Cristine Gómez es una talentosa diseñadora de Queens que acaba de conseguir el trabajo de sus sueños. Para celebrarlo, viaja a Las Vegas con su novio, sin imaginar que él planea emborracharla para casarse por interés. En el mismo registro civil se encuentra Jacob Fernández, el frío y arrogante heredero del imperio textil Vanguard, quien asiste bajo el chantaje de su ambiciosa prometida.
Un error administrativo de la capilla, sumado a una severa resaca etílica, hace que Jacob y Cristine firmen el acta equivocada. Al despertar, están legalmente casados.
Cuando la foto del escándalo llega a la prensa de Nueva York, las acciones de la multinacional se desploman. Para salvar el imperio, Jacob obliga a Cristine a firmar un contrato de convivencia forzada y fingir que se aman ante la alta sociedad. En un ático lleno de lujo, desprecio e hilos de una pasión secreta e intensa, descubrirán que el peor error de sus vidas fue el diseño perfecto del destino.
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CAPITULO 13. EL REENCUENTRO EN QUEENS
El ambiente dentro de la cafetería Gómez & Styles seguía siendo denso tras la violenta expulsión de Mikel. Cristine permanecía sentada en una de las mesas del fondo, con los ojos hinchados por las lágrimas y sosteniendo una taza de té que su madre le había preparado para calmarle los temblores. En mitad de ese silencio sepulcral, el teléfono móvil de Cristine vibró con fuerza sobre la madera, rompiendo la tensión.
En la pantalla apareció el nombre de su hermano menor, Richard.
—¿Richard? —respondió Cristine con un hilo de voz, conteniendo un sollozo.
—¡Cristine! Dios mío, acabo de ver las portadas en los quioscos cerca del campus de la NYU —la voz de Richard sonaba acelerada, cargada de una mezcla de shock y preocupación genuina—. Los foros de la universidad están ardiendo con la noticia del heredero de Vanguard Textiles. ¿Qué demonios ha pasado en Las Vegas, hermana? Ese imbécil de Mikel te ha metido en un lío monumental, ¿verdad?
—Richard, yo… yo no sé cómo explicarlo —articuló Cristine, apretando la alianza de plata contra su bolsillo—. Todo fue una confusión con el alcohol. Mikel me emborrachó y desperté casada con un extraño. Tengo miedo. Papá está furioso y Mikel ha venido aquí a insultarme.
—Escúchame bien, Cristine —la cortó Richard con un tono firme que denotaba una madurez superior a sus veinte años—. No dejes que Mikel ni ningún ricachón de Manhattan te intimiden. He estado rastreando los servidores del registro civil de Nevada desde mi portátil en la biblioteca. El acta matrimonial está firmada con tu nombre real, pero los códigos de la licencia están completamente cruzados con los formularios de otra empresa. Legalmente estás atrapada, sí, pero es un error informático y administrativo de la capilla. No estás sola en esto, hermana. Voy para Queens ahora mismo a ayudarte a hackear lo que haga falta para salir de esta…
La frase de Richard se quedó congelada en el aire. Un rugido potente y elegante de varios motores de alta gama rompió la calma de la calle obrera de Queens.
A través del ventanal acristalado de la cafetería, Cristine y sus padres vieron cómo tres imponentes berlinas de color negro satinado y cristales tintados se estacionaban frente al local, bloqueando el carril por completo. Varios hombres corpulentos, vestidos con trajes oscuros y pinganillos en las orejas, bajaron de los vehículos principales para custodiar el perímetro, atrayendo las miradas asombradas de los vecinos del barrio.
—Richard… tengo que colgar —susurró Cristine, con el corazón dándole un vuelco salvaje en el pecho—. Creo que ya han venido a por mí.
—¿Cristine? ¡Cristine, no cuelgues! ¡¿Quién está ahí?! —gritó su hermano al otro lado de la línea, pero la joven cortó la comunicación, dejando el terminal sobre la mesa con los dedos temblando por completo.
La puerta de la cafetería se abrió de golpe, haciendo que la campana emitiera un tintineo agudo y tenso.
Jacob Fernández entró en el local. Su imponente estatura de más de un metro ochenta y cinco, potenciada por un impecable traje de tres piezas gris marengo de sastre, llenó el humilde espacio por completo, haciendo que el techo de la cafetería pareciera más bajo. Ya no lucía el aspecto desaliñado ni la mirada turbia de la suite de Las Vegas; volvía a ser el frío, altivo e implacable CEO de Vanguard Textiles. Sin embargo, al clavar sus ojos claros en el rostro de Cristine, un destello de posesividad y urgencia brilló con fuerza en su mirada.
Marcos, su jefe de seguridad, se mantuvo un paso por detrás en el umbral, habiendo localizado la dirección de Cristine en Queens en menos de dos horas gracias al cruce de datos de su contrato de prácticas en la compañía.
Austin, el padre de Cristine, dio un paso al frente de inmediato, saliendo de detrás del mostrador con el trapo de limpieza en la mano y el rostro endurecido por el orgullo del trabajador que no se deja intimidar por los millones.
—¿Se puede saber quién es usted y qué busca en mi negocio con semejante despliegue? —preguntó Austin con una voz profunda, de acero, plantándose firme delante de su hija.
Jacob se detuvo a tres metros de la mesa, fijando su mirada clara en el sabio camarero de Queens antes de desviarla hacia Cristine, quien lo miraba con los ojos abiertos de par en par, reconociendo por fin las facciones esculpidas del hombre con el que había compartido sábanas de seda en Nevada.
—Soy Jacob Fernández, señor Gómez. El futuro presidente de Vanguard Textiles —respondió Jacob con una voz profunda, gélida y autoritaria—. Y la mujer que está detrás de usted… es mi legítima esposa ante la ley de este país.
—¡Mi hija no es esposa de nadie! ¡Eso ha sido una maldita estafa de Las Vegas! —le espetó Austin, dando un paso intimidante hacia el millonario—. ¡Un error provocado por el alcohol y por los delincuentes con los que os movéis en Manhattan!
—Sé perfectamente que fue un error por el alcohol, señor Gómez, y mi dolor de sienes me lo recuerda cada minuto —replicó Jacob, manteniendo una calma ejecutiva que heló el ambiente—. Pero la junta de accionistas de mi multinacional y la bolsa de Nueva York no entienden de resacas. El plan de Sara de contratar a los periodistas se ha vuelto en nuestra contra. La portada del escándalo ya está impresa en toda la Quinta Avenida y las acciones de Vanguard Textiles están cayendo. No he venido aquí a discutir sobre moralidad. He venido a por mi mujer.
Jacob miró directamente a Cristine por encima del hombro de su padre, extendiendo una carpeta con un documento confidencial.
—Cristine Gómez… tu contrato como diseñadora junior en mi empresa empieza el mes que viene, pero las reglas del juego han cambiado. Mi padre Charles me ha prohibido tramitar el divorcio esta semana para salvar el valor de la compañía. Necesito que firmes este contrato de convivencia forzada hoy mismo. Te vas a mudar a mi ático de Manhattan de inmediato. Vamos a fingir ante la prensa de sociedad, ante la junta de accionistas y ante David que nos amamos y que nuestra boda en Las Vegas fue una decisión pasional y secreta. A cambio, Vanguard Textiles blindará la cafetería de tus padres, multiplicará tu sueldo de diseñadora y te dará el estatus que jamás soñaste en Queens. Tienes cinco minutos para recoger tu maleta y subir a mi coche.
Cristine parpadeó, sintiendo que la red del destino de la alta sociedad la atrapaba sin escapatoria. Miró el documento de la convivencia forzada, la imponente y letal figura de Jacob que desprendía un control absoluto, y luego la mirada protectora de su padre Austin. La cacería en Nueva York había terminado en la puerta de su propia casa, y el error de Las Vegas estaba a punto de arrastrar a la humilde diseñadora junior al corazón del mayor imperio textil de la ciudad, iniciando una convivencia obligatoria donde los hilos del orgullo y de la pasión secreta comenzarían a trenzarse de una forma irreversible.