Camila y Rafael viven un romance perfecto, entre tardes de complicidad, risas e historias compartidas, descubren un amor puro y profundo que avanza hacia el compromiso. Sin embargo, en las sombras, la envidia enfermiza transformada en amistad se vuelve una obsesión oscura.
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capitulo 1
El sol de la mañana se filtraba a través de las copas de los árboles centenarios del Parque del Bosque, pintando el césped con un mosaico de luces y sombras. El aroma a tierra mojada y a jazmines recién abiertos flotaba en el aire, mezclándose con el bullicio lejano de la ciudad. Para Camila, una maestra con sueldo ajustado, aquel lugar era su santuario, su rincón favorito para escapar del ruido y las preocupaciones. Cada domingo, sin falta, se levantaba temprano, se ponía sus zapatillas deportivas y salía a correr con su compañero más fiel, Yogo.
El imponente Golden Retriever tiraba de la correa, su cola peluda se movía como un péndulo feliz, y sus orejas caídas se agitaban con cada movimiento. Olfateaba cada arbusto, cada tronco, y saludaba con efusivos ladridos a las palomas que se atrevían a cruzar su camino. Camila reía, una risa cristalina que resonaba en la quietud del parque, mientras intentaba mantener el ritmo de la carrera de su perro.
—Yogo, tranquilo, que no vamos a una carrera de Fórmula Uno
le dijo con ternura, acariciando su cabeza dorada.
Fue entonces cuando un objeto ovalado y marrón rodó por el suelo y se detuvo justo a los pies de Camila. Yogo, en un abrir y cerrar de ojos, se abalanzó sobre él, tomándolo con su boca y mordiéndolo con deleite. Era una pelota de fútbol, ligeramente desgastada, con manchas de barro.
—¡Oye! ¡Esa es mi pelota!
exclamó una voz masculina, entre divertida y alarmada.
Camila levantó la vista y se encontró con un joven de estatura media, de cabello oscuro y revoltijo, con unos ojos color que parecían brillar con el mismo destello del sol. Llevaba una camiseta blanca, algo sudada, y un short deportivo. Corría hacia ellos, con una sonrisa que iluminaba su rostro.
—Lo siento mucho, no puedo controlarlo cuando Yogo ve algo redondo
dijo Camila, señalando a Yogo, que meneaba la cola, orgulloso de su trofeo, y gruñía suavemente, protegiendo su nuevo juguete.
El joven arquitecto con vida tranquila, se detuvo frente a ellos, jadeando ligeramente. Su mirada, sin embargo, ya no estaba en la pelota. Se posó en Camila, y algo cambió en el aire. El tiempo pareció ralentizarse mientras la observaba. Sus ojos recorrieron sus mejillas sonrojadas por el ejercicio, el pequeño lunar cerca de su labio superior, la luz que bailaba en su cabello castaño.
—No te preocupes, parece que el señor Yogo tiene más derecho que yo
dijo, arrodillándose para estar a la altura del perro.
—Ah, ¿y cómo sabes que se llama Yogo?
preguntó Camila, arqueando una ceja con curiosidad.
El joven sonrió, una sonrisa que era una mezcla de timidez y audacia.
—Lo leí en su collar y lo dijiste recién. Soy Rafael.
—Camila
respondió ella, sintiendo un ligero cosquilleo en el estómago. Era una sensación extraña, nueva. Como si ese encuentro casual llevara consigo el peso de mil historias que aún estaban por escribirse.
Rafael con una destreza que sorprendió a Camila, se sentó en el césped y comenzó a jugar con Yogo, haciéndole cosquillas en la barriga y animándole a soltar la pelota. El perro, como un niño consentido, se dejaba querer, pero no cedía su preciado tesoro.
—Es terco, igual que su dueña, supongo
dijo Rafael, mirándola con picardía.
—¿Terco? Yo diría que soy decidida
respondió Camila, riendo y dejándose caer a su lado.
Y así, entre risas, forcejeos con Yogo y una pelota que finalmente regresó a su legítimo dueño, el tiempo se desvaneció. Hablaron de todo y de nada. Rafael le contó que trabajaba en una oficina de arquitectura, que amaba el fútbol aunque no fuera muy bueno, y que su sueño era diseñar parques para niños, espacios donde la imaginación no tuviera límites. Camila, por su parte, le habló de su vocación, de sus alumnos de tercer grado en la escuela Los Pinos, y de cómo Yogo era el mejor oyente del mundo.
—Podría escucharte todo el día
le dijo Rafael, con una sinceridad tan pura que a Camila se le aceleró el corazón.
Él no podía creer su suerte. Había visto chicas hermosas antes, pero Camila era diferente. No era solo su belleza natural, tan genuina y sin artificios. Era la chispa en sus ojos cuando hablaba de los niños que enseñaba, la manera en que se reía con todo el cuerpo, la ternura con la que trataba a su perro. Era su primer amor, lo supo en ese mismo instante. Un sentimiento inmenso y desconocido que lo llenó por completo.
Los días siguientes, Rafael se convirtió en una presencia constante. La esperaba a la salida de la escuela con una sonrisa, se aparecía en el parque con una excusa diferente cada vez, y le enviaba mensajes con pequeños poemas que le robaban el aliento. La cortejo con una dulzura que Camila, que era muy inexperta en el amor, solo había leído en las novelas.
Ella se dejó llevar, porque estaba ilusionada. Rafael era el hombre perfecto, el que toda mujer desearía tener a su lado, atento, detallista, y con un corazón tan enorme que parecía caber en él todo el cariño del mundo.
Con el tiempo, Rafael comenzó a hablarle de sus amigos. Mencionó a Fernando, a Tadeo y a Rubén, con quienes se reunía los fines de semana para jugar al fútbol. Los describió como hermanos.
—Fernando, sobre todo
dijo Rafael
—es un poco intenso, pero es un gran amigo. Nos conocemos desde la universidad. Tiene un carácter fuerte, pero es leal.
Camila escuchaba con atención, pero un presentimiento vago, casi imperceptible, le causó una inquietud. No sabía por qué, pero le incomodaba la forma en que Rafael se refería a Fernando. Era solo una intuición, una sombra que pasó por su mente y que ella desechó de inmediato. Después de todo, Rafael era bondadoso, y sus amigos solo podían serlo también.
Aquel domingo, Rafael la invitó a unirse a ellos en la cancha de fútbol. Camila dudó, pero al final aceptó, llevando a Yogo, que disfrutaba correteando en las gradas. Mientras veía a Rafael jugar, una figura oscura se acercó a ella. Era Fernando, el amigo de quien Rafael tanto le había hablado. Su mirada, sin embargo, no era la de un amigo cordial. Era una mirada hambrienta, que se posó en ella y no se apartó.
—Así que tú eres Camila
dijo Fernando, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos. La miró de arriba abajo con descaro.
—Rafael no me dijo que eras tan… encantadora.
Camila sintió un escalofrío.
Mucho gusto
respondió, cortés pero fría, dando un paso atrás instintivamente.
Y en ese preciso instante, mientras Fernando la devoraba con la mirada y Rafael le sonreía desde la cancha, Camila supo, con una certeza que la heló la sangre, que algo malo se avecinaba. Una sombra al acecho que, como la más cruel de las tormentas, se preparaba para oscurecer el paraíso que apenas comenzaba a construir. Pero no podía imaginar la magnitud del horror que la esperaba.