Abelardo creyó haber encontrado al amor de su vida en Deborah. Por ella lo entregó todo: su corazón, sus ahorros y hasta sus tarjetas Visa y Mastercard. Pero cuando el dinero se terminó, también terminó el amor. Deborah lo abandonó por Gastón, un hombre rico, y para justificar su traición llenó de mentiras la vida de Abelardo.
Hundido en deudas y solo, Abelardo estuvo a punto de rendirse. Sin embargo, decidió levantarse. Trabajó, pagó cada deuda y construyó un imperio con esfuerzo, honestidad y determinación.
Años después, el destino cambió las cartas. Gastón dejó a Deborah en la ruina, y ella, consumida por la desesperación y la envidia, regresó buscando al hombre que había destruido.
Pero Abelardo no era aquel hombre.
Ahora ella tendría que descubrir una verdad dolorosa: cuando el amor depende del dinero, nunca fue amor.
Y esta vez, será Abelardo quien cierre la puerta para siempre.
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Las máscaras de la capital
Mientras la vida de Abelardo florecía en el pueblo sobre cimientos de trabajo honrado, paz y dignidad recuperada, en los salones de la alta sociedad capitalina las fachadas de lujo comenzaban a resquebrajarse. Las apariencias sobre las que Deborah había construido su supuesto triunfo no eran más que un frágil castillo de cartas a punto de ser arrasado por el soplo de la verdad.
Los murmullos no tardaron en filtrarse en las terrazas del exclusivo club de golf. La mujer que se paseaba orgullosa presumiendo joyas y vestidos de diseñador tras arruinar a Abelardo pasó a ser el centro de una burla colectiva. La noticia corrió como pólvora entre la élite: Gastón no solo era un hombre profundamente casado, sino que además era un mantenido. Toda la fortuna, los vehículos importados y los negocios que exhibía pertenecían en realidad a su esposa, una mujer mayor de acaudalada familia que financiaba cada uno de sus caprichos y controlaba milimétricamente las cuentas bancarias. Deborah no era la reina de ningún imperio; no era más que la amante de turno, sostenida con migajas.
Lejos de sentir vergüenza al verse descubierta y ridiculizada por todo el círculo social, la ambición de Deborah demostró no tener límites. Cuando sus conocidas murmuraban a sus espaldas, ella respondía con frialdad y descaro frente a sus pocos allegados:
—Prefiero ser la amante de un tipo con dinero que estar soltera y sin tener dónde caerme muerta.
La respuesta provocó el desprecio de la sociedad capitalina. La gente en los pasillos comentaba con asombro: "Esta muchacha no tiene freno, vende su dignidad con tal de lucir una cartera de marca". Pero a Deborah no le importaba el honor; estaba dispuesta a soportar cualquier humillación con tal de no soltar las comodidades del lujo ajeno. Gastón, por su parte, cuando escuchaba los rumores y las burlas que caían sobre la joven, tan solo soltaba una carcajada cínica frente a sus tragos: "Ella sola cava su tumba, a mí qué me importa".
La noticia atravesó las provincias y llegó hasta el pueblo a través de Samuel, el amigo leal que había regresado del extranjero para devolverle el automóvil a Abelardo. Esa tarde, mientras compartían una taza de café en el patio de la casa materna, Samuel le relató los pormenores del escándalo que sacudía a la capital.
—Es increíble el descaro de esa mujer, Abelardo —comentó Samuel, sacudiendo la cabeza con profunda decepción y asombro—. Toda la ciudad se ríe de ella y aun así sigue ahí, arrastrándose por apariencias. Te aseguro que estas mujeres jamás terminan bien. La codicia sin escrúpulos tarde o temprano pasa la factura. ¿No te da curiosidad saber qué va a ser de ella?
Abelardo contempló el horizonte despejado, sintiendo la brisa fresca de la tarde. En su pecho ya no había ráfagas de odio, rencor ni nostalgia. La herida estaba cerrada por completo.
—No, Samuel, no me da ninguna curiosidad —respondió Abelardo con absoluta sinceridad y la voz cargada de una paz inquebrantable—. Deborah ya es pasado en mi vida. Fue un error amargo que me costó todo mi esfuerzo, todo en lo que creí y todo lo que construí en diez años. En su momento esa traición me llevó a la desesperación más oscura; sentí que me moría por dentro cuando vi mi patrimonio destruido. Pero ese sufrimiento también me sirvió para despeRtar. Me sirvió para recordar que tengo dos manos fuertes con las que puedo seguir construyendo mi propio camino.
Samuel sonrió con auténtico respeto, al ver la madurez y la grandeza de su amigo. Abelardo dio un sorbo a su café, tranquilo, sabiendo que mientras otros vendían su alma por joyas prestadas, él era un hombre verdaderamente rico: libre de deudas, rodeado de gente leal y dueño absoluto de su propia dignidad.