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El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

Status: Terminada
Genre:Romance / Época / Completas
Popularitas:678
Nilai: 5
nombre de autor: Selene Asteria

Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.

NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21: La palabra honorable

Beatrice Montclair descubrió que había palabras peores que compromiso.

Una de ellas era honorable.

No porque la palabra fuera mala en sí. La honra, en cantidades razonables, podía ser útil. Evitaba duelos innecesarios, promesas falsas y caballeros intentando explicar conductas imperdonables con frases largas.

Pero en Valdoria, honorable no siempre significaba justo.

A veces significaba: ahora que todos han decidido interpretar algo, usted debe pagar por la interpretación.

Y Beatrice, francamente, estaba cansada de que su vida pareciera una factura social.

—No fue una escalera apasionada —dijo por cuarta vez.

Lady Agatha, sentada frente a ella, añadió azúcar al té.

—Nadie aquí ha dicho que lo fuera.

Beatrice miró a Clara.

Clara bajó los ojos.

—Yo tampoco, señorita.

—Pero lo pensó.

—Pensé que la escalera tuvo una participación desafortunada.

—Eso no ayuda.

—No, señorita.

Beatrice caminó por el salón Montclair con demasiada energía para una dama que, según Lady Agatha, debía mantenerse serena.

Serena.

Otra palabra sospechosa.

—Sebastián no debió decirlo —continuó Beatrice—. Nadie debería permitirle bautizar incidentes. Es una irresponsabilidad lingüística.

—En eso estoy de acuerdo —dijo Lady Agatha.

—Y, para empezar, no hubo pasión.

Silencio.

Beatrice se detuvo.

Lady Agatha tomó té.

Clara miró la bandeja con devoción profesional.

—Hubo una escalera —dijo Beatrice.

—Sí —respondió Lady Agatha.

—Hubo un libro.

—También.

—Hubo una nota que nadie vio.

Clara levantó apenas la mirada.

Beatrice la señaló.

—Nadie.

—Sí, señorita.

—Y hubo un accidente.

Lady Agatha dejó la taza.

—Hubo un caballero sujetándote de la cintura en la biblioteca de su casa.

Beatrice sintió calor en el rostro.

—Para impedir que cayera.

—Lo sé.

—No por pasión.

—No he dicho que fuera por pasión.

—Pero la palabra está flotando en esta habitación como si hubiera pagado alquiler.

Lady Agatha suspiró.

—Querida, la palabra flota porque Sebastián la empujó con ambas manos.

Beatrice se dejó caer en una silla.

—Voy a escribirle una carta severa.

—¿A Sebastián?

—A la escalera.

Clara tosió.

Lady Agatha sonrió apenas.

—Antes de que declares guerra al mobiliario Ashford, hay algo que debes saber.

Beatrice se quedó inmóvil.

—No me gusta ese tono.

—Lady Harcourt ya oyó una versión del incidente.

Beatrice cerró los ojos.

—Naturalmente.

—La condesa viuda de Everly también.

—Por supuesto.

—Y Lady Prudence Vale.

Beatrice abrió los ojos.

—Ah.

Ese “ah” no era de Lady Agatha.

Era suyo.

Y no le gustó cómo sonó.

Prudence no era Lady Harcourt. Lady Harcourt convertía un gesto en poema. Prudence lo convertía en argumento.

—¿Qué versión? —preguntó Beatrice.

Lady Agatha miró su taza.

—La versión con menos libro y más cintura.

Beatrice se levantó.

—Voy a destruir a Sebastián.

—Sebastián no fue quien se la contó a Prudence.

—Entonces destruiré a quien corresponda en orden alfabético.

Clara se acercó con la bandeja.

—¿Pastelillo, señorita?

—¿Puede usarse como arma?

—No de forma efectiva.

—Entonces no.

Lady Agatha habló con más suavidad.

—Esta tarde habrá reunión en casa de los Wexford. Es probable que el asunto se mencione.

—¿El asunto?

—La escalera.

—No la llame así.

—La biblioteca, entonces.

—Peor. Suena como si hubiéramos cometido literatura.

—Beatrice.

Ella respiró hondo.

La cinta verde estaba arriba, en su tocador.

Visible.

Reparada.

No pensaba usarla.

No esa tarde.

No cuando Valdoria ya parecía decidida a convertir una escalera en altar.

—Muy bien —dijo—. Iremos a Wexford.

Lady Agatha levantó una ceja.

—¿Iremos?

—Sí.

—¿Sin intentar fingir enfermedad?

—No. Si van a hablar de mí, prefiero estar presente para corregir la gramática.

Clara murmuró:

—Una decisión valiente, señorita.

—No. Una decisión irritada. La valentía suele vestirse mejor.

La reunión en casa de los Wexford era exactamente el tipo de evento que Beatrice menos necesitaba: elegante, concurrido y lleno de damas que sabían sonreír sin enseñar los dientes, lo cual las hacía más peligrosas.

Nathaniel estaba allí.

Lo vio casi de inmediato.

Él también la vio.

Y en su expresión apareció esa atención inmediata que Beatrice ya no podía fingir que detestaba.

No se acercó de golpe.

No atravesó la sala como héroe de novela barata.

Solo esperó a que ella entrara, saludara a la anfitriona y pudiera elegir hacia dónde caminar.

Entonces fue hacia ella.

—Señorita Montclair.

—Lord Ashford.

—Lady Agatha.

—Lord Ashford.

Su mirada volvió a Beatrice.

—¿Está bien?

Beatrice no pudo evitarlo.

Sonrió apenas.

—Esa pregunta se ha vuelto tradición.

—Me preocupa que siga siendo necesaria.

—Estoy bien. Aunque quizá asesine a su hermano.

—Eso también se ha vuelto tradición.

—Una muy razonable.

Nathaniel inclinó la cabeza.

—Si sirve de algo, Sebastián recibió una advertencia esta mañana.

—¿Verbal o física?

—Verbal.

—Insuficiente.

—Mi madre estuvo presente. Eso aumenta la severidad.

—Acepto la atenuante.

Por un instante, el salón pareció menos hostil.

Solo un instante.

Luego Beatrice vio a Prudence Vale acercarse con dos damas detrás. Lady Harcourt estaba cerca, fingiendo examinar una miniatura mientras escuchaba con todo el cuerpo.

—Señorita Montclair —dijo Prudence—. Lord Ashford.

—Lady Prudence —respondió Beatrice.

Nathaniel inclinó la cabeza.

—Lady Prudence.

Prudence miró a Beatrice con una calma demasiado pulida.

—Me alegra verla tan compuesta después del incidente.

Beatrice abrió el abanico lentamente.

—¿Cuál de todos? Estoy intentando llevar un registro, pero la temporada ha sido generosa.

Una de las damas ocultó una sonrisa.

Prudence continuó:

—El de la biblioteca Ashford.

—Ah. El incidente literario.

—¿Literario?

—Había un libro involucrado. Prefiero dar crédito a todos los participantes.

Lady Harcourt suspiró desde la miniatura.

—Un libro, una escalera, un caballero…

—Y una joven con reflejos de supervivencia —añadió Beatrice.

Prudence inclinó la cabeza.

—Aun así, algunas situaciones requieren consideración. La gente habla.

—La gente respira. Eso no siempre la vuelve útil.

Nathaniel no habló.

Pero estaba a su lado.

No delante.

No cubriéndola.

A su lado.

Beatrice lo notó y, por alguna razón, eso la hizo mantenerse más recta.

Prudence bajó la voz apenas.

—Hay quienes dirían que Lord Ashford, siendo un caballero honorable, debería considerar formalizar sus intenciones.

Allí estaba.

La palabra.

Honorable.

No como virtud.

Como trampa.

El salón no se quedó en silencio por completo, pero las conversaciones cercanas se debilitaron. Lady Harcourt dejó de mirar la miniatura. Sebastián, desde el otro lado de la sala, se quedó inmóvil con un pastelillo a medio camino de la boca.

Beatrice sintió primero la furia.

Luego algo más frío.

Algo más claro.

—Qué fascinante —dijo.

Prudence la miró.

—¿Fascinante?

—Sí. La velocidad con que Valdoria convierte una escalera defectuosa en un deber matrimonial. Deberíamos emplear esa energía en reparar caminos.

Nathaniel hizo un sonido muy leve.

Casi una risa.

Casi.

Prudence apretó apenas los labios.

—No hablaba de matrimonio.

—No, desde luego. Solo de formalizar intenciones por honor. Una frase completamente inocente, si una no conoce el idioma.

Una dama cercana bajó la mirada.

Beatrice cerró el abanico.

—Lord Ashford no tiene que reparar con su nombre un accidente que no dañó mi voluntad.

Nathaniel volvió la cabeza hacia ella.

Ella no lo miró.

No todavía.

—Y yo no necesito que nadie me proteja de una historia inventada convirtiéndome en el final conveniente de esa misma historia.

Lady Harcourt tenía los ojos brillantes.

Sebastián bajó el pastelillo.

Prudence se quedó quieta.

Por primera vez, Beatrice no vio solo orgullo en su rostro. Vio cansancio. Una rapidez dolorosa, casi escondida. Como si la palabra honorable también hubiera sido usada alguna vez contra ella, o alrededor de ella, o encima de ella.

Nathaniel habló entonces.

Su voz fue tranquila.

Demasiado tranquila para no ser peligrosa.

—Lady Prudence.

Prudence lo miró.

—Lord Ashford.

—Si algún día pido algo más a la señorita Montclair, no será para corregir rumores.

La sala cercana dejó de fingir por completo.

Nathaniel continuó:

—No será por una escalera, ni por una biblioteca, ni por testigos que prefieren una historia conveniente a una verdad sencilla.

Lady Harcourt se llevó el pañuelo al pecho.

Sebastián murmuró desde lejos:

—Oh, esto será bueno.

Lady Ashford, junto a la chimenea, lo miró.

Sebastián se calló.

Nathaniel no apartó la vista de Prudence, pero su voz parecía sostenerse alrededor de Beatrice.

—Si alguna vez hago una pregunta semejante, será porque ambos hemos llegado a ella caminando. No siendo empujados. No siendo arrastrados. Y no porque la sociedad considere honorable convertir presión en destino.

Beatrice sintió que algo dentro de ella se aflojaba.

No era alivio solamente.

Era reconocimiento.

Nathaniel no estaba negando el incidente.

No estaba negando que hubiera cercanía.

Ni deseo.

Ni cuidado.

Estaba negando que otros tuvieran derecho a usarlo contra ella.

Prudence sostuvo su mirada durante varios segundos.

Luego bajó apenas la cabeza.

—Entiendo.

Beatrice no estaba segura de que fuera verdad.

Pero sí notó que Prudence no insistió.

Lady Harcourt suspiró.

—Qué declaración tan noble.

—No —dijo Beatrice de inmediato.

Lady Harcourt parpadeó.

—¿No?

—No es noble. Es precisa. No arruine la precisión con pañuelo.

Sebastián dejó escapar una risa.

Nathaniel, por desgracia, sonrió.

Prudence miró a Beatrice.

Algo casi parecido a una disculpa cruzó su expresión.

Casi.

—Quizá la precisión sea más rara que la nobleza —dijo.

Beatrice la observó.

—En Valdoria, sin duda.

Prudence hizo una reverencia breve.

—Señorita Montclair.

Luego se alejó.

Las damas que la acompañaban tardaron un segundo en seguirla, como si no supieran si la escena había terminado o si debían aplaudir en silencio.

Lady Harcourt tomó una nota.

Beatrice la señaló con el abanico.

—No.

—Solo una frase.

—No.

—Pero “honor sin presión” tiene mucha fuerza.

—Lady Harcourt.

La dama guardó la libreta con evidente dolor.

Sebastián apareció entonces junto a ellos.

—Debo decir que, como responsable involuntario del título “escalera apasionada”, me siento un poco atacado y bastante orgulloso.

Beatrice lo miró.

—Usted debería sentirse en peligro.

—También. Pero eso no es nuevo.

Nathaniel habló sin girarse del todo.

—Sebastián.

—Sí, sí. No volveré a decirlo.

Beatrice levantó una ceja.

Sebastián suspiró.

—No volveré a decirlo en presencia de Lady Harcourt.

—Insuficiente —dijo Nathaniel.

—No volveré a decirlo antes del postre.

—Sebastián.

—Muy bien. Lo diré solo en mi diario imaginario.

Beatrice lo señaló.

—Destruya ese diario.

—Es imaginario. Tiene excelente seguridad.

Nathaniel lo tomó del hombro y lo giró suavemente.

—Ve a hablar con alguien más.

—¿Alguien que no amenace mi integridad?

—Si lo encuentras.

Sebastián se marchó con aire ofendido y un pastelillo recuperado.

Beatrice miró a Nathaniel.

Por fin.

Él la observaba con esa mezcla de cuidado y claridad que se había vuelto demasiado familiar.

—Gracias —dijo ella.

—No tenía que permitir que dijeran eso.

—Yo tampoco.

—No.

—Pero lo dijo muy bien.

Nathaniel bajó la mirada un instante.

—Usted empezó.

—Naturalmente. Mis desgracias rara vez esperan turno.

Él sonrió apenas.

Luego volvió a ponerse serio.

—No quiero que la palabra honorable vuelva a usarse contra usted por mi causa.

Beatrice respiró despacio.

—No fue por su causa.

—Mi presencia contribuye.

—Mi existencia también. Y no pienso disculparme por ella.

Nathaniel la miró.

—No debería.

—Bien.

—Tampoco yo pienso disculparme por querer que mi presencia no le pese.

Beatrice sintió que eso era casi demasiado.

Demasiado claro.

Demasiado suyo.

—Lord Ashford.

—Sí.

—Si sigue diciendo cosas así, tendré que encontrar una ventana y mirar dramáticamente al jardín.

—Hay una detrás de usted.

—No ayude.

Nathaniel sonrió.

La tensión se rompió lo suficiente para que Beatrice pudiera respirar otra vez.

Más tarde, cuando las conversaciones se normalizaron, Beatrice encontró a Prudence cerca de una mesa lateral. Estaba sola, mirando una copa sin beberla.

Beatrice dudó.

Luego se acercó.

—Lady Prudence.

Prudence levantó la vista.

—Señorita Montclair.

—Lo de antes…

—No necesita agradecerme.

—No iba a hacerlo.

Prudence casi sonrió.

—Por supuesto que no.

Beatrice sostuvo el abanico cerrado entre ambas manos.

—Usted eligió una palabra muy peligrosa.

Prudence miró hacia la sala, donde varias damas conversaban con sonrisas impecables.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué?

La pregunta fue más honesta de lo que Beatrice esperaba.

Prudence no respondió enseguida.

—Porque es una palabra que siempre funciona.

Algo en la frase hizo que Beatrice no pudiera contestar con ironía.

Prudence continuó, más baja:

—Cuando una no tiene otras armas, aprende las que le dieron.

Beatrice la observó.

Allí estaba otra vez ese cansancio.

La dama perfecta no desaparecía, pero se le había movido una grieta en el barniz.

—Eso no la vuelve menos dañina —dijo Beatrice.

—No.

—Pero quizá explica por qué la usa.

Prudence la miró.

—No necesito compasión.

—Qué alivio. No estaba segura de tener suficiente para repartir en una sala tan llena.

Esta vez Prudence sí sonrió.

Pequeño.

Breve.

Pero real.

—Lord Ashford la defiende muy bien —dijo.

Beatrice levantó el abanico.

—No me defiende. Me acompaña mientras me defiendo.

Prudence bajó la mirada.

—Eso debe ser agradable.

Beatrice no respondió de inmediato.

Luego dijo:

—Sí.

La palabra fue tan sencilla que la sorprendió.

Prudence la oyó.

No hizo burla.

—Entonces tenga cuidado de que Valdoria no lo convierta en otra cosa.

—Eso intento.

—Más vale que lo consiga.

—¿Fue eso un consejo?

—No abuse.

Beatrice sonrió apenas.

—Naturalmente.

Al volver junto a Lady Agatha, Beatrice se sintió extrañamente cansada. No derrotada. Solo cansada de pelear por nombrar su propia vida.

Nathaniel la esperaba cerca de la salida.

No se adelantó.

No extendió el brazo hasta que ella estuvo frente a él.

—¿Desea que la acompañe hasta el carruaje? —preguntó.

Beatrice lo miró.

Después de todo lo que se había dicho esa tarde, la pregunta pequeña pareció más importante que cualquier declaración pública.

—Sí —respondió.

Tomó su brazo.

Y esta vez no le importó quién mirara.

En el carruaje, Lady Agatha no habló hasta que estaban a varias calles de distancia.

—Estuviste muy clara.

Beatrice apoyó la cabeza contra el respaldo.

—Ojalá eso agotara a Valdoria.

—Nada agota a Valdoria.

—Qué tragedia.

Lady Agatha la observó.

—Prudence pareció menos satisfecha de lo habitual.

Beatrice miró por la ventana.

—Creo que ella también está cansada.

—¿De ti?

—Probablemente. Pero no solo de mí.

Lady Agatha no insistió.

Esa noche, Beatrice subió a su habitación y encontró la cinta verde sobre el tocador.

Visible.

Reparada.

La pequeña marca seguía allí.

La tocó.

—Honorable —murmuró.

La palabra sonó distinta estando sola.

Menos amenazante.

Quizá porque ya no le pertenecía a Valdoria.

Nathaniel la había tomado de vuelta, la había limpiado de presión y se la había devuelto como algo que no exigía nada.

Beatrice abrió el cajón.

Por un momento pensó en guardar la cinta.

Luego lo cerró.

No.

Visible.

Todavía visible.

Más tarde, antes de dormir, sacó la nota del libro azul de entre sus guantes. La leyó otra vez.

No estaba lista para entregársela a Nathaniel.

Pero tampoco quiso romperla.

La guardó en su libro favorito, junto a las cartas.

Una promesa sin nombre.

Una cinta reparada.

Una escalera con un título espantoso.

Y un caballero que se negaba a convertir la palabra honorable en jaula.

Beatrice apagó la vela.

Por primera vez, la oscuridad no le pareció una forma de esconderse.

Solo un lugar donde algunas verdades podían esperar sin ser apresuradas.

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