Sara murió luchando contra el hombre más temido del mundo: Augustus Reinold, el tirano que destruyó naciones y esclavizó a la humanidad.
En sus últimos segundos, hizo un deseo desesperado: si pudiera regresar al pasado, daría la mitad de su vida para detenerlo.
Su deseo fue escuchado.
Sara despierta quince años atrás, cuando tiene diecisiete años y Augustus aún no es el monstruo que ella conoce. Pero el sistema le revela una regla imposible: no puede matarlo.
Si quiere salvar el mundo, deberá cambiar su destino antes de que sea demasiado tarde.
¿El método?
Enamorar al futuro villano.
Sara se niega a enamorarse del hombre que la asesinó.
Pero cuanto más conoce al joven que algún día será Augustus, descubre que detrás del monstruo existió un muchacho que todavía podía ser salvado.
Y solo tiene dos años para lograrlo.
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Otra prisión
Viernes. Nueve de la noche.
Julian la llevaba a casa en la Harley. El viento les golpeaba la cara. La ciudad pasaba en un borrón de luces. Sara tenía los brazos alrededor de su cintura, la mejilla apoyada en su espalda.
El semáforo se puso en rojo. Julian frenó. Apoyó los pies en el asfalto. Se quedó mirando la calle vacía.
—Oye, bebé —dijo Sara, aprovechando el silencio—. ¿Puedo preguntarte algo?
—Siempre.
—Tu papá. Adrián. ¿Cómo es? De verdad. No la versión que sale en las revistas. La real.
Julian se quedó callado un momento. El motor de la Harley rugía bajo ellos. El semáforo seguía en rojo.
—¿De verdad quieres saber?
—Sí.
Julian soltó una risa corta. Seca. Como quien cuenta un chiste malo.
—Bueno. Soy producto de una infidelidad. Mi madre estaba casada con otro tipo. Se acostó con Adrián una vez. Una noche de copas. Y quedó embarazada. De mí.
Lo dijo con el tono de quien dice *"hoy llovió"*. Sin peso. Sin drama. Como un dato meteorológico.
Sara sintió que los dedos se le clavaban en la chaqueta de Julian.
—¿Y tu padrastro? ¿El hombre con el que tu madre estaba casada?
—Se enteró cuando yo tenía seis. La prueba de ADN. No hay dudas. A partir de ahí, me pegaba todos los días. —Julian se encogió de hombros—. No era nada del otro mundo. Un cinturón. A veces la mano. A veces el puño si había bebido mucho. Lo típico.
*Lo típico.*
Sara cerró los ojos. Detrás de sus párpados vio al niño de seis años con moretones en los brazos. Abrazado a las piernas de su madre. *"No le pegues a mi mamá, hombre malo."*
—¿Y tu madre? ¿No hacía nada?
—Lloraba. Pedía perdón. Me decía que no era mi culpa. Pero no lo detenía. —Julian arrancó la moto cuando el semáforo cambió a verde—. Nunca lo detenía.
El viento volvió a golpearles. Sara se apretó más contra su espalda. Sintió los huesos de Julian bajo la chaqueta. Delgados. Tensos. Como alambres.
—¿Y cuándo apareció Adrián?
—Cuando tenía siete. Se enteró de que tenía un hijo. Vino a buscarme. Le pagó a mi padrastro. Lo amenazó. Lo obligó a firmar papeles. Y me sacó de ahí.
Sara respiró. *Lo rescató*, pensó. *Al menos eso.*
—Y me llevó a su mansión —continuó Julian. Su voz seguía ligera. Casual. Como si narrara una película—. Y ahí fue donde descubrí que había salido de una prisión para entrar en otra. Solo que en esta, los golpes no eran físicos.
Sara sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que Adrián no me pegaba. No necesitaba. —Julian giró la moto hacia la calle de Sara. Frenó frente al edificio. Apagó el motor. Se quitó el casco. Se giró hacia ella—. Mi padrastro me pegaba porque me odiaba. Adrián me destruye porque dice que me quiere. Que me está *formando*. Que me está haciendo *fuerte*.
Sara lo miró. Julian tenía los ojos secos. Sin lágrimas. Sin rabia. Solo una calma plana, vacía, como la superficie de un lago congelado.
—Cada día me dice que no soy suficiente. Que tengo que ser más duro. Más frío. Más inteligente. Que la gente que me rodea me quiere por mi dinero. Que el amor es una debilidad que los pobres usan para manipular. Que si no piso primero, me pisan.
Julian se bajó de la moto. Sara se quedó sentada en el asiento. Mirándolo.
—Y lo peor —continuó Julian, apoyando los codos en el manillar— es que le creo. Porque tiene razón. En su mundo, las cosas funcionan así. Y yo soy un Bradenford. Así que tengo que funcionar así.
Sara abrió la boca. La cerró. No sabía qué decir. No había una frase mágica. No había un puchero que arreglara esto.
—¿Cómo puedes decirlo así? —preguntó al fin. Su voz salió más baja de lo que esperaba.
Julian la miró. Ladeó la cabeza.
—¿Así cómo?
—Así. Como si no importara. Como si fuera normal. Como si...
Se calló. Porque no quería decirlo. Porque decirlo significaba admitir que lo que le pasó a Julian era *horrible*. Y Julian no quería que lo vieran como alguien a quien le pasaban cosas horribles. Julian quería ser fuerte. Invencible. Intocable.
—¿Como si no me doliera? —Julian terminó la frase por ella. Y sonrió. Una sonrisa pequeña. Triste. De chico que aprendió hace mucho tiempo que llorar no sirve—. Sara, me dolía cuando tenía siete. Y ocho. Y nueve. A los doce dejé de doler. Y a los quince entendí que el dolor es información. Te dice dónde está la herida. Y una vez que sabes dónde está, la cierras. Y sigues.
Sara sintió que algo se le partía en el pecho. No con el ruido dramático de una batalla. Con el sonido silencioso de una grieta que se abre en una pared.
—No puedes cerrar todas las heridas, bebé —dijo.
—Puedo intentarlo.
Se quedaron en silencio. La calle vacía. La luz del departamento de Sara encendida en el tercer piso. Su madre esperando.
Julian le tomó la mano. Se la llevó a los labios. Le besó los nudillos. Un gesto suave. Casi reverente.
—Gracias por preguntar, mi Sara. Nadie pregunta.
Sara le apretó los dedos. Se bajó de la moto. Lo miró desde abajo. Y por un instante, no vio al heredero. No vio al futuro tirano. Vio a un niño de siete años con moretones en los brazos, subiendo a un auto de lujo, alejándose de su madre, entrando en una mansión que era una jaula de oro.
—Julian.
—¿Sí?
—Tu padre no te quiere. Te está usando.
Julian la miró. Parpadeó. Y por un segundo, un segundo mínimo, algo se agrietó en esa calma plana. Algo que dolía. Algo que estaba enterrado bajo años de *"el dolor es información"*.
—Lo sé —dijo. Muy bajo—. Lo sé. Pero es lo que tengo.
Se subió a la moto. Arrancó.
—Nos vemos mañana, bebé.
—Nos vemos.
El motor rugió. Julian se perdió en la noche.
Sara se quedó de pie en la acera. Mirando las luces traseras desaparecer.
> *Cariño del hijo del destino: 42%.*
Sara no celebró. No pensó en estrategias. No pensó en misiones ni en puntos ni en desviaciones.
Solo pensó: *Un niño de siete años. Con moretones. Subiendo a un auto. Y nadie, nadie, nadie le dijo que iba a estar bien.*
Subió las escaleras. Abrió la puerta. Su madre estaba en la cocina.
—¿Ya llegaste, hija? ¿Te divertiste?
Sara la miró. Miró sus manos. Miró la harina en su delantal. Miró la mesa limpia. Miró la vida pequeña y luminosa que tenía.
—Sí, mamá. Me divertí.
Se metió en su cuarto. Cerró la puerta. Se sentó en la cama rosa. Y por primera vez desde que había vuelto a este cuerpo, lloró. No por ella. No por la guerra. No por la espada.
Por un niño de siete años que aprendió que el dolor es información.
Y que nadie le enseñó a cerrar la herida.