A mamá?
—Menos.
—¿Al señor Damián?
—Tampoco.
—¿Por qué a nadie?
Sebastián se giró.
—Porque tengo dos hipótesis y solo una es soportable. Hipótesis uno: la muestra es real y la muchacha no es Renata. Hipótesis dos: la muestra fue sustituida porque alguien en esta familia sabe que la muchacha sí es Renata y no quiere que se sepa. Si la hipótesis uno es la verdadera, no pasa nada. Si la hipótesis dos es la verdadera, alguien dentro de esta casa borró el rastro de mi hermana muerta de manera deliberada. Y ese alguien tiene veintidós años de práctica. Si lo ataco antes de saber quién es, me anticipo y se esconde. Si me espero, lo cazo.
—¿Cuánto te vas a esperar?
—El tiempo que haga falta. Pero —Sebastián volvió a sentarse— mientras tanto, voy a tomar otra muestra. Yo mismo. Sin intermediarios. Sin Paredes. Sin chofer. Sin la mensajería del despacho de papá. A un laboratorio que ni siquiera está en mi agenda.
—¿Cuándo?
—Cuando se preste una segunda oportunidad. Y esa la voy a tener que provocar yo.
—Sebas.
—¿Qué?
—Si la hipótesis dos es la verdadera. Si alguien en esta casa borró el rastro a propósito. Esa persona también va a moverse contra la muchacha cuando descubra que tú no te creíste el informe.
—Sí.
—Entonces hay que cuidarla.
Sebastián asintió.
—Por eso le voy a hablar a Damián. No de la muestra. De otra cosa. De algo que sirva de pretexto para mantener contacto frecuente.
—¿Algo como qué?
—Negocios. Mi amigo de siempre. Comemos cada quince días. Que regrese la costumbre. Y si en alguna de esas comidas surge un nombre que me sirva, mejor.
—¿Y la muchacha?
—Por ahora, queda bajo la órbita de Damián. Es lo más seguro que va a tener mientras yo armo el siguiente paso.
* * *
Sebastián marcó el número de Damián.
Sonó dos veces.
Antes de la tercera, cortó.
—Todavía no —le dijo a Daniela.
—¿Por qué?
—Porque si lo llamo a las once y media de la mañana sin agenda, levanto bandera. Si lo llamo a la una para invitarlo a comer la semana que entra, no levanto nada.
—Trato.
—Trato.
Guardó el teléfono. Apoyó la cabeza contra el respaldo de la silla.
—Sebas. Una cosa más.
—Dime.
—La muchacha. ¿Cómo se llama?
—Camila. Camila Lazcano Robles. Pero si la hipótesis dos es la verdadera, su nombre es Renata Nieves Carvajal Bravante.
—¿Renata Nieves?
—Renata Nieves.
—Eso lo dijo mamá la noche del salón.
—Eso lo dijo mamá la noche del salón.
Daniela no respondió. Pero apretó el té.
* * *
A la una en punto, Sebastián marcó otra vez. Esta vez dejó sonar.
—Sebas.
—Hermano. Largo tiempo.
—Largo tiempo.
—Te invito a comer. La quincena que viene. ¿Martes?
—Martes.
—Pujol.
—No, mejor en mi casa. Algo tranquilo. Tengo unas cosas de negocios que no quiero hablar en restaurante.
—Sí. ¿A qué hora?
—Dos.
—Dos.
—¿Cómo está tu mamá? El sábado se sintió mal en la cena de Don Augusto.
—Mejor. Le bajó la presión. Pasó. Saludos.
—Saludos. Nos vemos el martes.
—Nos vemos.
Sebastián colgó. Cerró los ojos.
—Listo —le dijo a Daniela.
—Listo.
—Si dentro de las próximas dos semanas la muchacha desaparece o tiene un accidente, sé exactamente quién tiene que dar explicaciones.
—Sebas.
—Dime.
—No te confundas. Tú vas a proteger a esa muchacha porque quizá es tu hermana. Pero, si no es tu hermana, vas a haber metido a Damián en una guerra interna que no le toca.
—Damián entró a esa guerra en mayo. No por mi muestra. Por la suya.
—¿Tú cómo sabes?
—Porque conozco a Damián. Y Damián, hace cinco meses, abrió una carpeta con foto. La carpeta sigue abierta. Lo sé porque la última vez que cenamos, él me preguntó por el caso del incendio de la clínica del noventa y ocho. Como al pasar. Sin que viniera a cuento.
Daniela parpadeó.
—Entonces Damián también sabe.
—Damián sospecha. Yo también sospecho. Mi mamá lo siente. Ninguno de los tres tiene la prueba. Y la única prueba que se hizo, alguien la cambió.
—Sebas.
—Dime.
—La estamos cazando juntos sin saberlo. Damián desde un lado. Tú desde otro. Mamá desde un tercero.
—Sí.
—¿Y si los tres llegamos al mismo tiempo?
—Entonces estamos a salvo. Y la muchacha también.