La protagonista
(La Reina de Concreto)
Edad y Profesión: 42 años. CEO de Rangel & Asociados Ingeniería, una de las firmas de arquitectura y construcción más cotizadas del país. Seria, con carácter.
El protagonista
Gael "Gaelito" Navarro Fuentes (El Torbellino de Azúcar)
Edad y Profesión: 35 años. Arquitecto de alma bohemia.
Personalidad: Mide 1.90 m, tiene un cuerpo de infarto, una cara de ángel que es pura fachada y una sonrisa burlona que desarma a cualquiera.
La cupido de la historia
Zoe (10 años): Una miniversión de su padre pero con un doctorado en ironía. Lengua afilada, defensora de la justicia y alérgica a la prepotencia y a la gente altanera. Odia mortalmente a la "amiga fija" de su papá, a quien considera una grosería estética y mental.
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ESTRATEGIAS DE RESISTENCIA Y UN ASALTO NOCTURNO
La puerta del despacho se cerró tras la inoportuna e imponente salida táctica de Zoe, dejando tras de sí un silencio espeso que olía peligrosamente a dulce de leche y a derrota inminente. Miranda se quedó de pie junto al borde del escritorio de cristal, con las manos apoyadas con tanta fuerza sobre la superficie que los nudillos se le volvieron de un blanco translúcido. Sus respiraciones eran cortas, rítmicas y militares, un intento desesperado por devolverle el orden a un pulso que se negaba a obedecer sus órdenes ejecutivas.
Gisela, que seguía intentando regular sus carcajadas mientras se abanicaba con una carpeta de informes corporativos, rompió el hechizo con esa falta absoluta de tacto que la caracterizaba en los momentos más inoportunos.
—Por el amor a la justicia y los códigos penales vigentes, Miranda... ¡esa niña es un genio del mal! —exclamó la abogada, secándose una lágrima de la comisura del ojo con una sonrisa de oreja a oreja—. Si el padre te manda a la heredera a hacer espionaje industrial con cargamento de repostería fina, te aseguro que en menos de una semana vas a estar bailando salsa casino en medio de la obra con casco de seguridad y vestido de lentejuelas.
—No digas disparates, Gisela —respondió Miranda con una voz gélida, cortante y con un temblor casi imperceptible en la punta de los labios—. Lo único que demuestra esto es una falta absoluta de límites profesionales, una invasión a la propiedad privada y una total incapacidad por parte del arquitecto Fuentes para mantener a su familia alejada de los compromisos corporativos. Voy a redactar una queja formal por escrito...
—Una queja formal —interrumpió Adriana, la doctora del grupo, adoptando esa postura clínica y analítica que solía usar para desmontar los argumentos más defensivos de su amiga—. Claro que sí, Miranda. Imagínate la escena: "Estimado arquitecto Fuentes, por medio de la presente le exijo que prohíba a su hija de diez años sobornar a los guardias de seguridad con mangas japonesas para contrabandear alfajores a mi despacho". ¿Te escuchas cuando hablas? Estás aterrorizada.
—Yo no le temo a absolutamente nada, Adriana, y mucho menos a un hombre que confunde la construcción de complejos nocturnos con una verbena tropical —espetó Miranda, fulminándolas con la mirada antes de tomar el alfajor que Zoe había dejado junto a su taza de café. Lo examinó por un segundo, con el ceño fruncido como si evaluara una pieza de artillería defectuosa, antes de dejarlo caer con un golpe seco dentro de la papelera de reciclaje—. Fin del asunto. Se acabó el tema de los dulces, de la niña y del arquitecto. Mañana es domingo, lo que significa que me encerraré en mi estudio privado en casa a revisar los planos estructurales de la torre norte sin que nadie, absolutamente nadie, interrumpa mi concentración.
Las dos amigas intercambiaron una mirada cómplice, cargada de una complicidad femenina que auguraba cualquier cosa menos tranquilidad para la pobre ingeniera.
—Claro que sí, mi amor —bromeó Gisela, levantándose del sillón con elegancia y alisándose la falda con parsimonia—. Métete en tu búnker de concreto, ponte los tapones en los oídos y reza todo lo que se pueda para que los fantasmas de la salsa no te toquen la puerta. Nosotras nos vamos a almorzar, porque a diferencia tuya, nosotras sí disfrutamos de la vida terrenal.
Tras la partida de sus amigas, Miranda pasó el resto del sábado sumergida en una vorágine de números, proyecciones financieras y cálculos de resistencia de materiales. Sin embargo, por primera vez en su impecable trayectoria profesional, los números se le enturbiaban. Cada vez que miraba la esquina del escritorio donde había estado la cajita de cartón con el lazo rojo, una extraña sensación de vacío la recorría por dentro. Sacudía la cabeza con fastidio, se servía otra taza de café negro y volvía a clavar los ojos en la pantalla del ordenador, convencida de que el aislamiento absoluto era la única cura contra la marea caótica que amenazaba con arrasar sus defensas.
El domingo transcurrió bajo la misma premisa de encierro militar. Sus hijos, Iker y Thiago, habían desaparecido desde la mañana en una de sus habituales escapadas con los tíos, y doña Clara se había tomado el día libre para visitar a unos familiares, dejando la casa sumida en un silencio solemne que a Miranda le solía resultar reconfortante. Pero esa tarde, el silencio pesaba de una manera extraña.
Hacia las ocho de la noche, con la luz de la lámpara de escritorio como única compañía y una pila de carpetas azules organizadas por orden alfabético, un sonido repentino interrumpió la quietud de la casa.
No fue el timbre de la puerta principal. Fue un golpecito rítmico, suave y sincopado en los cristales de la ventana del estudio, ubicado en la planta baja. Un ritmo que, por pura y maldita asociación mental, parecía llevar el compás de una tumbadora caribeña.
Miranda se quedó petrificada. Su corazón dio un salto tan violento en el pecho que creyó que se le iba a salir por la garganta. Se puso de pie lentamente, con los ojos fijos en el ventanal oscuro, sintiendo que por primera vez en diez años el miedo real no venía de un fallo estructural, sino de la certeza absoluta de que su armadura acababa de ser vulnerada.