Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...
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Leña, vino tinto y el quiebre de la armadura
El lunes por la mañana, Sandra llegó al Bufete Galvis con una sensación extraña en el estómago que se negaba a categorizar. Cada vez que cerraba los ojos, veía los dedos de Diego rozando su mejilla en la terraza del hotel, y el recuerdo le provocaba un calor absurdo en las orejas que ella atribuía, con una terquedad admirable, a un principio de gripe.
Se sentó en su cubículo, abrió su laptop y decidió que la mejor cura para las distracciones era sumergirse en el derecho mercantil.
A las 10:15, una sombra se proyectó sobre su escritorio.
—Buenos días\, Sandra. ¿Tienes cinco minutos? Necesito hablar contigo sobre *Inversiones del Norte*.
Sandra levantó la vista. Julián estaba de pie frente a ella. Llevaba una camisa azul marino sin corbata, y desde la gala, su sonrisa había cambiado. Ya no era la sonrisa educada del jefe encantador; era una sonrisa controlada, con un filo nuevo. Una determinación tranquila. Como un ajedrecista que ya tiene la jugada ganadora planeada.
—Claro, Julián. ¿Qué pasa? —preguntó ella, girando su silla.
Julián se sentó en el borde del escritorio de al lado, cruzando una pierna sobre la otra. El movimiento estiró la tela de su pantalón de vestir, marcando la línea de su muslo, pero Sandra se obligó a mirar sus ojos.
—El licenciado Galvis me acaba de confirmar que el cierre de la fusión se va a firmar en las oficinas del cliente. En Valle de Bravo. Este fin de semana.
Sandra parpadeó.
—¿Valle de Bravo? ¿El sábado?
—Sí. El señor Montoya tiene una propiedad en la sierra. Quiere que revisemos las últimas cláusulas in situ, en un ambiente "relajado". Galvis no puede ir. Me pidió que fuera yo, con mi equipo. Es decir, tú y yo.
El cerebro de Sandra activó el protocolo de análisis legal: *¿Es necesario? Sí. ¿Es profesional? Sí. ¿Hay conflicto? No.*
—Está bien —dijo Sandra, asintiendo—. ¿A qué hora salimos?
—El viernes a las cuatro. El señor Montoya nos tiene reservadas unas cabañas. Llegamos, cenamos, revisamos los documentos el sábado por la mañana, firmamos y volvemos el domingo. Dos noches.
—Perfecto. Llevo mi termo —dijo Sandra, volviendo a su pantalla.
Julián se quedó un segundo más, mirándola.
—Lleva también algo abrigado, Sandra. En la sierra hace frío de noche. Y deja los expedientes en la oficina. Yo los llevo impresos. Tú solo trae ropa.
—Gracias, Julián. Eres un jefe muy considerado.
Julián asintió y se alejó. Mientras caminaba por el pasillo, sacó su teléfono y marcó un número.
—¿Montoya? Soy Julián. Sí, todo confirmado. Oye, un detalle logístico... ¿Podrías cancelar la reunión del sábado por la mañana? Sí, lo sé. Pero necesito que el "ambiente relajado" sea genuino. Mándame los documentos por correo. Exacto. Gracias, viejo.
Colgó. Sonrió. El escenario estaba listo.
El viernes a las cuatro\, un SUV negro los llevó a la sierra. El viaje transcurrió con una comodidad engañosa. Julián condujo con una mano en el volante\, y Sandra\, en el asiento del copiloto\, revisaba notas en su teléfono. No hubo miradas intensas\, ni roces "accidentales". Solo charla\, música suave y el paisaje de pinos deslizándose por las ventanas. Sandra se relajó. *Es solo trabajo*\, se repitió.
Llegaron a la propiedad cuando el sol se estaba poniendo. La propiedad era enorme, con un lago artificial y, al fondo, cabañas de madera y piedra.
Un empleado los recibió y les entregó las llaves.
—La cabaña principal es para ustedes. Las otras dos están en mantenimiento por humedad.
—¿Una sola cabaña? —preguntó Sandra, mirando a Julián.
—Tranquila, tiene dos habitaciones separadas. Una arriba y otra abajo. Con baños independientes. No vamos a compartir ni el cepillo de dientes —dijo Julián, levantando las manos en señal de paz—. Es solo que la principal tiene la mesa de trabajo grande y la chimenea.
Sandra asintió. *Lógico. Es una propiedad privada.*
El interior era cálido, con vigas de madera oscura y una chimenea de piedra. Arriba, una escalera de caracol llevaba a la segunda habitación. Abajo, junto a la chimenea, había un sofá grande de cuero y la puerta de la primera recámara.
—Tú arriba, yo abajo —dijo Julián, dejando la maleta de Sandra al pie de la escalera—. El baño de arriba tiene tina. Quédate con el bueno.
La cena fue sencilla: una tabla de quesos, pan artesanal y una botella de vino tinto que el empleado les dejó preparada. Comieron en la mesa grande. Julián estaba relajado, sin la armadura corporativa. Sandra se rió de verdad, con la cabeza echada hacia atrás, y Julián la miró con una intensidad que ella intentó ignorar bebiendo un poco más de vino.
A las once de la noche, Sandra bostezó.
—Creo que es hora de dormir. Mañana revisamos los documentos.
—Claro —dijo Julián, poniéndose de pie—. Descansa, Sandra.
Sandra subió la escalera. Se cambió a unos leggings negros cortos y una camiseta de algodón suave, un poco holgada, que le llegaba hasta la mitad del muslo. Se recogió el cabello en un moño desordenado, se lavó la cara y se metió en la cama. La cabaña crujió suavemente con el viento. Se quedó dormida en minutos.
A las dos de la mañana, Sandra se despertó.
El frío de la sierra se había colado por las rendijas de la ventana. Se arropó, pero el frío persistía, calándole los huesos. Suspiró, tiró las sábanas y bajó la escalera de caracol en puntillas, buscando una manta extra en el sofá de la sala.
Al llegar al último escalón, se detuvo en seco.
Julián no estaba en su habitación.
Estaba sentado en el sofá de cuero, junto a la chimenea. El fuego había bajado a unas brasas naranjas que proyectaban sombras doradas y temblorosas en la habitación. Julián llevaba unos pantalones de pijama de franela grises, bajos de la cadera, y nada más.
Sandra se quedó paralizada en el escalón.
La luz del fuego acariciaba la piel bronceada de su pecho, marcando la línea de sus músculos y el vello oscuro que descendía hacia su abdomen. Tenía el cabello castaño despeinado, cayéndole sobre la frente, y una expresión pensativa que lo hacía ver increíblemente, peligrosamente masculino. Olía a madera quemada, a su perfume de sándalo y a algo puramente masculino que hizo que la boca de Sandra se secara de golpe.
—¿Julián? —susurró ella. Su voz sonó más ronca de lo que pretendía.
Él levantó la vista. Sus ojos color miel brillaron con el reflejo de las llamas. No se cubrió. No se movió para disimular su estado. Simplemente la miró, y la mirada que le dedicó fue tan densa, tan cargada de una intención cruda y primaria, que a Sandra le fallaron las rodillas.
—Tienes frío —dijo él. No fue una pregunta. Su voz era un ronquido grave que vibró en el silencio de la cabaña.
—Un poco —logró responder Sandra, cruzando los brazos sobre su pecho, de repente muy consciente de lo corta que era su camiseta y de lo que dejaba al descubierto.
Julián tomó la manta de lana gruesa que estaba a su lado en el sofá. Se puso de pie. El movimiento fue fluido, depredador. Caminó hacia ella, acortando la distancia entre los dos hasta que sus pies casi se tocaron en la alfombra.
Sandra debería haber retrocedido. Su cerebro gritaba que diera un paso atrás, que subiera las escaleras, que citara el código de ética del bufete. Pero su cuerpo se negó. Se quedó clavada en el suelo, observando cómo él se detenía a escasos centímetros de ella. El calor que emanaba de su cuerpo era palpable, compitiendo con el de la chimenea.
Julián levantó las manos y, con una lentitud deliberada, extendió la manta sobre los hombros de Sandra. Pero no retiró las manos.
Sus dedos, grandes y cálidos, se demoraron en la tela, rozando accidentalmente la piel desnuda de su cuello. Un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima de la sierra bajó por la columna de Sandra, erizándole la piel de los brazos.
—Estás helada —murmuró Julián. Su rostro estaba tan cerca que ella podía contar las pestañas que enmarcaban sus ojos.
—Es... es el clima de la montaña —susurró ella, mirando fijamente el centro de su pecho, incapaz de sostenerle la mirada. Si miraba sus ojos, iba a perder el poco juicio que le quedaba.
—Mírame, Sandra —pidió él. Su voz era un susurro áspero, una orden suave que no admitía negativa.
Sandra levantó la vista. El aire entre ellos parecía haberse espesado, cargado de electricidad estática. Julián levantó una mano y, con el nudillo, trazó lentamente la línea de su mandíbula. El roce fue eléctrico. Sandra contuvo el aliento, sus labios entreabriéndose ligeramente.
—Llevas meses escondiéndote detrás de tu "logística de oficina" —dijo Julián, su pulgar acariciando ahora la comisura de su labio inferior, arrancándole un suspiro tembloroso a Sandra—. Detrás de tu roomie. Detrás de excusas. Pero aquí no hay oficinas. No hay expedientes. No hay nadie más.
Sandra tragó saliva. Su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo. La armadura de la "abogada imparcial" se estaba desmoronando, pieza por pieza, bajo el calor de su mano.
—Julián... yo... no sé... —balbuceó ella, la voz quebrándose.
—No tienes que saber nada ahora —la interrumpió él, bajando la mano para posarla en su cintura. El calor de su palma atravesó la fina tela de la camiseta, quemándole la piel. La atrajo un milímetro más hacia sí. El pecho de Julián rozó el suyo, y Sandra sintió que el suelo se inclinaba—. Solo tienes que dejar de huir.
Él inclinó la cabeza. Sus ojos bajaron a los labios de ella, oscureciéndose con un deseo que ya no intentaba disimular. El espacio entre sus bocas se redujo a un centímetro. Sandra podía sentir su respiración caliente en la piel, podía oler el vino tinto y el sándalo.
No había piso desnivelado. No había excusas. No había escape.
Sandra cerró los ojos, sus manos aferrándose instintivamente a los bordes de la manta, y esperó.