Paulo Withmore aprendió muy joven que el amor hay que ganárselo con silencio, con trabajo, con nunca pedir de más.
Siendo muy joven se casó con su mejor amigo de toda la vida, convencido de que por fin había encontrado un hogar propio.
Pero algunas promesas se rompen en silencio y duelen tanto que sientes morir.
Esta es la historia de todo lo que alguien tuvo que perder para finalmente encontrarse a sí mismo y su felicidad.
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7
Un mes de casado, y en el taller nadie sabía nada distinto de Paulo que un mes atrás. Solo Rosario y un par de compañeros habían ido a la boda, invitados por Paulo mismo con la condición clara, pedida como favor personal, de no andar comentándolo por ahí: prefería mantener esa parte de su vida separada del trabajo, sin ninguna razón concreta más que la costumbre de siempre de guardarse las cosas importantes para sí mismo hasta que él decidiera compartirlas. No llevaba el anillo puesto en el taller. Lo guardaba en el bolsillo interno de la chaqueta apenas cruzaba la puerta cada mañana, y se lo volvía a poner recién al salir, sin que nadie lo llamara distinto ni le hiciera ninguna pregunta rara, exactamente como él prefería que fuera.
Un día en particular, la jefa del taller lo mandó al almacén del sótano a buscar un rollo de tela específico que necesitaban con urgencia para un vestido de última hora, uno de esos encargos que llegaban sin previo aviso y ponían a todo el taller en movimiento. El almacén ocupaba todo el subsuelo del edificio, un espacio amplio y fresco, con estanterías metálicas que llegaban hasta el techo, cargadas de rollos de tela ordenados por color y textura, y una única bombilla parpadeante al fondo que el técnico llevaba meses prometiendo cambiar sin hacerlo nunca.
Paulo bajó las escaleras con la lista en la mano, repasando mentalmente en qué estantería debía estar el color exacto que buscaba, cuando un ruido lo detuvo en seco a mitad de camino; una risa ahogada, seguida de un golpe sordo contra algo metálico, viniendo de detrás de la última fila de estanterías.
—Shh, nos van a escuchar.
—Nadie baja nunca a esta hora, relájate.
Paulo se acercó con cautela, más por curiosidad de saber quién más estaba ahí a esa hora que por ninguna intención de interrumpir nada, y al doblar la esquina de la última estantería se encontró con una escena que lo dejó momentáneamente sin palabras; un chico joven, que no debía tener más de dieciocho años, con el cabello rubio completamente revuelto y la camisa a medio abotonar, besando con entusiasmo desmedido a una de las modelos que trabajaban ocasionalmente para el taller, ambos apoyados contra una estantería que amenazaba con volcarse con cada movimiento brusco.
—Perdón, ¿qué—?
El chico se separó de golpe, con los ojos muy abiertos, y la modelo soltó un chillido corto antes de acomodarse la ropa a toda velocidad, roja hasta las orejas.
—No es lo que parece —dijo el chico, con una sonrisa que claramente pretendía ser encantadora y que, dadas las circunstancias, solo lograba verse absurda.
—Estabas besando a alguien detrás de las estanterías de tela de mi jefe. Me parece que es exactamente lo que parece.
—Bueno, técnicamente sí, pero—
—Tengo que irme —interrumpió la modelo, ya con los zapatos en la mano, esquivando a Paulo sin mirarlo a los ojos mientras subía las escaleras a toda prisa, dejando al chico solo, todavía intentando abotonarse bien la camisa.
Paulo se cruzó de brazos, sin ninguna intención de dejarlo ir tan fácil.
—¿Trabajas aquí? No te había visto nunca.
—Más o menos.
—Eso no es una respuesta.
El chico se pasó una mano por el pelo, empeorando el desorden en vez de arreglarlo, y le dedicó una sonrisa que buscaba, sin mucho éxito, desviar la situación hacia algo más liviano.
—Mira, ¿qué tal si simplemente fingimos que esto no pasó? Yo sigo con mi día, tú sigues con el tuyo, todos contentos.
—No sé quién eres ni por qué estás en un almacén privado besándote con alguien que trabaja para esta empresa, en horario laboral, así que no, no creo que vaya a fingir que esto no pasó.
El chico pareció genuinamente sorprendido de que Paulo no cediera tan fácil como probablemente esperaba, y por un segundo algo parecido al nerviosismo real le cruzó la cara antes de que la sonrisa encantadora volviera a su lugar, aunque esta vez con menos convicción detrás.
—Está bien, está bien. Me llamo Jhony.
—Jhony qué más.
—Jhony Fossati.
El apellido no le decía nada a Paulo en ese momento, aunque lo archivó de todas formas, más concentrado en decidir qué hacer con la situación que en indagar más sobre la identidad del chico. Terminó llamando a seguridad del edificio, no porque quisiera meter a nadie en problemas graves, sino porque no sabía qué otra cosa hacer con un desconocido que claramente no tenía ningún permiso real para estar en esa parte del edificio, y prefería que alguien con más autoridad que él decidiera qué hacer al respecto.
El guardia de seguridad, un hombre corpulento de bigote grueso que conocía a Paulo de vista por el tiempo que llevaba trabajando ahí, llegó en menos de cinco minutos, y para sorpresa de Paulo, en vez de la reacción severa que esperaba, se quedó mirando al chico con una expresión que oscilaba entre el fastidio y algo parecido a la resignación familiar.
—Otra vez usted, joven Fossati.
—Hola, Ricardo.
—Su abuelo va a matarlo.
Paulo sintió que algo se le acomodaba de golpe, con una sensación incómoda de haberse perdido información importante.
—¿Su abuelo?
El guardia lo miró como si la pregunta fuera obvia.
—El señor Bellamy. Es su abuelo, materno para ser mas precisos.
Paulo se quedó mirando al chico, con una mezcla de incredulidad y vergüenza retroactiva por haber llamado a seguridad para reportar, básicamente, al nieto del dueño de la empresa donde trabajaba desde hacía apenas unos meses.
—Podrías haberlo mencionado.
—No me diste tiempo de mencionar nada, me estabas interrogando como policía de tránsito. —Jhony se encogió de hombros, ya recuperando algo de su sonrisa original, aunque esta vez con un toque de diversión genuina en vez de solo nerviosismo—. Además, es más divertido así. Ahora tienes una historia buena para contar.
—Lo que tengo es un problema, porque acabo de hacer que llamen a seguridad contra el nieto de mi jefe.
—Eso sí es divertido, tienes razón.
Octavio apareció en la escena diez minutos después, alertado por el mismo guardia, con una expresión que dejaba claro que esta no era la primera vez que tenía que lidiar con una situación similar involucrando a su nieto y algun trabajador de la empresa. Se quedó parado en la entrada del almacén, con los brazos cruzados, mirando a Jhony con una decepción tan practicada que casi parecía teatral.
—¿Otra vez, Jhony?
—Hola, abuelo.
—No me digas "hola, abuelo" con esa cara de nada, sabes perfectamente de qué estoy hablando. —Octavio se volvió hacia Paulo, suavizando la expresión de inmediato—. Perdón por esto, muchacho. Mi nieto tiene la mala costumbre de tratar cualquier lugar donde yo trabajo como su patio de recreo personal.
—No hay ningún problema, señor Bellamy. Solo vine a buscar tela y me encontré con... esto.
—Con esto, exactamente. —Octavio le lanzó a Jhony una mirada que prometía una conversación mucho menos amable en privado—. Vas a tu casa ahora mismo, y esta semana no pisas ninguna de mis oficinas. ¿Entendido?
—Entendido, entendido.
Jhony se despidió de Paulo con un gesto casual de la mano antes de subir las escaleras siguiendo a su abuelo, y justo antes de desaparecer por la puerta, se dio vuelta un segundo, con esa misma sonrisa de antes, esta vez dirigida específicamente a Paulo.
—Fue un placer conocerte, oficial de tránsito. Seguro nos volvemos a ver.
Paulo se quedó ahí un momento, todavía con la lista de telas olvidada en la mano, preguntándose vagamente si esa última frase había sido una simple despedida, una promesa o una amenaza, antes de sacudir la cabeza y volver a concentrarse en la tarea que lo había llevado al almacén en primer lugar. Encontró el rollo de tela que necesitaba, subió de vuelta al taller, y para cuando llegó a su escritorio, ya casi había olvidado el incidente entero, demasiado ocupado con el encargo urgente como para pensar más en un chico que probablemente no volvería a cruzarse en su camino.
Se equivocaba, aunque todavía no tenía forma de saberlo.
...***************...
Esa noche, mientras preparaban la cena juntos en la cocina diminuta del departamento, Paulo le contó todo el incidente con lujo de detalle, incluyendo la parte vergonzosa de haber llamado a seguridad contra el nieto de su propio jefe. Henry cortaba las verduras con una técnica que insistía en que había aprendido de un video, aunque el resultado sugería lo contrario.
—Espera, espera. —Henry dejó el cuchillo a un lado, genuinamente divertido—. ¿Llamaste a seguridad porque encontraste a dos personas besándose?
—¡No sabía que era el nieto de Octavio! Pensé que era un intruso cualquiera.
—¿Y si hubiera sido un intruso cualquiera, igual ibas a interrumpir la sesión de besos?
—Estaban en el almacén de telas de mi trabajo, Henry, no en un parque público u hotel.
Henry se rió con ganas, ese tipo de risa que le salía entera, sin ningún filtro, la que Paulo llevaba años coleccionando en la memoria sin cansarse nunca de escucharla.
—Está bien, está bien, tienes razón. ¿Y cómo es? El nieto, digo.
Paulo lo pensó un momento, removiendo la olla que tenía al fuego mientras buscaba las palabras correctas.
—No lo sé, pero parecía insoportable, creo. De esos que se creen encantadores y a veces hasta lo logran. Como alguien demasiado joven, mucha labia, cero vergüenza.
—Suena a alguien con quien te vas a llevar terrible o de maravilla, no hay término medio.
—Espero que sea la primera opción. No necesito otro dolor de cabeza en el trabajo.
Terminaron de cocinar entre risas y anécdotas sueltas del día, y ya sentados a la pequeña mesa que apenas cabía en el espacio entre la cocina y la sala, Henry le tomó la mano por encima del plato, con esa costumbre nueva que había adoptado desde la boda de necesitar tocarlo cada vez que podía, como si todavía no terminara de creerse del todo que tenía derecho a hacerlo con esa libertad.
—¿Sabes qué? Me gusta esto. —Henry miró alrededor del departamento pequeño, la pintura descascarada de una esquina que todavía no habían arreglado, los platos disparejos que habían ido juntando de tiendas de segunda mano—. No cambiaría nada de esto por nada.
—Ni siquiera por una casa más grande.
—Ni siquiera por eso. —Le apretó la mano un poco más fuerte—. Contigo, esto ya es suficiente.
Paulo sintió ese calor familiar subirle por el pecho, el mismo que llevaba sintiendo desde que fue conciente de sus emociones y que todavía no había perdido intensidad ni un poco, y se permitió, por esa noche, no pensar en nada más que en la suerte que tenía de haber terminado exactamente ahí, en esa cocina pequeña, con esa persona, construyendo algo que sentía, con toda la certeza del mundo, que iba a durar para siempre.
Más tarde, ya en la cama, con la única lámpara del cuarto apagada y la luz de la calle filtrándose apenas por la cortina delgada, Henry lo encontró callado, con la cabeza apoyada en su pecho y los dedos trazando distraídos el contorno de una cicatriz vieja que Henry tenía en el hombro, de una caída de bicicleta que ambos recordaban de memoria.
—¿En qué piensas? —preguntó Henry, con la voz baja, casi ronca de sueño, pasándole los dedos despacio por el cabello.
—En nada importante.
—Mentiroso. Nunca piensas en nada importante cuando te quedas tan callado.
Paulo sonrió contra su piel, sin levantar la cabeza. Había cosas que todavía no sabía nombrar bien en voz alta, ni siquiera con Henry, ni siquiera después de tantos años; la sensación extraña y nueva de sentirse, por primera vez desde la muerte de sus padres, completamente a salvo en algún lugar; el miedo pequeño y persistente de que algo tan bueno no pudiera durar tanto como necesitaba que durara; la gratitud que a veces le apretaba la garganta sin ningún aviso, en medio de momentos tan simples como este.
—Pensaba que no sé cómo se lo hubiera explicado a mis papás. Lo nuestro, digo. —Lo dijo bajito, con cierta vulnerabilidad que reservaba solo para esos momentos, en la oscuridad, sin nadie más que Henry para escucharla—. Creo que les hubiera costado entenderlo al principio. No porque fueran así de cerrados, sino porque nunca hablamos de esas cosas cuando eran ellos los que estaban.
Henry se quedó callado un momento, apretándolo un poco más contra él, sin ninguna prisa por llenar el silencio con palabras que no ayudaran.
—Yo creo que les hubiera encantado. Tu papá siempre decía que terminaríamos juntos, ¿te acuerdas?
—¿Si?
—En serio. —Le besó la frente, despacio—. Creo que, de alguna forma, siempre lo supieron. Antes que nosotros mismos, seguramente.
Paulo cerró los ojos, dejando que esa idea se acomodara en algún lugar cálido del pecho, y por un rato largo no hablaron de nada más, solo se quedaron así, entrelazados en la oscuridad de ese cuarto pequeño, con la ciudad entera respirando afuera sin ninguna prisa, mientras ellos dos, envueltos el uno en el otro, encontraban esa clase de quietud compartida que solo se consigue después de años de conocerse completamente, sin ninguna parte escondida que todavía quedara por descubrir entre los dos.