Perdió su matrimonio, su hogar y su nombre en un solo día… pero el destino le tenía guardado algo mejor: respuestas sobre su origen. Un reencuentro que sanará heridas antiguas, revelará verdades ocultas y le mostrará que el amor verdadero no siempre se elige… a veces te encuentra.
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Capítulo 3: El sello del dragón
Antonio permaneció inmóvil, con la camisa aún abierta y la mano sobre el pecho, como si quisiera cubrir aquella marca que durante toda su vida había ignorado y que ahora parecía arder bajo la luz de la habitación. Las palabras de Sofía resonaban en su cabeza una y otra vez: el sello de los del Valle. No era posible. No podía serlo. Él era solo Antonio Fuente, un hombre sin pasado, sin familia, sin nada. ¿Cómo podía ser el heredero de un imperio entero?
—Señora Sofía… —empezó a decir, con voz temblorosa—. Con todo respeto, ¿no cree que está dejándose llevar por la emoción del momento? Las marcas de nacimiento pueden parecerse. Es solo una coincidencia.
Sofía negó con la cabeza con una tristeza infinita, se sentó a su lado en la camilla y lo miró con una seriedad que le cortó el aliento.
—Ojalá fuera una coincidencia, Antonio. Ojalá pudiera creer que estoy equivocada. Pero llevo treinta años mirando dibujos, descripciones, informes de todo el país. Conozco cada detalle de esa marca, porque la escuché describir mil veces. No es un dibujo cualquiera. Es un dragón con las alas extendidas, la cola enroscada hacia la izquierda, tres escamas marcadas en el pecho. ¿No es así?
Antonio abrió la boca para responder, pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta. Exactamente así era. Él lo había visto mil veces frente al espejo, sin darle importancia, y ahora aquella mujer lo describía como si lo tuviera delante de sus ojos. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
—¿Cómo lo sabe? —susurró él, sintiendo que el suelo se le movía bajo los pies.
—Porque es el sello que hereda cada primogénito varón de la familia del Valle desde hace generaciones —explicó ella, con voz pausada, como si estuviera contando una historia que dolía recordar—. Se dice que viene de un antepasado que llegó de Oriente hace más de cien años, y que la sangre lo lleva grabado para siempre. No se puede fabricar, no se puede imitar. Y no se hereda por casualidad.
Sofía se levantó, caminó hacia la ventana y miró hacia afuera, donde la ciudad se extendía indiferente, sin saber que en aquella habitación se estaba reescribiendo una historia de treinta años.
—Mi hermana Valeria dio a luz una noche de tormenta, en la clínica privada más exclusiva de la ciudad —empezó a relatar, con la voz cargada de dolor—. Era un niño hermoso, fuerte, con esos mismos ojos oscuros que tienes tú. Lo llamaron Leonardo. Pero apenas habían pasado tres días cuando desapareció. La cuna estaba vacía. Nadie vio nada. Las enfermeras, los guardias, nadie. Se lo llevaron como si se lo hubiera tragado la tierra.
Antonio escuchaba, con el corazón latiéndole con tanta fuerza que temía que se le saliera del pecho. Aquella historia sonaba a leyenda, a algo que le pasaba a otras personas, no a él. Y sin embargo, cada palabra encajaba como una pieza de un rompecabezas que nunca supo que estaba armando.
—¿Se lo robaron? —preguntó él, con dificultad.
—Eso creemos —respondió Sofía, girándose hacia él con los ojos brillantes—. Nadie pidió rescate. No hubo llamada, no hubo carta. Simplemente… desapareció. Valeria estuvo a punto de morir de tristeza. Pasó meses sin salir de su habitación, sin hablar, sin comer. Llegó a decir que si no lo encontraba, no tenía sentido seguir con la empresa, con nada. Pero también dijo algo más: algún día volverá. El dragón regresa a su cueva. Y desde entonces, esperamos. Año tras año, sin perder la esperanza, aunque todos nos decían que era imposible.
Antonio se puso de pie, se abotonó la camisa lentamente, sintiendo de pronto que aquella ropa le quedaba pequeña, que él mismo ya no era el mismo hombre que había entrado al juzgado esa mañana.
—¿Y ahora… cree que soy yo? —preguntó, buscando en su interior alguna certeza, alguna señal—. ¿Qué pasa si se equivoca? ¿Si solo soy un desconocido con una marca parecida?
—Entonces me equivocaré —dijo ella, acercándosele y poniéndole ambas manos en los hombros—. Pero lo sabremos. Existen las pruebas de ADN, hay registros, hay testigos. Pero antes de todo eso, déjame preguntarte algo: cuando me viste por primera vez, ¿no sentiste nada? ¿Nada que te dijera que ya nos conocíamos?
Antonio calló. Era verdad. En el instante en que la empujaba, en que la miraba a los ojos, sintió algo que no lograba explicar: una familiaridad extraña, como si hubiera visto esos ojos en sueños mil veces, como si su voz le resultara conocida desde siempre. Nunca lo había dicho a nadie, porque habría parecido una locura. Pero era real.
—No sé —respondió sinceramente, bajando la mirada—. No sé qué sentí. Solo sé que desde que la vi, nada tiene sentido. Mi vida entera… parece una mentira.
—No es una mentira, Antonio. Es la verdad que te ocultaron —dijo Sofía con suavidad—. Alguien te quitó de tu madre, te dio ese apellido Fuente, te dejó en un orfanato y esperó a que olvidaras. Pero la sangre no se olvida. La sangre habla.
Antonio pensó en su vida: en los años de soledad, en el orfanato, en los trabajos duros, en Carla y su familia, en el desprecio constante, en la sensación de no pertenecer a ningún lado. Todo eso, de pronto, tenía un motivo. No era que él no valiera nada. Era que alguien había querido que creyera que no valía nada. Una rabia silenciosa, profunda, empezó a crecerle en el pecho, mezclada con la esperanza más grande que jamás había sentido.
—¿Y ella? —preguntó de pronto—. ¿Valeria… quiere conocerme?
Sofía sonrió por primera vez, una sonrisa llena de ternura y de lágrimas contenidas.
—Ella lleva treinta años esperando conocerte. Si supiera que estás aquí, que estás vivo… volaría hasta este mismo instante. Pero necesitamos ir con calma. Hay personas que no querrían que regresaras. Hay peligros, Antonio. El Grupo Dragón es muy grande, y hay muchos que se beneficiaron con tu desaparición.
Antonio asintió. De pronto, el mundo dejó de ser un lugar sencillo donde su única preocupación era llegar a fin de mes. Ahora había un imperio, una familia, una traición, y un peligro que no conocía pero que ya lo rodeaba. Y aun así, no podía dar marcha atrás. No después de haber encontrado por fin una razón para todo lo que había vivido.
—¿Cuándo la veo? —preguntó él, levantando la vista, con una determinación que él mismo no sabía que tenía.
—Mañana —respondió Sofía sin dudarlo—. Irás a la mansión del Valle. Será solo ella, tú y yo. Sin nadie más. Sin riesgos. Necesitan verse solos, madre e hijo, por primera vez en treinta años.
Antonio asintió. Mañana. Mañana conocería a su madre. La mujer más poderosa del país, la mujer que lo había buscado toda su vida. Y mientras salía del hospital, con el brazo vendado y el corazón latiéndole con fuerza, se dio cuenta de que ya no podía volver atrás. El hombre que entró a ese lugar ya no existía. Y el que salía tenía una cita que cambiaría la historia.
Pero mientras caminaba hacia la parada del autobús, sin saber que desde un coche aparcado cerca, alguien lo observaba, tomando nota de cada uno de sus pasos, alguien que llevaba años esperando saber dónde estaba.
También saber de su tía que no aparece en la segunda temporada.